Diario de un chico que termino en un mundo de fantasía sin poderes
El joven de cabellera descuidada cerró el gastado cuaderno de cuero con un golpe seco. La última entrada aún tenía la tinta fresca, un testamento de su propia ironía:
“¿Sabes esa sensación de cuando pides algo estúpido y el universo decide, por pura malicia, concedértelo? Es como desear una noche de pasión con una gótica de ensueño y despertar en una bañera llena de hielo, sin un riñón y con una cicatriz mal cosida. Sí, suena a leyenda urbana de Latinoamérica, pero mi situación es peor. Una noche pedí ir a un mundo de fantasía. Ahora, atrapado en este rincón olvidado de la existencia, daría mi riñón izquierdo por volver a la seguridad de un barrio peligroso en mi ciudad.”
Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de un traje que alguna vez fue moderno y ahora no era más que harapos reforzados con cuero hervido. A su derecha, una lanza de madera endurecida y punta de acero mellado descansaba clavada en la tierra roja. La tomó con la familiaridad de quien ha olvidado el peso de un bolígrafo para aprender el peso de la supervivencia.
El horizonte no prometía piedad, pero sí hambre.
—A ver qué tiene este vertedero para ofrecerme hoy —murmuró, adentrándose en la maleza.
No pasó mucho tiempo antes de que el crujir de ramas secas y un siseo vibrante detuvieran sus pasos. De entre los arbustos, una Serpiente Arcoíris se alzó, iridiscente y letal, con escamas que brillaban con un lujo que contrastaba con su instinto asesino. Sus ojos verticales se fijaron en el humano, viéndolo como una presa fácil, un error biológico en su territorio.
El chico, lejos de retroceder, ladeó la cabeza con una sonrisa cínica.
—Vaya, así que tú serás mi almuerzo. Tenía ganas de algo con clase.
La bestia se tensó, preparándose para el embate. El joven juntó las palmas de las manos en un gesto de oración fingida, cerrando los ojos un breve segundo.
—Gracias, Diosito, por este alimento. Prometo que la carne de esta cosa sabrá a gloria, casi como un combo de KFC en día de pago. Amén.
La serpiente lanzó una dentellada sónica, un rayo de colores y colmillos que debería haberle arrancado la cabeza. Sin embargo, cuando sus mandíbulas se cerraron, solo atraparon aire frío. El chico ya no estaba allí. Con una velocidad nacida del pánico convertido en memoria muscular, se había desplazado a su flanco ciego.
Antes de que el reptil pudiera reaccionar, sintió un tirón violento. El joven, en un movimiento fluido y cruel, había usado la punta de su lanza para arrancar el ojo izquierdo de la criatura.
Un alarido sordo y vibrante sacudió el aire. Enfurecida, la serpiente barrió el suelo con su cola, un golpe capaz de demoler muros de piedra. El chico alcanzó a interponer un escudo oxidado y abollado que llevaba a la espalda. El impacto fue brutal; el metal gimió y el joven salió disparado, rodando por el fango y la maleza hasta chocar contra un tronco.
La bestia siseó con triunfo, asumiendo que los huesos del humano serían ahora gelatina. Pero el dolor regresó, más agudo que el anterior. El joven, recuperando el aliento entre dientes apretados, había aprovechado la distracción para arrojarse bajo la mandíbula de la criatura, clavando la lanza profundamente en el paladar de la serpiente, sellando su boca en un abrazo de acero.
—¡Cierra esa sucia boca de una vez! —rugió él.
Sin soltar el arma, desenfundó un par de cuchillos desgastados que colgaban de su cinto. Corrió a lo largo del cuerpo sinuoso mientras la serpiente se retorcía, hundiendo las hojas y abriendo un surco sangriento en las escamas iridiscentes. El rastro de sangre dorada marcaba su camino hasta que llegó a la zona del pecho.
Con una ferocidad que nada tenía que ver con la magia y todo con la desesperación, hundió sus manos desnudas en la herida abierta. Sus dedos buscaron, desgarraron y finalmente rodearon algo que latía con fuerza. Con un grito de esfuerzo, arrancó el corazón de la Serpiente Arcoíris.
El gran cuerpo colapsó, sacudiéndose espasmódicamente hasta quedar inmóvil. El joven, bañado en fluidos viscosos y brillantes, soltó un suspiro largo, mirando el trofeo en sus manos.
—Al menos hoy no moriré con el estómago vacío.
Se sentó sobre el cadáver de la mítica criatura, ignorando que, en algún lugar de ese mundo, los dioses se preguntaban cómo un chico sin un gramo de magia estaba convirtiendo su “tierra sagrada” en su propio patio de juegos y carnicería.









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