El Príncipe Dorado

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Sinopsis

Un reino azotado por la corrupción y reyes crueles deposita sus esperanzas en el joven príncipe. El pobre tendrá que lidiar con los problemas de la nación. ¿Lograra reinar la paz y la justicia cuando ascienda al trono?

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Estaba de pie en medio de cientos, miles de personas sucias, mal alimentadas, mal vestidas; prácticamente esclavizadas, trabajando de sol a sol en minas, en granjas y bosques. Apestaban a putrefacción y tenían unos rostros, adoloridos, largos, tristes, casi cadavéricos. Latigazos y sangre por todas partes. Los que no resistían se convertían en comida para los cuervos, atraían insectos y sus cuerpos quedaban tirados, pudriéndose, por todas partes. La atmósfera se comenzó a inundar de gritos, llantos y lamentos, pero de fondo sonaban unas risas extrañas, con un dejo malévolo, se giró y vio a lo lejos unos rostros sonrientes disfrutar del espectáculo, detrás de ellos se veían sus blancos palacios de mármol, las ciudades de muros ciclópeos, los templos de muchos pilares, todo ello conseguido a base del sufrimiento. Sus rostros diabólicos se hacían cada vez más grandes, mientras más voces se unían a los desdichados gritos de dolor y pena las sonrisas se hacían cada vez más pronunciadas. Esto no puede seguir así, se decía el pobre a sí mismo, esos bastardos pagarán por lo que le hacen a mi pueblo. Los miraba fijamente con el rostro lleno de odio, cuando de pronto empiezan a amontonarse a su alrededor los campesinos, mineros, sus plebeyos, de aspecto inhumano -Es demasiado tarde- le susurran -No has hecho nada por nosotros- Lo señalan -Estás igual de limpio que ellos-

Era cierto, se miró las manos, impolutas, toda su ropa limpia, una capa magnifica, estaba reluciente, pero al verse así de limpio, solo podía ver lo sucio que estaba, con una mugre que no se podía limpiar fácilmente, la misma que cubría a los bastardos que los miraban riéndose.

-¡Tu has permitido que nos hagan esto!- gritan -Jamás lograrás nada- se abalanzan contra él, son demasiadas personas y comienzan a ahogarlo, el tumulto lo cubre hasta que desaparece debajo de ellos.


Sobresaltado se despierta, había sido una pesadilla ¿O era un recuerdo? Un poco de ambas. Las visiones lo atormentaban desde que su padre le enseñó la vida de sus súbditos. Estaba sudando frío, en su cara estaba plasmado el pánico.

Fue cuando apenas cumplió los diez años que el rey llevó al joven príncipe a conocer el reino. Comenzaron por la capital, la gran ciudad de blancos edificios y grandes murallas, pura, inmaculada, pero solo porque escondían la suciedad afuera.

Al joven heredero la ciudad le parecía muy similar al palacio, era como si fuese una extensión del mismo, así que se sentía cómodo caminando por las calles junto a su padre y la escolta real. Todos los paseantes se detenían a reverenciarlos, los comerciantes les daban obsequios, todos parecían felices, incluso el rey, pero él era solo un niño, y no podía ver la realidad, como todos le tenían miedo al rey, como la felicidad de los plebeyos era realmente una farsa, como su padre le mentía en su cara.

Al salir por el gran portón vieron unos campos magníficos, parecían cultivados con gran esmero y devoción por los campesinos, pero eso solo era cerca de los muros de la capital, para aparentar frente a los visitantes de otros reinos, mientras más se alejaban por la carretera, todo se volvía más, decadente.


Las ventanas de bronce estaban abiertas, permitiendo el paso tanto de la luz como del frío de la mañana, pero ella estaba cálida en su nido de amor bajo las capas de pieles y de lana. Recién había abierto los ojos cuando él se despertó de golpe y levantó el torso empujando las frazadas, estaba pálido y se notaba lo mal que había dormido.

-¿Más pesadillas?- Preguntó ella mientras trataba de volver a taparse.

-Sí- Contestó él con un dejo de miedo, se quedó quieto unos segundos, pero ella le acarició la espalda, su tacto siempre lo tranquilizaba, se giró para mirarla, estaba tan hermosa como una flor abriéndose por la mañana -Pero son menos potentes cuando te tengo a mi lado- Dijo mientras se recostaba nuevamente. Todavía sentía el olor a putrefacción en la nariz y en el fondo se sentía mal por dentro, como si estuviese enfermo, pero trataba de disimular para que ella no se preocupase.

-Sería mejor que no las tuvieras ¿No crees? Debes dejar de culparte-

-¿No lo entiendes? No he conseguido nada en diez años, siguen trabajando en las mismas condiciones y…- Pero fue interrumpido por un abrazo.

-Sé cómo te sientes Giallo, te conozco mejor que nadie ¿No es cierto? No es a mí a la que le tienes que explicar, por enésima vez, tu causa. Podrás cambiar las cosas cuando te coronen, mientras tanto, solo no hagas que te destierren, todo va a salir bien. Yo sé que lograrás grandes cambios, mi príncipe-

Nada lo reconfortaba más que sus dulces palabras, una pequeña lagrima se resbaló por su mejilla y se tranquilizó. Estuvieron abrazados un rato, sintiendo el calor del otro hasta que Giallo rompió el silencio -Lo primero que haré como rey será casarme contigo. Reina Sophaia, suena bien- Y la besó entre risas ¿Qué haría sin ella? se preguntó.

-Nada me gustaría más, pero sabes que a los nobles no les hará ninguna gracia-

-Los nobles pueden irse a la mierda, han gozado de sus privilegios por mucho tiempo, no me importan sus opiniones. por otro lado, apuesto que los plebeyos lo verán con buenos, una señal del cambio de régimen, y su opinión sí me importa, saben más que los nobles que se ríen de ellos-

-Prométeme que no harás que te maten, por favor, sabes que tu postura te traerá enemigos-

-Haré lo que pueda. Pero también piensa en la gran cantidad de personas que estarán agradecidas, cuantas vidas podría cambiar- Dijo Giallo con esperanza en el rostro. Los ojos le brillaban. El viento hacía bailar las cortinas dejando al descubierto el hueco de la ventana por el que miraba, intentaba ver un futuro brillante para el reino, campos trabajados con amor y dedicación, ciudades felices, súbditos agradecidos, nobles más humildes -Mi pueblo no dejaría que nada me pasara, estoy seguro, si algún noble intentara algo contra mí...-

-Giallo no digas esas cosas, por favor, no pienso gobernar yo sola- Dijo burlonamente -Pero sí, es muy seguro de que te amarán, pero no tanto como yo, por supuesto- Ambos rieron, pero ya había llegado la hora, con el amanecer venía la despedida, ambos sabían que tenían que levantarse. Ella debería volver a sus labores dentro del palacio antes de que notaran su ausencia y él tenía que ir rápido a su verdadero cuarto antes de que los sirvientes entraran a despertarlo y no lo encontraran, de nuevo. Pero ninguno soportaba la idea de alejarse una vez más. Ambos amantes se miraban con deseo, con un profundo amor alojado en sus almas y al mismo tiempo con un dolor punzante. Las cosas serían más fáciles si no tuvieran que guardarlo en secreto. Su único consuelo era la esperanza de casarse cuando el rey estuviese muerto, ya que en vida jamás permitiría que su hijo se casase con una "simple" plebeya.

Melancólicamente ambos se vistieron, Giallo se puso su túnica verde de lino, se la ciñó con un cinto y por último un himation corto de seda morado, mientras que Sophaia se colocaba su simple peplo de lana blanco con fíbulas de cobre, ambos se miraron, y solo pudieron ver lo lejos que estaban sus mundos, se abrazaron por última vez, él le dio un beso en la frente y ella le besó las mejillas, se despidieron cariñosamente y salieron cada uno por su parte.