𝕻𝖗𝖔𝖑𝖔́𝖌𝖔: 𝕰𝖑 𝖓𝖆𝖈𝖎𝖒𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔
El viento gélido sopla, su aliento cortante acaricia las mejillas de los amantes, mientras la luz plateada de la luna apenas alcanza a iluminar su sendero, dejándoles apenas entrever su destino. Sus pies, rápidos como centellas, se hunden en la tierra húmeda del bosque, mientras sus susurros se desvanecen entre la niebla espesa que envuelve el bosque. El constante palpitar de sus corazones, acelerado por el temor, resuena en sus oídos como el redoble de tambores de guerra, mientras el miedo serpentea por sus venas, alimentando su ansiedad.
La pareja de jóvenes enamorados se interna en las profundidades del bosque, donde los árboles, con sus troncos gruesos como torres, se alzan ante ellos. El suelo crujiente bajo sus pies, las ramas rotas a su paso, testigos silenciosos de su huida desesperada. Su destino, claro como el agua de un arroyo cristalino, se despliega ante ellos en el horizonte incierto, pero el camino que deben recorrer está sembrado de desafíos y peligros.
En la penumbra del bosque, envueltos por la incertidumbre, ambos jóvenes amantes se aferran uno al otro, sus manos entrelazadas como anclas en un mar embravecido. A pesar de la oscuridad que los rodea, la llama de la esperanza arde en sus corazones, guiándolos hacia un futuro incierto pero lleno de promesas.
El joven Steridal Thayil avanza con determinación, su mano aferrada con firmeza a la de su amada, con el latente miedo de que si la suelta por tan solo un segundo la perdera para siempre.
Skadi, la joven Kubriot de cabellos blancos como la nieve, lucha por mantener el ritmo, su vientre hinchado con el fruto de su amor y su cuerpo debilitado por los dolores del parto que se avecina. Antaño, su destreza en la carrera habría igualado e incluso superado la velocidad del Steridal, destacando entre los demás de su linaje Kubriot, pero en su estado actual, cada paso es un desafío. Con determinación, trata de seguirle, sorteando con esfuerzo los obstáculos que el bosque les presenta: ramas caídas y troncos de árboles que yacen en su camino como barricadas en una senda que parece no tener fin.
El bosque, envuelto en una espesa niebla, oculta a los fugitivos de los ojos de sus perseguidores. Saben que este velo mágico es obra de Blayur, otro joven Kubriot que, con valentía y sacrificio, se ha quedado atrás para enfrentar a aquellos que buscan arrebatarles la vida. Detrás de ellos acecha el escuadrón élite de la Comunidad de Athicus, enviado por Krale, soberano de aquellos que buscan la muerte de Skadi y la criatura que lleva en su seno.
La existencia de esta criatura es una afrenta de proporciones épicas para un Steridal, un pecado insondable a los ojos de quienes se consideran guardianes de la pureza entre los hijos de la alta diosa Sehr. La mezcla con una raza considerada inferior, como los Kubriot, se erige como una vergüenza aún mayor, sobre todo para Thayil, hijo del soberano de la Comunidad de Athicus, miembro de una de las tres casas reales y aspirante al trono de los Steridals, quienes se autoproclaman como los legítimos descendientes de Sehr, señores y gobernantes de Thageos, el imperio de los Steridals.
La pareja de amantes se vio obligada a huir de la implacable Comunidad de Athicus y sumirse en las sombras, donde durante largos meses sobrevivieron como proscritos, siempre acechados por los cazadores implacables enviados por Krale, el poderoso progenitor de Thayil. Guerreros Kubriots, imbuidos del mandato del soberano, se convirtieron en sombras que acechaban sus pasos, una maldición que parecía no tener fin.
El punto de quiebre llegó con la llegada del escuadrón élite, una fuerza imparable empeñada en borrar su existencia de la faz de la tierra. Fue en ese momento, cuando las opciones se agotaron y el trágico destino que les había sido profetizado los alcanzó, como si los hilos del destino hubieran sido tejidos en su contra desde el principio.
El cuerpo exhausto de la joven Kubriot Skadi alcanzó finalmente su límite, sus piernas temblorosas se negaron a llevarla un paso más, deteniendo su frenética huida junto a su amado. Los dolores que retorcían su vientre, como garras afiladas, se intensificaban con cada instante que pasaba, su debilidad aumentaba a medida que la oscuridad de la noche se cerraba a su alrededor. Para ambos amantes, era evidente lo que estaba por venir: la criatura en el vientre de Skadi estaba a punto de nacer, y con ello, su propia vida se deslizaba hacia el abismo.
El dolor, cruel y despiadado, alcanzó su apogeo, obligando a la joven Kubriot a caer de rodillas en el suelo. Su compañero, incapaz de contener el torrente de emociones que lo embargaba, se arrodilló a su lado, sujetándola con desesperación. Ante la inminencia del fin, ambos comprendieron que su huida había llegado a su trágico desenlace. Skadi, ya sin fuerzas para levantarse, se preparaba para traer al mundo a su hijo, mientras él se enfrentaría solo a la furia del escuadrón que los acechaba, consciente de que su primer acto sería arrebatar la vida del recién nacido.
En la penumbra del bosque, el destino se cernía sobre ellos como un manto oscuro, y aunque Blayur luchara por retenerlos, sabían que su tiempo se había agotado.
Skadi aprieta con fuerza la mano del Steridal, obligándolo a encontrarse con su mirada desgarrada por el dolor y el temor que la consumen. En sus ojos, él lee la angustia de una alma que no está lista para despedirse de la vida. A pesar de su deseo de protegerla, Thayil comprende la cruel verdad: la sentencia de muerte de Skadi fue sellada desde el momento en que la marca mágica del embarazo apareció en su cuerpo de Kubriot. Durante meses, el poderoso vínculo entre madre e hijo había mantenido a Skadi con vida, pero ahora, frente al inminente final, incluso ese milagro se desvanece.
Con un gesto gentil, Thayil acerca sus manos entrelazadas a sus labios, depositando un beso suave sobre ellas. Con la otra mano, la envuelve en un abrazo reconfortante, buscando calmar el tormento que atormenta su mirada. En la penumbra del bosque, envueltos en el abrazo del destino, ambos amantes comparten un momento de paz efímera en medio del caos que los rodea.
En los días que precedieron este momento desgarrador, Thayil se había enorgullecido de su habilidad para consolar y aconsejar. Pero ahora, en esta hora sombría, toda esa habilidad parece haberse desvanecido, relegada al olvido por la impotencia que lo consume. No existen palabras en el vasto universo capaces de mitigar el dolor que están a punto de enfrentar.
La Kubriot entre sus brazos, Skadi, es el faro de luz en la oscuridad de su existencia, el ser al que ha llegado a amar con una intensidad que trasciende toda razón y lógica. En todos sus años de vida, nunca había conocido un amor tan profundo, tan abrumador. Ella es la razón por la que cada aliento en este mundo de odio y guerra tiene sentido, la que le ha proporcionado paz en medio del caos, calor en los gélidos confines de su hogar. Skadi se ha convertido en su todo, la esencia misma de su ser. Por ella, ha vivido y por ella estaría dispuesto a morir, si ese fuera el destino que les aguarda.
Fue una verdadera odisea lograr que Skadi reconociera y correspondiera su amor. Cuando finalmente lo consiguieron, Thayil creyó que el destino, por fin, le sonreía. Pero la ironía cruel del destino se reveló en toda su magnitud al destruir sus esperanzas en el momento mismo en que parecían alcanzar la felicidad.
Skadi alza la cabeza del pecho de Thayil, y sus ojos violetas se encuentran con los majestuosos ojos de color cobre que él posee, una conexión profunda que trasciende las barreras impuestas por sus respectivas razas. Los dolores del parto se intensifican, anunciando la llegada inminente de su hijo al mundo. En medio de las oleadas de dolor, Skadi se ve asaltada por un torrente de pensamientos que danzan en su mente.
Se pregunta qué habría sido de sus vidas si no estuvieran atrapados en un mundo donde la diferencia entre ser Kubriot y Steridal dicta su destino. Si su amor hubiera sido aceptado, si no hubieran tenido que esconderse en las sombras y temer por sus vidas. Imagina una realidad donde podrían haberse amado libremente, sin miedo ni juicios, donde su hijo no estaría destinado a un destino tan cruel como el que les aguarda.
Las lágrimas, guardadas durante años en lo más profundo de su corazón, comienzan a fluir libremente, desatando una tormenta de emociones que se reflejan en sus ojos violetas. Gotas cristalinas recorren sus pálidas mejillas, un testimonio silencioso del dolor y la angustia que la consumen. Cada lágrima que cae al frío suelo del bosque es un eco de los sueños rotos y las esperanzas perdidas que yacen en lo más profundo de su ser.
La llegada de una nueva presencia alerta a la pareja de amantes, cuyos sentidos agudizados captan el leve susurro de pasos acercándose desde las sombras de los árboles. El cuerpo de Thayil se tensa de inmediato, su mano instintivamente se desliza hacia la empuñadura de la espada que yace a su lado, preparado para enfrentar cualquier amenaza que se interponga en su camino. Sin embargo, antes de que pueda desenvainar su arma, la figura emergente se hace visible ante ellos, revelando a una Kubriot que avanza con paso decidido hacia ellos.
Es Mavra, una de las dos únicas personas en el mundo en quien Skadi confía su vida. La presencia inesperada de su amiga solo puede significar una de dos cosas para Skadi: la llegada inminente del escuadrón que los persigue, indicando que ya no les queda tiempo, o el cumplimiento de uno de sus peores temores por parte de Blayur. Al ver el cuerpo magullado de Mavra y la expresión de angustia que reflejan sus ojos dorados, colmados de lágrimas, el dolor que oprime el corazón de Thayil se multiplica, llegando a rivalizar con la agonía que emana del vientre de Skadi.
—D-debemos actuar con rapidez—tembló la voz de Mavra mientras se dirigía a la pareja de amantes— Blayur no podrá contenerlos por mucho más tiempo.
on cuidado, se acercó a Skadi, tendida en el suelo, y levantó el largo vestido que cubría su vientre para examinarla. Skadi, incapaz de articular palabra, observó en silencio mientras sus ojos se encontraban con los de Mavra. En la mirada de su amiga, Skadi pudo ver reflejada la profunda pena que la embargaba en ese momento. Sabía que tanto ella como Blayur estaban sacrificándose en ese instante, entregándose a un destino incierto para permitir que su hijo viera la luz del mundo. Esta realidad llenaba el pecho de Skadi de un peso abrumador, cargado de culpa y remordimiento. Sentía que las únicas personas que había llegado a considerar como su verdadera familia estaban sacrificándose por ella, simplemente porque se había enamorado de un Steridal.
—Abre las piernas y comienza a pujar yo recibiré tu bebe— instruyó Mavra mientras ajustaba las mangas de su traje de batalla.
Un destello brillante emanaba de sus manos mientras las acercaba a la entrepierna de Skadi. Antes de que pudiera siquiera preguntar qué estaba sucediendo, Skadi sintió una punzada aguda y dolorosa en su entrepierna, seguida de la salida de un líquido desconocido en grandes cantidades. Un grito desgarrador escapó de sus labios, apenas teniendo tiempo para procesar el dolor antes de sentir una urgencia incontrolable de pujar.
Thayil hace que recueste su espalda contra su pecho y toma sus manos con firmeza, brindándole apoyo en ese momento de agonía. Con cada pujo, Skadi sintió un dolor que parecía desgarrar su alma, algo que nunca había experimentado antes. Un aullido desgarrador brotó de lo más profundo de su ser, resonando en el oscuro abismo del bosque, como un eco de su sufrimiento y determinación.
A medida que el dolor se intensificaba, la energía vital de Skadi disminuía rápidamente. Con cada pujo, sentía cómo el bebé se abría paso hacia el mundo exterior, arrastrando consigo la magia y la fuerza que la habían sostenido durante su periodo de gestación. El miedo la envolvía una vez más, y la sombra de la muerte se cernía sobre ella, oscura y amenazante.
A pesar de la aflicción y la resignación que la embargaban, Skadi se preparó para pronunciar las que serían sus últimas palabras. Con voz entrecortada por el dolor y la angustia, y con un susurro apenas audible, se dispuso a expresar los pensamientos y sentimientos que ardían en lo más profundo de su ser, sabiendo que este sería su último adiós en este mundo cruel e injusto.
—Th-Thayil, debes ser fuerte— Skadi luchó por articular cada palabra, su voz temblaba bajo el peso del dolor y la desesperación—Debes protegerla, cueste lo que cueste. Ella será la salvación de los Kubriots, su poder es más grande que el de ningún otro Kubriot antes visto.
Thayil la observó con ojos llenos de lágrimas, la desesperación reflejada en su mirada mientras el sentimiento de impotencia lo inundaba. Cada fibra de su ser ansiaba poder hacer algo para cambiar el destino que se cernía sobre ellos, pero sabía que estaba fuera de su alcance.
—Te amo—Skadi murmuró, las palabras cargadas de un amor que trascendía el tiempo y el espacio. Para Thayil, esas palabras eran agridulces, porque sabía que serían las últimas que escucharía de sus labios en este mundo cruel y despiadado. Estrechó sus brazos alrededor de ella con fuerza, aferrándose a ese momento fugaz como si fuera lo único que lo mantenía a flote.
Skadi continuó hablándole con dulzura mezclada con tristeza—Más que a nada en este mundo, hazle saber que su madre también la amaba, incluso si nunca llegó a conocerla.
Thayil no pudo contener el sollozo que escapó de sus labios, una expresión de dolor y angustia que reflejaba el abismo de su alma. En ese momento de despedida, se aferró a Skadi con todas sus fuerzas, prometiendo en silencio cumplir con el último deseo de la Kubriot que había amado más que a su propia vida.
Skadi había escuchado innumerables relatos sobre la agonía de la muerte para los Kubriot y Steridals, pero nunca había imaginado que pudiera ser tan insoportable hasta el punto de anhelar su llegada. Y sin embargo, en ese momento de sufrimiento desgarrador, la muerte se cernía sobre ella, envolviéndola en sus garras implacables.
Echó una mirada a su alrededor, encontrando consuelo en la presencia de aquellos que más amaba en el mundo, reunidos a su lado en sus últimos momentos. Saber que no partiría en soledad, que su partida sería presenciada por aquellos que significaban todo para ella, le brindaba una clase de paz. Después de todo, no enfrentaría la muerte en solitario. Moriría en los brazos de su alma compañera, el hombre al que amaba más que a su propia vida.
En medio del dolor y la desesperación, Skadi encontró un atisbo de serenidad, sabiendo que su partida no sería el final, sino más bien el comienzo de una nueva etapa en el viaje de su alma. Y mientras se preparaba para cruzar el umbral hacia las prometidas tierras lejanas de la diosa Sehr, llevaba consigo el consuelo de haber conocido el amor más puro y profundo que el mundo tenía para ofrecer.
El dolor, cada vez más abrumador, la envolvía como un manto oscuro mientras los recuerdos de su vida pasaban frente a sus ojos. Desde el primer aliento que tomó al abrir sus ojos al mundo, hasta el momento presente, Skadi revivió cada momento significativo, cada risa compartida, cada lágrima derramada. Sabía que cuando los recuerdos llegaran a su fin, su existencia también lo haría.
Los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar el horizonte, brindando una última esperanza a Skadi de ver a su pequeña hija, aunque fuera solo una vez. Un sonido emergió de su garganta maltratada, pero esta vez no fue un grito de agonía; fue su hermosa voz entonando una melodía, acompañada de las primeras palabras que deseaba que su hija escuchara.
Con cada palabra, Skadi infundió amor y esperanza en su canción, una bendición susurrada al viento que llevaría sus palabras al oído de su preciosa hija. Aunque su tiempo en este mundo estuviera llegando a su fin, el amor que sentía por su pequeña perduraría por siempre, como una llama eterna que iluminaría el camino de su hija en la oscuridad.
Con un último suspiro, las últimas palabras de Skadi se deslizaron de sus labios, pronunciadas con amor y devoción hacia su recién nacida hija. Al mismo tiempo, la pequeña criatura emergió de su cuerpo, trayendo consigo la promesa de una nueva vida mientras el ritmo de su propio corazón se desvanecía lentamente. Skadi podía sentir el pulso de su corazón desvaneciéndose, cada latido marcando el paso de su cuenta regresiva hacia el inevitable final.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, Skadi levantó la cabeza y extendió los brazos, anhelando ver a su pequeña hija por primera y última vez. Mavra, comprendiendo su deseo, acercó con delicadeza a la bebé hacia el rostro de Skadi, permitiéndole contemplar el milagro que había traído al mundo.
La bebé, con sus rosadas mejillas y su piel nívea, llevaba consigo la herencia de sus padres: el cabello oscuro como la noche de Thayil y los grandes y hermosos ojos del mismo color que los de su madre. Observaba a Skadi con curiosidad y atención, ajena al peso de la tristeza y la pérdida que colmaba el aire a su alrededor.
En un silencio absoluto, Skadi pronunció una última palabra, una en la que gastó su último aliento, permitiendo que su corazón finalmente diera su último latido. Y en ese preciso instante, en el crisol de emociones que envolvía la escena, su hija rompió en su primer llanto, llenando el aire con el sonido de la vida renovada mientras el alma de Skadi encontraba su descanso eterno.
—Nyx