˚˙༓࿇༓˙˚Capítulo 1˙˚˙༓࿇༓˙˚
–¿Angel, hiciste la tarea que te encomendé?– le lanzé una pregunta a mi asistente, al verlo volando por las nubes frente a una pintura, mientras estaba de camino a mi despacho.
–¿Eh?–. Me miró sin entender. Luego de algunos segundos, y al ver mi rostro sombrío e impaciente, reaccionó–. ¡Ah!– pareció recordar–. ¿Se refiere a "eso"?– se acercó más a mí y susurró en mi oído con un aura de misterio. Miró hacia los lados de manera sospechosa, como un ladrón contándome el crimen que estaba a punto de cometer.
Frunzí el ceño.
–Angel, ¿quieres que vuelva a mandarte a clases de etiqueta?– pregunté fastidiado y retrocedí dos pasos–. No interfieras con mi espacio personal.
Mi asistente retrocedió rápidamente, algo temeroso al escuchar mis palabras e hizo una reverencia.
–Lo siento, Señor Zen, no volverá a pasar. Por favor, no me mande... – tragó saliva y dijo con la voz temblandole–. No me mande a clases de etiqueta.
Levanté una ceja ante su cambio de actitud. Me sentía algo curioso por saber porque mi leal asistente Angel le tenía tanto miedo a las clases de etiqueta. A no ser que... ese omunculo de Damian le haya hecho algo durante las sesiones.
Muevo, ligeramene en circulos, la copa de vino en mi mano, pensativo.
–Dime si lograste hacerlo o no, antes de tomar una desición– digo de manera tranquila y con un aire elegante. Los buenos modales y la fina etiqueta burocrática que me enseñaron desde la infancia lo traía tatuado en mis huesos.
Angel dejó de inclinarse y se paró derecho, con la misma postura que un soltado ante la presencia de su capitán mayor.
Asiento satisfecho para mis adentros. Pero aquella satisfacción ante su comportamiento hacia mí no duró mucho, puesto que mi leal asistente se quedó callado, como si un ratón le hubiera comido la lengua en el segundo en que no le estaba prestando atención.
Mi paciencia, en ese momento, se estaba desmoronando.
–¡Habla, mocoso!– ordeno irritado y entrecierro los ojos de manera peligrosa en su dirección. Al verme, pone una cara inocente.
–Mi señor, no puedo decirlo aquí. ¿Y si nos escuchan?– dijo bajito, poniendo su mano como tapadera al lado de su boca.
Una vena en mi frente se hinchó y comenzó a palpitar de ira.
–Angel, querido súbdito y sirviente mío, o abres la maldita boca ahora o se la doy de comer a los cocodrilos–. Amenazé lenta y pausadamente, enfatizando la palabra "cocodrilos". Mis dos niñas en el estanque deberían de tener espacio en sus estómagos para un pequeño bocadillo más y este tonto era más que suficiente.
–¡No!– alzó la voz. Se encogió de hombros al verme y cambió su tono a uno más suave–. No, quiero decir... Mi señor, ¿está seguro de que está bien que se lo diga aquí?. Escuché decir por ahí que las paredes tienen oidos, mi señor.
–Nadie va a escucharnos, idiota–. Puse los ojos en blanco e hice un ademán con mi mano libre–. En este castillo solo estamos tú y yo– le recordé–. Habla antes de que haga lo que dije.
–Sí, mi señor– dice obediente. Luego su rostro se volvió solemne–. Encontré otro tipo de líquido que puede reemplazar a la sangre, mi señor.
–¿Oh?– dije poco convencido–. ¿Qué es?– llevé el borde de la copa de vino a mis labios y tomé un sorbo. Volví a mi pose elegante y gracial.
Mi actitud era debido a que el único líquido conocido por la comunidad vampírica, que podía reemplazar a la sangre, era, naturalmente, el jugo que daban las frutas del árbol Crimson. Incluso si estuve años metido en la gran biblioteca heredada por el patriarca anterior de la familia, leyendo y estudiando un sin fin de temas relacionados, no logré hallar otro suplente o reemplazo para beber.
El sabor del jugo frutal de aquel árbol era precioso y compartía un parecido al sabor de la sangre, pero tomarlo durante mil años hicieron que mis papilas gustativas se entumecieran y aquel sabor se volvió insípido. Las arcadas y ganas de vomitar se intensificaron con el tiempo, hasta que ya no pude más y en mi desesperación envié a este tonto, tos, a este asistente leal y confieble mío para realizar una gran misión:
Hacer que su jefe no se mueriera de hambre encontrando otra bebida como reemplazo.
Y parecía que si logró cumplir con las pocas expectivas que tenía sobre él.
Hasta que al segundo siguiente que me respondió.
–Es leche, mi señor– dijo con una leve sonrisa, esperando claramente que lo alabara y llenara de elogios.
En ese instante el sorbo que estaba a punto de pasar por mi garganta se atoró y no pude evitar escupirlo por la incredulidad y de lo absurdo que acababa de escuchar de esa boca suya.
–¡Mi señor, ¿que le pasó?!– aunque tenía la cara manchada de vino y parte de su ropa, igualmente se acercó a mí para intentar querer ayudarme. Me hice a un lado, asqueado y regañé–. ¡Idiota, ¿que acabas de decir?! ¡Y no te acerques!– añadí al sentir su cuerpo casi pegado al mío.
Me miró confundido–. ¿Qué, qué le pasó?– repitió con rostro inocente.
–¡No!– grité entre dientes. La etiqueta y los buenos modales se fueron a la basura y volaron muy lejos. Tiré al suelo mi copa de vino y lo agarré por el cuello de su camisa–. ¡Antes de eso!
Mi leal asistente pareció asustarse, pero respondió como si estuviera sacrificandose en nombre de la humanidad y habló con voz aguda–. ¡Dije que el líquido que había encontrado para reemplazar la sangre era leche, señor!
Apreté mas fuerte el cuello de su camisa y mi rostro comenzó a transformarse en el de un demonio sediento de sangre y lleno de ira.
–¿Acaso crees, que yo, el patriarca de la comunidad vampirica, Zen, y vampiro de sangre pura, soy un mocoso humano de tres años que necesita leche para alimentarse? ¡¿Ah?!–. Lo lancé contra la pintura que minutas atrás se había quedado mirando como un palermo.
Su cuerpo emitió un sonito fuerte al chocar contra este y la pintura cayó junto con él, rompiéndose.
Me quedé parado, mirandolo desde arriba con la barbilla levantada, de manera fría y gélida. Las venas en el dorso de mis manos pálidas comenzaron a hincharse.
–Cof, cof, cof– tosío después de recuperarse. Se tomó de la garganta con una mano aún en el piso y me miró, intentando justificarse–. No es lo que cree...
–¿Ah, no?– dije, en un siseo–. ¿Entonces que es lo que no entendí de la tontería que acabas de decir?– entrecerré los ojos. Con el peligro oculto en ellos.
Los ojos color amatista de Angel brillaron con sinceridad, tras decir:– No es leche humana mi señor. ¡Es leche de vaca!
Sonrió, estusiasmado.
Me quedé atónito tras escucharlo y luego apreté mis manos en puños. Un aura negra y asesina se desprendía poco a poco de mi cuerpo.
También le sonreí, mostrándole mis colmillos.
Hoy mis niñas se darían un festín con este bastardo.
Gracias por leer~😋