Las inmensas ganas de caminar.
Tibia y fina, una línea de luz entra por un espacio estrecho de las cortinas. Se coloca en mis ojos, obligándome a abrirlos un poco. Sé que es muy temprano por la mañana. Escucho el tránsito de los vehículos; el cuchicheo de las personas, apresuradas por llegar al trabajo; el sonido de los vecinos realizando sus quehaceres cotidianos. Es hora de levantarme. Lo sé. Ir al trabajo. Saludar a colegas y amigos. Desayunar mientras charlo con ellos. Y sentarme frente al escritorio, como todos los días, para escribir. No obstante, comienzo a sentir un enorme sentimiento de tristeza. Sentimiento que me ahoga, que me aplasta. Sentimiento que obliga, inevitablemente, a que mi mente regrese a cada momento, a cada instante, de la discusión que habíamos tenido la noche anterior.
Sentado en la cama, trato de ignorar ese pesar. De pronto, una extraña fuerza interna provoca en mí unas ganas inmensas, casi irresistibles de correr. ¿Hacia dónde? No lo sé. Tan solo es cuestión de ir a un lugar muy lejos. De caminar mucho. Hasta el cansancio. Quizá, hasta qué de alguna forma me desvanezca entre la gente. Quizá, entre las calles de concreto de la ciudad. Quizá, entre la vasta y verde naturaleza. Porque, lo cierto es, que siento como la tristeza aumenta cada vez más. En todo lo que puedo ver. En todo lo que puedo sentir. Sustituyendo, todo lo que significa algo. Transformándolo poco a poco en algo terrible, en una gigantesca y profunda soledad.
“¡Corre, corre! ¡Vete lejos, lo más lejos que puedas!”, no deja de gritar mi conciencia. Mi cuerpo lo siento ligero, muy ligero. Eso aumenta mis ganas de moverme, de querer andar y andar por horas. Con esa sensación llenando todo mi cuerpo, me levanto de la cama. Busco la ropa más cómoda que tengo. Me pongo los tenis. Me coloco una chaqueta. Tomo del escritorio algo de dinero. En mis oídos introduzco unos audífonos Bluetooth. Le doy play al reproductor de música. Live Without de Kalax, escucho. Inflo con mucho aire el pecho y me dijo a mí mismo: “estoy listo”.
Bajo a la sala. Tomo una taza de té de manzanilla. Acompañado con un pan de dulce. Y dejo una breve nota sobre la mesa que dice: “Mi querida Diana, salí a caminar por un rato. Hoy he despertado con muchas ganas de hacerlo. Regreso pronto. Te amo, inevitablemente. Tuyo siempre, Héctor”.
Con mucha decisión, camino a la puerta de la habitación. De pronto, una extraña sensación, hace que volteé la mirada hacia atrás. “Tal vez, he olvidado algo”, es lo primero que pienso. Observo el ropero: cerrado. Mi mirada continua hacia el televisor: apagado. Sillas: acomodadas. Escritorio: sin desordenar de más. Concluyo al revisar: todo en su lugar. No obstante, la fuerte llamada de mi instinto me obliga a mirar hacía la cama.
Recostada de lado, Diana aún se encuentra dormida. Su hermoso cabello castaño, le cubre tiernamente la mitad del rostro. Me abordan unas enormes ganas de ver su tierna carita. Con mi mano, deslizo suavemente el cabello que la cubre. Así, puedo ver sus ojitos cerrados. Los miro, ambos se encuentran hinchados. Continúo mirándola, atentamente. Quiero tomarla entre mis brazos.
Dive Deep de Andrew Belle, suena por mis audífonos. Inesperadamente, llegan a mí, recuerdos nuestros. De las risas que compartimos. De los besos que tantas veces nos dimos. De las palabras de amor que tanto nos prometimos. Me agacho sigilosamente hacia ella. Cerca, coloco mi rostro al lado del suyo. Deseo besarla. tiernamente. Sin embargo, estando a punto de darle un beso en la mejilla, ella suelta un pequeño y triste sollozo. Con una inmensa sorpresa, al instante me alejo. “¡Que idiota soy!”, pienso inmediatamente.









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