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La danza del pez Koi ✔

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Sinopsis

Los peces Koi son considerados símbolos de prosperidad, buena suerte y perseverancia. Bendecidos por los dioses elementales, habitan en estanques custodiando secretos ancestrales que solo unos pocos elegidos pueden desentrañar. Kanu, un joven insatisfecho con su monótona vida, siempre ha sentido una atracción inexplicable hacia el agua. Sus días transcurren en la rutina del trabajo y visitas a un antiguo jardín japonés con un estanque de Koi que lo fascina. En una noche de luna llena, su vida cambia drásticamente cuando descubre que puede comunicarse con los peces del estanque.

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Completado
Capítulos:
1
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5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

Capítulo único

Todos los días pasaba por el mismo sendero cuando iba de vuelta a casa, ese que se encontraba contiguo al tranquilo lago del parque japonés. Allí, grandes cantidades de peces Koi se deslizaban en sus aguas como sirenas coloridas, mientras la gente los alimentaba con migajas y los veía danzar entusiastas, tomando el alimento de sus manos. Se decía que esos Koi eran bendecidos por los espíritus del agua, dotados de una sabiduría milenaria y una conexión profunda con la naturaleza.

Ese espectáculo era agradable a la vista: las acacias del parque danzaban con el viento y sus hojas cantaban una melodía de calma y tranquilidad, mientras los coloridos peces correspondían al canto de la naturaleza, nadando serenos en sus aguas. Amaba ver eso siempre que salía de mis pesados turnos en la oficina, y no me importaba que ese camino añadiera quince minutos más a la travesía para llegar a casa, porque allí yo me sentía en mi hogar.

Desde hace algún tiempo, noté que entre todo el cardumen de peces, uno de ellos siempre se quedaba fijo en mi dirección, flotando en las oscuras aguas como si pudiera mirarme. Al principio creí que solo era una coincidencia extraña, pero al pasar de los días, ese mismo pez siempre estaba allí, flotando en mi dirección, conteniéndome con sus ojos redondos y apacibles, moviendo tan solo sus aletas para mantenerse impoluto entre las aguas, lejos de la algarabía de los suyos.

Una tarde, quise entender si acaso había algo en mí que aquel pez podía distinguir, si todo esto no era más que jugarretas de mi cabeza cansada, y fui al parque, esta vez no como transeúnte, sino como visitante. Al llegar a la orilla adaptada del lago, justo donde siempre solía ver al pez, solo obtuve la vista usual de ese lugar: turistas y locales dando de comer a aquellos dóciles peces, que tomaban de su mano las migajas ofrecidas. No había rastro alguno de “mi pez especial”.

—Al parecer, todo siempre fue producto de mi cansancio—pensé en voz alta, mientras me recostaba en una barandilla contigua al borde del estanque.

No podía creer la desilusión que sentía; de hecho, dejé escapar una risa por ello, mientras peinaba con la mano mis cabellos negros hacia atrás. Me quedé mirando mi reflejo distorsionado en el agua, notando que aún así podía ver las profundas ojeras. La ropa que llevaba puesta se veía demasiado holgada sobre mi cuerpo desgastado, y mis ojos marrones me devolvían la mirada cansada, sin esperanzas, como siempre.

—No soy más que un desastre, ¿verdad?

Y allí estaba, riendo contra la tristeza de mi reflejo, risa que detuve al notar un lomo colorido en el agua, justo bajo mi reflejo. Esto me llevó a observar mejor la figura que nadaba bajo las ondas en el agua.

Y allí estaba, mi pez especial, mirándome con sus pequeños y claros ojos marrones, moviendo sus aletas, atento desde esa infinita bastedad oscura, mientras sus escamas brillaban entre sus colores cuando las ondas las distorsionaban a mis ojos. Una sensación de calidez se anidaba en mi pecho a medida que él comenzó a nadar hacia mí, dándome esa esperanza de ser realmente reconocido por su existencia.

Me puse de cuclillas entre los segmentos de metal que sostenían la baranda. Mi cuerpo cabía perfectamente en ese espacio y lo esperé hasta que se detuvo frente a mí. Sabía que los peces no tenían expresiones faciales como los humanos, pero juraba haber visto una sonrisa entre sus bigotes alargados. Repliqué instintivamente la sonrisa que creí haber notado, y mi bonito pez acaramelado sacó su cabeza del agua, justo como lo hacen cuando la gente les ofrece comida.

Yo no tenía nada que darle y tampoco sentía que ese gesto fuese por comida; por el contrario, algo en mí me indicaba que debía tocar su frente escamosa y corresponder a su saludo curioso, tener un primer contacto. A medida que extendía mi mano, un cosquilleo intenso se apoderaba de mis extremidades; el agua frente a mí parecía hipnotizarme, llamarme desde esa bastedad oscura y desconocida, y cuando mis dedos se deslizaron sobre sus escamas, un destello me encegueció de repente.

El agua me había engullido; podía sentirla pesada sobre mi cuerpo, llevándome al fondo. Todo era oscuro ahora, luchaba por volver a la superficie, movía mis brazos y piernas con desesperación, pero una fuerza casi magnética me jalaba cada vez más hacia el fondo. De pronto ya no pude ver más; estaba paralizado en medio de esa densidad oscura, atrapado por el agua que me contenía. Y a pesar de eso, no sentía la falta de oxígeno en mis pulmones, respiraba a pesar del agua; a su vez, el peso sobre mi cuerpo desapareció, todo se hizo más liviano de repente y una corriente cálida comenzó a guiarme, sacándome de esa oscuridad.

Abrí los ojos confundido una vez abandoné el fondo. Podía ver la luz a medida que llegaba a la superficie, mis ojos no sentían molestia alguna aun estando bajo el agua y un movimiento suave de mi cuerpo podía impulsarme sin resistencia alguna. Llegué arriba y saqué mi rostro del agua; la gente afuera parecía no darse cuenta de que me había caído al lago, y cuando quise llamarles noté que mi voz ya no existía.

De nuevo, una corriente cálida rodeó mi cuerpo, volví a sumergirme y vi que un cardumen de peces se aproximaba; me rodearon y noté con claridad cómo sus escamas relucían todos sus colores a medida que se movían en sus lugares. Uno de ellos se acercó más que los otros y pude ver una sonrisa en su rostro bigotudo.

“Bienvenido a casa, Kanu”, su voz retumbó dentro de mi cabeza y, con ello, las voces de los demás peces del cardumen le replicaban con entusiasmo. Sentí una conexión telepática con ellos, una red de pensamientos y emociones que me envolvía en un abrazo cálido y reconfortante.

Finalmente, una corriente cálida volvió a emerger del fondo y el cardumen comenzó a moverse al interior del cuerpo de agua, alejándose cada vez más de la orilla. Fui tras ellos, moviendo mi cuerpo escamoso, sintiéndome vivo por primera vez en mi vida, entendiendo que aquel pez siempre había sido mi reflejo, esperándome para volver a casa. Al nadar con ellos, percibí los ecos de antiguos cánticos y sabiduría ancestral resonando en las aguas, como si cada movimiento y cada burbuja contuvieran fragmentos de historias olvidadas.

Mientras nos alejábamos de la orilla, vi cómo el estanque se transformaba en un vasto mundo de posibilidades, donde el tiempo y el espacio se entrelazaban en un ballet etéreo. Supe entonces que ese había sido siempre mi lugar y que mi destino estaba entrelazado con la magia y los misterios de ese mundo subacuático.


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