Chapter 1
La oficina QSMP Industries se percibía con un aura pesada. El aire era denso, cargado de estrés, y todo por la presencia de una sola persona.
—Señor Philza, a-aquí está el reporte…
El jefe de área, Philza Minecraft, era el epicentro de esa tensión. Su carácter frío y exigente convertía el ambiente laboral en un constante desafío para sus subordinados.
—Tiene errores.ebes rehacerlo todo —respondió con una frialdad cortante al empleado que tenía enfrente.
—P-pero…
—Sin peros. ¿Crees que Vegetta aceptará que por un error en el contrato la empresa se venga abajo?
—No, señor…
—Entonces tienes hasta las 8. Si tienes suerte y me quedo más tarde, hasta las 9.
Philza no era un simple jefe. Había ascendido a mano derecha de la empresa gracias a años de trabajo incansable. Su respeto hacia el fundador, Vegetta, era innegable, pero también había forjado su reputación como una figura implacable. Su oficina era conocida como “el cementerio”, y sus empleados, los “cuervos”.
—¡Missa!
La pesada atmósfera que reinaba en QSMP Industries se veía perturbada por una figura que parecía caminar con su propia luz.
—¡Buenas, cuervos! ¡Ya llegué y traje donas! —anunció Missa Sinfonía, entrando con su característica energía y una sonrisa que iluminaba la sala.
En pocos meses, Missa había conseguido lo que a Philza le había costado años: ganarse el afecto de la oficina.
—¿Señor Sinfonía, tiene listos los reportes y cuentas de hoy? —preguntó Philza, mientras lo observaba con ese tono frío que nunca abandonaba.
—¡Claro que sí! —respondió Missa, llevándose un pastelito a la boca con desenfado—. Ahorita se los paso.
A Philza le molestaba profundamente la facilidad con la que Missa encajaba en la oficina. Pero lo que más lo irritaba era cómo había llegado allí.
—Por cierto, mi padre manda saludos, dice que espera que todo salga bien con el contrato de estos días —comentó Missa con naturalidad.
—Por supuesto, ahora ve a trabajar antes de que eso no pase —gruñó Philza, arrebatándole un pastelito de la bandeja. Lo aplastó un poco entre los dedos antes de morderlo con desgana.
Para el resto de los empleados, el contraste entre ambos era evidente. Mientras Philza parecía un muro de hielo, Missa era un cálido rayo de sol.
—¿No te molesta cómo te trata el jefe, Missa? —preguntó un compañero de cabellos castaños, mientras se despedía al final de la jornada.
—No le veo nada malo. Solo quiere que hagamos bien nuestro trabajo —respondió Missa con serenidad, aún concentrado en la pantalla de su ordenador.
—¿Y las horas extra? ¿Los papeles que te manda a corregir aunque no sean tuyos? ¿El terrible humor con que te habla?
—Prefiero eso a que me dé un trato especial por ser hijo del fundador, eso sí me incomodaría.
—Bueno, si tú lo dices… suerte con las horas extra de hoy.
Missa era un recién egresado que había sido asignado a QSMP por su padre, Vegetta. Su naturaleza gentil había transformado el ambiente de la oficina, pero también lo había convertido en el blanco favorito de Philza. Siempre era el último en irse, salvo Philza, con quien a menudo terminaba compartiendo incómodos silencios en el elevador.
—¿Sigues aquí, Sinfonía? —preguntó Philza, entrando al ascensor sin mirarlo.
—S-sí, señor.
—Bien. Entonces, ¿mañana tendrás libre?
—C-claro, jefe.
Los ojos de Missa brillaron al escuchar esas palabras, pero su esperanza no duró mucho.
—Perfecto, entonces cubrirás a Fred. Al parecer sufrió un accidente y no podrá venir mañana —añadió Philza sin rastro de empatía, mientras las puertas del elevador se abrían.
—Nos vemos luego, Missa, y no llegues tarde —finalizó con su tono habitual, dejando a Missa sorprendido y un poco desanimado.
Cuando llegó a su apartamento, su compañero de cuarto lo recibió con una sonrisa burlona.
—¿Cómo te fue hoy?
—¡Philza me pidió que cubra a su asistente mañana! —exclamó Missa emocionado.
—¿No era tu día libre?
—Sí, pero si Philza lo pidió, es mi deber hacerlo.
—Vaya… el amor te tiene todo tarado, anda, cena antes de que la comida se enfríe.
Aunque Missa había considerado renunciar al principio, había algo en Philza que lo intrigaba. Sus ojos siempre terminaban buscándolo, como si detrás de esa fachada de hielo hubiera algo que solo él podía ver.








