prologo
El brillo de las luces del salón nupcial iluminaba cada rincón, pero para Kate y Jake, el ambiente era asfixiante. Los invitados, vestidos de gala, intercambiaban risas falsas y miradas de juicio, mientras los novios aparentaban un entusiasmo que no sentían del todo. En un rincón, los padres de ambos discutían sobre negocios, como si aquella boda fuera sólo otro trato cerrado con éxito.
Kate acariciaba la tela de su vestido blanco, sintiendo el peso de las expectativas que sus padres habían puesto en cada perla cosida. Jake, a unos metros, ajustaba la corbata, soñando con una vida en la que pudiera tomar decisiones propias. En sus miradas furtivas había algo más que atracción: había complicidad. Ambos sabían que no odiaban la idea de casarse entre sí; lo que no podían soportar era el control que venía con ello.
Cuando el reloj marcó las siete, en lugar de caminar hacia el altar, se encontraron en la parte trasera de un viejo convertible, dejando atrás el bullicio de la fiesta. Kate, aún con su vestido de novia y una sonrisa traviesa. Jake, al volante, no pudo evitar reír al ver la emoción en su rostro.
Aquella noche no solo escapaban de la boda; escapaban de un destino trazado por otros. El rugido del motor marcaba el inicio de un viaje hacia lo desconocido, donde las carreteras interminables serían su refugio y cada amanecer una oportunidad para redescubrir quiénes eran.
Y mientras los flashes de la ciudad se desvanecían en el espejo retrovisor, Kate y Jake entendieron que la verdadera aventura no era huir, sino aprender a ser libres y, quizás, descubrir juntos lo que significaba amar sin cadenas.








