Prólogo
Una noche lluviosa, las nubes cubren las estrellas del cielo de New York , lo ciudadanos caminan bajo la lluvia con paraguas y grandes abrigos, muchos vienen de regreso a sus casas, otros van a su trabajo nocturno, el tráfico es enorme como casi todos los días, vendedores ambulantes intentan refugiarse bajo su pequeño local. Un gran ruido se aproxima a lo lejos, el sonido de una sirena de ambulancia, intentan hacer que se aparten los autos pero es algo casi imposible con el tráfico, todos voltean a ver dicha ambulancia, muy pocos conductores intenta dar paso al vehículo todo parece perdido para aquella pobre alma.
Dos enfermeros intenta auxiliar a un chico, le colocan la mascarilla de oxígeno, él parece no responder, solo se le ve tirado en la camilla, un señor muy elegante hace presencia a un lado de la camilla.
—Resiste Dave. Pronto llegaremos al hospital—dice el hombre de vestiduras elegantes.
se escucha su voz quebrada, apunto de derramar una lágrima. Le daba palabras de aliento al chico, hablaba queriendo darle una razón por la cual seguir resistiendo.
Los enfermeros hacen lo posible para que el chico resista hasta llegar al hospital, el ruido de la ciudad se engrandece, después de unos minutos el tráfico comienza a avanzar, las esperanzas parecen volver. El joven en la camilla contrabajo puede tener los párpados abiertos, con todas sus fuerzas intenta decir algo, la vida se le escapa entre los dedos a Dave y, al señor de elegantes vestiduras las lágrimas, él sostiene la mano del joven con todas sus fuerzas, el sudor se escurre del rostro de todos, miraras que aquel que está tirado en la camilla solo logra ver, entre los ruidos y alborotos se hace un pequeño silencio.
—Robert—una voz que aduras penas y se alcanza a escuchar hace que el ruido cese—ya no lo intentes, por favor.
—¿De que hablas?—pregunta entre lágrimas.
—ya estoy cansado—su voz hace eco con la mascarilla donde le llega el oxígeno—, Déjame descansar, estoy exhausto.
—No digas eso por favor. E-e-estarás bi-bien.—tartamudeo Robert.
—No quiero estar bien, no quiero estar aquí—Dave, el joven que yacía en la camilla cerró los ojos.
—¿Dave? ¿DAVE? ¡CONDUCA RAPIDO MALDITA SEA!—le grito Robert a el conductor—aguanta, te lo pido por favor.