La llamada del silencio

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Sinopsis

Un asesino en serie protegido por magia de bruja está dejando tras de sí un rastro de víctimas y caos. El miedo y la desesperación no tardan en extenderse mientras los intentos por atraparle fracasan uno tras otro. Los lobos deciden arriesgarse y usar a la única de sus víctimas que logró salir con vida como cebo para obligarle a salir a la luz. Mateo, adalid de la manada, está en contra y se niega a participar, pero ella solo acepta participar si él la protege y no puede negarse. Él tendrá que cuidar de una mujer a la que apenas soporta mirar y mantenerla con vida hasta que consigan dar caza a su asesino... o él les dé caza a ellos, terminando así lo que empezó años atrás.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Jordan
Estado:
Completado
Capítulos:
27
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El trabajo

Maika llamó al ascensor. Pulsó el botón una única vez. Tenía prisa, pero no era ansiosa y tenía una opinión firme y poco amable sobre la gente que creía que apretar un botón repetidamente haría que el mundo se plegara a sus deseos. Permaneció inmóvil sujetando la correa de la bolsa que llevaba en bandolera y mirando a las puertas del ascensor. No tarareaba, no le gustaba mucho su voz, pero con los dedos seguía el ritmo de una canción que solo sonaba en su cabeza. No sabía dónde la había escuchado por última vez o por qué la acompañaba.

El hotel le desagradaba. Intentaba aparentar ser mejor de lo que era, más elegante y lujoso, a fuerza de convertirse en excesivo y hortera e intentar imitar todo lo que el dueño consideraba que podía interpretarse como tal. Habrían hecho un mejor trabajo asegurándose de mantener las alfombras limpias y barrer los rincones. Olía a viejo. A polvo y dejadez. No había mirado los precios, no le interesaban mucho. Mientras pagaran su tarifa sin protestas todo iría bien.

Las puertas del ascensor se abrieron. Dejó de tamborilear con los dedos y se apartó para dejar salir a un muchachito que llevaba del brazo a una mujer anciana con un recogido que hacía que su pelo blanco, teñido a medias de lila y rosa, pareciera un inmenso algodón de azúcar. Él le dedicó una sonrisa nerviosa. Ella miró desaprobadora sus pantalones cortados, con los hilos deshilachados colgando en una maraña, y el top corto de manga larga que llevaba puesto. Arrugó la nariz como solo había visto hacer a su abuela, de un modo que le dijo todas las palabras que la mujer decidió callarse al pasar por su lado.

Maika entró al ascensor, pulsó el botón de la tercera planta y le enseñó la lengua a la espalda de la anciana mientras las puertas se cerraban. Siguió tabaleando con los dedos. Tenía la canción en la cabeza, la habría reconocido si alguien la acompañaba con la letra, pero era incapaz de recordar el título o una sola palabra que acompañara a la melodía. Ni una sola. No iba a poder pensar en otra cosa en todo el día hasta que consiguiera una respuesta. O se olvidara.

Arriba era peor. Más dejadez y suciedad. La alfombra que atravesaba el pasillo hasta estaba raída en los bordes y tenía una mancha inidentificable en el medio, tan desgastada como la propia alfombra y decidida a acompañarla hasta la muerte como un perro fiel. Identificó una telaraña en una esquina. Las demás arañas eran más atrevidas y se habían apoderado de los viejos apliques y los marcos de las puertas. Si pisaba fuerte, nubes de polvo se levantaban de la alfombra. Lo hizo un par de veces por diversión. A veces de permitía esos pequeños caprichos.

La puerta de la habitación estaba entreabierta y los ruidos que escapaban del interior dejaban pocas dudas sobre lo que estaban haciendo los ocupantes. Tenía una nota clavada en la puerta con un tenedor de acero lacado. Las puertas eran buenas, macizas, quizás lo único con algo de calidad del edificio. El tenedor estaba clavado hasta el mango en la pesada madera. La nota era breve: «Haz lo tuyo y no molestes».

Se tomó un momento para reflexionar sobre esas palabras. Y uno todavía más largo para examinar el tenedor clavado en la madera. Sopesó sus opciones y empujó la puerta para entrar.

La habitación estaba dividida. Fue a parar a un pequeño recibidor con una mesita y unas sillas. El baño quedaba a su izquierda y a la derecha estaba el dormitorio donde los amantes jugaban. Maika caminó hasta la mesita para alejarse del marco que daba al dormitorio, no había puerta, y abrió su bolsa sin quitársela. Su pago, en billetes pequeños y manoseados, estaba metido en un sobre abierto encima de un cenicero vacío que apestaba a tabaco barato y rancio. Escrito en la misma letra chapucera que la nota estaba: «Apaño». No se ofendió. Estaba todo y eso era lo único que importaba.

No tocó el dinero. Nunca hasta tener el trabajo terminado y habérselo ganado. Dejó sobre la mesa dos botellitas de cristal azul oscuro llenas hasta la mitad, una cartulina negra, un rotulador blanco, una vela con su portavelas y un mechero. Encendió la vela y empezó a garabatear sobre la cartulina con el rotulador, siguiendo el delicado patrón que, igual que la canción que no conseguía ignorar, estaba solo dentro de su cabeza. De saber que no tendría público esa parte la habría dejado preparada de antemano. Su memoria para los patrones era buena, sin embargo, tener la referencia a mano la ayudaba a trabajar más deprisa.

Abrió una de las botellas y derramó parte del líquido sobre la llama de la vela. De la otra vertió una cantidad similar sobre las líneas blancas. Se empapó los dedos con una mezcla de ambas y dibujó otro patrón encima del blanco, de nuevo de memoria, aunque hizo unos pocos ajustes para adaptarlos a lo que sentía que era correcto. Un buen instinto también era importante.

Apagó la vela. La empapó con lo que quedaba dentro de las botellas y volvió a prenderla. Una llama viva, un pequeño incendio, se elevó consumiendo la cera de la pequeña vela a toda velocidad. Maika puso sus manos encima, cerró los ojos y separó los labios. Debía ser rápida.

Unas manos inmensas se apoyaron en sus hombros. Se sobresaltó. Sus manos se acercaron peligrosamente a la vela. Sus labios y lengua esbozaron las palabras sin intervención de su garganta. El sonido no era necesario. La intención sí. Sintió en su pecho que todo estaba correcto mientras el calor de la vela desaparecía y dejaba tras de sí un hilo de humo de parafina. Casi demasiado tarde, pero justo a tiempo.

Abrió los ojos. Lo preocupante ahora era el calor a su espalda, no el que tenía frente a ella y del que solo quedaba un pequeño resto.

Era una mujer pequeña. El mundo estaba lleno de gente más grande que ella y no dejaba que eso la intimidara. Por eso se le hizo tan raro sentirse tan… diminuta, poca cosa, indefensa, por tener esas manos calientes sobre sus hombros y una presencia a su espalda que le parecía descomunal, aunque no pudiera verla.

Cogió el portavelas, limpio y algo ennegrecido en una esquina por la tardanza, y lo metió en la bolsa junto al mechero, las dos botellas vacías y el rotulador. La cartulina también se había consumido y no quedaba nada de ella. Cogió el sobre del dinero para guardarlo también. Se lo había ganado. La presencia a su espalda debía pensar lo mismo porque no se lo impidió.

—¿Así de fácil era? —preguntó.

Fácil. Maika bufó. Valiente ignorancia. Las dos pociones que había usado le habían costado días de meticuloso trabajo, eso hacerlas porque formularlas fue un trabajo mucho más largo y tedioso.

—Todo parece fácil cuando se lo ves hacer a alguien que sabe —fue la respuesta de Maika.

—¿Ni una pregunta ni siquiera ahora? —sus manos apretaron sus hombros con más fuerza.

La fuerza suficiente para clavar un tenedor por completo en una puerta de madera maciza. Eso como poco.

—Hago el trabajo por el que me pagan. Sin preguntas. Si vienen a hacérmelas a mí doy la información que tengo, no quiero problemas. Son los términos del contrato que firmaste —le recordó con suavidad.

—Firmado con sangre —dijo él.

No la sangre del cliente ni la suya propia, ese no era su estilo, pero sí. Maika no hacía preguntas. Nada de nombres si podían evitarse ni direcciones ni nada que pudiera utilizarse para identificar al cliente. No mataba ni maldecía. Hacía el trabajo todo lo rápido y eficiente que podía. No perdonaba un pago y una vez que empezaba no podía cancelarse el trabajo. Normas sencillas. Incluía la cláusula de sincerarse con quien fuera haciendo preguntas, que no solía sacar gran cosa porque ella no sabía gran cosa, para evitarse problemas, con sus clientes y con quienes buscaban al responsable último de lo que fuera que le habían pagado a Maika por hacer. Si les pillaban no se hacía responsable de las consecuencias. Era una intermediaria, nada más.

—La tinta impresiona menos —dijo Maika —. Suéltame para que pueda irme.

El cliente se echó a reír. Maika supo, sin necesidad de nada más, que iba a morir. Y que acababan de pagarle para encubrir su propio asesinato.