Prólogo
(Escrito por la grandísima Montse)
En una ciudad llena de aparente calma, solo basta ver hacia esas zonas donde la inmundicia reina, la desigualdad se abre paso entre sus habitantes, esas zonas donde las ratas y los humanos comparten el pan de cada día. Suceden cosas oscuras, bajo la atenta mirada de las elites, el tráfico de sustancias crece rápido y la desaparición de personas es más común aunque menos investigado.
Un grupo de personas con personalidades casi dementes, han decidido frenar el caos, quizá de formas no convencionales, pero nadie puede negar que son efectivas. Es así como nos adentramos en “La Organización” una operación casi fantasma, que reúne lo mejor de sus integrantes, todos con sed de justicia o ¿venganza?
Liderado por una manada de licántropos de mente abierta, eso lo conoceremos gracias a Alexandra que llega como un remolino, a derribar todas las barreras a su alrededor, dejando al descubierto lo mejor y lo peor de la manada.
“La Organización” no es otra historia más de lobos, con romances color de rosa y situaciones cliché. Es una una historia llena de acción, violencia, pasión, humor negro y mucho café. Aunque nunca podemos dejar de lado los temas medulares que la escritora elige, para llevarnos a la reflexión, de una manera sutil, pero fiel a su estilo envolviendonos con cada uno de sus entrañables y en esta ocasión peculiares personajes.
Fiel a su estilo, la escritora presenta una problemática actual, con un toque de ficción de una manera tan real, que sin pretenderlo te cuestionas qué tan común pudiera ser lo que se va desarrollando en la historia. “La organización” te mantendrá siempre en la espera de un nuevo capítulo, esperando siempre lo inesperado.
—Bienvenido al club —dijo Mara recibiendo apenas una afirmación de cabeza por parte del recién llegado.
—Bien, comienzas ya mismo. No quiero quejas, no me gusta que me cuestionen y nunca, jamás, interrumpas mis siestas, si lo haces despídete de tus pelotas, ¿está claro? —indagó Aidan sin apartarle la mirada.
—Muy claro —respondió Gabriel.
—Ahora, necesitas un teléfono nuevo y… ¿armas? ¿Algo en especial?
—Todo lo que necesito está aquí —afirmó golpeando suavemente la mochila que colgaba descuidada de uno de sus hombros.
—Bien. El teléfono sólo tiene nuestros números. No lo llenes de porquerías ni aplicaciones imbéciles. Si quieres entretenerte compra otro, este es solo para el trabajo —afirmó y apagó el cigarrillo en el cenicero de vidrio que se ubicaba sobre la enorme mesa de aquella sala de reuniones.
—Entendido.
—Anota dónde podemos ubicarte en caso de que…
—Aún no tengo dónde quedarme, acabo de llegar a la ciudad —interrumpió logrando que Aidan se tomara el tabique de la nariz y suspirara exhausto.
—¿Qué dije sobre interrumpir?
—No es una de sus siestas —respondió confundido Gabriel.
Bueno, la risita burlesca de Cameron lo obligó a fruncir el ceño y esperar lo peor.
—Me importa una mierda —gruñó con mal humor Aidan—. No me interrumpas —ordenó—. Volviendo a lo de tu ubicación, si no tienes donde ir en El Hotel podrán recibirte por una noche o dos. Apenas estés ubicado en otro sitio me avisas.
—Comprendo —dijo y aguardó más órdenes.
“Parece simpático”, susurró divertido en su mente aguantándose las ganas de reír. Al parecer su jefe era un malhumorado insufrible que tenía muchísimas ganas de hacerle la vida miserable a todos. “Bienvenido al club”, agregó y decidió que mejor prestar atención a las indicaciones que estaban por darle.
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Alexandra Estella Moliné se había acostumbrado a la soledad, la había hecho parte de su vida en cuanto cerró la puerta de ese lugar que supuestamente debía llamar hogar.
Ella sabía que no necesitaba a nadie, que sola se podía valer, lo había hecho antes y lo seguiría haciendo en el futuro. Se lo repitió una y mil veces mientras arrojaba sus bolsos por la ventana de ese que había sido su departamento, ignorando los golpes en la puerta y los gritos que no paraban de llamarla.
Ya había reiniciado su vida en otras ocasiones y ahora le tocaba hacerlo una vez más, por lo que no sentía ni miedo ni angustia, no sentía más que esa extraña satisfacción que la colmó por completo mientras se arrojaba a ella misma por la ventana hacia el sucio callejón en donde sus botas negras retumbaron con fuerza contra el pavimento.
Rápidamente se colgó todas las bolsas, ajusto el agarre alrededor de la maceta con aquel helecho enorme que era lo único constante en su vida, y corrió por el callejón hacia la calle principal para luego no detenerse hasta alcanzar la estación.
Subió al primer tren que arrancó apenas ella alcanzó el andamio y se ocultó con rapidez en los baños antes de que al imbécil del trabajador se le ocurriera pedirle el pasaje.
—Bueno, bebé —le dijo a su planta la cual había apoyado en el lavabo del baño mientras acomodaba sus hojitas pequeñas y le quitaba las que se habían tornado marrones—, mamá conseguirá un buen departamento donde la luz entre mejor que en la porquería donde vivíamos. Tú tranquilo, arreglaré esta mierda —afirmó observando por la ventana que la ciudad comenzaba a quedar detrás y algunos cultivos aparecían con rapidez.
No sabía a dónde iba ese tren, no tenía idea cuándo ni dónde se bajaría, pero algo dentro suyo le aseguraba que todo iría a mejor.
Bueno, tampoco tenía forma de saber cuánto se equivocaba, no podía sospechar que su intuición la había cagado una vez más.