Capítulo I: Te dije que avisarás.
Hay vece en día en la que te arrepientes de no hacer algo que hacerlas, también está el hecho de que el remordimiento te va a perseguir hasta el día que decidas morir.
Todos hemos tenido días así.¿Verdad?
El sonido del rechinar de las puertas y del piso viejo hacía que a cualquiera se le erice la piel por todo lo la situación en general, después de todo, estar en una casona semi abandonada en un lote baldío a las cinco de la mañana mientras husmear por allí en búsqueda de lo que ha detenido a la familia de mudarse allí por décadas no es algo que haces todos los domingo en la mañana de Agosto en vez de estar durmiendo.
Ese era el sentimiento que compartían las personas que se encontraban en una casona semi abandonada (que la dueña utilizaba como almacenamiento en vez de vivir allí, porque eso siempre es buena idea) en la búsqueda de aquello que afligía a la dueña que no le permitía vivir allí, según lo que contaba la señora, la casona está embrujada y no aceptaba nuevos residentes, moviendo las cosas, haciendo ruidos extraños y rompiendo cualquier cosa que fuera frágil, no había espejos o jarrones por esa razón, y con ello de que espantaban allí, no dejaba que nadie se mudara, siendo un fastidio para todos y problema de los cuatro individuos que se ganan la vida haciendo estas cosas (lo cual encuentro tedioso, pero hey, chamba es chamba.)
—Te dije que esto era una mala idea, Samuel, nadie le hace favores a Doña Chayo por una razón, no me quejaría tanto si nos fueran a pagar, pero nooo, no lo harán.– Se quejó uno de los integrantes del grupo que inspeccionaba la casona de Doña Chayo mientras apuntaba su linterna por un pasillo.
—Ya se, gracias por recordarmelo, Lupe–Contestó alguien mientras abría un cajón donde no encontró nada más que una familia de arañas y polvo, mucho polvo.
–Puedes quejarte con mi mamá y su amistad de años con ella cuando le dijo que le haríamos el favor.–Samuel miró hacia las escaleras apurando su linterna a otro integrante del grupo.– ¿Encontraste algo allá arriba Diego?
—No, solo sé que el olor a humedad no va salir de mi ropa por más que lo lave, ni el Zote es tan milagroso.– Se escuchó como bajaba las escaleras con cuidado de no caerse y el rechinar se volvió más intenso que Lupe arrugó la cara.– ¿Y Joss?
—Probablemente en el patio, estaba allí la última vez que me asomé por la ventana.
Diego caminó hacia una ventana que parecía sostenerse a base de pura suerte y buenas vibras, estaba cuarteada a la mitad y amarillenta con polvo acumulado en la orilla, intentó levantarlo pero al instante se dio cuenta de que estaba adherida la ventana con el borde, así que trato de ver a través del vidrio amarillento que estaba allí a una brisa de viento fuerte de caerse.
—Ya la vi, está terminando de ver si no hay un cadáver enterrado en el patio o algo que haga que este lugar está maldito o algo… Creo que encontró algo.
—¡Tal vez Doña Chayo no estaba paranoica!–Lupe celebró mientras tomaba su mochila del piso y guardaba su linterna con cuidado.– Vamos, apurense, quiero desayunar algo antes de que mi mamá me regañe.
Diego y Samuel se miraron entre sí mientras que Lupe salía a paso veloz hacia el patio de la casona, escuchando sus pasos alejarse mientras la madera crujía debajo de sus pies, lentamente recorrieron los pasillos por los cuales vinieron, paredes de madera decorados con cuadros de personas y animales, espejos tapados, pisos que alguna vez tuvieron más vida y futuro que todos ellos combinados, al igual que una alfombra larga que vio mejores días y no alzaba polvo como ahorita, el color perdido entre la suciedad que era triste verlo, se podía ver dónde la humedad hizo su trabajo y como el tiempo hizo su labor, huecos del tamaño de una moneda de diez pesos y bichos que salían de las grietas, aunque Doña Chayo quisiera mudarse aquí tan pronto le dijera que estaba libre de todo mal, le costaría más caro las reparaciones que los servicios gratuitos que la mamá de Samuel haya podido sacarle a su hijo a base de hacerlo sentir mal y una que otra súplica porque quería mucho a su amiga de toda la vida y no quería quedar mal.
Probablemente se estén preguntando qué está pasando y cómo es que llegamos a este punto de la historia donde cuatro muchachos hacen una limpia en una madrugada de Agosto, confíen en mí esto no es lo más raro que va a ocurrir en esta historia, de hecho, es lo más normal que va a ocurrir cuando se trate de su trabajo, yo soy El Narrador, ser omnipotente encargado de que esta historia sea contada para ustedes.
Ahora, pónganme atención, que esto es lo más tranquilo que va a llegar a ser todo esto, y sí, es válido que cheques las páginas anteriores para ver dónde todo se salió de control porque honestamente hasta yo me lo pregunto y sé cómo va a terminar todo esto.
Diego abrió la puerta al patio trasero con algo de fuerza ya que estaba trabada, el patio estaba igual de muerto y desabrido que casi todo en ese terreno baldío que rodeaba la casona, Samuel sacó lo que parecía ser un reloj de bolsillo mientras miraba todo lo que podía ser visto en ese patio a simple vista, Joss (que en realidad se llama Jocelyn pero no le gusta así que vamos a respetar eso.) miraba el hueco que había excavado fijamente con una de esas miradas que sí estás en la línea de visión te incómodas por lo fija que es, tenía la pala enterrada en el montículo de tierra fresca, al igual que colgaba su mochila de esta, Lupe estaba junto a ella, viendo el contenido del hueco confundida, tratando de entender que había allí.
—¿Y al final qué es? ¿Debo de llamar a la funeraria o…?–Samuel se arriesgó a preguntar mientras guardaba su reloj en su bolsillo delantero.
—No,–finalmente habló Joss, sin despegar su vista del contenido en la tierra.– ¿Trajiste tu collar, Diego?
—Obvio, nunca salgo sin ella, la última vez que lo hice perdí doscientos pesos porque salió un trabajo express.–Se quejó mientras se sacaba un pequeño collar de la playera, era simple, con una gema de color azul en un pedazo de cuero que servía para usarlo.– ¿Y al final qué es? ¿Amuleto, pergamino dudoso? ¿Cadáver?
—Caja.–Lupe contestó.– Está sellada pero por las vibras que da, probablemente tenga un objeto maldito.
—Okay. Todos atrás, la última vez que no me hicieron caso debimos hacerle una limpia a Lupe y casi me madrea su hermano, órale, shu shu, para atrás.
Todos retrocedieron lo suficiente para no ser afectados por lo que los efectos del amuleto de Diego, el segundo a mando se acercó a el borde donde Lupe una vez estuvo parada, miró hacia dentro donde encontró un cofre, estaba desgastado y sucio, lo que alguna vez fueron detalles pintados a manos fueron corroídos por el tiempo que estuvo bajo en la tierra.
Diego se fijó con más cuidado en el cofre, y pudo ver lo que Joss se estaba refiriendo con lo de la vibra, podía ver la energía que emanaba el cofre, era pesado y le causaba escalofríos, juraba oír las voces y risas de lo que sea que estaba encerrado allí, cerró los ojos mientras inhalaba, sabía qué sea lo que sea, se iba a alimentar del miedo.
No podía tener miedo, no iba a tener otra de esas cosas molestando por semanas porque dudó de sus capacidades.
—¡¿Listo Diego!?–Gritó Joss mientras veía como el clima empezaba a cambiar, los cielos se nublaron y los vientos empezaron a soplar con fuerza.
Vieron como una luz empezaba a emanar del suelo, risas y gritos de agonía empezaron a ser escuchados de diversos puntos que no sabían de donde provenían, eran de esos gritos que te desorientan, de los que te hacen mirar para todos lados creyendo que puede ser una alucinación pero no lo es, nunca lo son. Mientras Diego susurraba algunas palabras, los demás se refugiaron detrás de un montículo de hojas secas y grava; sosteniendo su collar en alto mientras movía su amuleto lado a lado.
Samuel sostuvo a Lupe, quien se tambaleó cuando un rafaga de viento sopló con fuerza de más, Joss miró con preocupación a Diego cuando un trueno se oyó, parecía que una tormenta estaba por crearse en ese segundo, los gritos y las risas eran ahora más fuertes que nunca, Diego finalmente abrió los ojos, ya no eran cafés claros como los que heredó de su mamá, ahora lo único que podías ver era su esclerótica, nada se reflejaba en ellos más que determinación pura y enojo.
—Les ordenó que se vayan.– la voz de Diego no era como siempre, parecía que más de una persona hablaba a la vez, unos mar tardío que otros pero aún así, era la voz de Diego.– Larguense de aquí, se los ordeno yo, el que porta el Collar de las Sombras de la sagrada familia De la Cruz, su poder no tiene efecto sobre mi, ya han aterrizado a aquellos que quieren vivir feliz, su tiempo se ha acabado, por el poder de mis ancestros y en mi ¡Desvanezcan!
La piedra azul que confirmaba parte del collar de Diego, la Piedra de las Sombras (como la había bautizado el tatara abuelo de Diego cuando estaba borracho una vez a las tres de la mañana), brilló con intensidad, una luz cegadora se pudo notar desde leguas a distancia, los gritos eran insoportables por un momentos, nada más que chillidos y agudos que podían hacer sangrar los oídos de muchos, tan altos que se podía ver cómo las ventanas temblaban, Joss sentía su corazón en la garganta, Samuel tenía los ojos lo ojos llorosos y Lupe estaba gritando a la par con la intención de su cabeza no le zumbara después, Diego no se inmutó, se mantuvo firme como una piedra, la luz destello una última vez, más fuerte que nunca, haciendo que los otros tres del grupo cerrarán los ojos.
Tan rápido como empezó el caos, llegó la calma y la paz, Lupe fue la primera en abrir los ojos, miró a su alrededor para asegurarse de que nada había desaparecido o que estuviera en llamas, todo seguía siendo el mismo terreno baldío que Doña Chayo había peleado tanto, pero ahora lo único nuevo que podía ver, era a Diego, parado respirando profundamente mientras le sangraba la nariz.
—¿Otra vez?–Samuel preguntó irritado mientras Diego se limpiaba como podía la nariz con su mano, solo logrando que se esparciera más.
Joss aceleró su paso hacia él, cejas fruncidas levemente que solo se remarcaron más una vez que vio bien su cara, Diego rió cuando le empezó a examinar la cara como si un frasco con instrucciones.
—No es nada, ya sabes cómo es cuando son muchos, sangre, nariz tapada, probablemente gripe.– Samuel se preguntó si a Joss ya le dolía la frente por su ceño fruncido, ella le estaba dando toquecitos leves con un pañuelo para limpiarle la sangre, Diego sonrió suavemente, bajándole la mano con cuidado para que se detuviera.– Estoy bien, lo prometo, de todos modos creo que esos fueron todos, y como no nos van a pagar, no vamos a revisar por más, y si hay más, ya para la próxima le cobras Sammy, que no voy a pasar esto de nuevo de a gratis.
—Si si, ya sé.– Samuel lamentó, no le gustaba cuando alguno de ellos salía lastimado, le pasó un trapo a Diego quien le agradeció con una sonrisa, no quería que se desangrara en el carro .– Vamos, ya va a salir el sol y tengo hambre. Yo invito.
—Va, pero nos debes esta, nada de quejarse de llamadas madrugadoras otra vez, Sam.– Lupe le dio un golpecito en el pecho antes de empezar a caminar hacia la entrada feliz de que finalmente pudiera salir de allí.
Mientras Samuel cerraba la puerta principal con llave, volteó a ver a sus amigos metiendo las cosas a la cajuela, estaban polvorosos y probablemente hambrientos, pero sonrió levemente mientras Lupe le pasaba toallitas desinfectantes a Diego para que limpiará las manos y Joss estaba sacudiendo su franela para aunque sea quitarle el polvo que había en ella.
—Saaam, ¿Crees que podamos ir a desayunar tortas? A esta hora es la que abre Don Nicolás ya verdad es que me muero de hambre.– se quejó Lupe una vez Samuel estaba poniendo sus cosas en la cajuela.
—Va pues, de todos modos queda cerca de la casa de Doña Chayo, así que le devuelvo las llaves antes de que se le suba algo y me acuse de robo.–Joss abrió la puerta trasera donde se subió junto Diego, Lupe se subió en el asiento delantero, apoderándose de la música.
El camino fue tranquilo, lo cual era inusual, pero la música que puso Lupe ayudó más con el ambiente que necesitaban, Samuel tomó aire mientras la casona se perdía de vista cada vez más, por el retrovisor pudo ver como Joss estaba dormida en el hombro de Diego, quién solo miraba hacia el frente disociado, Lupe tarareaba a la melodía de Azul, el cielo comenzó a tener color y unos pájaros se oían a la distancia junto a el letrero que les daba la bienvenida a el centro.
«Bienvenidos a San José, ciudad de encanto mágico.»
Samuel siempre encontró el lema irónico, porque San José era todo, menos encantador y mágico, bueno, solo la primera mitad era mentira, era mágico sí, pero no mágico en el sentido de que había hadas y ninfas del bosque.
Honestamente ese sería mejor trabajo que el que tienen ahora.
Lupe volteó a verlo, su cabello castaño estaba desarreglado, aunque la trenza en la que estaba lo ocultaba mucho y se veía cansada, eso lo hizo sentir peor, si no mal recordaba, acababa de regresar del hospital. Eso del voluntariado era pesado.
—Perdón,–Lupe alzó la mirada, ojos cansados y expresión nula, con el pasar de los años, Lupe aprendió a que ya no le doliera ver a Sam perderse a sí mismo.– debí decirle que no a mi mamá.
—Está bien, Sammy, sabemos lo insistente que puede llegar a ser tu mamá.–Eso hizo sentir aún peor a Samuel, quién solo hizo un ruido de afirmación.– además, necesitaba salir, aire fresco y todo, el hospital me estaba volviendo loca y el director quería que me deshiciera de la enfermera fantasma, pero le dije que no porque no me pagan, además de que solo causaría más disturbios si lo hiciera.
El sonido de puestos abriendo con sus teloneras de metal y la señoras madrugadoras de mercado los recibió cuando entraron al centro de la ciudad, no era la gran cosa a comparación de las ciudades metropolitanas o lugares relativamente más grandes pero era familiar, se la pasaban saludando a gente que veían, San José era un lugar relativamente pequeño, todos conocían a todos y hasta desconocidos te conocían a ti aunque tu a ellos no, un lugar que pasaría desapercibido si llegarás a pasar por él o un lugar de paso para llegar a tu destino, después de todo, no es que haya algo extraordinario.
Era como cualquier lugar que encontrarías una señal en la carretera y te dirías “Ah chinga, ¿a poco por aquí vive alguien?”, con gente, una parroquia con un campanario que suena todo los días a las doce, tres, seis y nueve, misioneros mormones que no sabes cómo llegaron allí pero allí están, escuelas construidas encima de panteones, señoras criticones, señores machistas, Oxxos, demonios, fantasmas, una toque de queda.
Ya sabes, cosas comunes y corrientes.
—¿Cómo te sientes Diego?–Lupe le preguntó finalmente a Diego, quien reaccionó parpadeando varias veces antes de darse cuenta donde estaba.
—Mejor, no me duele la cabeza y no tengo ganas de tirarme del puente así que yo digo que fue un éxito rotundo.– Agitó levemente a Joss con la intención de despertarla.– Pero tengo entumido el brazo porque alguien decidió que yo sería su almohada.
—Eres cómodo.–contestó una soñolienta Joss mientras se estiraba.– ¿Ya?
—Casi, le dejó las llaves a Doña Chayo y nos vamos a desayunar, honestamente me quiero evitar la molestia de escuchar a su hijo.
—¿Sigues molesto con él?
—No Diego, claro que no voy a estar molesto con un wey que me tiró encima un champurrado con mi única camisa blanca para luego decirme ‘Ay perdón, ¿Te manche?’ pinche pendejo hijo de la verga.
Joss rió por lo bajo mientras Diego rodeaba los ojos.
Probablemente te estarás preguntando “¿Qué chingados?” y es una pregunta muy válida, pues, es simple, pero como soy su narrador y me pagan, tiempo de exposiciones.
La magia y lo paranormal han estado fuertemente entrelazados con la tierra en el ombligo de la luna desde siempre, un lugar donde su capital fue creada a base de una profecía que ahora es emblema de la nación, donde el cantar de las aves era replicado y los gritos los muertos eran escuchados por toda la tierra, donde las leyendas eran esperadas por ser contadas y jamás ser olvidadas, las cosas no cambiaron mucho aún cuando España decidió que era buena idea hacer una colonización (nadie les agradece eso).
Bueno, en el sentido paranormal y mágico al menos, tratando de eliminar todo aquello que hacía a México, pues, México, fue una pobre toma de decisión, sólo habían logrado enfurecer a los espíritus que habitaban estas tierras, los dioses se mantuvieron callados y dejaron que causarán espantos y sustos para aquellos que masacraron su hogar, creando terrores nocturnos en los hijos de los colonos, haciendo que los adultos se preguntaran si se estaban volviendo locos, y así ha sido por mucho tiempo hasta que se logró la liberación, aprendiendo de los errores del pasado, dejaron a los espíritus sueltos, lo que causó un sin fin de problemas nuevos.
Con el pasar de los siglos y demás, algunos espíritus se volvieron un dolor de nalga, como el que acabamos de presenciar, haciendo que organizaciones sean creadas para liderar con ello, naciendo así, Maldiciones a Domicilio (también la Organización Mexicana para Espíritus, Demonios y Maldiciones, o la OMEDM, pero ellos no importan ahora) encargados de liderar con seres sobrenaturales de diversas categorías para el bienestar social.
Al final, un balance fue creado, con limitaciones y más tecnología, pero había algo, a veces uno se quejaba de que los duendes te esconden cosas o que la Llorona ande gritando por sus hijos, pero debías de tener cuidado con el bosque, el mar y las montañas, pues ellos saben el cantar del universo y por ello, uno los debe de respetar.
Sam estacionó rápido el carro después de un rato conduciendo por las calles, finalmente llegando a una colonia estrecha que una mitad de la calle estaba pavimentada y la otra, pues, no; bajo enfrente de una casa de color morada y portón negro, tocando rápidamente la puerta siendo recibido por los ladridos de un chihuahua.
—Ya wey, solo soy yo, ni que no me hubieras visto antes.– El perrito simplemente ladro una vez más mientras Sam miraba para atrás, asegurándose de que sus amigos estuvieran bien, una señora de baja estatura, cabello recogido y mandil manchado de masa le abrió unos minutos después.
—Buenos días, Doña Chayo, aquí le dejo las llaves de su casona, debería estar libre de todo espíritu maligno.– Sam le dejó las llaves en la mano a Doña Chayo, quién lo miró con ojos de alegría.
—Ay mijito, muchas gracias, allí le dices a tu mamá que pasó a verla más tarde.
—Si, no se preocupe Doña Chayo, yo le aviso. – Rápidamente se subió a su carro, arrancando antes de que la señora pudiera decirle algo, no es por ser maleducado o algo, pero la verdad es que no tenía ganas de estar allí parado.
—Genial, ahora vayamos a desayunar antes de que muerda a Diego.
—Chinga tu madre, Joselin.
Lupe decidió ignorar a los dos y le subió a su música, mientras Sam conducía otra vez al centro, decidiendo disfrutar la única canción de Cristian Castro que conocía y se sabía a duras penas la letra.
Momentos así eran lo que le daban sentido a su vida, mínimo a Sam, conducir por las calles y desayunar en el centro con sus amigos, escuchar los chismes de la doña Elena mientras el don Nicolás les hacía tortas que se veían dudosa pero eran la mejor cosa del mundo en su puesto en su fonda, donde los manteles eran de frutas y las paredes pintadas de un amarillo desgastado por los años, escuchar un partido de fútbol de fondo mientras San José empezaba a cobrar vida, más clientes llegando y los carros anunciando sus servicios.
¿Podrías decirme cuando esto se iba a volver el inicio del final? Bueno, usted no podrían, pero yo sí.
Pero eso sería adelantarme, no les quiero arruinar la sorpresa.
—¿Tuvieron algo interesante hoy, muchachos? Se ven muy desgastados.— El don Nicolás, un señor de no más de sesenta años, les comentó, Diego dejó salir un suspiro, con solo recordarlo le daban ganas de tirarse de un puente otra vez.
—Estamos despiertos desde la tres de la mañana, don Nico.
—Ay dios mío, ¿Tuvieron algún trabajo interesante hoy al menos? Para que estuvieran despiertos a esa hora, después de lo que hicieron la semana pasa con los Álvarez–Doña Elena, una amable señora que era prácticamente la abuela de todos en San José, dejó de quejarse sobre los precios del gas para ponerles atención.
—Si, fuimos a checar la casona, ¿La que está cerca de la segunda gasolinera? ¿La que parece que está a dos de caerse?
—¿La de Chayo? ¿De la familia Olmo?
—Esa mero,–le confirmó Lupe mientras le ponía catsup a su torta.– la verdad es que si estaba medio embrujada, aquí Diego le sangro la nariz.
—Y los ojos, pero estoy bien, nada de qué preocuparse, en serio.–Se apresuró a asegurar Diego cuando vio la cara de doña Elena, su ceño fruncido y labios apretados hacían que cualquiera se apresurara a asegurar su bienestar.
—Jesús santo, muchacho, con cuidado, no te me vayas a morir.
—Estoy bien, pero tendré más cuidado doña Elena.– Doña Elena pareció poco complacida con esa respuesta, pues al cabo de unos minutos le estaba dando una Coca-Cola a Diego. Por si se le bajó la presión, argumento.
—Bueno, los dejo desayunar en paz, ¿Si? Provecho.
—Gracias doña Elena.– Contestaron todos, mientras doña Elena iba a atender a otros clientes.
El celular de Lupe sonó, la castaña lo miró confundida mientras apretaba el botón de contestar, antes de abrir la boca, le estaban gritando.
—MARÍA GUADALUPE QUINTERO RUÍZ, ¿DÓNDE PUTA MADRE ESTÁS?
—Te dije que le avisarás a tu mamá wey, mínimo una nota o algo, no chingues.– Joss regañó a Lupe, quién con la cara sonrojada salió a contestarle a su mamá.
—La van a putear.– Verificó lo obvio Joss.
—Sip.– Contestaron Diego y Sam al mismo tiempo, viendo como Lupe trataba de contestar a su mamá enojada, sin ningún resultado.
Una mañana productiva, claro que sí.