Rojo Y Azul por el trip de beatriz en Inkitt
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Rojo y Azul

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Sinopsis

Rojo y Azul es una novela donde nadie se salva. Un pintor que consume su culpa en lienzos nadie comprende. Una adolescente que ve el abismo demasiado pronto y lo confunde con fatalidad. Una mujer que busca en el arte un antídoto, pero solo encuentra deseo y ruina. Y un hombre sumido en su lógica termina arrastrado por el caos que no supo nombrar. Rojo y Azul es un espejismo astillado. Cada capítulo, una grieta, cada voz una versión. No hay narradores, fragmentos de vida que se responden con violencia. Cuerpos rotos. Drogas y alcohol como ritual. Gritos mudos entre pinceles, y culpas que no caducan. Y una pregunta que arde en cada página: ¿cuánto de nosotros es Rojo, y cuánto Azul? Una autopsia emocional disfrazada de novela que no ofrece consuelo. Sino destrucción

Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Marcela y Milciades : capítulo 1

Narra : Jerónimo


No vengo a contar tragedias ni ofrecer redención. Tan solo a mostrar matices y los colores de una mancha absurda en el cuadro de una vida estúpida y predecible.

La muerte llegó al destino de Melchor como una torpe pincelada sobre un lienzo invisible. Un hilo oscuro se deslizaba desde su boca entreabierta, hasta los restos de vómito que deformaban su camisa. Estaba quieto y con una mano extendida, intentando alcanzar un pincel que ya no existía.

Al otro lado, Milciades respiraba con dificultad. Apoyaba la espalda contra la pared. y con la cabeza ladeada murmuraba algo ininteligible: un rezo o tal vez una rendición.

El vaso de whisky que aún sostenía goteaba sobre un charco de sangre. Atrapado entre el rojo de su tormento y el azul de su agonía.

En el despacho, la luz parpadeante de la lámpara dibujaba sombras que deformaban los contornos. Los médicos pueden llamarlo “accidente cerebrovascular” si quieren, pero nada en esa escena tenía lógica.

Solo caos. Solo caída.

—Te arriesgaste, Milciades, y mira donde estás—susurré las palabras sin voz. Alguien tenía que decirlo. No era crueldad. Era la verdad cruda y desnuda.

Entonces la puerta del despacho se abrió. El quiebre vino con el chasquido leve de la chapa.

Era Marcela.

"El silencio arremetió contra tus sentidos, Milciades. Te aferraste a un vaso vacío y a la certeza de tu error. Que ingenuidad la tuya, creer que un gramo de coca barata bastaría para quebrar el genio alcohólico de Melchor ¿Pensaste que hundiéndolo, ella —Marcela— quedaría a tu merced?. Te engañaste desde el principio. Observa el cuerpo inerte de Melchor, y te darás cuenta: no hay marcha atrás.

¿Lo hiciste por ella?

¿O por un amor que ni tú te atreverías a nombrar?

Creíste tener el control, y ahora sostienes un vaso que chorrea tu dignidad y la culpa más amarga. Te lo dije, Milciades: esto no es el final. Apenas comienzas a caer.

Rojo y Azul.

Rojo y azul.

No lo sabes, todavía.

Pero ya estás atrapado."



UN AÑO ATRÁS

Marcela González irrumpió en el colegio como un huracán que sacude la rigidez de un viejo árbol. Su figura no encajaba con la paleta agrisada de la construcción. Aquella mañana vestía pantalones holgados, una blusa sencilla, y gafas redondas como semáforos urbanos que enmarcaba con seguridad su joven rostro.

No pedía permiso. Absorbía la atención como quien se adueña del oxígeno.

A unos metros, en el pasillo principal, Milciades tamborileaba los dedos sobre un cuaderno rojo lleno de ecuaciones, promedios y reglas disciplinarias. Su mundo: lógica, control. El de ella: una incógnita.

—Buenos días —dijo Marcela, rompiendo la mañana monótona—. Busco al director Quispe.

Milciades tardó un segundo en responder. Acostumbrado a sus algoritmos predecibles, le era complicado lidiar con semejante anomalía. Aún así, se armo de valor y le ofreció llevarla a la cafetería mientras el director terminaba una "reunión".

Caminaron en silencio hasta el patio que se ubicaba en la parte posterior. Ella iba cómoda en la distancia; él, por su parte, analizaba todas las posibilidades sin saber qué decir.

—¿Es usted profesor aquí? —preguntó mirando las aulas vacías con curiosidad.

—De matemáticas.— dijo Milciades, con un tono que quiso ser cortés, pero sonó a orgullo mediocre — Soy el profesor Rojo, llevo casi diez años en el colegio.

Se acomodaron en una cafetería modesta, con mesas pequeñas y sillas que crujían. Ella pidió un expreso y agua con gas; él, un americano y tostadas con mermelada que apenas probó.

—¿Siempre quiso enseñar matemáticas?

—No exactamente. — dijo encogiendo los hombros —es solo que los números dan más claridad que las palabras.

Así pasó la mañana de febrero y verano. Hablaron de literatura, del Boom, de tragedias griegas, del Siglo de Oro. Todo con una soltura y facilidad que Milciades encontró, por de más, refrescante. Un desfile de nuevas emociones que Milciades no sabía si llamarlo atracción o simple curiosidad.

—Mi problema con las matemáticas —dijo Marcela— es que se construyen sobre axiomas inapelables. En literatura, las normas se pueden romper. Algunas veces, incluso se pueden incendiar.

Milciades sonrió, intentando defender su mundo reglado y numérico. No fue hasta que terminó el café, cuando se dio cuenta de que no había hablado tanto en meses.

Dieron las once sin querer. Ya tocaba buscar a Melchor.

Subieron por una escalera polvorienta. El calor de los pasillos era asfixiante y el olor a humedad vieja impregnaba las paredes. La segunda planta era un pasillo largo, con baldosas flojas y una ventana rota al fondo. A la izquierda, la Dirección. La puerta estaba entreabierta y la cerradura oxidada.

Desde el interior emanaba un hálito familiar: sudor, alcohol y tabaco.

—¿El director es siempre tan puntual? —preguntó Marcela con ironía.

—Verás Marcela… Melchor es más, impredecible.

En ese momento apareció.

Melchor Quispe tambaleaba por el pasillo como una sombra que no quería sostenerse. Vestía una camisa blanca y agrisada. Llevaba los pantalones mal abrochados y los zapatos empolvados.

—Melchor buenos días. — dijo Milciades sin disimular su disconformidad.

—¿Buenos días? —gruñó, pasándose una mano por la cara hinchada—. Si así quieres llamar a esta mierda de día, bien.

—La señorita que ves detrás mio, es Marcela González y te busca para una entrevista laboral.

Melchor procesó la información con esfuerzo y cefalea.

—Hazla tú Milciades. Me cago en todo.

—De acuerdo, pero al menos salúdala —refutó Milciades.

Melchor giró la atención hacia Marcela. Sus ojos resacosos se ajustaron inconscientemente al verla.

—Buenos días, profesora González, soy Melchor Quispe. Disculpe no poder atenderla como merece, no voy bien de salud esta mañana. La enfermedad le pesaba en la voz, pero aún tenía autoridad.

Marcela acomodó sus gafas sin pensarlo y sus ojos recorrieron a Melchor con una precisión insolente.

—Comprendo director. Fue placer conocerlo.

Sin más, Melchor se marchó mascullando algo ininteligible.

—¿Siempre es así? — agregó Marcella levantando una ceja.

—Con el tiempo te acostumbras —dijo Milciades, deseando que no fuera cierto— mejor vayamos a la entrevista.

El despacho de Melchor exudaba abandono: grietas en las paredes, pintura descascarada, un crucifijo de ébano torcido. La luz se filtraba sucia entre las cortinas azules, iluminando papeles desperdigados y un marco rectangular cubierto por una tela vieja.

—Vaya despacho —dijo Marcela, rompiendo el silencio con un tono mordaz.

Milciades pensó soltar un comentario sobre la indisciplina de Melchor, pero no tuvo oportunidad. De un momento a otro, Marcela acortó la distancia y su blusa azul se desabotonó de forma lenta y peligrosa delante de él. Luego llegó un beso firme, con sabor a café pasado y algo que parecía una advertencia. Él reaccionó tarde, sintiendo de pronto unos pequeños dedos atrevidos que le deslizaban los pantalones.

—Relájese profesor—susurró ella, con una voz que combinaba autoridad y ternura.

Lo condujo hasta el sillón y se acomodó sobre él, rodeándole la cintura con las piernas. Milciades torpe, se aferró tembloroso aún sin comprender del todo. Ella se movía con una cadencia implacable. Buscando en su cuerpo algo más: buscaba su miedo, su fragilidad, su caos. En palabra de Melchor: un color imposible.

El clímax llegó a los cinco minutos con un gemido apagado y con el zumbido obstinado de un ventilador que giraba si lógica. Marcela se incorporó con parsimonia, y se vistió como si nada hubiese sucedido. Mientras lo hacía, su mirada se perdió en el despacho hasta posarse en el marco cubierto.

—¿Siempre tan curiosa? —balbuceó Milciades, incapaz de fingir compostura.

Marcela tomó un bolígrafo del escritorio, jugueteándolo entre los dedos.

—Hay algo aquí que no encaja —murmuró Marcela, sus ojos clavados en el marco cubierto.

—¿Qué quieres decir? — respondió Milciades, todavía aturdido.

Pero no respondió, no era prudente, así que soltó la idea y dejó el bolígrafo sobre la mesa con un gesto pausado. Luego se volvió hacia él y lo miró a través de sus grandes gafas circulares.

— ¿Entonces estoy contratada?

Milciades intentó asentir. Pero en su mente una imagen lo atravesaba: ella, sentada sobre él, desabotonándose la blusa como si quisiera mostrarle las coordenadas directo al infierno.

¿Sería esta mujer su redención o perdición?

Tal vez ambas.

Tal vez eso era el color imposible.

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