PRÓLOGO
Sus zapatos golpearon con fuerza el asfalto mientras corría sobre el suelo mojado.
La lluvia no se había detenido desde aquella mañana, y solo la leve iluminación de las farolas iluminaba las calles a esas horas, guiándole hacia el parque junto al centro comercial.
Algunos coches y peatones se apresuraban a llegar a sus casas mientras él iba en dirección contraria.
Evitó apenas que uno de los vehículos que circulaban por su lado le mojara más de lo que ya estaba.
El paraguas había resultado inútil y finalmente lo había cerrado y resguardado bajo el brazo.
Una última calle le separaba de su destino cuando un sonido le detuvo.
Miró asustado hacia el coche que había frenado de golpe tratando de evitar golpear a un perro que escapaba feliz de su amo.
El animal, sin ser consciente del peligro que había provocado, jugaba feliz saltando en el agua, mientras su dueño se deshacía en disculpas hacia el conductor y corría junto al can para cogerle de la correa que aún colgaba de su collar.
En cuanto a él, recorrió los últimos metros que le separaban del parque y se paró de golpe cuando sus ojos dieron con ella.
Encogida sobre uno de los columpios se veía más pequeña de lo que realmente era.
Completamente empapada, apenas era distinguible su precioso cabello castaño rojizo.
Se acercó despacio, abrió el paraguas y se agachó frente a ella cubriéndoles a ambos, aunque ya fuese inútil.
—Aquí estás.
Levantó el rostro hacia él y no pudo evitar extender la mano y acariciárselo tratando de eliminar las lágrimas que acabaron mezclándose con la lluvia.
—Has venido.
—Te dije que lo haría. Siempre vendré por ti, Holly.
—Porque soy tu chica.
Esas palabras arrancaron una sonrisa de él.
—Porque eres mi chica.
Ni siquiera vaciló cuando sus labios se tocaron.
Sus brazos le rodearon el cuello y el paraguas terminó en el suelo cuando la estrechó con fuerza contra sí mismo.
Nada se asemejaba a la sensación de Holly Hunter abrazándole.
—Vamos a casa, cariño. No quiero que enfermes.
La ayudó a ponerse en pie, recogió el paraguas y caminó a su lado hasta que encontraron un taxi. Lo último que necesitaban ambos era seguir bajo la lluvia, por mucho que ella lo amara.
—¿Vas a contarme por qué te aventuraste a salir con este tiempo? —preguntó una vez estaban resguardados dentro del coche.
—¿Recuerdas lo que te conté sobre las mujeres de mi familia?
Sí, lo hacía. Todavía le costaba creerlo, pero, sin embargo, no la veía capaz de mentir con algo como eso.
Abrazándola en la oscuridad de la parte trasera del taxi, emitió un sonido de afirmación.
—He descubierto el mío.








