PRÓLOGO
La noche había caído sobre el Imperio Coreano con una oscuridad profunda y fría, como si el cielo mismo lamentara la tragedia que se había desatado. El Príncipe Heredero Park Jimin, con tan solo catorce años, corría por las desoladas calles, sus pies descalzos golpeando el suelo frío, mientras el eco de las pisadas de los maleantes resonaba a lo lejos, cerca de su caza. Su corazón latía con fuerza, golpeando su pecho como un tambor, mientras su mente luchaba por mantenerse alerta.
— ¡No dejen que escape!
En su rostro, las heridas se mezclaban con la suciedad de la huida. Un leve rasguño le recorría la mejilla, y la sangre que manchaba su brazo izquierdo era prueba de los golpes recibidos al esquivar a los hombres que habían asesinado a su madre, la Emperatriz. En cada rincón de su mente, la imagen de ella moría una y otra vez. Pero no había tiempo para lamentarse, no cuando su vida corría peligro.
— ¡Ahí está!
— ¡Atrapen al Príncipe Heredero!
Las calles, que alguna vez estuvieron llenas de vida y sonido, ahora estaban vacías, como si todo el reino hubiera sido tragado por la oscuridad. La luz de las lámparas de aceite parpadeaba débilmente, reflejando sombras distorsionadas que se movían con rapidez. Totalmente exhausto, el niño tropezó, su pierna derecha cedió bajo el peso de su pequeño cuerpo, y se desplomó contra el suelo. Un fuerte dolor lo recorrió, pero apenas tuvo tiempo de reaccionar. El sonido de los perseguidores era cada vez más cercano.
— ¡Alto!
Con un último esfuerzo, el Príncipe se levantó, corriendo sin rumbo fijo, hasta que el rugido del río lo alcanzó. No podía pensar. Solo podía huir. ¿A dónde voy? Se preguntó muy asustado.
Pero cuando alcanzó la orilla, el agua lo arrastró violentamente, llevándolo río abajo.
La corriente lo golpeó con fuerza, su cabeza chocó contra una roca, y el mundo a su alrededor se desvaneció en un manto oscuro.
…
Fueron unas horas, o tal vez más que pasaron, hasta que el Príncipe Heredero despertó con un dolor punzante en la cabeza y la sensación de haber estado fuera de sí durante una eternidad. Al abrir los ojos, todo lo que veía era el suave resplandor de la luz que se filtraba a través de los árboles, acompañada de la suave brisa del río. A su lado, un niño lo observaba con ojos azules como el cielo, su rostro era pálido y sereno. Su cabello verde menta brillaba bajo el sol, siendo toda una visión tan delicada como imposible.
— ¿Qué…?
— No dejé que el río te llevara—dijo aquel niño con voz suave, casi como si hablara en susurros, mientras limpiaba sus heridas con una mezcla de hierbas y arcilla.
— Tú… ¿Q-Quién eres…?
— Mi nombre es…
Los ojos del príncipe comenzaron a cerrarse lentamente. El sueño lo envolvió de nuevo, y ese bello rostro ajeno comenzó a desvanecerse, como si nunca hubiera estado allí.
No…e-espera…tu nombre…d-dímelo…
Pero la figura de aquel niño se desmoronó en la niebla, dejándolo solo en la quietud del recuerdo.