Chapter 1
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El sol se alzaba majestuosamente sobre el horizonte, bañando el reino de Solaria en una luz dorada que parecía provenir de los propios dioses. Cada rayo caía con precisión, reflejándose en las calles adoquinadas de oro que serpenteaban por la ciudad. En el centro de este próspero reino, erguido sobre colinas, estaba el imponente Palacio Dorado, símbolo inigualable de poder y esplendor. Allí vivía la familia real Belmont, quienes, bendecidos por los dones solares, gobernaban con una sabiduría que superaba la de cualquier otra civilización.
Rey Imperius se encontraba en la gran sala del trono, un vasto espacio adornado con tapices que narraban la historia ancestral de Solaria. El rey se recostaba en su trono, tallado de un solo bloque de oro macizo. A su alrededor, el aire pesaba con la tensión de decisiones inminentes. A pesar de su apariencia de calma, los ojos del rey no reflejaban más que preocupación y cálculo.
Frente a él, se encontraba su Consejo Real, compuesto por los ministros y pashas más influyentes del reino. Valentine el Ministro de Guerra, dio un paso al frente. Su rostro endurecido por años de experiencia en el campo de batalla mostraba un ceño fruncido mientras hablaba.
—Los rumores de invasiones son cada vez más frecuentes, mi señor —dijo Valentine, su voz grave y clara—. Egipto y Roma están formando alianzas, y aunque nuestros dones nos protegen, no podemos depender únicamente de ellos.
El silencio se hizo en la sala. Todos sabían que la protección que les ofrecía el sol no era infinita, y las murmuraciones de traición de otros reinos antiguos se volvían más peligrosas cada día.
Ahmed Pasha, el Pasha de Defensa del Imperio, se inclinó ligeramente hacia adelante, acariciándose la barba con lentitud.
—He recibido informes recientes, mi rey. Nuestras fronteras son fuertes, pero debemos anticiparnos a los movimientos de nuestros enemigos. Una alianza entre Egipto y Roma puede significar un ataque coordinado... y sabemos lo que eso significaría para nuestras tierras.
La voz de Ahmed resonaba con una mezcla de precaución y resolución. Había luchado en la defensa de Solaria durante años y conocía los peligros que acechaban más allá de las montañas y desiertos.
—Debemos reforzar nuestras fronteras y preparar a nuestro ejército, —añadió—. Los dones solares son una bendición, pero no nos vuelven invulnerables. Si no estamos listos, caeremos como cualquier otro reino mortal.
El general Baketnut, un hombre cuya presencia imponente y mirada acerada intimidaba a todos los que lo rodeaban, se adelantó. Sus movimientos eran tan calculados como los de un león acechando a su presa.
—Si el enemigo intenta invadirnos, nuestros dones nos darán ventaja, pero no debemos ser arrogantes —afirmó Baketnut con voz grave—. No nos hemos enfrentado a una alianza de este tamaño antes. Necesitamos estar preparados. Sugiero movilizar a nuestras tropas y fortalecer las defensas en las montañas.
Temistocles el Comandante del Ejército, se cruzó de brazos mientras evaluaba la situación. Su mandíbula tensa reflejaba la responsabilidad que cargaba.
—Sugiero realizar simulacros de batalla, mi rey, —dijo finalmente—. No solo para nuestros soldados experimentados, si no también para los nuevos reclutas. Deben comprender que los dones no son una garantía; son una herramienta que debemos saber usar.
El rey Imperius escuchaba atentamente, pero no dejaba que sus emociones dominaran su expresión. A lo largo de los años, había aprendido que su rostro debía ser tan impenetrable como el oro de su trono. Aun así, internamente, su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. Sabía que la seguridad de su reino dependía de cada decisión que tomara en ese momento.
Finalmente, Imperius rompió el silencio con una voz resonante que parecía hacer eco en las paredes doradas de la sala.
—Haremos lo que sea necesario, —dijo con calma, pero su voz irradiaba autoridad—. No solo debemos prepararnos para la guerra, sino también para proteger nuestros dones. El enemigo no solo ansía nuestras riquezas; ansía nuestro poder. Debemos demostrarles que Solaria no es un reino que se pueda tomar a la ligera.
Los miembros del consejo intercambiaron miradas tensas. Sabían que no enfrentaban solo una guerra física, sino también una batalla por el control de los dones solares. Esos regalos divinos habían sido la columna vertebral de la prosperidad de Solaria, pero también su mayor fuente de peligro.
—Mantened a nuestros mejores soldados en alerta —ordenó el rey—. Quiero que los ciudadanos se sientan protegidos, pero no informemos de inmediato sobre las amenazas externas. Aún debemos mantener el orden y la paz en nuestro reino.
Con una última reverencia, los ministros y pashas abandonaron la sala. Mientras las puertas de oro se cerraban tras ellos, el rey Imperius dejó escapar un suspiro. Sabía que la verdadera batalla aún estaba por comenzar.
Afuera, los ciudadanos de Solaria seguían con su vida cotidiana. Los mercados bullían con comerciantes vendiendo frutas y especias bajo el sol radiante. Niños corrían por las calles doradas, riendo, ajenos a las oscuras nubes que se cernían sobre el reino. El sol, siempre presente, brillaba con intensidad, pero en la sombra de las montañas lejanas, los enemigos esperaban. Y el rey sabía que debía estar listo para todo.
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