Capítulo 1
El carruaje se detuvo con un chirrido estridente frente al 221B de Baker Street. John Watson bajó con un suspiro de alivio, cargando una maleta que pesaba más de lo que recordaba al salir del hospital militar. Había regresado a Londres en busca de una vida tranquila, lejos del eco de los disparos y los gritos de los heridos. Lo último que esperaba era compartir piso con un hombre del que apenas sabía nada.
Subió los escalones con cautela, deteniéndose frente a la puerta. Había algo peculiar en el anuncio que lo había traído aquí: “Se busca compañero de vivienda. Discreción y mente aguda, imprescindibles.” En retrospectiva, quizás debería haber sospechado. Pero el alquiler era bajo, y su paga como médico no daba para lujos.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar. Del otro lado, un hombre alto y delgado lo miraba con un semblante afilado. Sus ojos grises parecían atravesarlo, como si estuvieran desnudando cada rincón de su alma.
—Doctor John Watson, supongo —dijo el hombre, sin siquiera ofrecer un saludo.
—Así es. Y usted debe ser... —John titubeó, consciente de que no le habían dado un nombre en la correspondencia.
—Sherlock Holmes. Pase. —El hombre dio media vuelta y entró en el piso sin esperar respuesta.
El interior estaba decorado con un caos que bordeaba lo artístico: pilas de libros apilados sin orden aparente, instrumentos musicales descansando en rincones improbables, y un cráneo humano sobre la repisa de la chimenea. El aire olía a tabaco de pipa y algo químico que John no pudo identificar.
—Espero que no le incomode el olor. Estaba realizando un experimento. —Holmes tomó asiento en un sillón gastado y señaló el otro con un gesto impaciente.
John dejó su maleta junto a la puerta y se sentó, aún intentando adaptarse al ritmo del hombre frente a él.
—¿Experimento?
—Sí. Quería comprobar cuánto tiempo tardaría un cuchillo oxidado en cortar tendones si el ángulo era incorrecto. Resultó inútil. La oxidación lo debilita demasiado. —Holmes soltó la frase como si fuera un dato trivial.
John parpadeó, algo desconcertado.
—Ah. Interesante.
Holmes esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Es curioso. Un médico militar con una leve cojera en la pierna derecha, pero suficiente fuerza en la mano izquierda como para haber sujetado un arma repetidamente. Además, tiene un tic en la mandíbula cuando intenta ocultar el estrés. ¿Qué lo trajo a mi puerta?
John se enderezó en su asiento, sintiendo una mezcla de incomodidad y asombro.
—¿Cómo sabe todo eso?
Holmes chasqueó la lengua, como si la pregunta fuera un fastidio.
—La manera en que camina, la inclinación de su cuerpo al sentarse, la línea de tensión en su rostro. Todo eso habla. Y yo escucho. —Sus ojos se entrecerraron, evaluándolo nuevamente—. Sin embargo, hay algo más. No solo busca un lugar donde quedarse, ¿verdad?
John se quedó sin palabras por un momento. La perspicacia de Holmes era desconcertante, pero también intrigante.
—Creo que será interesante vivir aquí —dijo finalmente, dejando escapar una leve sonrisa.
Holmes se reclinó en su sillón, evaluándolo con una intensidad que habría intimidado a cualquiera menos a John, que ya había mirado la muerte a los ojos.
—Quizás no sea tan terrible como pensé. La mayoría de las personas no tienen paciencia para alguien como yo. ¿Qué opina de los asesinatos?
La pregunta lo tomó por sorpresa, y no pudo evitar soltar una risa nerviosa.
—¿Perdón?
Holmes se levantó de golpe, con una energía casi febril.
—Un asesinato, Doctor Watson. Ha habido uno en Whitechapel. La policía está completamente perdida, como siempre. Me necesitan, aunque no quieran admitirlo. ¿Le gustaría acompañarme? Sería una excelente manera de conocernos mejor.
—¿Ahora mismo? —preguntó John, mirando la maleta que aún no había desempacado.
—El crimen no espera. ¿Está listo? —Holmes le tendió un abrigo sin esperar respuesta.
John vaciló un momento, pero algo en la mirada de Holmes lo impulsó a levantarse. Había algo magnético en ese hombre, una energía que no podía ignorar.
Mientras salían a la noche londinense, John no podía evitar preguntarse en qué se estaba metiendo. Sin embargo, había algo en la forma en que Holmes hablaba, en su seguridad absoluta, que le hacía sentir que, por primera vez en mucho tiempo, su vida podía tener un propósito más allá de sobrevivir.
Y así, bajo la luz tenue de las farolas, comenzó una de las asociaciones más legendarias de la historia.