Capítulo 1
Miré el pequeño reloj digital sobre la nevera.
Ya eran las seis y media de la tarde. El suave zumbido del refrigerador llenaba el silencio de la habitación, un silencio al que me había acostumbrado.
Xavier no tardaría en llegar. Alisé las servilletas de la mesa del comedor, sintiendo esa mezcla habitual de emoción y tristeza que me invadía cada noche con su llegada.
Comencé a servir la comida que había preparado: su estofado de ternera favorito, pan de ajo crujiente, una ensalada verde y repollo con mantequilla. Pasé horas perfeccionando el guiso, esperando que los sabores familiares encendieran algo entre nosotros, aunque solo fuera una sonrisa o una breve charla.
Cinco minutos después, la puerta se abrió y el sonido resonó por nuestra casa silenciosa.
«Ya estoy en casa», anunció al entrar. Su voz era profunda, educada pero distante.
«Bienvenido», respondí, acercándome a saludarlo y tomando su maletín, sintiendo el peso habitual en mis manos.
«¿Cómo estuvo el trabajo?», pregunté, esperando un momento de conexión.
«Ocupado», contestó con sencillez. Sus ojos se cruzaron con los míos apenas un segundo antes de apartar la mirada.
Fue al baño a lavarse las manos. Cuando se sentó frente a mí en la mesa, ya le había preparado su bebida y puesto la servilleta sobre su regazo.
Comimos en silencio. Él no compartió nada sobre su día y yo tampoco tenía mucho que decir, tras pasar la jornada sola en casa. El sonido de los cubiertos contra los platos llenaba la estancia; un ritmo que ambos conocíamos demasiado bien.
«Gracias por la cena. Estaba deliciosa», dijo al levantarse, ofreciendo un breve asentimiento de agradecimiento.
«De nada», respondí en voz baja, observándolo mientras subía las escaleras. Los peldaños crujieron bajo su peso y escuché hasta que el sonido se desvaneció, dejándome sola de nuevo.
Recogí la mesa, guardé con cuidado las sobras en la nevera y lavé los platos; el agua caliente fue un pequeño alivio en aquella noche fría.
Tras terminar en la cocina, subí a ducharme. El agua tibia resbaló por mi cuerpo, lavando el persistente dolor de la soledad que sentía cada noche.
Esa era nuestra rutina, la de Xavier y la mía. Día tras día. Un ciclo inmutable que hacía tiempo había dejado de cuestionar.
Llevábamos cinco años casados y nada había cambiado entre nosotros. Tampoco esperaba que cambiara. Había una distancia entre los dos que parecía insalvable.
Una vez ducha y cambiada, salí de mi habitación. Me fijé en que la luz seguía encendida en la biblioteca; probablemente trabajaba hasta tarde, como solía hacer. El trabajo parecía ser su vía de escape, el lugar donde encontraba un propósito, al contrario que en nuestro hogar.
Bajé al salón para ver mi programa favorito. Los personajes de la pantalla reían y compartían historias; sus vidas rebosaban calidez, un marcado contraste con los espacios vacíos que me rodeaban. A las nueve, tras cerrar la puerta principal, subí de nuevo; otra parte de mi rutina nocturna.
Al pasar frente a la biblioteca, vi que la luz seguía encendida. Debía de haber traído mucho trabajo a casa. Era así todas las noches; su dedicación al trabajo solo subrayaba el vacío de nuestro matrimonio.
Continué hacia mi habitación y me acomodé con un libro, cuyas palabras ofrecían una breve huida de mis pensamientos. Leí hasta que mis ojos pesaron, entonces apagué la luz y dejé que la oscuridad me envolviera mientras me sumía en el sueño.
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HACE CINCO AÑOS
«Tienes que casarte con él, Jade».
Fueron las palabras de mi padre mientras yacía moribundo en la cama del hospital, con una voz débil pero insistente.
«Papá, no puedo...» Apenas podía respirar entre sollozos, con el corazón roto al mirar sus ojos cansados.
Lloraba, incapaz de aceptar por qué debía sacrificar mi futuro por alguien a quien ni siquiera conocía. El peso de su petición se sentía como una cadena arrastrándome a una vida que jamás deseé.
«Xavier Morganthe te ayudará con el negocio. Me estoy muriendo, Jade. Es el único en quien confío para que te cuide», dijo mi padre, con los ojos llenos de una tristeza que nunca antes había visto.
No tuve opción. Sus palabras resonaban en mi mente, aunque mi corazón se rebelaba contra ellas. Solo tenía veintiún años y aún me aferraba a los sueños de un amor que aún no había vivido.
Conocí a Xavier el día de nuestra boda, en la habitación del hospital de mi padre. Las luces fluorescentes proyectaban un resplandor crudo, resaltando las paredes estériles y el pitido constante del monitor cardíaco.
Un juez nos casó allí mismo, tras firmar un contrato. Todo parecía irreal, como una pesadilla de la que no podía despertar.
Solo dos abogados y mi padre presenciaron la ceremonia. Ni familia, ni amigos. Solo firmas frías sobre un papel, sellando un destino que ninguno de los dos había elegido.
Xavier ni siquiera sonrió. Apenas me miró. ¿Cómo iba a hacerlo? Estaba obligado a casarse conmigo, igual que yo con él. Podía ver la reticencia en sus ojos y la amargura en su actitud.
La empresa de mi padre iba a fusionarse con la de Xavier, pero antes de finalizar el papeleo, mi padre enfermó. Estaba muriendo y su último acto para asegurar mi futuro fue casarme con Xavier.
Si alguno de los dos pedía el divorcio, no obtendríamos nada de la compañía. Esa era la condición de mi padre. Fue su forma de unirnos, para bien o para mal.
Todas las acciones irían a quien permaneciera. La empresa, su legado, caería en manos de quien resistiera.
Como el legado de la empresa me importaba, no tuve más remedio que aguantar este trato: atrapada en un matrimonio sin amor. Mis sueños de una vida llena de pasión y compañía se habían marchitado, sustituidos por un deber del que no podía escapar.