EL MANIFIESTO | TWICE

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Sinopsis

Esto es una guía para hacer anarquismo explicado con Twice.

Genero:
Thriller/Scifi
Autor/a:
Chris
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1

MURALLAS NATURALES



Parte I



Los recuerdos de la infancia suelen ser difusos, y en mi experiencia, traerlos a la mente es más arduo de lo habitual. No obstante, hay uno que destaca con claridad, un recuerdo del que no se me escapa ningún detalle. Llegué a creer que este recuerdo monopolizó mi memoria durante años, que me robó la niñez y me convirtió en una persona amargada. Ese recuerdo no es otro que el día en que mi madre me dejó en un pequeño café de barrio. Ella me dejó en los brazos de mi padre, y desde entonces, el tiempo parecía detenerse para mí.


Mi padre era un hombre enigmático, delgado hasta lo esquelético, con una barba desaliñada que parecía crecer más rápido de lo normal, dándole un aspecto cada vez más desquiciado. Sus ojos, oscuros y profundamente hundidos, y ojeras que dejaban una cortina color violeta oscuro bajo sus párpados, exhiben el desvelo en su rostro. Su vestimenta era descuidada y simple, a menudo usando la misma ropa por días porque le daba miedo descuidar lo que sea que estuviera haciendo mientras escribía. De esa forma, siempre estaba perdido en pensamientos que escapaban a mi comprensión. A menudo, le escuchaba murmurar palabras extrañas, como si fueran parte de un idioma secreto: "revolución", "capital", "exterminio". Eran términos que, en mi corta edad, no significaban nada, pero que se quedaron grabados en mi mente como símbolos de algo peligroso y desconocido.


A pesar de su aspecto frágil, había algo en su presencia que me aterraba. No era un miedo infantil, sino una sensación más profunda, como si intuyera que había en él algo peligroso e incomprensible. Su voz, aunque suave, poseía una dureza que me hacía sentir pequeña e indefensa.


Parte II


Vivíamos en el año 2031, en un mundo donde el exterior parecía estar en constante evolución. Aunque no entendía del todo lo que sucedía, podía sentir la tensión en las escasas conversaciones que mi padre mantenía con los pocos visitantes que recibíamos. Hablaban en susurros, mencionando eventos y nombres que yo no lograba descifrar. Nunca se quedaban mucho tiempo, y cuando se iban, mi padre se sumía en un silencio aún más intrigante. Por las noches encendía la computadora y mantenía la radio encendida, pero sólo sonaba un sonido: como si hubieran desconectado un aparato electrónico y lo volvieran a conectar una y otra vez.


Mi educación era una extensión de esa peculiaridad que envolvía nuestras vidas. Mi padre se encargaba de enseñarme en casa, no por un deseo de protegerme, sino por una necesidad casi paranoica de control. Mi habitación era mi mundo: una cama azul, dos estantes repletos de libros que él mismo seleccionaba y una mesa donde me exigía aprender y memorizar cada vez más. No había otros niños con los que jugar, ni maestros con los que aprender. Solo tenía esos volúmenes inabarcables de filosofía, biología, matemáticas, química y lenguajes que a menudo se me antojaban arcanos.


Cuando mi padre salía de casa, lo cual ocurría con creciente frecuencia, me dejaba encerrada. Las puertas y ventanas estaban siempre aseguradas con llave, y yo quedaba atrapada en un silencio sofocante, acompañada solo por el sonido del viento y el eco de mis propios pasos en el suelo de madera. Sabía que no debía intentar escapar, aunque la curiosidad me devoraba; algo en la severidad de su mirada y el tono de su voz me obligaba a obedecer.


Un día, después de semanas de distancia y silencio, mi padre se presentó en la puerta de mi habitación con una expresión que no había visto antes. Sus ojos, habitualmente sombríos, brillaban con una mezcla de ansiedad y determinación. «Mina», dijo, su voz firme pero cargada de un nerviosismo, «vamos a hacer un viaje». No pregunté a dónde íbamos ni por qué; en realidad, cualquier cosa era mejor que seguir sumida en el aburrimiento y la soledad de esa casa.


El viaje fue largo, cruzando carreteras entre montañas y paisajes industriales. Recuerdo haber tomado tres aviones, y un viaje en tren de una hora y media masomenos, que nos llevó a una zona con muchos árboles de pino y caoba; el último tramo, lo hicimos a pie porque no habia un camino para autos. Cada paso en el que me alejaba más de mi pasado se volvía más inhóspitos y menos familiar. Comprendí entonces que mi existencia estaría por cumplir un nuevo propósito a lo que sea que me trajera mi padre.


Cuando nos adentramos en el bosque, él apenas hablaba, concentrado en el pequeño rastro de lo que alguna vez fue un camino transitado, que hoy sólo era pisado por ciervos que dejaban huellas en el enlodado rastro. Mientras yo miraba la malesa y el descuido, pensaba a la vez que nunca había visto tantos árboles en mi vida. Quería estar emocionada, de alguna forma, pero era pesimista: sabía que me traían a una nueva prisión disfrazada de guardería. Sin embargo, intentaba comprender el propósito de todo aquello.


Finalmente, después de lo que parecieron horas interminables, llegamos a un tramo de bosque aun más denso y sombrío. El silencio entre nosotros era casi inconcebible, roto solo por el crujir de las hojas bajo nuestros pies mientras nos adentrábamos más en ese lugar remoto.


Al llegar a una casa de madera y piedra en un desarbolado, mi padre se detuvo y me miró con una mezcla de cansancio y resignación. «Escucha, Myoi: este será tu hogar», susurró, diciendo lo obvio, como si esas palabras pudieran aliviar todas mis inquietudes. Dentro del hogar, un hombre mayor nos esperaba, su figura recta, pero notándose lo anciano, y una mirada astuta y una vitalidad inusitada para su edad.


«Él es Alexandrov», exclamó mi padre, señalando al anciano. «Te cuidará mientras yo no esté». No había ternura en sus palabras, solo una especie de fatalismo.


«No mencionaste que fuera tan joven», mencionó Alexandrov, dirigiéndose a mi padre con superioridad. Sentí en papá una aura de incomodidad. Siguió: «Tampoco aclaraste si al menos sabe usar un cuchillo. ¿Te das cuenta del lugar donde la dejarás?»


«Ella es útil», aclaró con franqueza. Formuló: Está bien educada, y si le enseñas con claridad, ella entenderá», el anciano aún se veía pensativo. «Tiene la misma actitud que su mamá», los ojos se le cristalizaron al anciano y todo se silenció entre ellos.


El señor sacó un tabaco de su camisa y comenzó a fumar.


«¿Por qué no veniste con ella?», preguntó finalmente.


Mi padre hizo una mueca para hablar, pero guardó silencio a último minuto. Entonces, el sujeto le dió un toque a su puro, y planteó: «Siempre supe que eras un fracasado; seguro ella te dejó, ¿Verdad?», sonrió, pero mal, como una especie de tic. Siguió: «Tú... te llevaste a mi mejor alumna. La marcaste con tus ideas y la hiciste creer que era posible crear un nuevo mundo con tus ingenuas fantasías». Dió un suspiro, y dió otro toque al puro: «Por años creí haber sido un mal profesor; la familia de ella terminó por despedirme, y acepte sin oposición porque sabía que había fallado». Su voz subió de tono, interrumpiendo la calma del bosque.


«Únicamente te pido que bajes la voz por respeto a la niña», siguió mi padre, «la traje a ti porque su madre así lo quiso. Tú eras su padre, sólo traje a la niña con su abuelo».


«Ella no fue mi hija, ni nunca lo será. ¡Esta es mi casa y grito lo que se me pegué la gana!», mi padre se quedó helado. Siguió: «Además, con qué descaro vienes a dejarme a tu hija».


Hubo un silencio espeso, roto solo por el sonido del tabaco al consumirse lentamente en los labios de Alexandrov.


El anciano finalmente exhaló, expulsando una nube de humo que se disipó en el aire. Se inclinó hacia mi padre y, con una voz apenas más alta que un susurro, exclamó: «Me pregunto si alguna vez pensaste en lo que sería de ella, viviendo en un lugar como este. ¿O solo querías deshacerte de tu carga?», su mirada penetrante parecía intimidar a mi padre.


Mi padre tragó saliva, su postura rígida. No respondió. Pero Alexandrov no necesitaba una respuesta.


Después de un instante que se sintió como una eternidad, Alexandrov apagó su tabaco en la mesa, el sonido siendo incómodo. «Está bien», murmuró, casi para sí mismo. «La tomaré bajo mi cuidado. Pero debes saber que este lugar... este bosque... no es para cualquiera. Y menos para una niña».


El respiro que se hizo presente no era de alivio, sino de una extraña aceptación.


Alexandrov me observó a mí, casi estudiandome, por un momento no supe si así era su rostro o le había dado un tic. Me ofreció la mano, y la sostuvo tanto tiempo que no sabía cómo quitarmela. «En serio te pareces a ella», mencionó, pero más para él mismo que para mí. No sabiendo qué decir, respondí: «Sí».


«Entra, calentaré leche de cabra para que te sustente algo», exclamó.