Blueprints and Bookmarks

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Sinopsis

Helena Marlowe solo quería escribir misterios en paz, pero ahora su vida es una lucha constante por salvar la librería que le dejó su tía. Lo último que necesita es una constructora insistiendo en que venda su pequeño rincón feliz y, peor aún, un arquitecto con ideas modernas para un barrio histórico. Edward Ashford no buscaba problemas. Para él, el proyecto en Beacon Hill era solo otro encargo, aunque él no lo haya pedido… hasta que la dueña de una librería, empeñada en hacerle la vida imposible, comienza a saturar su bandeja de entrada con correos. Ninguno esperaba convertirse en el mayor obstáculo del otro. Pero todo se complica cuando Edward descubre que la dueña de la librería es una de sus autoras favoritas y ella se da cuenta el arquitecto misterioso le atrajo desde el momento en que le derramó el café encima. Nada puede salir mal, ¿verdad?

Genero:
Romance
Autor/a:
Geova
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1: Bloqueos

Helena.

Siempre había pensado en la vida que tendría cuando publicara su primer libro. Pero jamás imaginó que cuando el thriller que escribió en la universidad se hizo viral en internet y le trajo un contrato millonario por tres libros más, se acabarían las historias que quería contar.

Helena Marlowe, escritora de superventas, la sensación en internet y amada por miles de fans, estaba, para efectos prácticos, vacía de palabras. No tenía nada, ni una sola letra escrita en la hoja en blanco que tenía frente a ella. Eso, combinado a las constantes preguntas sobre su siguiente historia ponían un peso enorme sobre su cuerpo; la aplastaban las expectativas, como si el teclado fuera un muro de concreto que no la dejaba pasar al otro lado, donde estaba su historia. Cada noche dormía menos, culpaba a su falta de ideas decentes, porque ideas siempre tenía, pero no encontraba el misterio perfecto, se estaba comenzando a desesperar, mucho más cuando veía la hoja en blanco en su pantalla.

La misma hoja que había tenido abierta desde hace dos meses, tres semanas y cuatro días. Estaba frustrada, poco a poco estaba perdiendo la cabeza y estaba segura de que lo que sentía cada vez que veía el nombre de su editora en la pantalla para hablar de su nueva historia era ansiedad. Su corazón iba más rápido, le sudaban las manos, y siempre imaginaba qué le diría a su agente si rechazaba el contrato porque no sabía cómo volver a escribir.

Veía el cursor parpadear como si estuviera burlándose de ella, lo podía escuchar en su cabeza, riendo de su frustración. Si fuera un personaje en alguna de sus historias, de seguro sería la victima que muere en circunstancias sospechosas cuando comienza a hacer bromas inadecuadas a sus conocidos. Aparecería en un muelle, o bueno, una parte de él, porque sí, su cursor burlesco era un hombre joven, de veintitantos. Salió a pasear por la noche con su perro y no volvió. Pero ¿Qué le pasó? ¿una expareja celosa? ¿debía dinero a la persona incorrecta? ¿Una herencia que familia enojada quiere reclamar? ¿Como se llamaba? ¿Julian? ¿Robert? John? ¿Norbert? Helena sabía que alguien llamado Norbert no podría ser una víctima en uno de sus libros. Su bloqueo de escritura estaba comenzando a pasarle factura, había perdido la cordura y su próximo libro va a ser una historia sobre como un cursor en una computadora perdió la vida. Quizá era el momento de anunciar en sus redes que se retiraba por un tiempo, que buscara inspiración en otra parte, que cambiara de nombre, se inventara una vida falsa y que la editorial no volviera a escuchar jamás el nombre de Helena Marlowe. Eso era lo que necesitaba para buscar inspiración, cambiar de ambiente. Pero ¿cómo encontrarla cuando su vida había dado giros tan drásticos en tan poco tiempo gracias a Phyllis y la llamada que recibió desde Florida?

Helena amaba a su tía, bueno, a la tía de su madre. Vivió en la hermosa casa de Chestnut Street desde que la compró junto a Ernest en los años sesenta; cuando él murió, se mudó a un precioso hogar de retiro en Florida poco después, alegando que no le quedaba nada en Boston sin el amor de su vida. Recordó como hace pocos años antes de terminar la universidad la había ayudado a empacar sus cosas, dejar a Michelle, su asistenta, a cargo de ”The hidden shelf" y no mirar atrás.

Phyllis murió pacíficamente en su cama hace un mes; se fue a la cama por la noche y no volvió a abrir los ojos. A la mañana siguiente tenía un vuelo reservado a Florida, una maleta para un par de días fuera y el detallado itinerario que su tía había organizado para realizar un servicio que parecía más una fiesta que un funeral. Ella había sido una constante en su vida, sus abrazos eran su espacio seguro, fue quien le ayudó en la tormenta que fueron sus años adolescentes cuando su madre quiso mudarse con ella a Denver, fue su tía quien le permitió seguir viviendo en su ciudad favorita y quien le enseñó a amar las historias con un té caliente y un rincón oculto en su librería. Fue allí, en su lugar favorito que escribió las primeras palabras de su historia que la hizo una autora publicada.

A la semana siguiente, una llamada de un hombre que aseguraba ser el abogado de su tía se puso en contacto con ella y tras una rápida reunión era la nueva dueña de la casa en Chestnut Street, de una librería que no había visto desde hace años, y que vio mejores días; y de la colección de libros de su tía y de arte de Ernest. Hubo muchos reclamos en su familia, por la herencia, por supuesto, nadie había lamentado más la partida de Phyllis que Helena. Nadie se había preocupado por la muerte de una anciana de casi noventa años hasta que hubo una herencia, su familia consistía en sanguijuelas que le habían dado la espalda a su madre en su peor momento solo para intentar beneficiarse de su fama recién adquirida, o para obtener algo si decidía vender el arte de su tío a un coleccionista o algo parecido. No les había contestado las llamadas a los hermanos de su madre o a sus primos que querían copias firmadas de sus libros.

Los ignoró a todos mientras empacaba sus cosas y se mudaba desde Nueva York, los ignoró cuando se puso en contacto con Michelle para hablar del estado de la librería y los ignoró cuando volvió a ver con enojo y frustración la pantalla de su computadora. El cursor seguía burlándose de ella, como ese joven desconocido y abandonado en los muelles. Venir a una cafetería en medio de una tarde lluviosa tampoco había funcionado. Suspirando resignada cerró la computadora, la guardó en su funda y fue por un café a la barra.

—¿Podrías por favor darme un latte helado de caramelo? —La joven anotó su orden, le cobró y Helena se permitió observar la acogedora cafetería. Sus paredes de ladrillo y decoración industrial eran perfectas. El olor a café recién molido, a pan y los murmullos de la gente eran el ambiente perfecto para escribir; claro, si no estuviera experimentando el mayor bloqueo de su vida creativa.

Su teléfono sonó, la notificación le indicaba que era un correo electrónico de la cuenta que usaba para “negociar” con sus nuevos enemigos.

De : [email protected]

Para : [email protected]

CC. : [email protected] ; r.sommers@ gvcdconstructions.com ; [email protected]

Asunto:RE: negociaciones sobre proyecto urbanístico.

Estimada señorita:

De parte de todos en Grandview Construction and Development lamentamos profundamente la muerte de su familiar y dueña del inmueble ubicado en Anderson St.; como se le ha notificado en ocasiones anteriores, el proyecto fue encargado por el ayuntamiento, razón por la cual, la invitamos amablemente a consultar directamente a la persona encargada de las reformas y proyectos de desarrollo.

En este correo copio a mis superiores, así como al arquitecto encargado del proyecto, quienes concuerdan conmigo al determinar que no hay nada que podamos hacer para ayudarle en el proceso. Además, le informamos que no hay forma posible en que podamos negociar con usted sobre un proyecto que no fue solicitado por su persona.

Deseándole una provechosa semana;

se despide de usted:

Atte.:

Margaret Smith

Grandview construction and development.

Helena leyó el correo mientras recogía su café, maquinando algunos finales dignos para la gente en Grandview Construction and Develpment, quizá Margaret Smith sea quien gane el premio de aparecer en su siguiente historia, con otro nombre claro. Nada muy violento o mortal, pero si lo suficiente como para asustarla de por vida y que no vuelva a dormir con la luz apagada. Nadie se daría cuenta, su historial de búsqueda era la prueba. Sonrió un poco a pesar de su enojo. El aroma del café recién molido y escuchar su nombre la devolvieron a esta cafetería que zumbaba de energía; quizá en alguna de esas conversaciones estaba su siguiente historia. ¿Una chica buscando a su perro perdido que la llevaba a descubrir un culto religioso en los bosques? ¿Una sociedad secreta que raptaba jóvenes en medio de la noche? ¿Una esposa celosa que encontró el mensaje incriminatorio que estaba buscando? ¿Cómo sería? ¿silencioso y discreto, o algo dramático que captara la atención de todos? ¿Quién buscaría a quién cuándo empezara la gente a desaparecer? Necesitaba concentrarse y dejar de pensar en historias sin potencial, más aún cuando tenía unas reformas para su librería pendiendo sobre su cabeza.

No entendía como un barrio famoso por sus edificios históricos, debería “modernizarse” para que un montón de turistas lo visiten. Phyllis no cedió con su librería, y ella tampoco lo haría, aunque renovarla fuera más caro que pagar un riñón en el mercado negro. Las renovaciones amenazaban con cambiar la esencia de Beacon Hill, todo se desvanecería con la sombra de GVCD y sus ideas de brillantes y modernos edificios con grandes ventanales.

Bajó su mirada a su teléfono de nuevo, iba a contestar de forma pasiva agresiva a m.smith, e.ashford y todos los demás cuando se giró, lista para volver a casa y continuar revisando que desechar de las cosas de Phyllis. Chocó con algo duro, algo en lo que derramó su café. Escuchó un par de maldiciones y levantó la vista de la pantalla de su teléfono. Había derramado todo su café sobre la camisa más blanca que hubiera visto. Se sintió terrible de inmediato, culpó a Margaret Smith, porque esa mujer era la personificación de todas sus desgracias.

—Lo siento mucho, —miró a la cara del hombre que tenía una expresión confusa. —Por favor déjame quitarte eso. —El desconocido solamente sonrió como si se estuviera riendo de una broma que ella no comprendía.

—Al menos invítame a cenar primero. —Sus ojos brillaron con diversión, Helena sintió como su rostro se calentaba al entender que fue lo que había dicho. —Descuida, —continuó, mientras se sacudía algunas gotas de café de su camisa. —no es nada que no se pueda arreglar con un sweater. O también puedo ver a mis clientes sin camisa.—Helena dejó escapar una risa nerviosa, intentando no poner la atención en cómo le quedaba la camisa mojada.

—De verdad lo siento, no estaba prestando atención, solo había pensamientos violentos para responder un correo electrónico.

—Suena como un chisme interesante, —le dio un sorbo al café que acababa de recoger de la barra. —No hay nada mejor para enmendar un accidente que contarle a un total desconocido por qué hay pensamientos violentos en tu mente, ¿Puedo invitarte a un café?

Se acomodó contra la barra con apariencia despreocupada mientras bebía de su propio café. Helena pudo mirarlo con detenimiento, era un hombre atractivo, quizá al final de sus veintes o principios de los treinta, como mucho. Su cabello castaño ondulado le daba un aire despreocupado y tenía una alegre mirada café. Era mucho más alto que ella según su estimación y de verdad quería ese café helado. Quizá esta fuera la historia que había buscado, un detective escuchando a escondidas, o mejor aún, alguien que busca sus trofeos en medio de lugares concurridos. Desechó esa idea también, suspiró frustrada.

—¿No debería ser yo la que te invitara a un café? —Hizo un gesto hacia su camisa arruinada, se veía cara, como el resto de su ropa, según lo que pudo notar al darle un vistazo que duró más de lo que se considera apropiado.

—Creo que ya tenemos eso cubierto, pero déjame adivinar, estaba frio, huele a café así que descartamos el chai, la mancha no es verde, descartamos el matcha, —iba a interrumpirlo para decirle que era lo que estaba sobre su camisa, pero levantó un dedo deteniéndola, —voy a hacer una suposición y tú me dirás si tengo o no la razón, si yo gano, ¿lo tomarías conmigo y además me contarás el chisme jugoso que sé que tienes entre manos?

—Tenemos un trato, —Miró su vaso de café y no pudo evitar una pequeña risa. —Edmund.

—Edward, —la corrigió; —muy bien, yo digo que lo que estabas tomando es un café helado, ¿con caramelo quizá? ¿o eso que detecto es avellanas? ¿Cuál es tu nombre?

—Caramelo, y mi nombre es Helena. —Arrugó sus ojos con sospecha. —Pero tú estabas detrás mío, así que escuchaste mi orden sin ningún problema, ¿es esta tu técnica para conocer personas? —Quizá también fuera la de su protagonista para encontrar a sus víctimas.

—Culpable, —de verdad tenía una sonrisa muy bonita, —pero en mi defensa, te veías bastante enojada y soy un chismoso de lo peor. —Edward se giró hacia la misma joven que había preparado su café anterior. Los observaba con una expresión curiosa. —Por favor, ¿serías tan amable de prepararle a Helena, el café helado más grande que tengan, con caramelo? —Iba a pagar cuando algo le hizo detenerse. —Sé que soy un cliente terrible, pero esos pasteles de fresa se ven deliciosos, quisiera uno de esos, por favor. —Pagó con su teléfono y pocos minutos después estaban en una de las mesas junto a la ventana.

Seguía lloviendo como si el cielo fuera a romperse, la lluvia golpeaba la ventana creando pequeños ríos que corrían por el vidrio; miró a las personas correr con sus paraguas de colores, quizá ahí estaba su próxima historia huyendo de ella; pero dentro de esta cafetería la lluvia de octubre solo era algo que admirar desde las ventanas, era el lugar más acogedor que había encontrado en sus pocas semanas en Boston, las luces colgando de cables de cobre haciendo una suave sombra en el ladrillo expuesto, parecía un mundo completamente diferente. Estaba llena de sonidos, el zumbido de la máquina de expreso, el murmullo constante de la gente en la fila, el tintineo de la porcelana. Quiso cerrar sus ojos y solo dejarse llevar por los sonidos, pero había alguien en la misma mesa que ella.

—Siéntete libre de contarme el mejor chisme de mi vida cuando quieras. —Le guiñó un ojo y sonrió. Algo se movió en su estómago.

—Todo comenzó cuando una mujer de noventa años murió en su casa de retiro. —Hizo su mejor interpretación de voz de misterio, no lo consiguió. —Era mi tía, bueno, la tía de mi madre, pero la quería mucho, me dejó su…

Se detuvo en medio de la frase cuando el teléfono de Edward sonó alertándolo de una llamada. Su mirada cálida cambió totalmente, por lo que pudo adivinar, no era alguien muy agradable.

—Lo lamento mucho, Helena, ¿me das dos minutos para atender esta llamada?

—Claro que sí. —Tomó un sorbo de su café, estaba delicioso.

—Volveré en unos minutos, por favor, no te vayas. —Sonrió de nuevo. —Aún tienes una historia interesante que contarme.

Helena lo miró alejarse para contestar su llamada, no podía negar que era un hombre atractivo y que tenía algo que la intrigaba, se imaginó que era un detective recibiendo la llamada del caso que cambiaría su vida, un cuerpo, treinta y tres heridas, símbolos alquímicos, algo que no se había visto desde hace años, muchos como para que fuera la misma persona que estaba actualmente en prisión, ¿un imitador? ¿alguien loco?, no, ninguna de esas, un tributo a un maestro, como aquellos de la tradición clásica. Eso tenía potencial, quizá después de todo, le quedaban algunas historias que contar, unas que solo están esperando el momento perfecto para que ella las encontrara.