ℂ𝔸ℙ𝕀𝕋𝕌𝕃𝕆 001

Ojos zafiro profundos... Tan profundos que me matan”
El cansancio en mis huesos era profundo, mis alas dolían, mi mente divagaba, todo era tan... Tan agotador, tan frustrante, desearía acabar con todo.
Llevaba meses trabajando para Endeavor, es el actual héroe número uno después de la estrepitosa retirada de All Might, no voy a negarlo, lo admiraba, me parecía un ideal, que ingenuo se puede ser, que buen trabajo hace la prensa al contar las historias, las fotos tomadas en ciertos ángulos, las declaraciones escritas de antemano y lo más decepcionante es que tan ciegos preferimos actuar.
Tras un ataque fallido a una organización se había vuelto más estricto y mucho más controlador, esperaba sus órdenes sentado, impaciente por irme, no me resulta raro, mi entramiento ha sido esperar ordenes siempre y ejecutarlas, soy un héroe, un arma, una defensa, un invento tan bien fabricado que no hay grieta en mí. No hay nada que puedo llamar mío. Existe Hawks, lo que el mundo necesita, lo que ellos necesitan.
─── Hawks esta misión ha sido diseñada por la comisión de héroes, está hecha para ti, todo fue planeado para tus habilidades y perfil. Necesitamos un infiltrado en la liga de villanos y has sido el candidato ideal para ello, tu deber una vez dentro será prevenirnos del siguiente ataque, la comisión te eligió por tu lealtad, saben que no los decepcionaras, que no cuestionaras. No podemos seguir exponiendo y arriesgando a gente inocente y a nuestros propios héroes, ya hemos perdimos a varios...
La sangre que podía sentir como iba por todo mi cuerpo no se congelo, tampoco herviría de enojo ante tal orden, seguía su rumbo, imperturbable como habían enseñado.
¿Soy un simple peón?
Si, eso soy.
─── Mi ala no se ha recuperado del último operativo, preferiría ceder la misión o aplazarla. No estoy en condiciones, además, puedo llegar a pensar en perfiles más aptos que yo Endevor-sama.
─── No es una sugerencia Hawks, entiende ya que tu opinión no es requerida, fue una orden y espero que la cumplas. No te dejes engañar, la comisión está oyendo todo en tiempo real, así que deja de portarte tan poco profesional y solo haz tu trabajo. Seguir ordenes es lo que mejor sabes hacer, para eso se te creo. Cállate cumple tu trabajo.
─── Entiendo Endevor-sama. Así será.
Era perturbador pensar que no existía la privacidad, no cuando eres propiedad de la comisión, no hay salida, en este mundo solo queda sobrevivir, porque ser héroe no sirve de nada, no me puedo salvar.
─── Tienes una semana para cumplir la primera parte de la misión, tendrás que hacer un informe para mí y para la comisión. No te confíes Hawks, el tiempo corre en cuanto salgas de este edificio y sino lo logras olvídate de seguir siendo héroe, porque ya sabes quién se hará cargo de cualquier eslabón que deje de encajar. En esta carpeta hay datos y lo que podrías necesitar, aunque seamos honestos, no lo leerás. ─ Su arrogancia me enfermo, pero sus ojos se movieron un milisegundo a la esquina de la habitación donde aparentemente no había nada.
También nos observaban... Que sorpresa.
─── Mi informe estará listo en una semana y media, con permiso Endevor-sama ─ Reverencie con respeto que no sentía y el asintió como si eso le importara, que hipócritas somos.
─── Ya te puedes ir, eso es todo.
No cuestione. No quería hacerlo, quería irme, quería escapar.
Algo en mi parecía gritar, años de uso, maltrato, explotación y frustración envenenaban mi torrente sanguíneo. Algún día iba a poder desertar, algún día me podría librar, espero que algún día pueda realmente volar.

Papeles y más papeles. Permisos, informes, carpetas que nadie se molestaría en revisar.
¿Como se siente la responsabilidad?
Como una asfixia lenta, como una tortura, tal vez como un pequeño dolor punzante que invade cada rincón hasta que te mata.
¿Como se es feliz?
¿Qué más puedo pedir?
Soy Hawks, el héroe número dos, el envidiable soltero, el más joven, el más de mejor... El perfecto as de la comisión, su mejor creación, ¿Por qué no estoy satisfecho? ¿Eso me convierte en un mal agradecido? Nunca tuve elección, muy joven aprendí que mi vida no era igual, que nunca podría vivir, que mi misión más grande tal vez seria morir, pero que es un lujo que no tengo. Soy aclamado, amado, odiado, y aun así nada basta, nada me hace sentir algo que no sea asco por mí, por lo que soy, o más bien, por lo que me hicieron ser.
¿Había algo en mí que me perteneciera aun? En el fondo sí, pero había quedado enterrado, lo había hecho porque sabía que no podía fantasear, esa versión es inútil, es débil.
Me deje caer exhausto de ser yo en uno de los sillones de mi oficina, era demasiado grande, demasiado opulenta, demasiado fría, demasiado asfixiante. ¿Y si desaparecía? Era una mejor idea, podría tomar, volar, dejar de lado que soy Hawks y ser Keigo por una vez en años... Aun si eso significaba que la debilidad me consumiría por mi pecado de ser un simple humano.
Más decidido, más estúpido, me acerque a los ventanales de mi oficina. Es hermosa la ciudad de noche, nadie lo podría negar, es hermoso poder apreciar tanto de maneras tan diferentes, ¿Cuántas veces intentando escapar no me había sentido libre volando durante la noche, contemplando solo mi existencia y la de la luna? ¿Cuántas veces aquel cielo nocturno me arropo y me hizo sentir en paz? Sonreí, nostálgico, algo que odiaba, pues aquellas emociones las había reprimido hacía años, mi vida era la comisión de ello no había salvación, y sabía que nunca iba a cambiar. Solo me quedaba olvidar a Keigo, porque él nunca seria libre, la parte humana de mi ser que merecía vivir estaba atada desde su nacimiento a presenciar como todo el mundo lo hacía sin poder seguirlos, un destino con el que creí había hecho las paces ya.
Soy un pésimo mentiroso.
No quiero perder mi humanidad. ¿Qué seria sin ella? Un arma, un invento, un fantasma. No quiero ser nada de eso. Abrí aquel ventanal y sentí el aire por todo mi cuerpo, cada fibra de mí se impregno con él, era una sensación indescriptible que me recorría el cuerpo, subí al borde de la ventana y dejándome envolver por aquella sensación de libertad y pasión que al inicio de mis días como héroe me abrumaba sonreí y dejé que el peso de mi cuerpo cediera.
Caí. ¿Así se siente tirarte a el vacío?
Sentí cómo mi cuerpo se precipitaba con violencia hacia el vacío, como si la tierra, el cosmos y mi vida misma, aquella a la que tantas veces maldije quisiera reclamarme de golpe. Cerré los ojos y me entregué al vértigo, a la sensación visceral de la gravedad dejando que el aire desgarrara mi piel y me envolviera en su rugido que parecía ser ensordecedor. Era una caída sin fin, un instante suspendido entre el miedo y la liberación, ¿Por qué sentía un cosquilleo? Cada segundo parecía eterno y cada latido se confundía con el estruendo del viento.
Por un momento pensé en rendirme, en dejar que todo acabara allí, en ese descenso implacable. Pero... Yo no soy solo Hawks, soy Keigo Takami. Y hace años me prometí vivir, tal vez no feliz, ni siquiera satisfecho, pero al menos hacerlo, había jurado proteger, ser un refugio para los débiles. Y aunque las lágrimas se escapaban de mis ojos, el aire las arrancaba antes de que pudieran pesar en mi rostro.
Un susurro sordo escapo de mis labios.
"Gracias"
Gracias por acariciar mis lágrimas y secarlas.
Entonces, mis alas se abrieron por instinto, como un grito de resistencia. La fuerza del viento las tomó, me arrastró, me elevó, y de pronto ya no caía, volaba. El vacío que antes me devoraba y el aire que me golpeaba ahora me sostenía. En ese ascenso sentí la algo que quise creer era libertad, la certeza de que, incluso en la caída más oscura, mis alas me devolverían al cielo. Es a lo único que me puedo aferrar. Volar es mi destino, mi refugio, mi manera de recordar que la vida, aunque frágil, puede ser también infinita cuando se elige levantarse.
El cielo estrellado me abrazo como cuando joven y volé hasta agotarme, el frio y la sensación de mi piel erizada me acompañaba.
Las vistas, lo más memorable de poder volar nunca me dejarían de sorprender. La ciudad, la periferia que daba al bosque, la aterradora y reconfortante sensación de que no estaba solo era el mayor consuelo que podía obtener.
Llegue a mi casa prefiriendo usar un ventanal abierto que la puerta. ¿Era ostentosa? No tanto en realidad, a veces me resulta curioso pensar que sigo conservando muchas cosas que cualquier otro civil tiene, típicas de una vida normal, como una casa propia, autos, gustos específicos por la decoración del hogar, música, libros y comida. Su ubicación era totalmente intencional, un poco apartada del centro de la ciudad, aledaña a el bosque, moderna pero no dependiente de todo lo que acompaña a su estilo de construcción, apartada como un rincón aprueba del ruido intenso.
Dejé mi abrigo en el sillón con un gesto automático, casi mecánico, y me dirigí a la cocina. El silencio de la casa me envolvía como una manta pesada, aunque solía amar esta calma la verdad es que la mayoría del tiempo me asfixiaba al dejarme solo con mis pensamientos, al abrir el refrigerador tomé una cerveza fría, la primera de la noche. Me quedé allí, apoyado en la barra, observando el reflejo tenue de la luz sobre el mármol frío, como si en esas burbujas pudiera encontrar alguna respuesta. ¿Había respuesta para lo que quería saber?
Me senté en el desayunador, con la botella entre las manos, y bebí lentamente, dejando que el amargor se mezclara con el cansancio acumulado en mi cuerpo. Después de unos minutos, aparté la cerveza y me levanté para preparar algo de cenar. No tenía fuerzas para nada elaborado, tampoco ganas, mi cuerpo se sentía pesado, adolorido, como si cada día me robara un poco más de energía. Todo era monótono, repetitivo, gris… así lo describirían los demás, y yo no podía negarlo. La única diferencia entre un empleado normal y yo era la cantidad obscena de dinero y fama que pose, sé que es una diferencia abismal, pero fuera de ello era igual de explotado que cualquier trabajador, tal vez más.
Batí un par de huevos y preparé una tortilla sencilla, el aroma cálido llenó la cocina por un instante, rompiendo la monotonía. Tomé la cerveza que había dejado en la barra y me dirigí a la sala. Allí, sentado en el sofá, comí con calma, como si ese pequeño ritual pudiera devolverme un fragmento de paz, una normalidad que en mi vida nunca existió.
Cuando terminé, el vacío volvió a instalarse. Abrí otra cerveza, y luego otra más, hasta que las botellas vacías empezaron a acumularse como testigos silenciosos de mi desvelo. El deseo de seguir bebiendo se volvió más fuerte, casi una necesidad. Me levanté tambaleante, tomé de nuevo mi abrigo y, con la mente nublada por el alcohol, decidí salir.

El aire de la noche me golpeó en el rostro, frío y cortante, pero no me detuvo. Mis alas se desplegaron con un movimiento instintivo, y en cuestión de segundos me elevé por encima de los edificios. El mareo se mezclaba con la adrenalina del vuelo, y cada ráfaga de viento parecía arrastrar mis pensamientos hacia un lugar más oscuro. No tenía un destino claro, solo la urgencia de encontrar algo más, de perderme en algún rincón donde pudiera apagar el ruido de mi cabeza.
Las luces de la ciudad se extendían bajo mis pies como un océano de estrellas artificiales. Volaba sin rumbo fijo, con el corazón pesado y la mente atrapada en una espiral de cansancio, deseo y melancolía. Esa noche, más que nunca, sentía que algo estaba a punto de quebrarse, que el vuelo no era solo un escape, sino el preludio de una decisión que cambiaría todo. ¿Qué cosa podría pasar para que mi cuerpo se sintiera así?
La verdad me daba igual, solo quería perderme en algún bar, en un antro cualquiera, sentirme como alguien común y no como el héroe número dos. Encontré un lugar no muy lejos, su fachada era lúgubre, casi de mala muerte, pero eso no me detuvo. Al entrar pedí un whisky. El ambiente era pesado, las luces parpadeaban con desgano, y en el escenario una castaña bailaba con movimientos mecánicos, sin pasión. Todo parecía aburrido, vacío.
Justo como yo.
Bebí en silencio, hasta que el ardor del alcohol me dio una falsa sensación de calma. Pagué y me fui.
Ebrio, con la perspectiva tal vez un poco alterada, caminé unos pasos antes de desplegar mis alas y elevarme apenas sobre las calles. Volaba bajo, inmerso en pensamientos que se enredaban como cadenas. El alcohol en mi sangre y los pensamientos se complementaban en ellos haciendo brumas en mi mente, pero no pesadas o tormentosas como siempre, simplemente era una nubla que te impedía pensar con claridad.
Fue entonces cuando lo vi, una luz azul, tenue pero vivida, demasiado característica, brillaba en uno de los callejones aledaños.
Descendí lentamente, atraído por esa luminiscencia como un insecto hacia la llama. Allí estaba él. Una silueta más alta que la mía, envuelta en llamas azules que parecían respirar con vida propia. Sus manos estaban envueltas en un pequeño juego que tenía como gracia un poco de fuego. Sus cicatrices marcaban las manos y el rostro, y el fuego resaltaba la intensidad de sus ojos. No era un desconocido, sabía que era un villano y, sin embargo, había algo en esa escena que me paralizó.
El calor de sus llamas no quemaba, sino que acariciaba el aire con una sensualidad peligrosa. Su mirada se clavó en la mía, desafiante, como si supiera que algo en mi se tambaleaba en ese instante incluso antes de que yo pudiera notarlo. El silencio era raro, no era pesado, pero tampoco era ligero, mi mirada se clavó en sus ojos que destellaban.
Unos hermosos ojos de color azul zafiro, en mi estado de ebriedad me acerque más y aquel sujeto se percató de mi presencia, pero me sentía tan atraído por esos ojos... Unos ojos muy profundos, tanto que hipnotizaban.








