Inicio del Caos: Crepúsculo Eterno
En los tiempos antiguos, el continente de DuskHollow resplandecía como un paraíso terrenal. Los Ocho Reinos, cada uno único en su esencia, vivían en una armonía tan perfecta que parecía diseñada por los dioses mismos. Sin embargo, como cualquier utopía, su gloria era un preludio al inevitable descenso hacia la oscuridad.
En el corazón de DuskHollow yacía el majestuoso reino de Nightraven, un lugar donde la noche danzaba con el lujo y el día rebosaba de amabilidad. Sus torres de arquitectura gótica se alzaban como dagas, perforando los cielos con una elegancia mortífera.
Al este, el reino de Ironmarsh erguía sus fortalezas entre pantanos brumosos, donde trolls y duendes coexistían con humanos. Su arquitectura, una amalgama de roca y metal, reflejaba la dureza y la fuerza de sus habitantes.
Más allá, los bosques de Blightwood se erigían como un dominio de la naturaleza misma, hogar de elfos, hadas y criaturas míticas. La ciudad se entrelazaba con los árboles, un tributo vivo a la madre tierra.
En el oeste, sobre un cráter de un asteroide caído hace eones, se alzaba Necrópolis, un reino donde la tecnología arcana y la magia se unían en un avance que bordeaba lo profano. Sus engranajes y runas brillaban con una energía misteriosa que inspiraba envidia y temor.
Thornvale, un reino desértico salpicado de oasis, se vestía de seducción y hedonismo. Su arena dorada ocultaba secretos bajo palacios barrocos y manantiales termales.
En las tierras heladas del norte, Frigidheim ofrecía su hospitalidad a los pocos valientes que osaban desafiar el frío implacable. Los gigantes, pacíficos y majestuosos, vivían en cavernas talladas en las montañas eternamente nevadas.
Bajo las olas, el reino submarino de Abyssothar prosperaba en sus ciudades de coral y perlas, un destino codiciado por mercaderes y aventureros.
Por último, flotando entre las nubes, Skyhaven gobernaba los cielos. Forjado por una magia antigua, sus habitantes, arpías y seres celestiales, observaban el mundo desde las alturas, aislados y altivos.
Sin embargo, esa armonía fue destrozada el día en que los exploradores de Nightraven descubrieron unas ruinas olvidadas en las entrañas de una caverna.
Las inscripciones en los muros eran incomprensibles, símbolos antinaturales que parecían susurrar en un idioma imposible. Las escaleras que descendían hacia el abismo parecían infinitas, hasta culminar en una puerta titánica de metal dorado, tallada con glifos que herían la vista de quien los contemplaba.
Fue allí donde el líder de la expedición perdió la razón. Con gritos desgarradores, comenzó a golpearse la cabeza contra las rocas, clamando que las voces en su mente cesaran. La muerte lo alcanzó, dejando a sus compañeros paralizados por el horror.
Esa noche, las lluvias torrenciales azotaron Nightraven, como si el cielo llorara por el destino del continente.
En los días que siguieron, la locura se propagó como una peste silenciosa. Delirios, alucinaciones y un hambre inexplicable por la violencia se adueñaron de la población. Médicos, alquimistas y hechiceros buscaban respuestas, pero lo único que hallaban era desesperación.
Con el tiempo, los infectados comenzaron a mutar en aberraciones grotescas. Algunos adquirieron formas insectoides, otros se petrificaron como estatuas vivientes, y otros más se convirtieron en bestias indescriptibles. Pero todos compartían un macabro sello: una aureola carmesí que irradiaba una ominosa luz.
El caos devoró los reinos, uno tras otro. El golpe de estado en Nightraven marcó el inicio del fin. De sus tierras emergió una torre espiral que desgarró el suelo y se alzó hasta el cielo. De ella brotaron criaturas imposibles, con ojos interminables, alas emplumadas y tentáculos bañados en sangre.
El Culto del Sol Carmesí tomó el control, y el continente cayó en un ciclo eterno de crepúsculo. Las nubes, densas y negras como el ébano, cubrieron el cielo, mientras destellos de luz solar atravesaban las grietas como cuchillas divinas.
Pero no todo estaba perdido.
En una prisión olvidada, un prisionero encapuchado aguardaba. Sus ojos amarillos, brillantes como brasas infernales, se abrieron al oír el tintineo de unas llaves caídas frente a él. El hambre de violencia se reflejaba en su rostro, mientras los grilletes grabados con runas chisporroteaban al intentar contener su furia.
El prisionero sonrió.
Y el mundo se estremeció.
Continuará...








