Estudiante problemático

Sinopsis

De todos los estudiantes que Yūji tenía, Satoru debería ser catalogado como uno de «clase especial».

Genero:
Romance/Humor
Autor/a:
Valdemirt
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo único

Colección de drabbles


1.

Satoru Gojō, el joven hechicero vivo más prominente lo tenía todo: una gran fama, renombre, dinero, poder; sin embargo, había una sola cosa que no podía tener a su disposición: a Itadori Yūji.

Además, también era joven y que ostentara del título de “prodigio” no lo eximía de sus responsabilidades. Era un estudiante y así como todos los demás, debía ir a la escuela; una muy peculiar, por supuesto, donde Yūji era su profesor, sin mencionar que también era el contenedor de una maldición de grado especial conocida como Ryōmen Sukuna.

Satoru desconocía la razón exacta por la que Yūji le gustaba. Tal vez eran sus increíbles pectorales o su fuertes bíceps; tal vez su carácter impropio de un adulto o la manera en la que sonreía con la intensidad del mismísimo sol o; tal vez era por su voz sensual que le hacía temblar las rodillas o por cada una de sus cicatrices que lo incitaban a tocar.

Suguru y Shōko habían perdido la cuenta de la cantidad de veces que escuchaban a Satoru hablar sin parar sobre Yūji y cómo su simple existencia lo irritaba. Si no lo conocieran, dirían que le tenía tirria, pero sabían de sobra que Satoru tenía un crush con su profesor, tan sólo tenía el cerebro y las emociones constipadas con orgullo, por lo que le era imposible expresarse como un maldito adolescente normal.

—Já, como si alguien pudiera hacer que yo, el mejor hechicero que ha visto el mundo en mil años, use mis habilidades a su favor —argumentó Satoru llevándose una mano al pecho.

Se encontraba a mitad de una discusión con sus compañeros. El profesor Yūji les dio unos minutos en lo que terminaba de calificar un examen sorpresa antes de proseguir con la clase.

Yūji estornudó.

—¿Me irá a dar gripe? —murmuró, restándole importancia a la conversación de sus alumnos, cuando advirtió la súbita desaparición de Satoru, quien regresó con una caja de pañuelos en cuestión de segundos.

—Espero que en verdad no se resfríe, de lo contrario sería un problema que nos contagiara a todos. —Satoru se cruzó de brazos, inclinándose sobre su maestro, como si quisiera intimidarlo—. Tenemos muchas misiones pendientes que terminar

—Tienes razón (¿lo siento?). Gracias, Gojō —respondió Yūji, tomando los pañuelos para sonarse la nariz.

Satoru regresó a su asiento con una expresión molesta en el rostro. Odiaba que lo llamara por su apellido.

—¿En qué estábamos?

—En lo fácil que te contradices respecto a lo que sientes por el profe Yūji —habló Shōko, cansada de que su amigo no se atreviera a declarar sus sentimientos. Quizá su comentario fue imprudente, pero debía hacer algo. Ese era su último año como estudiante, ¿qué podía perder?

—¡¿Hah?! —Satoru no recordaba con claridad la conversación, pero podía apostar su fortuna a que jamás tocaba temas que involucraran a Yūji con él presente.

Yūji se aclaró la garganta para llamar la atención de los chicos.

—¿Sí captan que todavía están en mi clase, verdad?

Pese a que Yūji sonreía, Shōko, Suguru y Satoru eran capaces de apreciar un aura diabólica emanando de su cuerpo, por lo que se sentaron con la espalda completamente recta, mirando al frente.

Yūji suspiró.


2.

Yūji no sabía cómo rayos había terminado protagonizando una escena en la que Satoru se encontraba arrodillado en el suelo abrazando sus caderas para inmovilizarlo, pero tenía que solucionarlo.

—G-Gojō, ya te dije que…

—¡Es un excelente trato, profe Yūji! —exclamó Satoru, afianzando más su agarre—. Yo le doy una mamada y, a cambio, prometo esforzarme para sacar calificaciones perfectas en su materia... ¡No! ¡En todas las materias! —lo decía desde lo más profundo de su orgulloso y agitado corazón.

—Creo que no es así como funciona… —profirió Yūji, más para sí mismo que para su estudiante.

Nanami, quien buscaba al profesor Yūji para una consulta sobre energía maldita y que casualmente pasó por el salón donde ambos se encontraban, se petrificó en la puerta ante la reprobable escena.

—¡N-no es lo que parece, Nanamin! —se apresuró Yūji, intentando sacarse a Satoru de encima tirando de sus brazos.

—Como digas algo, te mato —amenazó Satoru, dirigiendo a Nanami un par de ojos inyectados en sangre.

—¡Gojō! —Yūji no tuvo más opción que propinarle un buen coscorrón con la esperanza de que eso le acomodara las ideas y decidiera ponerse en pie—. Vamos, levántate, las personas que pasen por aquí pueden pensar que esto es raro.

Haibara, otro alumno que divisó a Nanami a la distancia, apresuró el paso en su dirección, quedando estupefacto ante la extraña imagen de Yūji protagonizando un drama cuestionable.

—¡¿Qué ven de raro si nos vamos a casar apenas cumpla veinte?! —vociferó Satoru, sin importarle quién pudiera verlo o escucharlo.

—Suficiente. —Yūji no quería hacer uso de su fuerza bruta, pero se liberó del agarre de Satoru y lo sometió con una llave al cuello para que no hablara más. Acto seguido se dirigió a los otros estudiantes—. Disculpen eso, una maldición dejó secuelas y ahora dice cosas extrañas —finalizó con una risa fingida, incómoda y forzada.

Satoru no lo admitiría, pero en el fondo disfrutaba ser asfixiado por los magníficos pectorales del profesor que le gustaba y lo hizo cada segundo hasta que dejó de forcejear y su visión se oscureció.


3.

Después de que se corriera la voz del amor no correspondido de Satoru por el profesor Yūji, la primera en poner manos a la obra fue la maestra Kugisaki Nobara, quien poseía cientos de imágenes de la juventud de Yūji y planeaba hacer un justo y muy legal intercambio con cierto alumno de familia adinerada.

Satoru buscaba coleccionar con desesperación esas imágenes, siendo comparado −por Suguru− con un adicto buscando drogas.

Satoru revisó con un gesto casi obsceno su mercancía exclusiva de Yūji adolescente en traje de baño durante un viaje a la playa, cuando divisó al origen de sus fantasías caminar por el pasillo, lo que le obligó a meter las imágenes al interior de su chamarra.

—¿Qué llevas ahí? —inquirió Yūji, quien hacía poco había escuchado a Suguru decir algo sobre Satoru y las drogas.

—Marihuana —respondió Satoru al instante.

—...

—...

—Muéstrame qué llevas ahí —pidió Yūji, con aquella sonrisa amable que hacía temblar a los alumnos de manera rutinaria.

—¡Es mi única droga, ¿ok?!

—Ábrete el uniforme —habló con un tono más severo, cruzándose de brazos.

—Ay, profe —dijo Satoru en una tonalidad melosa—. Esas propuestas indecentes nos meterán en problemas. Aunque no me molesta hacerlo en un lugar más privado. Yo sabía que sería cuestión de tiempo para que cayera ante mis encantos. —Se acomodó la parte frontal del cabello con una mano.

Yūji, harto de juegos, dio un puñetazo a la pared a modo de amenaza, dejando un agujero que tendría que arreglar más tarde.

—No lo pienso repetir dos veces, Satoru.

Satoru tragó saliva. Por un lado, le emocionaba que Yūji utilizara su nombre de pila; por el otro, detestaba que lo hiciera sólo cuando estaba molesto con él.

—Sé que pagaré esto muy caro más tarde —anunció Satoru en un susurro, antes de tronar los dedos y emplear un ritual maldito para salir de allí.

—Ese mocoso. —Un par de venas se hicieron presentes en las sienes de Yūji.

No quería caer en el juego de Satoru, pero esa vez no tuvo opción, por lo que ignoró su existencia durante días enteros.

Al final, Satoru no pudo con tanta frialdad, su corazón era quién más resentía ser ignorado por esa belleza de hombre, así que no tuvo más remedio que confesar a Yūji del negocio que se traía entre manos con la profesora Nobara, a quien le tuvo que rogar para que le dijera la verdad a Yūji, pues éste se negaba a creerle.

Nobara no podía decir que estaba de acuerdo con que Yūji correspondiera a Satoru, pero, en definitiva, era la única persona que salía ganando con el extraño romance escolar que comenzaba a tomar forma dentro del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio.