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Dominio Quebrado

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Sinopsis

Sumérgete en esta antología de terror donde la realidad conocida se fractura, las mentes se erosionan y el conocimiento del mundo escapa a tu control. ¿Cuánto puedes soportar ante el peso ineludible de fuerzas invisibles manipulando tu destino?

Genero:
Horror
Autor/a:
Sir Diegus
Estado:
hace 20 días
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Los visitantes

Díaz dejó caer el archivo sobre el escritorio polvoriento mientras se rascaba la frente llena de sudor. El caso que ahora lo ocupaba no tenía ninguna gracia para alguien tan curtido como él: una desaparición en una institución psiquiátrica. Un juego para algún otro payaso, pero que ahora, gracias a la atención mediática que estaba recibiendo, lo obligaba a formar parte del circo.

Sin duda, la prensa había hecho grandes esfuerzos por una primera plana. Desde acosar en repetidas ocasiones a la ya distanciada familia del desaparecido, hasta aparecer de forma incesante en la División de Investigación para obtener nueva información sobre el caso con la que llenar sus columnas amarillistas. Información que, paradójicamente, estaba siendo cada vez más difícil de encontrar.

Con pesadez, se acomodó en su vieja silla de escritorio para leer el primer informe. No había tenido mucho interés por aquellos archivos que no le fueron proporcionados en un principio, pues supuso que todo había sido planificado y obtendría más información hablando con los trabajadores del centro.

Pese a sus tácticas habituales, los esfuerzos habían caído en saco roto esta vez. La mayoría de empleados estaban demasiado asustados por las sanciones que recibirían si decían algo que perjudicara a la Institución como para atreverse a declarar. Díaz entendía su posición. Aun así, sus superiores lo estaban forzando a quemar todas las opciones antes de brindarle la despedida definitiva. No ayudaba en absoluto su fracaso en el caso Saldaña ni la investigación interna por corrupción de años atrás. Aunque no fue hallado culpable, eso no detendría a su sargento de entregarlo si con ello aseguraba su puesto. Al final, él habría hecho lo mismo.

Solo es un estúpido caso más. Puedes con esto, se repitió, mientras sacaba el último cigarro de una cajetilla desgastada: un viejo hábito, heredado de sus instructores durante los primeros años en la fuerza.

Con la mente más calmada, dejó atrás esos pensamientos y abrió el archivo.


Hospital psiquiátrico Loftus

Registro clínico N° 023 742

Datos del paciente:

Apellidos y nombres: Ramos I.

Edad: 27 años

Sexo: Masculino

Fecha: 16/07/29

Motivo de consulta: Paciente manifiesta alucinaciones visuales transitorias durante el transcurso de la noche.

Antecedentes:

Médicos: No presenta antecedentes previos.

Psicológicos: No presenta antecedentes psicológicos.

Familiares: No presenta familiares con casos similares.

Historia clínica:

El señor R. ingresa a consulta, se muestra desorientado, mirando compulsivamente a las paredes. Su estado físico corresponde con la tensión que muestra al ingresar. Presenta signos marcados de fatiga periorbitaria, compatible con una privación crónica del sueño. Saluda de forma apresurada y procede a sentarse de forma irregular en el sillón, no evidencia signos visibles de agitación psicomotora durante la evaluación inicial.

Al ser consultado sobre su ocupación, refiere que trabaja de forma autónoma como diseñador para páginas web. Actualmente vive con su pareja y su mascota (gato siamés) en un pequeño departamento ubicado en el centro de la ciudad. Los cambios más recientes en su vida corresponden al viaje realizado por su pareja debido a motivos familiares y al motivo de su consulta, al cual denomina reiteradamente como "ese asunto".

Al solicitarle que relate el motivo de su consulta, su voz adquiere un tono menos decidido. Con una expresión facial marcada por el cansancio, refiere que en las últimas noches no ha podido dormir por una sensación persistente de ser observado y acechado.

El paciente continúa su relato. Las primeras veces no le afectaba demasiado, pues se sentía acompañado de su pareja, desechando estas sensaciones como un mero miedo infantil. Mas, al tener que viajar hace unas semanas para visitar a su madre por motivos de salud, la situación cambió notablemente.

En ese tiempo, ha sentido como una opresión constante se apoderaba de su pecho cuando se quedaba demasiado tiempo en una habitación, ya sea mirando vídeos, trabajando, o jugando en sus tiempos libres.

Esta persecución no ha hecho más que incrementarse en sus propias palabras. Últimamente cree estar viendo sombras moverse cuando deja de observar la pared. La sensación se ha intensificado tanto que es incapaz de mantenerse trabajando en casa y ha tenido que recurrir al café de la esquina para sentirse acompañado mientras trabaja.

No puede conciliar el sueño por este mismo motivo, por lo que ha tenido que recurrir a la medicación por vías no formales (quetiapina).

Su intención al acudir a consulta es poder volver a dormir con tranquilidad, aliviando esa sensación de angustia para que su novia no esté tan preocupada al volver.

Observaciones:

Paciente evidencia consistencia en su relato. Pese a la inverosimilitud objetiva del contenido, se muestra firmemente convencido de su veracidad, refiriendo un inicio tardío y un desarrollo progresivo del cuadro.

Describe alucinaciones visuales en forma de "sombras". Niega la presencia de alteraciones auditivas u olfatorias relacionadas.

Su narrativa sobre los episodios de alucinaciones visuales y la persistente sensación de ser observado apuntan a un cuadro de aparición súbita, sin antecedentes previos documentados.

Prediagnóstico:

Con base en los síntomas actuales, se sugiere un posible 6A23.0 Tx psicótico agudo y transitorio, primer episodio (TPAT)

Recomendaciones:

Pese a negar la experimentación de eventos traumáticos recientes, no se descarta la existencia de estresores no identificados. Se recomienda explorar la posibilidad de experiencias traumáticas reprimidas o factores emocionales/ambientales no explorados.

Plan de acción:

Evaluación psiquiátrica con énfasis en la detección de psicosis breve.

Intervención semanal directa con monitoreo constante para medir el progreso del TPAT en el paciente y evitar el riesgo de despersonalización y posible evolución a un trastorno psicótico más persistente.

Evaluaciones neurológicas para el descarte de causas orgánicas subyacentes.

Dr. Jorge Magallanes.


Exhaló largo y pausado. Todo el documento estaba lleno de verborrea clínica, para resumirse en lo que ya sabía por posteriores informes: un hombre que empezó a sufrir de alucinaciones y terminó internado para luego esfumarse, un verdadero guion de película.

Apoyó el mentón con la mano sobre el escritorio, algo olía mal. No creía en lo sobrenatural ni mucho menos. No. En todo caso, parecía una fuga orquestada. ¿Pero con qué motivo? ¿Es que acaso no se había recluido por decisión propia? Ni la familia ni amigos habían estado enterados de su internamiento hasta que la noticia se hizo eco.

Su mente volvió a la conversación de la tarde anterior. Pasando la estática y el sonido de una comunicadora de hospital se escuchaba la respiración entrecortada de la mujer al otro lado de la línea.

-Nos dimos un tiempo oficial. Fue su decisión.- el sonido era apenas más que un murmullo.- "Necesito entender lo que esta pasando", eso me dijo. ¿Qué se supone que significaba eso? ¿Tiene algo que ver con su desaparición?

—Aún lo estamos investigando, señorita.

—No lo suficiente—la respuesta fue seca y cortante—Usted no entiende, yo...yo —su voz se entremezclaba con el llanto que intentaba ocultar de forma vana— Mi pobre madre está aquí conmigo, ella no puede caminar, y si yo no estoy. ¿Quién verá por ella? ¿Quién lo buscará?...¡Ni siquiera puedo volver! ¿Por qué me hacen esto?!—Su grito desgarrado fue interrumpido por el zumbido del auricular al colgar.

No. No recibiría más contacto de su parte. Ramos había eliminado todas las posibilidades de búsqueda antes de embarcarse en su gran misterio.

Cansado, se miró en el pequeño espejo que tenía en el cajón del escritorio. Estaba algo sucio, lo limpió con la palma. Así esta mejor. Se abotonó la camisa hasta el tope mientras ordenaba su corbata. Tenía que mostrar la mejor impresión ante la recepcionista si no quería volver a ser echado a patadas. Solo le quedaba ese curso de acción, tendría que volver al hospital Loftus.



El hospital era de un pulcro blanco quirúrgico, le recordó las visitas al oncólogo con su madre. Desde el sofá empezó a distender la mirada en busca de algo que hacer mientras esperaba. A través de una puerta entreabierta de pasillo pudo distinguir a una serie de estudiantes en bata blanca siguiendo a un doctor. Todo lo que hablaba era anotado en las libretas de esos jóvenes. ¿Acaso saben lo que están haciendo? ¿O solo juegan con la esperanza de las personas?

De cuando en cuando le hacía pequeñas miradas a la recepcionista recordándole que, aunque quisiera, estaba allí por mandato superior y no podría simplemente irse sin más información.


Ya se acercaba al mediodía cuando por fin una figura se aproximó hasta detenerse frente a él. Llevaba una barba cuidada y una bata de color blanco hueso. Lo miró, expectante.

— Detective Díaz—dijo la figura misteriosa.

—Doctor Magallanes, es un gusto, no es de buenas formas hacer esperar a una visita —Hizo una seña relajada con la mano hacia el sillón que estaba al lado.— Por favor, tome asiento.

—No soy el Dr. Magallanes— replicó.

El detective arqueó una ceja.

—Entonces, ¿Con quién tengo el placer?

—Soy el jefe de la unidad de Internamiento—dijo el hombre, mientras acomodaba su corbata.—El doctor Ramírez.

—Comprendo, comprendo. ¿Entonces usted me dará la información que necesito?—encendió otro cigarrillo.

—No, mas le ayudaré a contactarse con él, el consejo de ética tiene que discernir unos asuntos clave, yo seré el conducto mediante el cual tendrá su reunión.—Díaz pudo percibir cierto malestar en su voz- También, tengo que preguntarle unas cosas.

—Y así será doctor. ¿Ahora, nos ponemos en marcha?


Ramírez asintió en silencio, meditando unos segundos antes de brindar una respuesta.


—Sé que hay mucho en riesgo, pero no puedo arriesgarme. - tenía la mirada cabizbaja —Hay unas cuantas condiciones que debe aceptar para llevarlo con él.

—Hable, y veré que puedo hacer—Dijo, soltando la ceniza de su cigarro con un golpe.

—No podrá brindar ninguna información personal del Dr. Magallanes a la prensa. No lo digo solo por su reputación, la mía, la del hospital, nuestro trabajo...

—Ahórrese la palabrería doctor, no me interesa la prensa. Lo que investigo es asunto mío.

—¡No sea impertinente! —respondió Ramírez con frialdad.—Quizás para usted sea difícil de creer, pero no todos son peones de su voluntad y su fría burocracia.

—¡Vaya, pero si casi pareciera que esta hablando de alguien más!—dijo Díaz, exhalando el humo hacia un costado—Esta bien, esta bien, sin nombres.

—No quiero preguntas no relacionadas al caso. Limítese a preguntar solo que necesita para su investigación, ¿Queda claro?

—Perfectamente, ¿algo más?

El doctor se acomodó el saco, un ligero viento se había colado por los ventanales.

—Nada de grabaciones, ningún registro grabado ni documentos u objetos que pueda llevarse.


Díaz lo miró, malhumorado.

—¿Y el motivo sería?

—El doctor tiene a su cargo muchos casos de pacientes.—continuó Ramírez, bajando la voz en el vestíbulo—Aunque nos encontramos en una posición frágil, confío en su juicio para evitar que la información de los no relacionados se filtre. Antes que se fuera él... no estaba en la mejor de las posiciones.

—¿Y lo dejaron seguir atendiendo?—Díaz soltó una ligera carcajada- No pensé que fuera tan sentimental.

—Y no lo soy. Jorge es uno de los mejores en su campo, la manera en la que trata cada caso de forma personal nos ayuda a lograr los mejores resultados con los pacientes. Esta vez se obsesionó y fue más allá, encontré algunas notas que pueden ser de su interés. Memorícelas, porque será la última vez que las vea.

Fue Díaz quien dio fin a la conversación, molesto por todas esas idioteces.

—No perdamos más el tiempo, se cumplirán sus condiciones.—dijo mientras sacaba otro cigarrillo del bolsillo de su camisa.—Pero téngalo claro, si encuentro que el doctor es culpable de la desaparición, moveré todos mis recursos para hacer que sea arrestado y enjuiciado en menos de lo que ustedes esconden la cola para protegerse del daño colateral.

—Seguro que sí. Nuestro taxi ya está aquí, vámonos.



El trayecto por la carretera los alejaba cada vez más de la ciudad. A medida que avanzaban, las casas desaparecían para dar paso a grandes zonas agrícolas. No se creía capaz de poder hacer ese recorrido durante una hora todos los días, moriría de aburrimiento intentando silenciar la mente.


—¿Todos sus médicos viven así de lejos?

—Solo Magallanes, le gusta su privacidad.

—Ya veo. No es el único, pero uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, ¿Verdad?.—volteó a mirar al doctor—¿Y bien? ¿Me dará las notas?

—Sí, pero yo no …—Sus ojos se perdieron por un momento en el paisaje antes de cederle un gran folder.—Quizás usted le encuentre más sentido del que yo pude.


El archivo era una gran pila de hojas con símbolos garabateados sobre hojas con impresiones erróneas. Algunas eran espirales hechas con líneas irregulares abordando toda la página, mientras que otras mostraban un intento de escritura ordenada que se perdía luego en un montón de garabatos. ¿Qué es toda esta basura? Díaz no se lo podía creer.

—¿Es alguna clase de broma médica?

—Le aseguro que no. Yo tampoco entiendo qué significa.

—Soy un investigador con un carajo. No un lingüista para entender todos estos garabatos. ¡Esto ni siquiera parece un idioma!

—Pero tienen un significado. Estos papeles estaban por todo su escritorio cuando se le suspendió.—Ramírez lo miró fijamente—¿No le parece que son importantes?


¿Es que acaso este payaso intenta burlarse de mí? Puso la cara más seria que pudo.

—No, no me lo parecen. Si esto es lo mejor que me han podido ofrecer, creo que tendré que replantear nuestro trato.

—No puedo creer que le paguen por buscar que otros hagan el trabajo por usted.

—¿Cree que me gusta estar aquí Ramírez? ¿Hostigando a tipos que se creen más listos que yo mientras estoy aquí en un maldito taxi pudriéndome de calor?

—¿Qué no es así? ¿Sino por qué se hizo detective?

—¡Porque es lo que tengo que hacer con un demonio!.-golpeó el cuero del asiento con el puño—Es mi trabajo, me guste o no, y me pagan por lidiar con idiotas como usted, me guste o no, ¿Lo entiende?

—Entonces solo esta por el dinero.

—Al igual que usted, ¿O acaso se las da de buen samaritano? Porque estoy viendo a alguien que bien puede dar la otra mejilla si es así.

Ignoró su amenaza.

—No. Es verdad, disfruto de lo hago y me pagan por lo que hago. Soy muy afortunado en ese sentido. ¿Su familia disfruta de que usted sea detective?

—¿Cómo dijo? —El hombre se giró en su totalidad—¿Y eso a usted qué mierda le importa?

Ramírez no esperó esa respuesta. Quería apelar a su lado humano, hacer que el detective fuera más suave con él.

—Perdone, fue un error—buscó una postura relajada—intentaba...

—Sé lo que intentaba, eso a usted no le importa. Yo haré las cosas que tenga que hacer. En cuanto a esta conversación, se da por terminada.

—Comprendo, disculpe si lo ofendí de alguna manera.

El viaje se mantuvo en silencio hasta llegar a la entrada de la pequeña mansión.


Los recibió el ama de llaves, preocupada por ver a los dos hombres extraños frente a las rejas. Uno de ellos dijo que era del hospital en el que el doctor trabajaba, y el otro estaba con la policía. No sabía si pedirle permiso, pero considero que el segundo podría ayudarla.


—Buenas tardes señores. El doctor se encuentra supervisando unas remodelaciones en la zona posterior de la casa, no creo que pueda atenderlos de forma cómoda.

—¿Remodelaciones, señora?—preguntó Díaz.

—Oh, sí, desde hace unos días el doctor me dijo que haría unos cuantos arreglos en la casa. Adentro hay unos cuantos obreros trabajando. Pasen hacia el jardín mientras veo que pueda recibirlos.—Esperó a que ingresara el doctor para agarrar al policía y acercarse a él, temiendo que el otro la oyera—Hay algo muy raro con el señor Magallanes.

—¿A qué se refiere?—le respondió este, en un susurro.

—Últimamente ha estado hablando solo, se queda en la calle toda la noche, y regresa desarreglado. Tiene unas ojeras horribles. Un día hasta lo vi dormir en el jardín, no creo que fuera algo de una sola noche.

Díaz asintió en un breve gesto.

—¿Hace cuánto fue esto?

—¿Lo del jardín? Ya habrán sido unos 8 días, pero lo de sus aventuras nocturnas es todos los días. Él no lo dice señor, pero puedo olerlo. No entiendo qué le pasa, el doctor nunca ha actuado así. Por favor, ayúdelo.—miró a Ramírez—solo puedo confiar en que hará lo correcto.

—No se preocupe por eso todavía, necesito hablar con él por motivos policiales sí, pero no significa que este en problemas. Al menos no si me dice lo que necesito saber.

—Entiendo—dijo la mujer, ya con voz clara—Por favor, continúen con su visita, el señor Jorge estará feliz de ver que tiene gente que se preocupa por él.

Los hombres avanzaron, la mujer los observó alejarse. ¿Se asustarán al verlo?

La casa era sumamente espaciosa, seguramente antaño un hogar familiar, ahora solo quedaba un hombre atormentado y un trabajo que hacer.

Siguieron por un camino empedrado hasta llegar a la puerta abierta al final del jardín. Una serie de obreros se encontraban destruyendo un muro de separación entre la cocina y la sala. Entre ellos estaba un hombre con la espalda encorvada, hablaba algo entre dientes, mirando ocasionalmente a los hombres trabajar. Sus Tenía el cabello grasoso y la frente sudada. Ramírez fue el primero en hablar.

—¿Magallanes?

—¡AH! ¡¿QUIÉN?!—el grito lo hizo saltar sobre sí mismo, perdiendo el equilibrio. Se levantó de un salto, los obreros se le habían quedado viendo.—¡PÓNGANSE A TRABAJAR! ¡Les pago el triple para que no descansen ni un segundo! ¡Necesito que terminen hoy!

Con furia, se acercó a los dos desconocidos.

—¿QUIENES SON?¿QUÉ QUIEREN?

—Nosotros so-

—¡Nosotros nosotros! ¡¿Nosotros qué?!

—¡Magallanes! Soy yo, Ramírez, tu colega del hospital. ¿Es qué no me recuerdas?

—¿Díaz? Díaz, Díaz... ¡AH SÍ! ¡Díaz, por supuesto! ¿Qué haces aquí?

—Hemos venido por ti, me tenías preocupado, no has respondido a ninguno de los mensajes que te hemos dejado.—Con la mirada señaló a su acompañante—Este es el detective Díaz, esta a cargo del caso Ramos, ha venido para hacerte unas preguntas.

—¿Qué? ¿Ahora?

Díaz intervino.

—Sí. Ahora.

—No puedo, no puedo, no puede hacerse, ¿entienden? No ahora —movía los dedos en movimientos frenéticos mientras retrocedía hacia la puerta del fondo del pasillo—. Necesito unas horas más, por favor. Ya casi lo logro. Los veré más tarde...

—¡Oiga, usted! ¡Alto!

Sin darles tiempo a responder, se encerró azotando la puerta.

—¿Vio usted eso?—le dijo a Ramírez—Ese hombre ya no tiene razón alguna, no creo que vaya a sacar nada en claro de él.

—No sé qué decirle, no esperaba nada de esto.

—Tendré que dar mi informe, ya lo sabe.

—¡Por favor espere! ¡Él dijo que le demos más tiempo!—Ramírez estaba casi de rodillas.

—¿Tiempo? ¿Para qué?—esta vez era Díaz quien no quería tener nada que ver con la entrevista.—Es obvio que la investigación ha llegado a su fin, solo necesito presentar lo que he visto. Unas cuantas llamadas más y su amigo será un nuevo inquilino en su psiquiátrico. Gracias a él un hombre ha desaparecido sin dejar rastro, y en mi experiencia doctor, cuando alguien se esfuma así es porque ya está tres metros bajo tierra.

—¿Cómo sabe que Ramos ha muerto?

—¿Qué otra cosa puede haber pasado con él, doctor? —Tenía la mirada fría—¿Cree que no soy capaz de darme cuenta que faltan minutos en sus cintas de seguridad?

—Usted no...

—¡Oh, pero claro que sí! Parece ser que la lealtad de sus empleados no se extiende a sus oscuros secretitos. Unas cuantas preguntas aquí, unos cuantos sobres sorpresa allá, y tuve lo que quería.

—¿Y entonces por qué? ¿Por qué esta aquí?

Sacó otro cigarrillo de la caja de emergencia en el bolsillo lateral.

—Necesito una confesión, solo eso. —le entregó una grabadora—Y usted me ayudará a obtenerla.

—¿Yo?

—No se preocupe, no tiene que hacer nada. El doctor pensará que está entre amigos cuando hagamos nuestra entrevista. Solo quiero que mantenga la grabación cuando yo corte la mía, esa es la idea.

—Yo no...

—¿Qué cree que dirá el comité cuando la prensa revele que el jefe de la unidad de internamiento permitió que el psiquiatra a cargo hiciera lo que quisiese con su paciente? Y todo porque tenían un peque-

—¡Ok! ¡Suficiente!—el doctor tenía las manos sobre la cara—Haré lo que dice.

—¡Bingo! Ha tomado usted una decisión muy afilada, ciertamente. —soltó un poco de ceniza sobre el parqué polvoriento—¿Entonces? ¿Entramos doctor?

Ya no había nada que hacer, se esforzó mucho por conseguir ese puesto. Perdóname, Maga. Caminó hasta situarse a su lado, encontró lo que buscaba.

—Por aquí, iremos a su estudio.—caminó con la costumbre de alguien que conoce el lugar de derecho y revés.



El estruendo de las bisagras encajadas en su lugar ahogó el ruido exterior, dejando fuera el sonido del martillo y los hombres trabajando. El mundo se había reducido a aquella habitación espaciosa.

—¿Una biblioteca? ¿De verdad? Será mejor que tenga algo mejor que esto doctor.

—Ya le he dicho que es un estudio, no una biblioteca. Aquí es donde Magallanes empezó sus investigaciones.

—¿Qué clase de investigaciones?

—Psiquiátricas por supuesto. Aunque no solo eso, ha ido recopilando de todo un poco, estoy seguro que también sobre el último caso y—Se detuvo al ver los primeros bocetos— Mire por allá.

Sobre el pesado escritorio al fondo de la estancia se encontraban más de aquellas extrañas figuras dibujadas. Estaban dispuestas en más hojas pegadas de forma apurada, intentando formar una especie de círculo. En el centro había una figura hecha de arcilla, Díaz no le encontró forma reconocible.

La imagen se encontraba repetida en las esquinas ahora rellenas de la habitación. Sobre la argamasa esparcida con celeridad se había reproducido una especie de moho negruzco. Los patrones se extendían de forma geométrica, como una especie de laberinto, y se detenían justo antes de tocar los símbolos escritos sobre las paredes.

—¿Alguna vez vio algo así?

—No, en lo absoluto.- el doctor paseó la vista por el techo. En todos y cada uno de ellos se encontraba creciendo aquella cosa—Esto de aquí, ¿No le parece como si el moho formara figuras?

—¿Ah?

—Nada, disculpe, solo pensaba en voz alta, una conjetura sin fundamento.

—Seguro...

Díaz escaló el escritorio mientras acercaba la cámara para tomar fotos de aquella inmundicia.

—Oiga, ¿Qué hace? No creo que sea lo más prudente.

—Necesito una foto para el reporte, no me interrumpa.

Empezó con algunas fotos antes de notar como el humo de cigarrillo empezaba a ser absorbido por la gran mancha. Los símbolos empezaron a brillar con un tono parduzco. Ambos hombres se quedaron quietos, el detective bajó sin mediar palabra.

Estuvieron callados, sentados en el sofá, pensando en lo que acababan de ver. ¿En qué demonios está metido este sujeto? ¿Por esto dejó de responder a los mensajes del comité? Esa cosa era real, ¿No? ¿Realmente vi lo que vi? ¿Lo habrá visto también el otro? Si le digo lo que vi, ¿Pensará que también estoy loco? ¿Cómo carajos voy a cerrar esta investigación? Esto solo traerá más preguntas. Quizás lo mejor sea apartarme.

—¿Usted la vio?

—¿A qué se refiere?

—La explosión. Los restos.

El doctor pareció palidecer por un segundo.

—No hubo ninguna explosión.

—Miente. Yo vi las cintas. Aparecen su colega y los guardias intentando abrir la puerta justo cuando esta sale disparada.

—¿Alguna vez vio una descompresión señor Díaz? Fue algo similar. Ramos gritaba que lo iban a matar, Magallanes estaba con él, pensé lo peor. Los guardias llegaron lo más rápido que pudieron para abrir la puerta, pero al soltar los cerrojos... una niebla tan espesa que apenas sería capaz de ver a unos centímetros de su rostro y el olor, un olor a muerte.

—Me suena difícil de creer.

—Ya ve por qué no hemos divulgado esa información.

—¿Y el humo?

—También lo investigamos, seguro que sus expertos en criminalística no encontraron nada, ¿O sí? No hay rastros de materiales, cenizas, quemaduras en las paredes o el techo. Nada.

—No estamos llegando a ningún lado. —Tiró el cigarro sobre una pila de papeles amontonados en el piso.

—En parte también estoy aquí por eso.

—Si ese es el caso, lo mejor será que me ayude. Revise aquella pila de archivos de ahí, seguro que será más útil que yo encontrando algo por donde empezar. Yo buscaré en los cajones del escritorio, quizás todavía quede algo por descubrir.


Repasó las notas sueltas que encontró; la más antigua no pasaba de los tres meses y tenía frases sueltas entre símbolos extraños: “No tienen forma, pero son reales”, “Me buscan”, “¿Epidemia?”, “Ella también los ve, sé que me engaña”, “Tenía razón”.

Afuera, el ruido de los martillos fue decayendo hasta que el silencio de la tarde ocupó la casa; los obreros habían recogido sus herramientas dando por terminada la jornada. A través de la ventana del estudio, la luz del crepúsculo cedió paso a las sombras densas de la noche. Con el cansancio acumulado de buscarle sentido a todo aquello y el peso de la penumbra, Díaz ni siquiera notó el momento en que se quedó dormido.


Se sumergió, sin contemplaciones. El mundo a su alrededor era una espiral oscura que lo llevaba, sin principio ni fin. De pronto estaba parado sobre una inmensa estructura, siempre había estado ahí, inmóvil. Símbolos de naturaleza hermosa flotaban a escasos centímetros de la blanquecina piedra, rehuyendo la podredumbre a su alrededor.

Con cada movimiento, el ambiente parecía deslizarse, ilusorio. Entonces, los vio.

Al principio eran solo manchas en la lejanía. Se acercaban, siseando, ¿Qué eran? Empezaron a rodearlo. El monolito parecía contenerlos, pero con cada embate, los símbolos empezaban a desvanecerse. Con un golpe especialmente brusco, perdió el equilibrio, las criaturas emitieron un potente grito. Pequeñas fauces empezaron a emanar de todos lados de aquello que pensaba era la cabeza, tirando en todas direcciones. El hombre intentó defenderse. Una de ellas se acercó peligrosamente a su cuello, jalando de su corbata.


Díaz se soltó inmediatamente. Mientras era devuelto al mundo de la vigilia, se oyó el seco chasquido de la puerta al abrirse.

Magallanes acababa de entrar en el estudio. Sostenía la mirada fija en el detective con ojos desbocados y la respiración agitada, como si supiera exactamente lo que el detective acababa de experimentar en el sueño. En el sofá opuesto, Ramírez se puso de pie de un salto, sorprendido por la repentina aparición de su colega.

Todavía aturdido y buscando aire, se llevó la mano al cuello: la corbata ya no estaba. Y al abrirse la camisa, descubrió las pequeñas marcas sangrantes en la piel.

—¡Tú! —se levantó de un tirón, lanzó a Magallanes contra el sofá y lo apuntó con la pistola—. Dime todo lo que sabes, hijo de puta, o te juro que te vuelo los sesos en este momento.

—¡Cálmese, Díaz!

—Eso no fue un sueño —el hombre parecía poseído—. ¿Ves mi corbata por algún lado? ¿Acaso la ves tú, Ramírez? —exclamó, mientras señalaba las pequeñas marcas de mordidas por toda su camisa.

Ramírez notó las marcas.

—Pero que...

—Jajajajaja, sabía que usted las vería primero, lo tiene en el rostro— Magallanes no demostraba miedo incluso con el cañón del arma a centímetros de su rostro.

—¿Qué son esas cosas? Me dirá todo, o le juro que será la última maldita cosa que pronuncie.

—Son fantasmas, detective. O al menos así les digo yo.—Miró hacia los símbolos enmohecidos de la esquina—Se propagan mediante la información. Mientras más sabe usted de ellas, más saben ellas de usted.

Ramírez miraba la escena en shock, incapaz de articular palabra.

—Nos usaste... —murmuró Díaz. La mano le temblaba sobre el gatillo, algo inédito en sus años en la fuerza. El ardor en el cuello le quemaba la piel y el sudor frío le caía por las sienes. Desesperado, apoyó la otra mano sobre la herida húmeda y apretó con rabia—. ¡Habla claro, maldito loco! ¿Cómo me quito esta mierda de encima? ¡¿Cómo me la quito?!

—Debe pasar la información —respondió el doctor con una calma escalofriante—. Pero lamento informarle que no se detiene. Solo le dará algo de tiempo para que haga sus despedidas.

Ramírez no daba crédito a lo que oía.

—Magallanes, no me digas que tú-

—Mi vida está en peligro, ya no tengo tiempo para juegos.—dijo Magallanes. En las esquinas del estudio, una densa niebla empezó a colarse por los marcos de las ventanas, devorando la poca luz que quedaba—. Vienen todas las noches. Tú no los ves, pero él y yo sí podemos. Al menos no eres tan susceptible, tardará más en hacer efecto, puedes buscar otros recipientes.

Se agachó despacio y abrió el cajón inferior del escritorio, sacando un viejo farol de tormenta. El chasquido del encendedor resonó en la penumbra.

—Los guiaré hacia la puerta. Lamento que no podamos quedarnos más tiempo a fin de no atraer a invitados indeseados. Procuren no quedarse a oscuras; la noche es fría e inclemente.

Díaz no respondió. Se dejó llevar por el pasillo en silencio, con la mirada fija en la llama vacilante del farol. Mientras caminaba, sintió cómo la sangre del cuello comenzaba a secarse bajo el impacto del aire frío de la noche. En su cabeza ya no había dudas ni teorías criminales, solo una urgencia visceral y enferma: necesitaba encontrar a alguien a quien contárselo todo antes de que la luz terminara de apagarse.

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