El Sabueso: Náufrago Del Abismo por Sergio en Inkitt
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El Sabueso: Náufrago del Abismo

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Sinopsis

"No temo a la horca, pero si alguien quiere verme colgando, que traiga una soga hecha con su propio pellejo." Rodrigo "Ruy" Cortés de la Vega, conocido en los mares como El Sabueso, ha perseguido a hombres hasta los confines del mundo, ha hundido barcos con la misma facilidad con la que encendía su pipa, y ha cobrado deudas que ningún rey habría podido reclamar. No busca gloria. No busca riquezas. Busca saldar cuentas. Pero cuando despierta en un lugar que no debería existir, con su barco varado en una selva indómita y su segundo al mando pudriéndose a su lado, Ruy descubre que hay cosas peores que la muerte. Su ropa está cubierta de sangre que no recuerda, su cuerpo lleva cicatrices de batallas que jamás libró, y su tripulación ha desaparecido sin dejar rastro. Un año después, sigue con vida. Ha convertido su navío en su fortaleza, ha cazado bestias que desafían toda razón y ha aprendido que en esta tierra maldita no es el único depredador. Pero hay pruebas de que sus hombres siguen ahí fuera, resistiendo, sobreviviendo. Y si hay algo que El Sabueso jamás ha hecho, es abandonar a los suyos. Ahora, con solo un brazo y media vida, se prepara para la caza más importante de su existencia. No por tesoros. No por venganza. Por su tripulación. Porque si ellos siguen con vida, irá a buscarlos. Porque si alguien los ha tomado, irá a recuperarlos. Porque si algo los ha matado…

Genero:
Fantasy/Other
Autor/a:
Sergio
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo: El Naufragio de los Muertos

El sabor a hierro y sal en la boca. La humedad pegada a la piel como un sudario. Un tambor sordo golpeando en su cabeza, resonando en cada latido, en cada respiración. Abrió los ojos con un gruñido ronco, sintiendo cómo la realidad se filtraba poco a poco en su mente, densa y brumosa como la niebla sobre el mar. Pero no había mar.

El cielo no era el amplio dosel azul surcado por gaviotas, sino un techo de hojas inmensas, de un verde tan intenso que parecía sangrar clorofila. No había brisa marina ni el vaivén del casco de su barco deslizándose sobre las olas. Solo el canto lejano de criaturas desconocidas, el susurro de la maleza meciéndose con el viento. Y un hedor pútrido que se pegaba a su garganta, ácido y dulce a la vez.

Ruy se incorporó con dificultad. Cada músculo en su cuerpo protestó con un ardor sordo, como si hubiera luchado una guerra y su carne aún no lo hubiese perdonado. Su camisa, hecha jirones, colgaba sobre su torso marcado de cicatrices. Sus manos estaban manchadas de sangre seca, de barro y de algo más oscuro, algo que no se atrevió a identificar.

Entonces lo vio.

Esteban, su Esteban, su segundo al mando, su hermano de guerra y de vino. Su cuerpo, hinchado y ennegrecido, yacía junto a él, como si hubiera estado allí por días, semanas quizás. La piel se deshacía en llagas abiertas, los ojos hundidos en un cráneo donde la vida había huido hacía mucho. Un enjambre de moscas danzaba sobre su carne podrida, zumbando como un coro fúnebre.

Ruy se quedó quieto, muy quieto. Su respiración se tornó un hilo, sus pupilas se clavaron en el cadáver con una intensidad casi febril. El mundo pareció desdibujarse a su alrededor, convirtiéndose en un remolino de formas y colores irreales.

No era posible. No.

Él había bebido con Esteban la noche anterior. Habían reído, habían apostado en los dados, habían hablado de la próxima presa que cazarían en alta mar. Y ahora... ahora su compañero yacía ante él como un pedazo de carne olvidado al sol.

Ruy: “¿Qué demonios...?”

El sonido de su propia voz le devolvió a la realidad con la brutalidad de una ola rompiendo contra un acantilado. Se obligó a respirar. Contó hasta cinco en su mente. Miró alrededor.

El Santa Huesa estaba allí. O lo que quedaba de él.

Las enormes raíces de los árboles se habían enredado en su casco, como si la selva misma hubiera decidido tragárselo. Sus mástiles, aunque aún erguidos, parecían atrapados entre las ramas de aquellos colosos de madera. Las velas colgaban rasgadas, como jirones de un espectro, y la bandera negra con el cráneo de sabueso pendía lacia, sin el viento que solía hacerla ondear con orgullo y amenaza.

El barco no estaba en el mar.

Estaba en tierra firme.

Y no había tripulación.

Ruy apretó la mandíbula. La sensación era extraña, primitiva. Como si su propio cuerpo no le perteneciera del todo, como si su alma estuviera aferrada a su carne con hilos mal cosidos. Su corazón latía con una cadencia errática, su mente repasaba una y otra vez los últimos recuerdos antes del vacío.

¿Qué había pasado?

Su mirada volvió a su camisa desgarrada, a la sangre seca que cubría sus brazos, a la herida en su costado que no recordaba haber recibido. Un pensamiento cruzó su mente, frío y cortante como la hoja de un cuchillo.

Había muerto.

De alguna forma, en algún momento, su vida se había apagado, se había desangrado en la oscuridad. Pero aquí estaba. Respirando. Sintiendo. Vivo.

O algo parecido.

Ruy: “Esto no es el infierno... pero se le parece demasiado.”

El viento trajo consigo un murmullo, un rumor bajo y gutural que no pertenecía ni al mar ni a la selva. Algo se movía entre la maleza. Algo que no era humano.

El Sabueso se puso en pie, ignorando el dolor, ignorando la confusión. Su mano fue instintivamente a su cinto, pero su sable no estaba allí. Maldición. Sus botas se hundieron en el suelo fangoso mientras daba un paso hacia adelante.

No sabía dónde estaba. No sabía cómo había llegado allí.

Pero una cosa tenía clara: si este lugar quería devorarlo, iba a arrancarle los dientes antes

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