For Your Love: La Locura de Amar

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Sinopsis

En un mundo marcado por la segregación, Kaeb lucha por sobrevivir en Bazur luego de la extraña desaparición de Hera. Acaba cruzándose con Nathaen, un enato que ha decidido rechazar su entrada al paraíso y vivir entre los oprimidos. Es ahí cuando surge una inesperada alianza. Juntos se enfrentan a las tormentas del desierto, la brutalidad de las tribus y las cicatrices de un mundo roto por la guerra. Mientras intentan navegar por un sistema corrupto y opresivo, Kaeb y Nathaen descubren que no solo deben luchar contra los peligros externos, sino también contra sus propios sentimientos.

Genero:
Romance/Adventure
Autor/a:
Nikki An
Estado:
En proceso
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

დ Tierra de nadie

Kaeb

Somos ladrones ante los ojos de quienes nos arrebataron la oportunidad de comer. Somos violentos ante los ojos de quienes atacaron nuestras tierras. Somos asesinos ante los ojos de quienes mataron a los nuestros en el nombre de un dios en el que no creen. Somos groseros si alzamos la voz. Somos salvajes si les recordamos que somos humanos. Somos...

¿Quiénes somos en realidad? En la tierra de nadie no tenemos un valor, un apellido que portar que nos distinga del otro, una familia de procedencia o una historia siquiera. Somos el fruto de la guerra, una guerra en contra de la humanidad.

No soy capaz de dar una fecha exacta, pero recuerdo los relatos que los viejos de los campamentos nos contaban sobre lo que alguna vez fue Elraj:

—Luego de la unificación, todo parecía ser próspero para la nación, al menos hasta que esos cinco hombres llevaron la teoría de la cognición demasiado lejos. En un principio solo sería una forma de destacar las cualidades y diferencias de cada individuo, lo que acabó convirtiéndose en la mayor arma y la excusa perfecta para permitir la discriminación. Enatos estaban en lo alto, no fue de extrañarse cuando los más adinerados se encontraban en esa clase, incluso cuando aseguraban que el dinero no era una variable. Mientras tanto, nosotros los efías empezamos a ser despedidos ante los estereotipos que esta tipología poseía, más tarde fuimos segregados a Bazur, aunque fue una “elección” obligatoria, se nos vendió la idea de que tendríamos una vida digna. Claro que eso no contentó a nadie y, en consecuencia, una guerra que, aun con la desventaja que nosotros los de la clase más baja teníamos, se alargó por hasta tres años. Habría continuado y habríamos ganado, pero uno de esos tipos…Scholz, arrojó la bomba final que acabó con nuestras tierras. Y ahora aquí estamos, viviendo las consecuencias de las decisiones de unos cuantos. Dios los castigará pronto.

Fueron las palabras del último anciano que conocí en el campamento, murió cuando yo recién era un niño, pero su historia jamás la llegué a olvidar, preguntándome de vez en cuando cuál habría sido mi destino como efía si acaso la segregación jamás hubiera ocurrido. Sin embargo, pensar en el hubiera parecía prohibido, aquello no cambiaría nuestras vidas y las ilusiones debían de ser asesinadas antes de que nos hicieran chocar contra la realidad y, eventualmente, nos decepcionara hasta llevarnos hasta nuestra propia eliminación. Era el caso de aquellos que intentaban cruzar la frontera, sabían que no existía la posibilidad, pero no estaban intentando escapar a Elraj, estaban buscando su muerte.

La muerte era una salida rápida, al menos para aquellos que morían tras un disparo, otros con menos suerte morían lentamente de hambre o siendo niños abandonados cuando recién nacían. Siendo honesto, todos fuimos abandonados en este basurero, pero entendía que los más vulnerables no sabían sobrevivir ante las adversidades de Bazur.

No solo luchábamos contra la hambruna o la pobreza, sino que nuestras condiciones ecológicas nunca fueron las mejores, no desde la Gran Guerra, dejándonos en un caluroso desierto por el día, mientras que por la noche algunos morían de frío. Bazur era tierra infértil, sin posibilidad de cultivo, por lo que nuestro alimento era la basura de la élite, si teníamos suerte, algún animal que cazar se aparecería, pero un recién nacido no tenía las habilidades para siquiera mendingar en la bolsa de desechos, por lo tanto, su destino era una muerte lenta y dolorosa, llevándose de este mundo el amargo recuerdo del trauma.

Claro que de esa forma te salvabas de ser un pecador, para quienes sobrevivíamos la etapa más vulnerable y pasábamos a la siguiente, nos ofrecían posibilidades más arriesgadas. O aprendes a matar o te matan. Los campamentos no eran vecinos, mucho menos amigos, peleaban por sus territorios, al mismo tiempo que luchaban por algo de comida, resistiendo a los constantes ataques y abusos de los más solitarios, quienes se escondían en cuevas o cráteres que dejó la guerra.

Pero no éramos salvajes, el mundo solo nos arrastró a esta posición, si nos matábamos los unos a los otros entonces haríamos su trabajo, aniquilar a los efías, un objetivo que se volvió imposible con el paso de los años, no podías aniquilar a la naturaleza y la única forma sería la extinción, ellos no se arriesgarían a eso, no a su propia muerte.

Mientras tanto, yo sobrevivía como líder del campamento, no era una tarea que heredaras o algo parecido como lo eran los sucesores y actuales gobernantes, era un puesto que ganabas con sacrificio, solo si los más débiles te escuchaban, o era lo que decían, yo consideraba a cada uno de mis chicos como personas valientes y astutas, solo de esa manera sobrevivíamos. No éramos el campamento más grande de todos, pues no superaba un número de veinte personas, todos entre sus diecisiete y treinta años, conviviendo como una pequeña familia hasta el día de nuestro juicio final, en donde un dios nos juzgaría por nuestros pecados, ojalá y tuviese compasión por nosotros, los que en vida fuimos abandonados, a los que nos dieron la espalda y solo pecando podíamos dar gracias por un día más.

Nuestro campamento no estaba demasiado lejos de los campamentos temporales que los militares instalaban cada trimestre en época de etiquetación, lo cual era perfecto porque los propios militares controlaban la agresividad y violencia en la zona, no porque nosotros fuéramos una preocupación para ellos, solo una excusa para poder acabarnos, aunque, siendo más honesto, no necesitaban de excusas para levantar el arma y simplemente disparar. Actuaban en nombre de su patria y, aunque su territorio dijera que éramos unos mismos, engañarnos con esa mentira sería un grave error, no podía llamarlos enemigos, porque eso solo podía ocurrir si nuestras condiciones fueran igualitarias, lo cual era una idea por completo errónea.

No nos diferenciaba solo la marca en nuestra muñeca, sino el estilo de vida que mantenían entre lujos y demás. Era bien sabido que esos solo eran rumores, pero bastaba con ver la opulencia de los militares que nos visitaban para darnos una idea de la realidad. Además, ellos no nos habían abandonado para vivir peor, cuando tenían la oportunidad mostraban su poder sobre nosotros y, si no era suficiente humillación, su basura hablaba más que el muro que nos dividía.

—Hera ha tardado más de lo habitual —mencionó una de las más pequeñas del campamento.

Una chica de baja estatura, las personas aquí no se diferenciaban por su tamaño, además delgadas en su mayoría ante la desnutrición, y aunque no era época de hambruna como otras a las que sobrevivimos, no era ningún secreto que la comida para nosotros era escasa. Su piel era pálida, aunque sucia por la arena del desierto y algunos escombros que el viento arrastraba hasta nuestros cuerpos con total libertad. Lo que a su vez me hacía preguntarme…

—¿Dónde está tu velo? Vas a llenarte los ojos de arena, si nos atacan será más difícil ver al enemigo.

Tiempo de etiquetación, además todas las personas estaban atentas a lo que sucedía en el área militar en donde los niños serían dignos de tener un destino, mas no un destino apropiado para todos, no había buenas noticias para aquellos que en su examen resultaran ser efías o efenos, pero si en su lugar eran vistos como enatos serían llevados a las puertas del paraíso. Tal vez me desvié demasiado, solo quería mencionar que en esta temporada los ataques eran mínimos, aun así debía preocuparme por la chica, no queríamos pérdidas.

—Se lo entregué a Hera, visitaría a los niños como ha hecho últimamente, pero no ha regresado —insistió.

Hera.

La conocí cuando recién era un niño, ella era un par de años mayor. Salí de caza en busca de algún animal que pudiera comer para la cena, un lujo en estos tiempos, aunque para esa época la carne era mucho más común que en la actualidad, supongo que también acabamos con la cadena alimenticia. Ella no estaba armada, mucho menos se veía peligrosa, mis padres insistieron en compartir de lo nuestro para poder unirla a la manada, al campamento.

—Volverá pronto, es el último día en que los militares están aquí, significa que el trabajo será exhaustivo —quise explicar.

No debía de preocuparme, porque a pesar de la bondad que existiera en Hera, también era una persona astuta, de las mejores ladronas que había conocido si me lo permitían decir y, aunque seguramente en Elraj aquello no fuera una cualidad destacable, aquí parecía ser de las mayores armas para subsistir, todo un orgullo compartir el campamento con personas parecidas.

—Mientras tanto, busca algún velo por ahí, los militares dejan mucha de su basura abandonada.

Tal vez solo necesitaba distraer a Emily un rato para evitar que siguiera insistiendo en el tema, porque no necesitaba llenarme de ideas negativas, confiaba en Hera, lo hice desde el primer momento y hoy no sería la excepción.

La tarde empezó a caer, si había una ventaja de vivir en un desierto lejos de cualquier tipo de arquitectura era la increíble imagen que teníamos de la puesta de sol, sin ningún edificio interrumpiendo el paso, sin ninguna distracción, era un paisaje digno y colorido, algo que hacía falta en Bazur, el color. Vivíamos en un lugar prácticamente monocromático, a excepción de esos mismos atardeceres de tonos rosas, naranjas y rojos, ideal.

Pero Hera aun no regresaba, desde donde estaba pude ver algunas naves partir a Elraj, entendía entonces que la etiquetación había acabado hasta dentro de tres meses cuando regresarían, lo más extraño de todo era que si ellos habían acabo con el proceso, entonces ella también lo había hecho y no estaba presente. Fue ese instante en que empecé a preocuparme, estaba cerca de asesinos a sangre fría.

Me puse unos lentes oscuros que había encontrado tiempo atrás entre la basura, todo un logro a decir verdad, pero justo ahora eso no era relevante. Le indiqué a Emily que estaba temporalmente a cargo, porque aunque no era la más fuerte y mucho menos la más hábil, lograba dar con las palabras correctas para lograr calma entre los nuestros, si no fuera por su marca en la muñeca que la clasificaba como una efía, diría que era una de esas supuestas aras. Jamás tuve la oportunidad de conocer a alguna, escasas por su naturaleza y cuando por fin daban con alguna era asesinada hasta que un puesto en el gobierno estuviera disponible. Nadie, excepto los enatos, eran libres de poder vivir como se les plazca, todos estaban condenados.

Empecé a caminar hacia el área de etiquetación, para cuando llegué todavía estaban varias personas dispersas por la zona, no demasiadas como podía ser en el día uno en donde todos estaban ansiosos por conocer su futuro, o más bien, el de los niños. Solo quedaban un par de naves en tierra firme y los campamentos que habían montado estaban desapareciendo, eran ágiles para su escape, siempre nos consideraron como personas salvajes y ante el miedo del daño que pudiéramos causar, sabían huir en cuestión de minutos.

Ya no estaba la dichosa fila de niños que iban a ser procesados y analizados, oficialmente la época de etiquetación había acabado y significaba que quienes estaban ahí de parte de los militares estaban terminando con mero papeleo, mientras que los ciudadanos de Bazur tan solo estaban estorbando ante la necesidad o, quizás, esperanza de que tuvieran compasión por ellos y fueran llevados inmediatamente al paraíso.

Como fuera, no estaba ahí para ser parte de uno de ellos, mucho menos para ver a niños desesperanzados que siquiera conocía, aunque valoraba el trabajo de Hera, jamás entendí realmente su preocupación por ellos, todos terminarían siendo hijos de Bazur con una etiqueta que los condenaría de por vida, no tenían esperanza porque eran realmente pocos los que tenían una oportunidad de salir de este lugar. En unos años serían entonces nuestros enemigos, sea que salieran del muro o que permanecieran aquí.

Empujaba a la pequeña multitud si era necesario, buscaba alguna pista de la chica, cabello castaño y mal cortado, no la vi esta mañana así que no sabía que prendas llevaba puestas, pero sí tenía la seguridad de que portaba el velo de Emily, transparente y a punto de ser basura incluso para nosotros, de un tono ligeramente amarillo que de alguna manera lograría resaltar la mirada de ella.

—¡Hera! — gritaba su nombre con tal de encontrarla.

Por desgracia, nadie conocía su nombre a excepción de quienes compartíamos en el campamento, tampoco tenía una fotografía suya que me ayudara a dar con ella. Para nosotros la tecnología era un mito, pero bien nos contaban los ancianos de pequeñas cajas electrónicas que tenían la capacidad de hacerlo todo, incluso de capturar el momento. Sería útil algo así en un momento como este, podría ser más sencillo buscar pero a Bazur no le interesaban las personas perdidas porque, a final de cuentas, todos lo estábamos de alguna manera u otra.

Justo ahora, esa idea no me estaba dando un mayor aliento, sabía que esa chica nunca sintió esa sensación de propiedad, jamás se sintió como una de nosotros, pero no por eso era menos, porque aunque ella no quisiera verlo, nosotros estaríamos siempre para su cuidado. Era una regla, no importaba como consideraras el mundo exterior, si este era hostil o un lugar de oportunidades, pero en cuanto al campamento se tratara, siempre estaríamos para el otro.

Poco a poco empezaba a oscurecer, las naves finalmente se habían marchado y con ellos las personas que mendingaban por una oportunidad, la luz era escasa, más bien, nula cuando no estaba el campamento del gobierno, por lo que se volvía en una zona lo bastante peligrosa, no podía continuar con la búsqueda, además de que visualmente era incapaz de percibir lo que fuera cuando llegara la noche en su totalidad.

—Volverá —dije para mí mismo.

Nunca lo hizo.

La esperanza se acabó justo después de cinco noches y seis días en el campamento, ella conocía cómo llegar, conocía además Bazur como para que pudiese perderse. No era la primera en abandonar el campamento, eso era verdad, algunos jóvenes lo hacían cuando se daban cuenta de que podían ser reclutados en otros más fuertes, con mejores oportunidades si es que se podía llamar de esa forma.

Ella era distinta, solía ser leal o al menos era la imagen que siempre transmitía, además no era de las más jóvenes del campamento para simplemente ser una de esas rebeldes sin causa que andaban de un campamento en otro, tampoco era tan asocial como para condenarse a vivir por su cuenta en alguna cueva. Supe que algo le había ocurrido, era mero instinto, porque la Hera que conocía nunca hubiese escapado, siquiera sin antes despedirse. Esa era la parte más dolorosa de todas.

Hera pasó a ser simplemente parte de un buen recuerdo, no podíamos hacer como si nunca hubiese existido, porque pasó y tocó nuestros corazones, Emily no ha dejado de llorar ante la preocupación, si acaso fue asesinada o raptada, no lo sabemos, probablemente moriríamos sin darnos cuenta de la historia.