Celos

Sinopsis

[...] Desde el otro lado de las jardineras le afila la mirada a la rubia niña y vuelve a sentir ese ardor en su garganta, impidiéndole pasar saliva. Los celos son horribles, se establecen en la boca de su estómago con intenciones de hacerle vomitar todos los insultos que está pensando. [...] Furihata Kōki está celoso. [AkaFuri]

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Capítulo único

Furihata Kōki nunca se consideraría alguien celoso.

Cuando era niño, su hermano recibía más atención que él por temporadas, pero Kōki jamás mostró signos de celos. Al contrario, apoyaba y festejaba a su hermano todo el tiempo. Lo hace incluso en la actualidad.

O en la escuela, cuando Fukuda y Kawahara acaparan a Izuki en los entrenamientos, Furihata en vez de celar a su senpai favorito se une a ellos a la conversación y entrenan juntos.

Ni siquiera con su actual novio, el fabuloso Akashi Seijūrō, ha mostrado una faceta tan vulgar como lo son las escenas de celos. Porque Seijūrō es todo un hombre, jamás le ha dado pie a desconfiar de él en ningún momento. Le ha brindado toda la confianza del mundo.

Entonces, si es así, ¿por qué él…?

—¿¡Lo viste, Mei-chan!? ¿¡Lo viste!?

—¡Sí, tenías razón! ¡Akashi-sama es tan guapo e increíble!

Ah, ya se acordó.

Quizá, si tan solo quizá, hubiera aceptado retirarse con su equipo a casa y reunirse en la comodidad del hogar Furihata, esa faceta suya no hubiera salido a la luz.

Los celos son algo que Kōki jamás había experimentado. Son horribles. Su boca se seca, la cara le arde, sus manos se vuelven blancas del coraje. Millones de pensamientos malintencionados revolotean por su mente al escuchar a esas dos niñas, con el uniforme de Rakuzan, hablar maravillas de su novio.

Y Kōki sabe que todo lo que dicen es verdad. Akashi Seijūrō es demasiado atractivo para el mundo, es un jugador increíble para el deporte y es un hombre perfecto para cualquier mujer.

—¡Ah, quisiera que Akashi-sama me abrace con esos brazos!

Una de las niñas, la de voz chillona que le cala en el oído, grita a los cuatro vientos el mejor atractivo de su novio. Kōki quiere decirle que se calle, pero no puede estar más de acuerdo.

Los brazos de Akashi son lo mejor del mundo.

Desde el otro lado de las jardineras le afila la mirada a la rubia niña y vuelve a sentir ese ardor en su garganta, impidiéndole pasar saliva. Los celos son horribles, se establecen en la boca de su estómago con intenciones de hacerle vomitar todos los insultos que está pensando.

¿Cómo se atreven esas niñas de primer grado hablar de un chico que no conocen como si fueran íntimos?

Ambas niñas chillan, importándoles poco que los transeúntes que habían ido a ver los partidos de ese día las juzguen con la mirada. Así como lo hace él.

Las escaleras que dan a la entrada del recinto de la Winter Cup son lo único, además de su cordura, que le impiden ir y darle una bofetada a las estúpidas mocosas que causan en él ese espantoso sentimiento.

—Ne, ne, ¿a qué olerá Akashi-sama?

Da un respingo al escuchar la pregunta de la azabache a su amiga rubia, que se sonroja al pensar la respuesta. Ellas no lo saben, no lo sabrán nunca mientras Kōki sigua con vida.

Akashi huele a una cara loción de frutos rojos y a su perfume de diseñador con notas amaderadas, olor que le revuelve la zona intima cada que entra por su nariz.

—Oh, no lo sé, Mai-chan —responde desilusionada la rubia, haciendo que Kōki sonría por lo bajo, sonrisa que le dura poco —. Pero, ¿¡crees que bese bien!?

Sus labios se aprietan. La sensación de los labios suaves de Akashi se aloja en un recordatorio que son solo suyos. Tiene la intención de llevarse la yema de los dedos para saborearlos, necesitándolos, pero en vez de eso su rostro se contrae en enojo al ver la cara de satisfacción de ambas niñas.

Parecen creer que encontraron el sabor de sus besos, pero está seguro que no su imaginación no se acerca ni un poco.

Entonces recuerda porque sigue ahí parado, escuchándolas hablan sin cesar de su hombre.

Está esperando a que el equipo de Rakuzan salga hacia el hotel.

Las niñas frente a él, que portan la falda y el saco gris del instituto de Kioto, parecen estar esperándolo también. Tiene que admitir que son bonitas. La rubia es tierna, de cabello rizado sujetado en un hermoso lazo blanco y de grandes azules ojos. La azabache tiene toques maduros, su piel es blanca y sus ojos son tan filosos como los de un gato.

Sin embargo, no son el tipo de chicas que le gustan a Akashi.

Para empezar, a él ni le gustan las chicas. Y para terminar, su tipo son los que tienen dignidad.

Un par de niñas que gritan sus fetiches y deseos al aire libre tienen todo menos dignidad.

Las puertas de la Winter Cup se abren dejando ver al orgulloso equipo de camisas blancas y detalles celestes caminar. Seijūrō, tan elegante y despampanante como siempre, está en el medio, portando su chaqueta por los hombros.

Una manía que dejó El Emperador antes de volver a las sombras.

Kōki busca su mirada y Seijūrō le sonríe de vuelta antes de darle la espalda para dar algunas indicaciones más a su equipo y dejando la batuta al vicecapitán Mibuchi Reo. Fueron unos segundos de tranquilidad hasta que el chillido de la rubia chica le dañó el otro oído.

—¡Me sonrió, me sonrió!

Kōki quiere deshacerle el precioso moño que tiene en la cabeza, violentamente, al oírla adjudicarse esa hermosa sonrisa.

Ambas niñas se emocionan. Kōki prefiere desviar la vista a la fornida espalda de Seijūrō en la distancia. Se pierde entre sus flexionados brazos, sus elegante forma de dar órdenes y la complaciente sonrisa que le da a Reo cuando este pregunta algo.

Puede imaginarse qué tipo de pregunta hizo mientras le corresponde el saludo al pelinegro desde la lejanía.

Reo se despide y se lleva a Rakuzan por un lateral, donde alcanza a ver los dos camiones de la escuela que los llevaran al hotel. Seijūrō tiene toda la libertad de regresar solo, por ser el capitán y el presidente del comité de alumnos.

Por eso, Seijūrō baja las escalares tranquilamente hacia Kōki, con una sonrisa que le relaja el ardor del estómago y le hace soltar los puños que en algún momento había formado. Siente la sangre circular en sus blancos nudillos.

Tiene a Seijūrō de frente. Su mirada se suaviza al encontrarse con la propia y le sonríe más hermoso que antes. Puede notar las miradas llenas de confusión, envidia y fascinación de las niñas frente a ellos que, si se atreve a imaginar, habían pensado que el capitán se dirigía a ellas.

—¿Nos vamos, Kōki?

La voz de Seijūrō acaricia sus lastimados oídos, pero su atención se queda atrapada en ambas chicas que fruncen el entrecejo al escuchar al capitán de su equipo hablar suavemente.

Entonces, Kōki, encuentra otra faceta en él. A un lado de los celos que acaba de experimentar coloca una nueva emoción, el resentimiento.

Regresa la vista a Seijūrō, frunce sus labios en un lindo puchero, toma las manos de Seijūrō entre las suyas y con la voz más infantil le dice:

—Sei, ¿podemos quedarnos un rato más?

Nota como la cara de Seijūrō pasa de sorpresa a enternecimiento. Seijūrō le deja jugar con sus manos y Furihata las mece suavemente en sus costados antes de subirlas en medio de ambos y entrelazar sus dedos, con una sonrisa tan inocente que lo derrite.

Las chicas siguen ahí, mientras Furihata se pega a la pared, jalando un poco a Seijūrō hacia él.

—¿Tienes frío? —pregunta.

Sin darle tiempo a responder suelta sus manos y las lleva por la longitud de sus brazos, haciendo todo lo posible por que las chicas atrás puedan ver los músculos de los que tanto hablaban.

Kōki disfruta de sus caras cuando aprieta en sus músculos favoritos, acaricia hasta el hombro y toma la chaqueta, dejando lo descubierto.

La boca de Kōki se vuelve agua cuando ve sus propios dedos hundirse en la piel de porcelana, se imagina a sí mismo mordiendo los trabajados músculos y dejando marcas, pero se contiene.

Les brinda el mejor espectáculo de masaje a las niñas y espera que lo disfruten, pues será la única ocasión.

Los ojos llenos de envidia le dan mil años de vida más.

Seijūrō permanece en silencio, seguramente analizando sus acciones. Pero Kōki está tan cegado de celos que no le interesa.

Se deshace de su propia chaqueta, de colores negros y rojos, y las intercambia.

—¡Mira, con mi suéter estarás más cómodo!

Es un gesto infantil, el típico juego de intercambiar ropa con tu pareja. Kōki lo ve como una forma de marcar territorio.

Seijūrō, sin decir absolutamente nada, se pone la chaqueta de Seirin. Kōki, a su vez, viste la de Rakuzan y, en un afán tan exagerado, se hace chiquito y hunde el rostro en los pliegues del cuello y suelta un gemido de placer cuando el aroma corporal de Seijūrō, combinado con su perfume y loción, cosquillea su nariz y humedece su intimidad.

—¡Ah, Sei, me encanta tu perfume!

Las niñas atrás se encogen de hombros, incomodas. Kōki las mira e identifica en sus expresiones que se han visto descubiertas. Incluso la rubia, la que más gritaba momentos atrás, está completamente callada y ruborizada por la vergüenza.

Kōki rodea el cuello de Seijūrō íntimamente, reposa su mejilla por encima de su hombro y, viendo directamente a las niñas con una sonrisa triunfante le susurra lo suficientemente alto para que ellas escuchen:

—Te amo tanto, Sei.

Seijūrō, en un tono más alto, responde:

—Y yo a ti, Kōki.

Verlas huir, completamente rojas, es glorioso. La rubia refunfuña y la azabache pide perdón con la cabeza antes de salir corriendo, humilladas.

Kōki siente una gran satisfacción seguir su recorrido hasta verlas desaparecer. Satisfacción que le dura poco cuando siente la diestra de Seijūrō posarse en su cadera y la zurda apoyarse en la pared, acorralándolo.

Tiene a Seijūrō mirándolo seriamente, y toda la arrogancia de hace unos segundos se desvanece.

—¿Qué fue eso, Kōki?

La voz de Seijūrō suena igual de tranquila que antes, pero tiene un tono acusador que le hace temblar.

—¿E-Eh? Ah… —balbucea, intenta desviarle la intensa mirada volviendo al recorrido de las niñas, pero la diestra de Seijūrō abandona su cadera y le toma, ferozmente, la barbilla, obligándolo a verlo —S-Sei, yo…

—Mnh… —Seijūrō le ve de arriba abajo, se detiene en la chaqueta de Rakuzan que trae puesta y sonríe —Kimura y Watanabe.

—¿Eh? —Seijūrō ensancha la sonrisa con su confusión.

—Son las nuevas managers del equipo —explica Seijūrō, mientras, injustamente, saborea los carnosos labios de Kōki —. Suelen ser imprudentes al hablar, pero no tienes que preocuparte por ellas, les he dejado claro que no me interesan. Creo que tú también.

Los colores se le suben a Kōki cuando Seijūrō explica la situación. El pelirrojo le ve, ansioso, con los orbes rojizos llenos de lujuria que pude ver en ellos una forma de corazón caricaturesca.

Kōki, además de vergüenza y miedo, se calienta.

Seijūrō reduce aun más la distancia entre en la pared, Kōki siente su respiración chocando con sus labios.

—T-Tú sabías qué estaba pasando… —Seijūrō le asiente, divertido y totalmente enamorado. Solo puede esconder su rostro entre sus manos —No sé que me pasó, Sei… Yo…

—Está bien.

Interrumpe Seijūrō, con un tono más sereno. Kōki no cabe más en la vergüenza, pero se deja hacer por los besos llenos de amor que le da Seijūrō por la mejilla.

Es hasta que llega a su boca cuando le da uno de los besos que lo deja sin aliento, con las piernas temblando y con ganas de más. Seijūrō juega discretamente con su mano, bajando hasta sus caderas y entrometiendo las yemas de sus dedos debajo del elástico de su uniforme.

Cuando se aparta, dejando un hilo de saliva uniendo sus labios, Seijūrō le susurra en voz grave en el oído, enrojeciéndolo más si es posible.

—Pero si quieres estar más tranquilo, puedes marcarme cuánto quieras en mi habitación.

Kōki ha aprendido que los celos son una sensación horrible. Dejaron su garganta ardiendo, su cabeza dando vueltas y sus nudillos sin sangre.

El resentimiento lo es aun más. Lo lleva a cometer actos impropios de él, indecentes y de los que se puede arrepentir.

Pero también aprendió que, de alguna manera muy retorcida, a Seijūrō le encanta cuando se pone celoso. Y si Seijūrō está encantado, él lo estará más.

Seijūrō se aparta, toma su mano con delicadeza como si no acabara de besarlo lujuriosamente en vía pública y entrecierra sus ojos que brillan tiernamente. Los labios de Seijūrō están humedecidos, algo rojizos e hinchados, reflejando el ardiente sol.

—¿Nos vamos, Kōki?

Repite.