Dulce maldición
Katsuki sabía que aquel frío que recorría su cuerpo no era algo natural. Era un aviso. El aviso de una promesa que había prevalecido a través del tiempo y el espacio, y que se mantenía intacta. Una sonrisa desgarradora se dibujó en su rostro permitiendo que sus afilados colmillos se asomaran un poco, dándole un aspecto más salvaje. El aullido que brotó desde lo más profundo de su garganta al alzar su rostro en dirección de las estrellas, mientras se encontraba bajo el cobijo de la luna llena, había sido de total euforia. Esperar un año entero para volver a reunirse con el responsable de que su corazón comenzara a latir con anhelo parecía demasiado, pero resultaba efímero cuando contabas con vida eterna. Agudizando todos sus sentidos, Katsuki salió de la cueva en donde vivía y comenzó a correr con toda la fuerza que sus piernas le proporcionaban por aquel bosque olvidado por la humanidad, esquivando las ramas y cualquier tipo de obstáculo que se le pusiera enfrente. Aquel bosque siempre le causaba escalofríos en esa noche en particular, en la noche donde los muertos regresaban y se les permitía deambular con total libertad, cuando el velo que separaba al reino de los muertos con el de los vivos se desvanecía por completo. La cantidad de almas que habitaba aquel bosque era equiparable a la cantidad de personas que habían vivido en aquella zona cuando todo era urbanización, demasiados siglos atrás, tantos que Katsuki ya había perdido la cuenta.
Por lo general procuraba no prestar demasiada atención a las almas en pena que intentaban asustarlo o tener algún tipo de contacto con él mientras corría, porque si lo hacía sería capaz de reconocer varios rostros. Rostros que le traerían a la memoria recuerdos de cuando él también había vivido como un humano común y corriente. Rostros que le recordarían su pasado y lo que había tenido que abandonar, luego de perder a quien más había querido en aquel fatídico accidente de auto donde él había sido el único sobreviviente y cuyo responsable había sido un estúpido borracho que no se había detenido cuando el semáforo se había puesto en rojo.
Si cerraba los ojos era capaz de verse a sí mismo en el momento exacto en el que aceptó aquel pacto tan extraño, que en un principio le había parecido un simple juego de niños, pero que había terminado por aceptar a pesar de ser consciente de que se trataba de una maldición. Katsuki ya ni siquiera recordaba qué entidad le había otorgado aquel maravilloso deseo, o cómo fue que se contactó con ese ser con lo escéptico que era. Pero el dolor de su alma era mayor y más asfixiante que cualquier otro tipo de sufrimiento que hubiera experimentado. Quizás le vendió su alma al mismísimo demonio, pero lo consideraba un pago adecuado con tal de poder ver una vez más a quien tanto amaba. Un pago que le exigía matar personas con tal de saciar su propia hambre, después de todo, ser un hombre lobo había modificado su dieta y de alguna manera tenía que darle almas al demonio que le había proporcionado tan maravilloso obsequio.
— ¿Qué estarías dispuesto a hacer con tal de volverle a ver?
— Lo que sea. No me importa. — Katsuki miraba a aquel ser con determinación y sin ningún tipo de duda.
— ¿Aunque solo se te permita pasar una noche con él cada año?
Katsuki frunció el ceño, pero después de dirigir su mirada al cuerpo inerte de aquella persona que tanto amaba dentro de un horrible ataúd, no lo dudó ni un minuto más. — Una noche es mejor que nunca más volverle a ver, de poder tocarlo o de no poder estar con él.
— Que así sea entonces. — La criatura sonrió de manera macabra ante la aceptación. Sus ojos brillando de un rojo intenso que le hizo desviar la mirada cuando un escalofrío había recorrido toda su columna vertebral. — A cambio me darás tu humanidad. Dejarás de ser un ser humano. Vivirás eternamente y te convertirás en una criatura de la noche, un licántropo. Un licántropo que solamente devorará personas para saciar su hambre. Tú te alimentarás y yo me apoderaré de sus patéticas almas. Pero ten cuidado, vivir eternamente no quiere decir que seas inmortal.
— Me tiene sin cuidado todo eso. — El rubio se cruzó de brazos mientras observaba a aquel ser con cierta irritación. — ¿Entonces podré verle? ¿Cuándo?
— Tú mismo lo sabrás.
En un principio había pensado que todo había sido algo producto de su imaginación. Que el dolor que había sentido tras la perdida de la persona que más amaba, le había ocasionado una especie de sueño que solo revelaba el deseo más ferviente de su corazón. Siguió siendo una persona normal con el corazón destrozado. Pero todo cambió la primera noche de luna llena después de aquel extraño sueño. El dolor de sus huesos al romperse para deformarse y así cambiar de forma, lo dejó sin aliento. En realidad, no recordaba mucho de lo que sea que pasó durante aquella primera transformación. Lo impactante fue al despertar, cuando había vuelto a la normalidad y a su lado se encontraba el cuerpo desmembrado de un hombre que afortunadamente no conocía. Se sentía saciado de una manera que nunca lo había estado, pero eso no evitó las arcadas que aquella primera visión le otorgaron, ni siquiera el vómito que surgió después desde lo más profundo de sus entrañas. Katsuki había despertado desnudo y bañado con la sangre de aquel pobre infeliz.
Entonces entendió que nunca más podría regresar al lado de su familia y amigos. Desapareció por completo de sus vidas, pero aun así se mantuvo lo suficientemente cerca como para poder visitar la última morada de quien había sido el amor de su vida. La primera víctima siendo consciente de lo que era y de lo que tenía que hacer, fue aquel desagraciado que le había arrebatado todos sus sueños, ilusiones y corazón. Disfrutó cada grito, cada súplica y cada lágrima que le había arrebatado mientras lo devoraba. Katsuki nunca se había considerado una persona rencorosa, pero mentiría si negaba que no se había divertido torturando a aquel hijo de perra. Cada vez que mataba se sentía más fuerte, más lúcido y con más ansías de conseguir lo que quisiera. Era una buena manera de entretenerse mientras esperaba.
Supo que aquella criatura cumplió por completo con su promesa en la noche del día de muertos, cuando las almas en pena regresan y rondan por el mundo mortal con total libertad. Aquella primera vez un escalofrío similar le había recorrido por completo y su instinto le había indicado que corriera con todas sus fuerzas al encuentro de aquel a quien había estado esperando con tantas ansías. Se sentía casi como si un hilo lo jalará en la dirección en donde se encontraba su contraparte, y definitivamente no iba a hacer nada por oponerse. Desde entonces, cada año, la noche del día de muertos era lo que más anhelaba durante trescientos sesenta y cinco días. Se convirtió en su festividad favorita.
Un jadeo salió de su boca al llegar a aquel panteón en donde todas las tumbas se encontraban desgastadas y llenas de maleza, salvo una a la que él mismo se encargaba de cuidar con completo esmero. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios al notar aquella persona translúcida flotar sobre donde deberían estar enterrados sus restos, si es que aún quedaba algo ahí abajo. Su mirada ausente y su tez pálida debería de perturbarlo pues era evidente que se trataba de un espíritu, pero lo único que podía sentir en esos momentos era una inmensa alegría por volver a verle.
— ¿Deku?
El susurro de la voz del rubio despertó de su largo letargo a aquel peliverde quien no dudó en sonreír radiante al reconocer el sonido de la voz de la persona que tanto amaba. Cuando el rubio le extendió sus manos, el peliverde flotó con rapidez para poder tomarlas con ternura. Y aunque la lógica dictaba que un espíritu no podía tocar nada del mundo mundano, en cuanto sus manos entraron en contacto con las del rubio, su cuerpo se materializó, volviéndose sólido.
— ¡Kacchan! ¡Te extrañé mucho!
Katsuki sonrió mientras se aferraba a la cintura del chico con extrema delicadeza. Después, simplemente inclinó un poco su rostro para poder capturar los labios ajenos en un beso necesitado que había esperado dar por un año entero. Katsuki sonrió satisfecho al saberse correspondido al instante mientras esas pequeñas manos intentaban peinar el desastre que era su cabello. Izuku se miraba igual que la última vez que lo había visto, incluso portaba la misma ropa con la que había muerto, aquel estúpido traje de fantasma que se había convertido en algo irónico pues ahora en verdad se había transformado en uno. Quizás lo más perturbador era que también se podía apreciar la herida que le había arrebatado la vida en la parte posterior de la cabeza del peliverde y que nunca dejaba de sangrar. Una herida donde se podría apreciar, si se observaba con mucha atención, el pulso lento del cerebro que nunca pudo desinflamarse a causa del impacto. Sin embargo, sin importar qué aspecto tuviera, Izuku Midoriya seguiría siendo el chico más hermoso que Katsuki había visto sobre la faz de la tierra, aquel a quien tanto amaba y que seguiría amando por el resto de su existencia. Katsuki sintió las manos heladas del peliverde enmarcando su rostro mientras profundizaba el beso, unas manos que anteriormente habían sido tan cálidas, pero que lo seguían sosteniendo con la misma ternura que tanto anhelaba con cada despedida.
— No más que yo a ti, Zuzu.
Katsuki le sonrió con ternura y sin soltar la mano del peliverde se adentró al bosque en donde podrían pasar aquella noche en la cueva que hacía tiempo se había convertido en su hogar cada año, un lugar donde daban rienda suelta a su amor y a los sueños que en vida habían compartido y que un ebrio les había arrebatado de la forma más cruel.