Capítulo 1
Los vientos de guerra se apagaron antes de siquiera comenzar a soplar.
Aunque era un alivio, Espen se sentía inquieto. Llevaba semanas escuchando los airados reclamos de la nobleza de Berne en la corte, mientras en cada rincón del reino incluso la gente común murmuraba casi con el mismo ahínco sobre las miles de ofensas sufridas, el honor perdido, los deseos de venganza. La rivalidad entre su hogar y el reino del sur era antigua, tan antigua como los muros mismos del palacio real, y su rey era un hombre voluble y rencoroso, que rara vez daba un paso atrás una vez que había decidido algo.
Que decidiera declarar la guerra a su vecino del norte era prácticamente cuestión de tiempo.
Hasta que, de la nada, el rey había calmado los ánimos, había ordenado a los soldados mantenerse en sus cuarteles, y había convocado una reunión en el trono con una urgencia inusual en él.
Espen se removió inquieto en su sitio. Como líder de la guardia real, tenía el dudoso privilegio de asistir a las reuniones importantes… pero ninguna como aquella. El rey Pern, normalmente seguro y altivo en su trono, tamborileaba con los dedos con impaciencia, y la nobleza cuchicheaba con especial cautela. El ambiente era sin duda pesado, hostil incluso, a tal punto que Espen llevó la mano discretamente hacia su espada, temeroso de pronto de lo que podía significar la reunión, o el peligro que parecía flotar en la sala.
Hasta que las enormes puertas se abrieron con un chirrido, y Espen observó con un respingo a la figura que, sorpresivamente, entraba en la habitación.
Era Orlaithe.
El soldado contuvo el aliento, y toda la corte se sumió en un respetuoso silencio que solo reservaban siempre para ella. La princesa real, hija única del rey Pern, era el tesoro de Beren, amada y respetada por el pueblo y la nobleza por igual no solo por su inigualable belleza, sino por su dulzura y su bondad. En aquel reino donde la voluntad del rey destruía hogares y arruinaba familias, la mano amable de Orlaithe apaciguaba la ira de su padre, y repartía monedas entre los desdichados.
Espen la vio encaminarse hacia el trono de su padre con su usual porte sereno pero elegante, mientras sus suaves pasos hacían eco en una sala de pronto silenciosa e inmóvil. El propio Espen sentía de pronto un nudo en la garganta, y podía ver los gestos de confusión en los rostros de mas de un noble presente.
La princesa real no solía acudir a este tipo de reuniones, puesto que el rey consideraba que tales temas no eran adecuados para una princesa. Tal vez fuera por eso que parecía tan molesto, pero eso solo haría la reunión aun mas inusual: Orlaithe era una hija obediente y cauta; sin duda, jamás se le ocurriría desafiar a su padre para obligarlo a permitir su presencia.
—¿Majestad…?
—Sobre el asunto de Derkan, he tomado una decisión.
Espen sintió un escalofrío. La voz del rey sonaba segura, como siempre, pero le parecía detectar un dejo de desagrado en ella. Como si lo que hubiera decidido no le gustara, pero no tuviera mas remedio que actuar. De pronto, algo encajó en su cabeza… algo terrible, que le arrancó un jadeo de rabia y miedo y le hizo apretar la empuñadura de su arma con tanta fuerza que se hizo daño. Orlaithe se detuvo ante el trono y levantó la vista a su padre, con un gesto tan inexpresivo que casi parecía otra persona. No… todo menos eso.
—El rey Morne ha muerto.
El jadeo colectivo de la corte pareció cimbrar la sala, y terminó de arrancarle a Espen un escalofrío. El rey Morne de Derkan era incluso mas necio que el suyo, aun mas sanguinario que el suyo, y era justamente esa rivalidad lo que mantenía a ambas naciones al borde constante de un conflicto. Su sorpresiva muerte no solo era un golpe al reino del sur, sino una oportunidad para que el rey Pern tomara la ventaja. Y sin embargo…
—Su hijo, el príncipe Thane, ha ofrecido una tregua.
—Pero, Majestad…
—El Puerto de Niniveth, el Paso del Cisne, y una promesa de paz… a cambio de la mano de la princesa Orlaithe.
Espen sintió que el corazón se saltaba un par de latidos, y que algo le golpeaba el pecho por debajo de la armadura con la fuerza de una roca. Ni siquiera escuchó del todo el estallido de gritos y protestas de los nobles ahí reunidos, ni prestó atención a sus movimientos o sus insultos al nuevo rey de Derkan. Lo único que captaba su atención era Orlaithe, de pie en aquel mundo de locos, digna y serena como una flor en medio de la oscuridad del bosque… y el modo en que, al parecer sin notarlo, apretaba sus manos una contra la otra entre las mangas de su vestido como si luchara con cada fibra de su ser por no salir corriendo.
Esto tenía que ser una broma. Sin duda, el rey no…
—He decidido aceptar su propuesta —sentenció el rey Pern, haciéndose oir por sobre los gritos de los nobles. A Espen, su voz le llegó como un susurro distorsionado, como si algo bloqueara sus oídos y nublara su mente.
Había escuchado del príncipe Thane. Pocos había en la milicia que no conocieran su nombre, y muchos que lo contaban entre sus peores pesadillas. El príncipe Thane era despiadado e implacable, conocido por cercenar los miembros de quien osara interponerse en su camino y tomar por fuerza lo que deseara; había rumores sobre su crueldad en la alcoba, sobre las mujeres que entraban a su castillo para no ser vistas jamás, sobre los calabozos y los castigos terribles que infligía a sus prisioneros.
El rey Morne era un peligro, pero Thane… Thane era un monstruo. ¿Y el rey pretendía…?
—¡Esto es una ofensa!
—¡Derkan se burla de nosotros!
—¡Ni todos los tesoros del mundo valen la mano de Lady Orlaithe! ¡Es una locura!
—¡mi señor, debe reconsiderar! ¡Esto es…!
—¡SILENCIO!
La voz del rey, atronadora y furiosa, sacudió la sala casi con el mismo impulso que la noticia. Los nobles callaron, e incluso hubo un par que retrocedió unos pasos, temerosos de la ira del monarca. Espen lo miró desesperado; el rey podía tener muchas fallas, pero era mas que evidente que apreciaba a su hija, era su tesoro tanto o mas que para el pueblo. ¡No podía permitir esto!
Antes de darse cuenta, ya había dado un paso hacia el trono.
—Mi Señor… —comenzó, apelando a la cordura del rey. —La dama Orlaithe es muy querida por todo el reino. Es su única heredera. Sin duda, debe haber otra solución —sugirió. El rey Pern lo miró como si estuviera a punto de bajar de su trono a golpearlo.
—No he pedido la opinión de la guardia, Espen. Harías bien en recordar tu lugar —le advirtió. Espen sintió un escalofrío, pero su pequeño desafío de pronto envalentonó a los nobles, que se acercaron de nuevo.
—Majestad, por favor, sea razonable. Lady Orlaithe no merece ese destino —apoyó uno.
—La fama de Lord Thane es bien conocida, podría estar enviándola a su muerte —recordó otro.
—Esta decidido —sentenció el rey, impasible, para luego dirigir la mirada hacia su hija. —¿Orlaithe? —la llamó. La princesa pareció dar un respingo, pero ni siquiera intentó rogar por su bien. Obediente, Orlaithe se arrodilló con elegancia e hizo una reverencia.
—Soy consciente de mi deber, mi Señor Padre. Si mi matrimonio trae paz a Beren, yo obedezco su mandato —respondió ella, sin siquiera un temblor en la voz, con mas valor del que tendría cualquier otra mujer de Beren. Espen no solía llorar nunca, pero en ese momento sintió el ardor en sus ojos. Por ella, por él, por Beren.
Orlaithe agachó la cabeza, y su padre descendió del trono para posar su mano con inusual calidez sobre la cabeza de su hija. Por primera vez, a Espen le pareció un padre y no un rey.
—Ningun padre podría desear una hija mas digna, mi bella Orlaithe. Que así sea. Partirás al amanecer.
Y la princesa se levantó, sonrió a su padre con una dulzura que éste no se merecía, y se dio la vuelta, marchándose entre la tristeza que pesaba en la sala, y las miradas de los nobles que veían al tesoro de Beren alejarse para siempre de su reino.
Y asi, como si nada, el destino de Orlaithe estaba sellado.
******************
Los preparativos se llevaron a cabo casi de inmediato, mientras afuera el pueblo estallaba en gritos de protesta, destrozando botellas y saliendo a las calles en un conjunto de indignación y rabia al que el rey hizo oídos sordos. Su decisión estaba tomada; nadie en todo Beren iba a conseguir hacerle cambiar de opinión.
El escandalo lograba incluso traspasar los muros del castillo, y Espen había tenido que calmar los ánimos mas de una vez entre sus propios subordinados, debatidos entre su indignación ante el destino de la princesa y su temor hacia la muchedumbre de afuera. Una tarea bastante difícil, tomando en cuenta que, muy en el fondo, lo único que el soldado deseaba era unirse a sus reclamos, destrozarlo todo con ellos, y arrancar a Orlaithe de aquel destino tan sombrío.
La princesa había afrontado los preparativos con una entereza envidiable, sin derramar siquiera una lágrima o un lamento; tan solo había pedido a su padre unos instantes a solas para hacer las paces con su partida y despedirse del que fuera su hogar. La joven había conseguido sonar incluso un poco añorante, como si fuera una novia ansiosa a punto de iniciar una vida feliz al lado de su amado. Pero no era ni lo uno ni lo otro, y Espen sabía bastante bien lo que hacia Orlaithe en realidad, y lo que significaba aquel tiempo a solas.
Un refugio de unos minutos para, por fin, dar rienda suelta a su pesar, oculta de los ojos del mundo.
Espen se adentró en los jardines centrales sintiéndose un intruso, como siempre le sucedía cuando se aventuraba a cruzar el arco de enredaderas y arbustos que marcaba el inicio de los jardines privados del rey. Un sitio donde ningún noble o sirviente podía pisar sin permiso; un lugar antes querido y lleno de recuerdos, del perfumado aroma de las flores y el suave roce de una mano.
Tal y como había intuido, Orlaithe estaba ahí, sentada en el único banco de piedra al centro del jardín. La princesa le daba la espalda, pero Espen no necesitaba mirar su rostro para reconocer su profundo dolor: libre de las miradas de la corte y la presión de su rango, Orlaithe se mostraba tal cual era, con las faldas de su hermoso vestido esparcidas entre la tierra y el fango, los delicados hombros caídos y la cabeza agachada, mientras el sol la cobijaba con su manto como si intentara ofrecerle un consuelo, arrancando destellos dorados de la larga cascada castaña que fluía por su espalda como un velo, y ocultaba su rostro del mundo.
Verla sola ahí, indefensa y frágil entre los árboles, rodeada de un estruendo de gritos y de la autoridad de su padre, fue para Espen como un puñetazo mas en el pecho. En ese sitio no había princesa, ni heredera, ni hija obediente… solo Orlaithe, destrozada y sola, llorando al fin su desdicha.
El soldado apretó los puños. No recordaba haberse sentido tan inútil e impotente en toda su vida. No había nada que el pudiera hacer, ningún truco que pudiera urdir para salvarla… lo único que podía hacer, era ofrecerle sus brazos, y su amor. Como siempre. En ese instante, le parecía muy poco, pero su deseo pudo mas que su razón, y dio un paso tras otro hasta que se detuvo junto a ella. La princesa lloraba en silencio, con tal desdicha que ni siquiera lo había oído acercarse.
—Mi Señora —la saludó él, como siempre hacía, hincando una rodilla en el suelo. Orlaithe dio un respingo, y levantó la vista casi como si hubiera olvidado de pronto como moverse. Las lágrimas aun brillaban sobre sus largas pestañas, arrancando destellos de sus ojos verdes, que se abrieron de par en par al verlo.
—Espen… —susurró ella, sin títulos, sin cortesías, sin esa reserva que siempre la caracterizaba cuando se encontraban en aquel lugar. La princesa soltó un jadeo, y su dulce rostro se quebró de dolor. —¡Espen! —gritó, olvidada del mundo, arrojándose en sus brazos.
Espen apenas alcanzó a levantarse para sujetarla, mientras Orlaithe se abandonaba al fin a su dolor para hundir su rostro en su pecho, sollozando; el guardia sintió los delicados dedos de la princesa hundirse en su ropa, aferrando su espalda como si fuera lo único que la mantenía en la tierra, y el temblor de su cuerpo arrancó de él un respingo de rabia y frustración. ¡Maldita sea, debía haber una solución!
—No tienes que hacer esto, Orlaithe… —le susurró Espen, abandonando toda noción de decoro o discreción, con esa voz amorosa que solo reservaba para ella en la seguridad de aquel jardín, si acaso teñida del temblor de la rabia. La princesa se estremeció entre sus brazos.
—Es lo mejor, Espen. Para todos —respondió ella, y al guardia le pareció que su voz temblaba casi tanto como si cuerpo. Era tan frágil, tan valiente… Espen la aferró con mas fuerza, sin desear otra cosa que fundirse con ella y no dejarla marchar.
—Para todos, menos para ti —dijo él. A su mente acudió el recuerdo de la tragedia que se avecinaba: el rostro severo de Thane, con ese cabello negro, largo e indomable, que le daba la apariencia de una bestia salvaje; con esa mirada fría como el hielo incluso en combate… y se imaginó la frágil figura de Orlaithe entre sus brazos. Aquello bastó para arrancarle un respingo. —Debe haber otro modo, Orlaithe. Thane es… él… —continuó en un siseo rabioso, pero sin atreverse a describir las crueldades del príncipe frente a ella. No quería asustarla mas de lo que ya estaba.
—Si con eso consigo evitar mas guerras entre nosotros, lo acepto —afirmó Orlaithe, decidida. Espen no pudo hacer mas excepto apretarla contra si.
—Pero, ¿Qué será de ti, Orlaithe?... ¿De nosotros? —dijo él, sin poder evitarlo. La princesa soltó un jadeo suave y entrecortado, casi como un sollozo contenido.
—Espen… mi amado Espen… —susurró, levantando la vista para mirarlo con una sonrisa triste, mientras las lágrimas sin derramar brillaban como perlas en sus pestañas, acentuando el tono verde de sus bellos ojos. Por todos los dioses, era tan bella, tan bondadosa. Thane no la merecía. Orlaithe levantó entonces las manos en un gesto suave, acunando las mejillas de Espen con la suavidad de la seda. —Siempre supimos que esto nunca podría ser… si no es Thane, sería otro, y mi padre jamás lo permitiría —le recordó ella. Era cierto, pero…
—No digas eso.
—Fue un bello sueño, Espen. Pero teníamos que despertar algún día. Tal vez, en otra vida, si yo no fuera quien soy… si mi padre no existiera… —susurró la princesa, y sus ojos parecieron tornarse grises de repente, fríos y distantes, como si la luz la abandonara junto con sus esperanzas. Orlaithe sonrió de un modo extraño, y negó suavemente con la cabeza como si despertara de un sueño. Cuando volvió a mirarlo, su gesto lucía de nueva cuenta tan luminoso como antes. —Pero existe, Espen, y no podemos hacer nada para cambiarlo. Este es mi deber, y debo aceptarlo.
—Pero… —protestó Espen, reacio a aceptar que las palabras de la princesa eran ciertas. En el fondo, lo sabía, pero no podía mandar en su corazón. Orlaithe interrumpió su protesta colocando una nívea mano sobre su boca, con dedos fríos y temblorosos pese a la sonrisa que aun le dedicaba.
—Gracias, Espen, por dejarme soñar… —susurró Orlaithe, y se puso de puntillas para reducir la distancia y unir sus labios a los del guardia. Espen respondió de inmediato, pero esta vez podía sentir la incertidumbre en los labios de ella. Podía sentir la despedida. Orlaithe se apartó tras un instante, y la separación dolió casi tanto como una puñalada. —Pero ahora, llegó el momento de despertar —sentenció.
La princesa acarició la mejilla de Espen por última vez, y se apartó. El guardia intentó sujetarla, pero la mano de Orlaithe se escapó de entre sus dedos, y la princesa se alejó corriendo con su elegancia de siempre, como una ninfa corriendo entre los bosques mientras sus cabellos ondeaban al viento.
Espen sintió el vacío en sus manos, y el frío del jardín. Orlaithe se marchaba, y con ella se iba el calor del sol.
*************************
En el castillo real de Derkan, el nuevo rey caminaba de un lado al otro en su habitación, incapaz de contener la impaciencia.
Thane se sentía en ese momento como si pudiera salir el solo y conquistar todos los reinos del mundo, como si al fin aquel peso de insatisfacción y tensión en sus hombros se hubiera levantado después de años… días interminables de sangre, de cartas clandestinas y mensajeros en la oscuridad, de meses de arduo trabajo en busca de un objetivo, y solo uno. El que ahora estaba a instantes de llegar a sus puertas.
Se preguntó brevemente lo que estaría pasando por la mente de Orlaithe. Tal vez se removiera, inquieta, en su carruaje, preocupada ante la perspectiva del matrimonio y lo que venía después, como toda doncella virginal. Eso, claro, si es que las cartas no mentían y era tan pura y casta como pregonaban. O quizás aferraría las faldas de su elegante vestido, tensa y expectante por la nueva vida que le esperaba. Thane aun no decidía que idea le excitaba mas.
Aun no podía creer que de verdad esa basura de Pern hubiera aceptado sus términos. La perspectiva de tener al fin un puerto decente y un paso mas cómodo para el comercio debía ser lo bastante excitante para ese viejo necio si era capaz de entregar al mayor tesoro que poseía su nación. No es que a Thane le importara mucho; si el rey se negaba, simplemente habría aplazado su victoria por unos cuantos meses. Pero el rey había agachado la cabeza, y lo que Thane esperaba fuera una lucha por la princesa se había convertido en un matrimonio arreglado, que traía no solo a la bella Orlaithe a su cama sino también la estabilidad y riqueza que su padre jamás habría imaginado.
Casi deseaba que el viejo siguiera vivo, aunque fuera tan solo para ver su cara de incredulidad cuando Orlaithe de Beren cruzara la puerta de su casa por su propia voluntad. Ni modo… aquello, como todo, había sido un mal necesario. Al igual que la sangre derramada por su espada y los miles de cadáveres esparcidos tras él, o los espías y traidores que habían acabado gritando la verdad en sus mazmorras, todo había sido un escalón mas hacia su objetivo. Thane había sido paciente y había jugado sus cartas… y ahora, era el momento de cobrar su premio, y reclamar lo que era suyo.
Que hubiera requerido menos muertos de los que esperaba era, francamente, un alivio.
Finalmente, los vigías del castillo hicieron sonar los cuernos de advertencia. Lady Orlaithe había llegado.
Aunque Thane había reunido una pequeña comitiva para dar la bienvenida a su futura novia, lo cierto es que a las puertas del castillo había una multitud, que se extendía incluso hasta las calles, recorriendo el camino del carruaje real entre vítores y saludos a Lady Orlaithe. La princesa tenía después de todo una reputación que rayaba en leyenda, y para la gente de Derkan el tenerla en su capital a punto de casarse con su nuevo rey era un motivo de orgullo, una victoria ante Beren en la que se deleitaban con ahínco.
Para Thane, sin embargo, la llegada de la princesa significaba algo mas.
El carruaje pareció tardar una eternidad, pero al fin lo vio abrirse paso entre los espectadores, resguardado por sus mejores hombres y sus mas finos corceles, hasta que se detuvo ante las puertas del palacio real. La puerta del carruaje se abrió con apenas un chasquido, y un paje se acercó para ayudar a la recién llegada princesa; una mano nívea emergió con elegancia de la penumbra de su transporte, se apoyó con timidez en la del paje, y la princesa al fin descendió a su nuevo hogar.
El castillo entero se sumió de pronto en un repentino silencio, y un jadeo colectivo escapó de todos y cada uno de los presentes que contemplaban por primera vez a Lady Orlaithe. El mismo Thane sintió un escalofrío recorrerlo, como una descarga de anticipación y ansia que cerca estuvo de hacerle olvidar su dignidad para adelantarse y tomarla ahí donde estuviera.
Dioses, era hermosa. Mas de lo que recordaba, mas de lo que cualquiera de los cuadros existentes sobre ella había logrado plasmar. A la luz del sol, sus largos cabellos castaños se convertían en hebras doradas, y sus ojos grises parecían contener en ellos todos los secretos del mundo. Orlaithe llevaba un vestido sencillo, pero de pronto parecía mejor ataviada que todas las damas de su corte, con aquella silueta perfecta que se adivinaba bajo la tela, y ese porte que hacía que cada paso pareciera la suave danza de alguna ninfa. Era perfecta, luminosa y bella como una diosa de los bosques.
Y era suya. Solo suya.
—Mi Señor Thane —susurró ella, con una voz aterciopelada y seductora, al tiempo que se acercaba y levantaba las amplias faldas de su vestido para hacerle una reverencia. Thane la miró desde lo alto, impasible y serio ante los ojos del mundo, aunque por dentro sintió un escalofrío al escucharla, como presa del canto de las sirenas.
Y, aunque su rostro no cambió de expresión, Thane se encontró dando un paso al frente, y otro, y otro, hasta descender los amplios escalones de la entrada al palacio, mientras Orlaithe levantaba la vista con una timidez encantadora; quizás fuera su impresión, pero le parecía que sus labios se curvaban casi imperceptiblemente en una sonrisa, que sus ojos grises repentinamente brillaban con un suave atisbo de deseo…
Hasta que el rey, impaciente, redujo la distancia y la sujetó con fuerza del brazo, arrancándola de su postura sometida para arrastrarla hacia él. Orlaithe soltó un jadeo, que todos los presentes imitaron a coro; sin embargo, Thane podía sentir el temblor del cuerpo de la princesa bajo sus manos, la frágil resistencia de su delicada figura. Si… que supiera quien era el rey ahí.
—Mi futura reina no se arrodilla ante el pueblo —siseó Thane, y Orlaithe tan solo alcanzó a mirarlo con mudo asombro antes de que él la apretara contra si y reclamara un beso de esos labios tentadores. La sintió tensarse nuevamente, y supo en ese momento que lo deseaba tanto como él a ella. Tantos años de espera, tantos días de incertidumbre.
El pueblo estalló en vítores, o fueran tal vez gritos indignados ante tal violación del protocolo. Pero nada de eso importaba. Orlaithe era suya ahora, y lo sería hasta que el mundo terminara. Nada iba a cambiar eso.
Nadie iba a arrebatársela.








![Omega Of The Moon [KOOKMIN]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_5d69c853fece43fa14845a8b39b9f701.jpg)