I
La luz comenzó a alzarse en lo alto del cielo presentando un espectáculo lumínico en el que los tonos anaranjados gobernaban sobre el violeta de la noche, la luz comenzó a extenderse sobre los bosque que pertenecían al país de Ublaevania y en específico el bosque qué que rodeaba las viejas ruinas del castillo llamado “Eldoria”, un gran palacio que antes era visto como el corazón de una ciudad bulliciosa se vio reducida a un silencio sepultral tras la guerra, los habitantes repartiéndose en pequeños poblados donde sobrevivían con la comida de sus padros como por el paso de comerciantes y aventureros, una tierra de oportunidades para la gente más extraña de la sociedad hacían galas de sus excentricidades en bares y posadas de la región.
Viviendo culto del ojo público o en sí de los cultos opuestos, estaba el templo de Mynphy, la diosa del placer y la fertilidad, con su estructura de roca recubierta de enredaderas, flores decorando su alrededor, dándole un toque entre abandonado y cuidado para disimular sobre ojos ajenos, mientras que en su interior estaba decorado finamente por las creaciones de sus seguidores y con su sótano a rebosar de información recopilada sobre las situaciones de cada reino y criatura a la cual sea urgente encontrar una pareja para preservar la especie, un grupo de personas que tenían los peores estigmas aún con sus buenas intenciones.
Seymour, uno de los muchos adeptos del templo, estaba preparándose para salir, arreglando su cabello grisáceo y su túnica que se entremezclaba entre decoraciones de joyería con piedras rosa pálido y telas en tonalidades de gris que se entrelazaban para acentuar su figura que a su vez se veía disimulada para no dejar a la vista su absurda delgadez. Había regresado de un largo viaje durante semanas llevando bendiciones a parejas y tierras para aumentar la fertilidad; sin embargo, tan pronto llegó y tuvo su hora de dormir, fue instado a salir nuevamente a repartir bendiciones a diestra y siniestra, dejándole un cansancio en las piernas y en la mente por la enorme cantidad de problemas que surgían cuando se descubría su origen.
La iglesia a la que pertenecía se le consideraba un tapurio de personas sucias que solo buscaban perturbar la mente de los fieles de otras comunidades; su aspecto y actitudes atraían a la gente para perderse en el pecado de la carne, perdiéndose en un ciclo que solo la muerte o la iglesia original les quitará.
Pura mierda que Seymour estaba cansado de escuchar. Su único trabajo era bendecir la fertilidad de las personas, animales y sus tierras por una moneda o directamente nada, dependiendo de cómo estuviera la situación; ocultaba su aspecto con grandes cantidades de ropa y decía pertenecer a otros con tal de no ser asesinado por ser considerado un demonio extraño. Lo peor es que el castigo era ser quemado vivo en una pica y ya tenía un severo terror con el fuego.
Sin embargo, su renovada salida se debía a la reciente llegada de un personaje que se hizo un apodo que particularmente le perturbaba a Seymour: “El dragón de la guerra”. Aunque sabía de la existencia de los dragones y que estos eran todo lo menos agresivos debido a su mínima población, el que un hombre normal y corriente adoptara ese título decía demasiado de él, porque aunque los dragones no sean agresivos actualmente, siguen siendo criaturas peligrosas por su cercanía a los dioses.
¿Qué clase de monstruo debías ser para ser llamado “dragón”? No lo sabía, el tipo salió de la nada y ahora tenía que tratar con él.
El hombre que portaba ese título, según la información recopilada, era difícil; legendario, temido y admirado por partes iguales, una fuerza imparable que destruyó batallones enteros y desafió a uno de los múltiples reyes de bestias, un hombre que tuvo el descaro de acostarse con la princesa del reino al que servía y, si mal no se equivocaba, no era la primera mujer con la que compartió el lecho. Aunque era perfecto para estar bajo el poder real, seguía siendo problemático si alguna de las jóvenes daba a luz a un niño y este tomaba el poder; tendrían que darle el poder a una bestia sin correa.
La duda que surgía era el porqué debía ir con él. Fuera de que este hombre se había recluido en las ruinas de Eldoria de forma repentina, estaba la duda de por qué ninguna de las mujeres con las que estuvo entró en estado e irónicamente querían que alguna quedara embarazada para ocultar la existencia del niño y usarlo contra su propio padre en caso de que se descontrole. Esto último ya es teoría, debido a que no era común que amenacen al templo para que averigüen algo con tal de que no los maten.
Emprendiendo su camino, alejándose con paso fuerte del templo y cubriendo gran parte de sus rasgos con una capa, se adentró en el bosque hacia el viejo castillo con el corazón en un puño. Seymour no era una persona particularmente miedosa, ya que estaba acostumbrado a siempre estar bajo amenaza; con solo sacar su daga ya podía hacer lo mismo que causaría un asesino entrenado, aunque esto último era dirigido hacia las entidades problemáticas que atormentaban los poblados y con los que ninguna iglesia quería tratar, a excepción de ellos, según porque no era rentable tratar con un pueblo que solo les ofrecía unas cuantas verduras. Lo que otros ven como una falla, Mynphy lo veía como fortuna.
Se detuvo en seco cuando visualizó el enorme castillo al cual la luz parecía nunca calentar. El severo olor a azufre y a tierra mojada inundó sus fosas nasales; Seymour reconocía el azufre como sangre de monstruo y la tierra mojada por el río que cruzaba por el castillo entre las enormes grietas que nacieron del suelo. Parece ser que el nuevo inquilino estaba sacando a los que antes vivían en el castillo abandonado.
Iba a ser un día largo.