Pacto Sellado
—Nathan, ¿por qué no sales?
En la pantalla, su personaje murió otra vez; siempre había otra oportunidad ahí. Aquí no.
El control de la consola resbaló de las manos de Nathan y cayó al suelo.
El aroma a tocino y papas llegó desde la cocina.
Nathan apagó la consola; en el reflejo oscuro de la pantalla apenas reconoció su rostro: delgado, pálido, con el cabello castaño cayéndole sobre los ojos. Se levantó con la camiseta deformada colgándole sobre el short, ropa que llevaba días sin cambiarse.
—Los juegos son más fáciles —susurró—. Si fallas, vuelves a intentarlo. —Entrecerró los ojos, evitando su reflejo—. No soy nada más que un enemigo de relleno, de esos que solo molestan cuando ya estás peleando contra el jefe.
La palabra llegó sola.
—Qué molestia.
Esa voz afilada continuó:
—No eres mi amigo, ¿okay? —había dicho el chico, apartándole la mano. No hubo risas, solo un silencio incómodo; eso fue lo peor.
Aquella tarde llegó a casa antes de lo habitual. Su madre preguntó. Nathan sonrió, dijo que se había divertido y se encerró en su habitación. Encendió la consola.
Al día siguiente dijo que le dolía el estómago. Luego, dolor de cabeza. Después dejó de inventar excusas.
—Hoy tampoco voy a ir —dijo Nathan, y caminó hacia la puerta, ignorando el crujir de la madera bajo sus zapatillas.
Su madre le bloqueó el paso.
—¿Otro día sin clases? Has faltado un mes entero.
Nathan sostuvo su mirada apenas un instante. Eran los mismos ojos, cafés, y aun así no podían ser más distintos: los suyos pesaban, vencidos por algo que no quería nombrar; los de ella sostenían una responsabilidad tan firme que lo hacía sentirse culpable. Bajó la vista.
—Sé que es duro —dijo ella con una suavidad contenida—, pero no puedes seguir encerrándote así.
—Un día más no cambia nada —masculló. Pasó junto a su madre con los hombros encogidos.
Antes de que saliera, su madre añadió algo que lo hizo estremecerse:
—Cuando vuelvas, tu papá y yo hablaremos contigo.
Cerró la puerta y liberó ese temor con el aire fresco, abriendo los brazos, sintiéndose por un momento libre de responsabilidades.
—¡Qué gentil brisa! Tan relajante como Ascended, aunque un dinosaurio ya me habría devorado.
Caminó sin rumbo, con las hojas secas crujiendo bajo sus zapatillas. El sol comenzaba a hundirse y alargaba las sombras entre los árboles; el silencio allí era distinto al de casa. Al menos aquí no sentía que lo empujaran contra una pared invisible.
Vio algo.
Bajo un árbol cubierto de musgo descansaba una pequeña caja de madera antigua. Sus tallados no seguían ningún patrón descifrable: líneas que se curvaban sobre sí mismas, figuras que parecían moverse si dejabas de mirarlas directamente.
Nathan se acercó.
—Uh oh. Parece que encontré un cofre misterioso.
Lo dijo en voz alta, como siempre hacía cuando no había nadie escuchando. La tomó; el peso era extraño, más denso de lo que esperaba.
Intentó forzarla, pero la tapa cedió sin resistencia. Dentro, sobre terciopelo oscuro, reposaba un reloj.
Era negro, casi sin brillo, con grabados rúnicos en espirales apretadas; no emitía sonido ni marcaba ninguna hora visible. Pero una luz tenue pulsaba desde su interior, lenta y regular.
Como si respirara.
Nathan frunció el ceño. Y entonces lo reconoció.
Su padre, inclinado sobre la mesita del salón, con un reloj en la muñeca.
—¿Esto es de papá?
Y luego nada.
Nathan no se dio cuenta de que había retrocedido un paso hasta que sintió la corteza de un árbol.
No lo toques.
El pensamiento apareció con una claridad extraña, casi como si no fuera suyo.
La luz seguía pulsando. Lenta. Paciente.
—Es... ¿una mala idea? —murmuró.
Respiró hondo e, ignorando aquella voz, se lo colocó, con la esperanza de saber qué se sentía al llevarlo, qué sentía su padre.
El reloj se cerró alrededor de su muñeca con un silencio total, como si el bosque entero hubiera contenido el aliento. Luego llegó el dolor: no gradual, sino inmediato, subiéndole por el brazo en oleadas que no dejaban espacio para pensar. Nathan cayó de rodillas, los dedos buscando un borde, un cierre.
Los grabados rúnicos pulsaban ahora al ritmo de su propio pulso, y eso fue lo que más miedo le dio.
—¡Quítate!
Una risa suave cortó el silencio.
Nathan levantó la vista al instante.
Al principio solo vio la sombra: larga, torcida, proyectándose desde entre los árboles en una dirección que no correspondía a ninguna fuente de luz visible. El hombre que la producía emergió sin prisa, como si el bosque se hubiera apartado para dejarlo pasar.
Alto. Traje negro, desaliñado de manera deliberada. Entre el cabello blanco que caía en cascada, Nathan vio los ojos; tardó un segundo en entender qué tenían de raro: vacíos, sin reflejo, como mirar al interior de algo que no devuelve nada.
Se quedó callado unos segundos y lo observó.
—Vaya, chico —dijo al fin. Bastaron esas dos palabras.
—¿Quién eres? —logró decir Nathan, aun con el ardor en la muñeca.
—Skizo. —Dejó que el nombre ocupara el aire un momento—. Mayordomo del reloj que llevas en la muñeca. Salgo cuando alguien lo toma. —Una pausa breve, casi aburrida—. Normalmente, eso no va bien para nadie.
—¡Sácalo!
—¿Qué? No seas tonto. —No lo dijo con crueldad; lo dijo como quien constata el clima—. Si pudieras quitarte el NecroRuna, ya lo habrías hecho.
Nathan, agotado por el dolor y por lo irreal de la situación, golpeó el árbol del que había tomado la caja, tratando de despertar de aquel sueño con otro dolor.
Qué tonto. ¿Ahogar un dolor con otro para intentar despertar?
No despertó. En cambio, el tronco crujió bajo su puño, y fue demasiado: la madera se fracturó con una fuerza que no reconoció como propia. La grieta se abrió y explotó en colores imposibles, revelando un interior de blanco puro, cegador.
El suelo desapareció bajo sus pies.
Cayó. El bosque se deshizo en cenizas. Luces fracturadas. Ecos deformes de su propio rostro observándolo desde todas partes.
Una risa.
Je, je, je...
Oscuridad.
Nada de olor. Nada de sonido. Solo un pitido constante, molesto.
Parpadeó.
Suelo suave bajo sus palmas. Niebla. Sus ojos tardaron en ajustarse.
Frente a él se alzaba un árbol colosal: raíces flotando en el vacío, un tronco que latía como un corazón vivo. Sobre su cabeza, el cielo giraba en un remolino de galaxias.
Skizo estaba allí, sobre una rama, como si nunca se hubiera movido.
—Bienvenido al Árbol Interdimensional —dijo—. Acostúmbrate.
Nathan intentó levantarse. La cabeza le zumbaba como si siguiera cayendo.
—¿Dónde estoy?
—Un cruce entre reinos. Planetas, universos, dimensiones. ¡Todo conectado! Dime, ¿a ti te aterra el multiverso? Si es así, podemos ir a alguno de los nueve reinos principales. Te recomiendo NecroTerra, que no es tan peligroso como los demás... ¿Y qué hay del reino putrefacto? ¡Es buena idea si queremos acabar rápido con esta... desgracia!
Nathan ignoró el comentario y alzó la vista: las ramas enormes, la niebla, el cielo imposible repleto de galaxias y estrellas. A sus ojos, era hermoso.
Le dio igual el peligro. Incluso el dolor de la muñeca le pareció un precio pequeño: en ese momento se sentía la persona más afortunada de toda la existencia.
Se levantó de golpe y lanzó un puñetazo al aire, como el protagonista que creía ser, y gritó:
—¡Entonces me transportaron a un mundo de videojuegooo!
Nadie dijo nada. Nathan se quedó inmóvil, con el puño aún en alto; Skizo se cruzó de brazos. Bajo esa mirada, el entusiasmo de Nathan se enfrió apenas, sin llegar a apagarse.
Skizo decidió no responder. Nathan, en cambio, seguía aferrado a su ilusión.
—¡Dime, sirviente! ¿Qué misión tengo que cumplir?
—¿Misión? —dijo Skizo con un leve suspiro y, aun así, señaló una de las ramas—. ¿Te parece si vamos por aquí? Seguro que te gustará.
Al final de aquella rama los esperaba una puerta de luz: brillante, demasiado limpia para ese lugar.
Nathan no se movió.
—Uy... Eso da como miedito, ¿puedes entrar tú primero?
Skizo flotó hasta la puerta y extendió la mano hacia el portal. La luz lo rechazó de inmediato con un destello áspero, seco.
—Restricciones Divinas —murmuró, retirando la mano con fastidio apenas contenido—. No puedo entrar solo.
Nathan frunció el ceño.
—Aunque... —Skizo hizo una pausa y miró el reloj—. Yo también llevé uno una vez.
La frase fue corta, pero algo en cómo la dijo la hizo pesar más de lo que debería.
Nathan lo miró. Skizo se giró hacia el portal; la postura era la misma: espalda recta, expresión neutral. Pero había algo distinto en su mandíbula: una tensión pequeña, casi imperceptible.
Pensó que aquel fantasma, o mayordomo del reloj, había sonado bastante humano.
No preguntó nada.
Respiró hondo. Bajó la vista al reloj —cálido, sincronizado con su pulso— y se dirigió al portal.
Un paso.
—Este lugar es increíble —dijo mientras se acercaba a la puerta. En el filo de la rama, el vacío neblinoso de abajo le advertía que se alejara a toda costa si quería evitar la muerte.
Continuó:
—Empieza mi nueva vida en un mundo de videojuego que seguramente conoceré bien.
Antes de atravesarlo, recordó a su madre y a su padre, y vaciló un poco; pero un pensamiento peligroso se instaló en él: «De todas formas, esto beneficiará a todos. Mis padres ya no se sentirán avergonzados de mí, podré evitar esa escarmentada que me iban a dar y... podré tener otra oportunidad».
¿Por qué otra oportunidad? Él aún era muy joven; no todo estaba perdido. Pero ya le dio igual, y cruzó la puerta.
La sensación fue brusca, como cruzar una pared de agua helada. Cuando volvió a sentir suelo bajo los pies, el mundo había cambiado por completo.
La corteza oscura del árbol se cubrió de musgo y después de pasto verde, como si el tiempo se acelerara bajo sus pies. Flores brotaron entre las grietas de la roca. El cielo se abrió en un azul tan intenso que por un momento lo dejó sin palabras.
Nathan se llevó una mano al rostro.
Todo había cambiado. Ya no estaba el árbol interdimensional.
—¿Eso fue... el viaje entre mundos?
—Claro que lo fue —dijo Skizo, con un tono casi divertido—. Y este reino es NecroRuna.
—NecroRuna... —Saboreo el nombre y se enderezó despacio. El aire era distinto. Más cálido. Más denso, como si el lugar mismo respirara. Montañas flotaban en la distancia, suspendidas como si en aquel mundo la gravedad fuera apenas una sugerencia.
—...Me recuerda a Ascended —dijo al fin, casi contra su voluntad.
Skizo sonrió de lado.
Nathan bajó la vista. El reloj seguía ahí, hundido en su piel. Y, por algún motivo que no supo explicarse, eso lo hizo pensar otra vez en su padre. No fue un recuerdo completo. Solo una sensación, como tocar sin querer una parte de sí mismo que todavía no entendía.
Eso lo inquietó más que todo lo demás.
Le hizo una seña a Skizo y comenzaron a caminar hacia el pueblo.
El ruido creció a medida que bajaban.
—Parece el típico juego de supervivencia en el que ya han construido una gran población. Tiene un estilo medieval —dijo, hablando consigo mismo.
La villa se alzaba en piedra oscura y madera retorcida, pero no parecía muerta.
—Te acostumbras rápido —comentó Skizo.
Nathan soltó una pequeña risa.
—Es diferente. Yo ya conozco estos lugares de tanto jugar.
Entre los callejones estrechos había puestos cubiertos con telas rojizas: frutas de colores enfermizos, frascos llenos de insectos luminosos que parpadeaban, dagas oxidadas disputadas a gritos. Una mujer con cuernos pequeños acomodaba amuletos mientras murmuraba frente a una estatua desgastada.
Las conversaciones empezaron a apagarse a medida que Nathan avanzaba. Las miradas se clavaron sobre él. Curiosas primero. Desconfiadas después.
—Parece que me están mirando.
—Tienes algo de razón —respondió Skizo, con una tranquilidad que no ayudó en nada—. Es normal.
—¿Por qué? ¿Conoces a alguien aquí?
Skizo no respondió de inmediato.
—Conocí a alguien —dijo al fin—. Hace tiempo.
El tono cerró la conversación antes de que pudiera abrirse.
Entonces su instinto le avisó de algo.
A cierta distancia, entre la multitud, había un hombre que destacaba incluso en aquel extraño lugar: llevaba un manto blanco que le cubría todo el cuerpo, amplio y pesado, con una capucha que ocultaba su cabeza; sus zapatos y guantes también eran de cuero blanco, sin una sola mancha que rompiera aquella apariencia inmaculada.
Lo único que no era blanco era la máscara.
Negra, demoníaca, de facciones retorcidas y cuernos que se elevaban bajo la capucha. No permitía distinguir un solo rasgo de su rostro.
Y debajo de aquella máscara había una mirada curiosa. Divertida.
Sus ojos se clavaron en Nathan durante unos segundos, siguiéndolo con una atención casi juguetona, como si acabara de encontrar algo inesperado que despertaba su interés.
No parecía hostil.
Más bien daba la impresión de que estaba disfrutando de algo que solo él comprendía.
Nathan parpadeó.
El hombre ladeó ligeramente la cabeza.
Y entonces, sin decir una palabra, desapareció entre la multitud.
Nathan se quedó helado.
No sabía quién era.
Pero sintió, con una claridad incómoda, que acababa de ser visto de verdad. No como turista. No como intruso. Como algo que ese hombre llevaba esperando, o buscando, sin saber todavía cuál de las dos.
—Ehm... ¿Conoces algún lugar para ir a entrenar? —dijo, tratando de aliviar el temor que lo había invadido.
—Ah, ¿a qué viene eso, niño? —Skizo dejó caer los hombros—. Pero no puedo negarme a contestarte: hay un clan, el clan de los lobos, que suele aceptar nuevos miembros cuando el concurso para reclamar el espíritu Raffarjan comienza a despertar.
Los ojos de Nathan se abrieron con entusiasmo y asintió varias veces.
—¡Qué bien! Ya quiero que me ayuden a controlar la magia, o mis poderes únicos de protagonista. ¡Entonces podré hacer algo como Shazam, o un Avada Kedavra! También volaré y lanzaré un kamehameha. ¡Este mundo espera mucho de mí!
Hablaba rápido, demasiado, como si sus palabras pudieran llenar el hueco que había dejado aquella mirada.
Skizo suspiró.
—Tú no puedes usar esa «magia», niño.
—¡¿Qué?! —Nathan frunció el gesto, decepcionado, pero su queja se ahogó en seco bajo un violento estruendo.
Una jaula cayó con violencia al suelo, reventando la cerradura.
—¡Cuidado! —gritó un trabajador, apartándose de un salto mientras buscaba un arma entre las herramientas.
Pero ya era demasiado tarde.
A primera vista, la silueta que avanzaba a toda velocidad parecía la de un gran felino. Sin embargo, algo no encajaba: el cuerpo era demasiado largo y las articulaciones respondían con un leve retraso, como si la carne dudara antes de obedecer.
El pelaje no reflejaba la luz.
La devoraba.
Sus pisadas resonaban con fuerza. Entre las manchas oscuras del cuerpo se abrían hendiduras finas, apenas cerradas, expectantes.
Sus ojos no parpadeaban al mismo tiempo y estaban fijos en un chico que apenas había reaccionado ante el grito del trabajador.
—Más te vale que no te entrometas, Nathan. Ese síndrome del protagonista tuyo puede ser muy peligroso—
Nathan sonrió; otra vez ignoró las palabras de Skizo, ignoró que no podía usar magia, ignoró que no debía entrometerse.
Saltó hacia el muchacho y lo empujó lejos del ataque de la criatura; después se plantó con determinación, listo para un frente a frente.
Al instante siguiente, Skizo fue absorbido por el reloj.
Nathan no le dio importancia.
Se arrodilló y apuntó la mano hacia la criatura.
—¡Bola de energía! —gritó, pero su voz salió sin convicción, y hasta él lo notó.
La criatura no se detuvo.
—Vamos... Este tiene que ser el momento en que aparecen mis poderes.
Nada.
Y recibió la embestida de lleno.
La criatura lo golpeó en el pecho y lo arrastró consigo.
—Una criatura del vacío: Vajurao —dijo la voz de Skizo desde el reloj—. Te aseguro que quiere darte mucha atención.
Nathan golpeó el lomo de la criatura.
—¿Qué tipo de atención? —preguntó con la voz apagada.
—De la que termina con alguien desaparecido.
Nathan sacudió la cabeza.
No.
Volvió a golpearla.
No voy a desaparecer.
La criatura alzó la cabeza con brusquedad y lo catapultó hacia el bosque.
Se suponía que este sería mi momento, mi oportunidad... mi nueva vida.
Su cuerpo chocó contra un árbol con un golpe seco que le sacó el aire. La mirada se le fue hacia abajo.
No puedo usar magia, no tengo fuerza sobrehumana. Al final soy igual de inútil que en mi vida normal. Y ahora... moriré.
—¡No! Si pienso así, estoy destinado a arruinarlo todo.
Alzó la mirada. Un leve brillo en sus ojos.
Le respondí mal a mamá... Yo les he dado muchos problemas. No quiero que sea igual.
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