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El Cordero se estremeció cuando vio al sol descender. Se relamió los labios, observando al cielo ser envuelto por el oscuro velo de la noche.
Se encogió en sí mismo, escondiendo su lanudo cuerpo con la intención de desaparecer.
«La noche se acerca» comentó el Oso, ajustando el pesado equipaje en su espalda. Debía realizar un viaje largo, pero llevar al Cordero no era una opción.
Porque el vacío, entendía el Oso, se tenía que recorrer solo.
El pequeño animal se quedaría solo otra vez...
«No te vayas. ¡No me dejes aquí!» había intentado convencerlo varias veces, pero su enorme compañero no cambiaría de opinión.
Lo sabía, lo sabía muy bien y, aun así, no podía evitar temblar cuando escuchaba la brisa chocar contra las ventanas —muestra de que el Señor Viento se estaba impacientando, que no esperaría ni un minuto más—. O al oír el murmullo de las hojas en un idioma desconocido para los demás; el retumbar del suelo, provocado por la aterradora bestia que germinaba tras la ventana. Tras su reconfortante oscuridad.
El Oso tenía que irse.
Mientras las pisadas de su amigo resonaban en la madera mugrienta, mientras la vieja puerta se abría a la par de un rechinido que le sabía amargo, la noche cayó. Y el Cordero lo hizo con ella.
«Algún día, tú también deberás partir, Cordero mío» entonó el animal más grande, mirando por encima del hombro a aquel que se enrollaba y ocultaba sus ojos para no ver, para sumirse en su oscuridad apaciguante. «No olvides limpiar las esquinas, allí se concentra más la suciedad», exigió como último pedido.
El Oso cruzó la puerta. Sin decir adiós, sin mirar atrás. Se fue junto al viento, hacia un lugar al que nadie más podía llegar. Hacia las fauces de lo desconocido, del inmenso vacío que creaba abismos bajo las grietas.
La cría de oveja abrió los ojos lentamente. Sus pestañas revoloteaban con languidez. Sus orejas se contraían por los sonidos del exterior.
Lo abandonaron otra vez.
Se consumió en sus lamentos silenciosos. En la laguna de recuerdos que le hostigaban día tras día como aguas colmadas del reproche. Se consumió en sus pezuñas sucias, contaminadas del dolor ajeno, del rojo carmín que le hacía estremecer.
«Cobarde» rieron los demonios, dejando ver sus lenguas amorfas y asomando sus ojos desde las aberturas, desde las fracturas de la ventana.
«Cobarde» se carcajearon las bestias, deseosas por otra probada de deliciosa vulnerabilidad.
Farfulló mientras se ponía de pie, su aliento desordenando. Cerró las cortinas de un tirón, cubriendo las miles de pupilas sarcásticas, dilatadas por la excitación.
Pero sus risas se seguían escuchando en el interior.
Intentó ignorar al mundo al ignorarse a sí mismo. Cerró los párpados, arrullando su alma con la tranquilidad del no ver, abrazando su corazón con la falsa esperanza… pútrida por las memorias distorsionadas.
Esa noche, olvidó limpiar las esquinas