【⊱ꜜPRÓLOGOꜜ⊰】

El sol brillante... Es extraño, porque no brilla como de costumbre. Los rayos, por alguna razón, son más suaves y cálidos, ajenos a una función natural y meramente ordinaria, siendo casi como un arrullo a las emociones alborotadas transmitiéndose en lo dócil que su luz se cuela en los lugares aledaños. Y curiosamente, la brisa también se fusiona con la calma del día, bailando a ritmo lento pero cariñoso con sus golpeteos de ráfagas frescas, tiernas.
La naturaleza mimarlo por donde pasaba porque el pasto y las manzanillas ahora lo cuidaban; todo en el paisaje irreal estaba confabulado en el punto perfecto para tomarse como espectadores que transmitían una diminuta chispa de esperanza. Quizás por eso la figura que se paseaba ahí no tenía miedo, porque el sol no quemaba su piel, porque el aire no lo golpeaba, porque los pies descalzos irse arrastrando iban seguros de que no habría un agujero en el que caer. Hace tanto que no sentía una seguridad así, y fue... gratificante, extraordinario, una experiencia nueva, mas definitivamente agradable.
Pero entonces, se detuvo. El erizo paró en el límite que dividía al verde y floreciente follaje con el borde de una cuesta empinada de verde oscuro resaltado por los matices de las espinas marrones. Y es que era curioso, como una simple línea podía dividir dos grandes dimensiones: la pradera, cálida y llena de vida, de inspiración y profusa ternura de cuidado; y la ladera, oscura, fría, el abismo de que con un pie en falso podría ser fatal para el desdichado, los aguijones a la vista desprendían su desesperación por clavarse en algo y lastimar, pero al final solo era su mecanismo de defensa, ellas cumplen un deber de protección, y para eso, realmente los métodos siempre serán cuestionados sin importar su efectividad.
Se inclinó hacia abajo para tratar de ver que se supone había al final, o si al menos valía la pena descubrirlo, aunque el que una densa neblina cubriera pocos metros después del final de la ladera no ayudó al cometido. Toda su vida aprendió a quedarse con la curiosidad, porque al conocer algo nuevo también mataba algo existente, recibes y das algo, es una extraña ley que se aplica de formas distintas y variables, con su propósito: la reciprocidad.
Pero... Ya había perdido todo lo que pudiera necesitar o desear, no tenía más por lo que lamentarse, no tenía nada, y con tal, aunque bajara ese declive, aunque sus patas descalzas besaran los rosales dolorosos y clavarse en ellas, aunque pisará y saltará encima y solo observar tonos carmesí esparcirse porque la piel fue apuñalada, porque sus iris verían el desastre como un cuadro de pintura... Porque eso no iba a importar, no sentiría nada.
La brisa lo instó a retroceder con su suave golpeteo, fallando en hacerle recapacitar cuando el mohín resignado opacó el rostro sereno segundos antes de que la pata derecha del erizo se posara en el lado contrario de la pradera. ¿Y sabes? Ni siquiera duró cinco segundos ahí. Tan pronto sintió la punzada de dolor cayó de espaldas sosteniéndose la patita herida, al instante la vio con pequeños hilos carmín por la agresividad contra su piel, y... Wow.
El erizo quedó perplejo unos segundos antes de volver a presionar en la lesión, ocasionando que de nuevo sintiera el picor y más hilitos borbotear; realmente ver sangre no era nuevo, estaba tan acostumbrado a ella que hasta tenía normalizado perder litros de sangre en menos de lo que reponía. Pero. Lo que sí era novedoso fue el tacto, esa sensación de dolor verdadero, sentir, oh chaos, sintió algo. No perdió tiempo y puso sus manos en el borde, alcanzando el filo de las espinas incrustarse en sus dedos famélicos, ahogando un pequeño jadeo de malestar por esa sensación.
Sus ojos, verde opaco y fríos, casi ciegos, pudieron ver con mucha más nitidez lo que la bajada escondía: sí, obviamente dolor, reto, peligro, pero también algo mucho más de lo que el hermoso paisaje podría ofrecer con su tono esperanzador: libertad. Los segundos se confundieron con horas, tremendamente lentos y forzados a proyectarse en cámara lenta cuando se puso de pie temblando, tan cerca del borde que fácilmente se consideraría un acantilado...
¿Podría siquiera? Su vista parcial se volvió casi nula porque gracias a la humedad recién instaurada todo se veía borroso, un color oscuro apenas resaltando demás tonos; se restregó porque no consideraba prudente llorar por un simple evento poco relevante, pero eso lo dijo su mente, no él en sí, resultando en que cuanto más se pasaba el dorso de la mano para quitar la acuosidad resbaladiza de sus ojos, más la mojaba, porque no era sencillo callarse tantas emociones encontradas luego de años de confiscación y secuestro. Y eso estaba bien, todo lo malo ya había pasado, no tenía porque seguir ocultándolo, así que lloró cual infante herido, gritó por todo y todos, y corrió.
Si había algo al final de la ladera, debía, no, tenía que descubrirlo a como sea, y entonces la sensatez ya no tenía voz y voto cuando el cuerpo se impulsó hacia abajo en una carrera, sin importar como las espinas asustadas se alzaban para perforarle la piel en defensa o si el dolor era mitigado por la adrenalina y el no haberlo experimentado hace años, total, ya se había puesto en marcha en el camino de espinas y desistir no podría siquiera ser una opción, siempre terminaba lo que comenzaba, siempre. Ya casi finalizando el declive y pasando a una zona más plana las espinas pasaron de ser filosas a suaves, lo que debería cortar y dañar, ahora le curaban con ternura, irónico, demasiado hilarante que ciertas acciones primero dañen y luego pretendan resarcir ese daño mostrándose preocupados.
Justo cuando llegó al terreno y a pocos metros de la neblina que ocultaba lo del otro lado ya no habían alfileres, sino pétalos de diversas flores y ramitos de dientes de león apilados para formar un sendero que guiaba a la bruma etérea. Fue extraño el volver a sentir suavidad en sus patitas magulladas, y quizás un poco de culpa también por manchar las bonitas flores con su propio carmesí, pero aún así no iba a darse el lujo de parar. Continuó avanzando hasta que el límite del terreno fue notorio, y entonces, lo atravesó.
Fue una sensación muy extraña. Primero, no sintió el supuesto roce tibio de la neblina, sino que fue punzante, ardiente en el mal sentido, la brevedad de algo abrasador como el fuego atenuándose en corto con la ceniza caliente que confundió a su cuerpo impidiéndole orientarse en la transición del panorama. Porque primero quemó, pero luego la realidad se materializó en algo fascinantemente incorpóreo alrededor suyo, vueltas y vueltas en forma estelar que mantener la vista fija en algún punto exacto era imposible, solo admirar los puntitos brillantes más notorios ser los que volaban alto a diferencia de los vestigios.
Pudo ver dos lucecitas específicas acercarse a sus ojos, no tuvo miedo, simplemente cerró los párpados y los puntitos se unieron a la piel como pegatinas, aunque sin gel ni pegamento, solo una unión reconfortante, igual a curitas esperando sanar y cicatrizar mientras alargaba las puntas para formar alas que se expandieron. Las moscas son pequeñas y feas, no lo era del todo, las abejas buscan la miel, pero él no era dulce ni deseado, las luciérnagas brillan en la oscuridad, nunca brilló, los mosquitos chupan energía y drenan fuerzas, y prefería donarla, pero las mariposas... Son solo sacos delicados y poco agradables al inicio, orugas fáciles de aplastar, y luego tienen un cambio: se transforman en algo más, porque crecen y ofrecen no solo belleza, sino el milagro de la evolución y la esperanza de poder ser más de lo que se cree, desplegando por primera vez las alas que con esfuerzo y tiempo se formaron para extenderse y ser el soporte en los futuros vuelos de toda su vida. Entonces, sí. Juraba que esas luces eran en realidad mariposas.
El erizo tuvo un último atisbo de los colores luminiscentes bailar, antes que, como sucede siempre, la magia acabase. Al menos sus luceros verdes opacos pudieron apreciar la belleza irse desvaneciendo para que un tono albo fuese derritiendo la vista. Sonic suspiró, entendiendo que no pudo preservar el encanto, y a pesar de eso, tampoco tenía fuerzas para sentirse melancólico por dejar ir algo hermoso, simplemente... se resignó. Y no hizo el esfuerzo de pelear con el tono monocromático, solo estuvo atento al blanquecino excesivo del panorama, antes de que se destruyera y ser ofuscado por uno negro manchado de bermellón, o un rojo más intenso todavía.
Y respiró.
Tosió unas veces al sentir molestia en la garganta como si tuviera algo atascado, o bien solo olvidando por segundos cómo respirar, porque después a pesar de seguir sin abrir los ojos sus orejas se atropellaron por procesar todos los ruidos de fondo sin enfocar ninguno, o solo el de metal cercano crujir y pegarse a su cuerpo; quiso ver, pero se topó con el infortunio de que una punzada de agonía le recorriera la columna al intentar abrir los ojos, podía sentir su rostro libre, entonces no tenía algo que le obstruyera la vista, o al menos creyó, porque el ardor pronto volvió a cobrar relevancia y le hizo recordar su nueva “condición”.
—Sigues vivo —pese al ruido de fondo, gritos ofuscados y crepitar (bien de un posible incendio quizás) pudo escucharlo; la voz, contrastando con el caos del exterior, resonaba inquietantemente hostil para un tono bajo y elegante, calmada, sobre todo por la sátira que era imposible no percibir en esas pocas líneas—. Pobre cachorro... Luchaste demasiado, esto duele, te duele mucho...
Gracias a los profundos cortes en ambos párpados, el erizo no pudo observar la cruda sonrisa con que el adulto se burlaba de él, tampoco logrando anticipar para cuando las garras del depredador se incrustaron sobre su mejilla, arañándola y ascendiendo a donde la carne abierta aun goteaba carmesí tibio y espeso, la costra ni siquiera sería una posibilidad concreta para su herida, y el hombre lo supuso en presionar sobre ella para ganar alaridos y gritos de horror, la desesperación por el dolor ahogando al pobre omega que se retorció sobre el agarre del chacal.
Entonces el alfa, cuando consideró que podía parar un poco, lo soltó para que cayese en peso sobre la madera carcomida; nada le importó al erizo que a tientas buscó un trapo o papel para ayudar a frenar la hemorragia que lo mataba, el ardor y espanto de sentir las dos líneas largas que cubrían casi medio rostro estarle quemando y prohibiéndole ver, o la adrenalina de todo lo vivido hace apenas unas horas. Los recuerdos entonces se atropellaron para proyectarse en secuencia, haciéndole reaccionar del porqué siquiera seguía vivo.
Sonic silenció sus jadeos cuando un pie apartó a sus brazos con fuerza, dejando al descubierto su tronco; apenas unos momentos después sintiendo a una figura inclinarse sobre él, y a una superficie metálica y pulcra presionar por sobre el esternón, debatiéndose en ridículos movimientos si besar el lado derecho o izquierdo, al parecer el alfa no quería decidir en qué parte dejar la punta para proseguir. Al final, se decidió en el lado izquierdo, el borde cilíndrico presionó sobre el pecho del omega con determinación, sacándole un grito de pánico.
—Tú mismo hiciste esto para mí, ¿no? —cuestionó, paseando sus dedos por sobre la textura y contorno de una pistola Glock 26, Chaos, ridículamente pequeña y frágil, apenas y podía servir para defensa, si es que funcionaba; el chacal se burló por cómo el cuerpo flacucho luchaba por escapar, arrastrándose cual gusano para mínimo alejarse del borde presionando su pecho—. Nadie me había regalado antes un obsequio tan particular, ni siquiera mi propio hijo, ¿cómo no iba a quedármelo? —alardeó con sorna, retirando lo que pretendía ser el seguro, hasta entonces escuchando los gritos inintelegibles del omega, sea por súplicas o maldiciones, pero gritaba con una férrea negación—. Solo necesito probarla, quédate quieto, tú mismo la diseñaste con precisión para no fallar, pongámosla a prueba.
Respirar fue más complicado para el azul cuando no podía ver a su alrededor y solo le quedaba imaginar todo, teniendo problemas con expulsar el aire acumulado e inhalar nuevo suponiendo que en cualquier segundo iba a apretar el mini gatillo y el pobre cargador lo diese todo con sus únicas municiones que el arma le permitía tener por su almacenamiento chiquito. Es cierto que creó ese modelo él mismo durante años, con miles de intentos fallidos y estrés en su creación, entonces, que le dieran específicamente un uso tal cual para contra sí mismo... Bueno, contaba como plan C, el que, con los últimos meses dio su máximo esfuerzo para que no se cumpliera.
B A N G
El erizo jadeó sobresaltado cuando internamente sintió una corriente arrasar con todo, destruyéndolo e inundándolo, fue tanto que en el exterior pudo reflejarse con la mancha rojiza ir extendiéndose por el pequeño hueco que le abrió el pecho y hasta incluso desprendía un ligero vapor gracias a la detonación; el erizo tosió ahogándose con coágulos en su garganta, la sangre dispersa por haber sido retirada forzosamente de su lugar que no sabía a dónde ir, así que como una presa de agua, decidió ser libre dentro y fuera del cuerpo que no salió del shock, no hasta que sus orejas captaron otra peculiar tos y carraspeó, más intensa e incrédula a la par suya.
—¿Qué carajos...? —ahora la voz no era confiada y segura de sí, porque no estaba viendo la destrucción ajena sino le tocó presenciar la suya propia con el dardo que ahora colgaba de su pecho, obviamente se lo arrancó y vio el contenido ya vacío, porque el modus operandi de la Glock fue innovadora y mejorada, no la convencional arma de discrecionalidad y defensa—. Tú...- —forzó a su garganta tragarse lo que sintió de bilis queriendo ser expulsado, y logró retenerla unos momentos antes de que le fuese imposible seguir, cayendo del lado contrario donde el omega se retorcía para él mismo estar ahogándose con su sangre porque dentro sus órganos colapsaban.
Sonic mintió acerca de haber mejorado la droga. La perfeccionó en lo que siempre fue su real objetivo: el veneno de los cinco segundos. Y no habérselo dicho a nadie, ni siquiera a Zero, resultó ser su mejor as bajo la manga, porque entonces en definitiva el alfa se confió en que solo sería la pistola sin los dardos de la droga, porque fueron reemplazados por proyectiles convencionales de pésima calidad, pero que seguían siendo peligrosos. El alfa no imaginó que al tirar del gatillo activaba el otro mecanismo trasero, en donde unos alfileres contaminados se prendían en la mano descubierta y que en el momento en que la soltara para quejarse y revisar el daño, el arma liberaría un dardo finito con precisión fascinante que iría a prenderse en alguna parte del cuerpo del atacante para vaciarse en menos de seis segundos, los suficientes para que cuando se notara su existencia ya fuese tarde para retirar el veneno contenido.
—La hice para ti... ¿No es perfecta? —la adrenalina le concedió unos minutos de fuerza para hablar sin atropellar palabras, extrañamente fluido pese a estar muriendo, incluso era apreciable un orgullo y satisfacción impostada—. Es rápida, precisa, no puede cometer errores, porque los errores cuestan caro... Es idéntica a ti —se burló con una sutil risa que se interrumpió con un coágulo más grande que casi lo ahoga, aunque por suerte con toser y expulsar la sangre por la destrucción interna pudo seguir hablando ronco—. N-no puedo verte... ¿Cómo estás?
Era una pregunta estúpida, considerando que él mismo desarrolló con sumo cuidado cada partícula y detalle para que la fórmula fuese lo más exacta posible, y aunque sin ver, estaba seguro que de verdad funcionó. El chacal bien pudo arrancarle la lengua tal y como hizo con sus ojos, pero los músculos no le respondieron, su entumecimiento combinado con la descomposición de varios órganos vitales no ayudaban, es como si lo estuvieran metiendo en ácido y no pudiera escapar, cómo hizo durante décadas a quienes no le servían o simplemente cometían un error.
—Bastardo engreído —gruñó, pero la amenaza nunca fue percibida ni con la ridícula acentuación de la voz de mando, porque se volvió un chiste cuando su garganta iba cerrándose y la úvula a nada de estallar que le restaba todo el prestigio dantesco que por años preservó; de cierta forma humillante, que mientras moría siguiera escuchando la risa del mocoso que no pudo eliminar a tiempo—. ¿Estás feliz ahora...? ¿Estás satisfecho con esto?
Sonic no respondió de inmediato, simplemente se quedó escuchando la tos ir en aumento y los débiles movimientos de la figura tendida en el suelo revolcarse sobre sí, antes de que el silencio reinase, porque por un momento solo pudo escuchar un pitido recto que opacó al fuego ir en aumento desde afuera y en cualquier instante lo iba a alcanzar hasta la habitación que supuestamente estaba bien resguardada. Inhaló y exhaló profundo, sus vasos sanguíneos rotos se quejaron por esa imprudencia, pero cómo no importaba, el erizo sonrió queriendo negar, aunque sin oportunidad, no tuvo de otra más que imaginar negar y patear el cadáver del hombre que le hizo perder toda esperanza y deseos de vivir plenamente, sólo alimentando el peor deseo: la venganza.
—No, porque destruiste mi vida y la de muchos... —otro carraspeo, pero ahora su garganta andaba con el límite de tanto líquido acumulado, supuso que toser y quejarse a la nada misma podría servir para redimirse en las últimas—. Pero ya no podrás hacerlo... con nadie más, porque ya no estarás... —demasiada sangre, apenas podía seguir hablando—, ya no estaremos, ya no... ya no dolerá —quema, su corazón está muy acelerado y le duelen los pulmones, están hinchados casi—, ¿y sabes por qué? Porque no tengo miedo... —murmuró, pero antes de que sus amígdalas colapsaran pudo gritar con lo último de energía almacenada—. ¡Ya no te tengo miedo! ¡Ya no le tengo miedo a nada! ¡No tengo miedo, no tengo miedo!
El fuego entonces dejó de estar al margen de la habitación, logró romper la puerta y expandirse por los rincones, devorando gustosamente la madera y engullendo a los cuerpos tendidos que estaban cerca de su radio. No faltaría mucho para que el alfa y ex líder de todo el imperio Jackal sirviera de leña para el incendio que él mismo causó, quemado con la vergonzosa mueca de terror plasmada en su rostro cuando su corazón por fin explotó y la muerte cerebral acabó con las oportunidades de salvarlo. De igual manera, arrastraría al otro cuerpo cercano, con más heridas por toda su anatomía, un hueco en el pecho y sus ojos destrozados que sucumbió a un silencio oscuro, porque no regresó a la pradera que visitó cuando le arrancaron la vista, ahora todo el margen que tuvo en última instancia se quedó en un insípido negro.
La mansión ardía, y como no había residencias cercanas nadie iba a llamar por una ambulancia o bomberos, sería un espectáculo para los barrios bajos ver cómo una fortaleza de décadas en pie se caía a pedazos por un glorioso y ardiente fin a un legado bizarro. Desde que se inició el incendio no hubo ningún atisbo de auxilio ni de bomberos, policías o alguna fuerza, todo quedó en el terreno de la mansión, sin ayuda, y sin salvación, porque tampoco había algo que salvar.
Aún en el infierno de calor, dos siluetas luchaban por moverse dentro de la humareda que se intensificaba cada vez más, una de ellas lograba apartar con mayor facilidad los escombros y despejar el camino, mientras la segunda luchaba por seguir en pie y avanzar, presionando con fuerza su costado herido, como todavía no podía darse el lujo de ir a urgencias y que le sacaran la bala, tuvo la osadía de simplemente sostener la parte dañada para que la hemorragia no le hiciera estorbo hasta cumplir con su misión.
—Esta es una pésima idea, vámonos, debemos de salir de aquí —quien iba en la delantera trató de sonar persuasivo, más porque pese a no estar herido, el humo le estaba afectando, y sus fuerzas no le rendirán para hacer dos viajes de ida y vuelta, lo mejor era detenerse y salir por el conducto privado que conducía a la parte trasera de la casa.
El otro se detuvo un rato para respirar, o el intento, se tapó la boca para no inhalar el humo porque aire puro ya no había en ningún espacio. Las manos del erizo entonces lo trataron de llevar para donde el conducto estaba, logrando arrastrar su cuerpo unos metros antes de que reaccionara y siguiera su camino, llegando al final del tramo y toparse con unas vigas obstaculizando el camino.
—¡Es inútil, vámonos, hicimos lo posible, lo intentamos! ¡Ahora debemos irnos si queremos vivir! —no es que fuera conformista, pero no había muchas esperanzas de lo que su mejor amigo quería hacer, y realmente quería vivir, por lo que volvió a arrastrar al chacal para la zona segura en vez de pelear por quitar los escombros que a cada minuto aparecían más.
Pero las mariposas no intentan, lo hacen. Porque la oruga tiene que ser embalada en su crisálida antes de convertirse en una criatura alada, no puede saltarse los procesos, ¿de qué serviría? Si su transición tendrá frutos, lo justo es, al menos, disfrutar de ellos llegado el momento. Zero volvió a escapar y lograr arrastrarse por debajo de los tablones para llegar por fin del otro lado y encontrarse con la puerta abierta y ya fuego dentro de la habitación que estaba desesperado por encontrar, así que muy difícilmente se paró y corrió al interior.
No se extrañó por el desastre que a leguas era evidente antes de la intervención del fuego, sino que con su vista heterocromática buscó a un color específico dentro de la fea paleta de colores muertos, dando unos pasos hacia el interior y caer en medio, tosió porque sus pulmones no lograban filtrar el aire que estaba empeñado en reinar, pero no le dio por completo el gusto de detenerlo, solo afrontó la dificultad de tener que arrastrarse en vez de caminar. Fue desagradable toparse con la cola bicolor semi chamuscada de alguien a quien reconoció de inmediato, mas trató de evitarlo, por suerte gracias a eso fue fácil dar con el azul opaco que buscaba, forzando a su físico y agrandando la herida cuando arrastró el cuerpo del omega más lejos del chacal muerto para que el fuego no lo consumiera también.
Los ojos desorbitados y borrosos no pudieron enfocarse en apreciar a la silueta que había protegido, pero hizo el intento cuando acercó su hocico para frotar su nariz con la quieta del erizo, no había aire, y fue desalentador no saber si al menos albergaba temperatura propia cuando toda la recamara ya era un infierno, era confundible, o lo quiso creer porque cuando restregó su mejilla contra el rostro sintió los bordes de la cara desprendida y las horribles laceraciones por donde se supone deberían estar los ojos del omega, y antes de que entrase en pánico por eso, su cuerpo rindió lo máximo, cortando sus nociones de conciencia.
La puerta fue empujada para abrirla por completo y los muebles hechos a un lado para no obstaculizar, el erizo tosió ya dentro ajustando el pañuelo que consiguió hacía pocos segundos para que el humo no interfiriera mucho con su camino ahora, también buscó a un color ajeno a la monocromía del entorno, topándolo al fondo acompañado de un ébano y albo ser un escudo contra lo marrón y naranja que amenazaban tragarse el lugar.
—¡Sonic-! —y si bien notó al azul predominante, también lo hizo con el negro y blanco siendo devorados por el poderoso amarillo anaranjado del fuego, cosa que le dejó inmóvil en medio de lo caótico, sus pupilas reflejando el cuerpo de su jefe arder en las brasas, generando pensamientos cerrados y contradictorios a lo que en realidad venía haciendo—. ¿Qué hiciste...? ¿Por qué-?
Shadow se detuvo cuando notó que el cuerpo de Zero tampoco se movía, ni siquiera tenía bien acomodado el cuerpo del omega, solo estaba abrazándolo para esconderlo, pero sin ser demasiado cauteloso porque a los ojos de las llamas sería sencillo devorar a ambos. Se apresuró en acercarse a ambos, sin ninguna emoción que inicialmente destruyó la relación que tuvo con ambos, sino una genuina preocupación de ver el aspecto del erizo azul, y la inconciencia del joven chacal.
—¡Zero! —llamó agitando un poco su cabeza, solo para que ésta cayese a un lado y dejase ver líneas rojas y delgadas provenientes de su nariz y boca, sin aliento perceptible, y menos algún movimiento cuando sus dedos le tocaron el cuello—. No, no, no, no, mierda no... —hizo lo mismo con Sonic, incluso con más pena e histeria de ver el mismo resultado—, ¡esperen, esperen! ¡Aguanten un poco más, por favor, aguanten un poco más! Yo... Yo...
¿Qué iba a hacer? ¿Arreglarlo?
El fuego siguió creciendo sin tregua, tenía hambre, y habían muchas personas en una misma habitación que serían el alimento perfecto. Aunque solo una respirara. Shadow volvió a agitar al otro alfa e intentar hacer reaccionar al omega, si alguno de los dos le diera todavía indicios de que seguían luchando por sobrevivir, haría hasta lo imposible por salvarlos, pero como no había nada, una quietud aterradora, alimentaban un deseo profundamente cobarde: la salida estaba cerca, la zona segura igual.
Podría hacerlo, solo tenía que correr y ponerse a salvo, no era la primera vez, de hecho, todo ocurrió porque hizo eso en primer lugar, si lo volvía a repetir los problemas no iban a ser los mismos. Podría salvarse. Podría vivir... Solo tenía que hacer lo que siempre hizo, lo que estaba acostumbrado, y lo que cobraba caro: huir. Sus iris rojizas se debatieron entre la vista de las dos figuras envueltas la una con la otra, y una oportunidad de abandonar el infierno y continuar en otro lado, no de cero, porque su vida actual jamás la cambiaría.
Entonces, el hilo fue tiñéndose de carmesí...
