Prólogo
Bosque de Jackson, Wyoming, E.E.U.U.
31 de octubre de 2024
A 2 horas de la casa más cercana
Hora: 16:30
Duele... y hace mucho frío.
Oscuridad, no veo nada. Mis muñecas están atadas con fuerza, el dolor es constante cada vez que intento mover los dedos para hacer que circule la sangre. Doy un paso y siento cómo mi pie descalzo se hunde en el húmedo, frío y rocoso suelo del bosque. Pequeñas gotas empiezan a caer sobre mí: la llovizna acaba de comenzar. A lo lejos, oigo cómo las gotas caen sobre una superficie que no es la tierra rocosa.
¿Agua?
Dudo un momento y humedezco mis labios. Tengo sed.
He caminado por minutos, quizás horas. Estoy agotada, adolorida y helada. Quiero... descansar. Solo un minuto. Me detengo y, en un instante, siento un empujón que casi me hace caer. Me estabilizo a duras penas y sigo el camino. Quiero protestar, pero sería inútil. Me quedo en silencio, tragando saliva, mientras mi garganta arde. Instintivamente saco la lengua al aire, dejando que las pequeñas gotas la mojen, refrescando mi boca reseca.
Delicioso.
Vuelvo a humedecer mis labios. Estoy deshidratada, necesito agua con urgencia. Aprieto los ojos por el dolor. El pañuelo que cubre mis ojos está tan ajustado que siento cómo mi cabeza palpita.
—Carajo... —susurro al chocar con una roca. El dedo meñique de mi pie siente el impacto, y muerdo mi labio por instinto.
Sangre.
El sabor metálico llega a mi garganta, recordándome que tenía el labio roto. Me detengo en seco al escuchar un sonido suave, apenas perceptible. Muevo la cabeza de lado a lado, intentando captar algo más a pesar de mi ceguera, pero mi oído sigue alerta.
“¿Qué carajos haces?”
Mi subconsciente me ataca mientras siento otro empujón. Me tambaleo, pero no avanzo.
“¿Acaso vas a gritar? —Pregunta burlonamente— Estamos a kilómetros del pueblo, de la primera casa, mejor dicho.” — Otro empujón. Me quedo quieta. ¿Son voces en la lejanía? —“¡Avanza! —Sigue con firmeza. No obedezco—. ¿Quieres morir acaso?” —Sigo inmóvil hasta que una mano me agarra con fuerza del brazo y me obliga a avanzar. Sigo escuchando. —“Haz caso, Calisto.”
Ignoro a mi subconsciente y sigo caminando, empujada por la mano firme. El dolor en mi brazo es soportable, pero constante. Entonces, oigo algo a lo lejos.
—¿Estamos cerca? —pregunta una voz masculina.
—Sí —responde otra—. A una hora está el lugar donde encontraron a Elizabeth.
¿Elizabeth?
—La séptima víctima... —La voz suena cansada y triste. De repente, nos detenemos y siento el frío de una navaja en mi garganta. Trago saliva con dificultad.
¡Merde!
—Quieta y callada —susurra al oído después de un largo silencio.
Asiento lentamente. Nos quedamos quietos unos cinco minutos, hasta que las voces se desvanecen en la distancia.
—Buena chica —dice, dejándome un beso corto en la mejilla.
Asco.
Seguimos avanzando. Mis pies duelen, mis muñecas arden, y mi cuerpo tiembla por el frío. Lo que empezó como una llovizna se ha convertido en una lluvia torrencial, empapándome. Sé que mi vestido blanco ya está completamente transparente, pegándose a mi piel como una segunda capa. Entonces, escucho un nuevo sonido: la lluvia golpeando el agua. Me detengo de golpe.
¿Un lago o un río?
Me lo pregunto hasta que logro distinguir el sonido de fondo. Es un lago. No hay turbulencia, ni agua chocando contra rocas. Solo el golpeteo de la lluvia mezclándose con el agua calma. El viento frío me envuelve, dejándome claro que estamos en una zona alta. Trago saliva, esperando lo peor. Siento cómo suelta mis muñecas de la cuerda apretada. Me sobo con cuidado las zonas adoloridas. Después, desanuda el pañuelo de mis ojos, dejándome ver de nuevo. Parpadeo varias veces para adaptarme a la poca luz; ya es casi de noche.
—No voltees —ordena, y obedezco sin dudar—. Da tres pasos al frente. Muerdo mi labio, saboreando de nuevo el hierro. Dudo, pero termino obedeciendo.
El sonido de la lluvia chocando con el agua del lago inunda mis oídos. Miro al cielo, gris oscuro. Falta poco para que anochezca. Vuelvo la vista al frente: el lago es inmenso. Veo mi reflejo difuso en él; estoy mojada, pálida, sucia y tiritando de frío. Las gotas distorsionan mi imagen. Me quedo mirando fijamente el lago, mientras los recuerdos me arrastran al pasado. Tenía siete u ocho años cuando intenté nadar por primera vez, y fracasé de inmediato.
"Calisto..."
Escucho un susurro lejano. Levanto el rostro rápidamente, mirando a mi alrededor. Nada al frente, nada a la derecha. Pero…
—¡Calisto! —grita una voz a mi izquierda. Ahí están, agentes de policía y gente del pueblo, y entre ellos, él. Me mira preocupado desde la distancia.
Seth.
—Es hora... —susurra la persona detrás de mí, quien nunca me ha dejado ver su rostro. Me empuja, y caigo al lago.
—¡CALISTO!
El grito desesperado de Seth resuena en mis oídos hasta que el agua helada del lago me envuelve por completo, robándome el aire y el sonido.








