Prólogo.
1:03 a.m.
El guardia despertó sobresaltado, sin recordar en qué momento se había quedado dormido. Su último recuerdo era haber estado mirando las cámaras del colegio sin notar nada nuevo.
El perro a sus pies giró la cabeza al escucharlo estirarse en su silla.
- Vamos amigo… demos una ronda – le dijo mientras tomaba la linterna.
El silencio era tan profundo que el viento apenas parecía existir. Caminó por los pasillos iluminando puertas cerradas, pupitres inmóviles, sombras que se estiraban como si respiraran solas. Había escuchado mil veces los rumores de fantasmas a medianoche, cuentos de estudiantes aburridos, y siempre los había descartado como exageraciones.
Sin embargo, esa noche algo se sentía diferente.
Al salir del edificio, el perro se tensó. Sus orejas se alzaron, su cuerpo se hizo rígido. Se negó por completo a avanzar por el camino que conducía hacia la fuente.
Soltó un quejido bajo y se sentó, inmóvil.
- Vamos, chico, es solo una fuente – dijo el guardia, agachándose para soltarle la correa –. ¿Hoy no tienes ganas de mojarte?
El animal retrocedió un par de pasos, clavado en la dirección de la estructura.
Fue ahí cuando el guardia sintió el primer tirón en el estómago.
Apretó la linterna entre sus manos y se acercó a la fuente con pasos cautelosos. El perro estalló en ladridos desesperados, como si intentara advertirle de algo que él aún no veía.
Al dirigir la luz hacia el agua, dispuesto a demostrar que no había nada, la linterna resbaló de sus manos. Su respiración se congeló.
No fue la sangre.
Ni la ropa flotando.
Ni las manos que parecían aferrarse a nada.
Fue la cantidad de rostros conocidos que vio flotando entre el agua rojiza.
La linterna cayó con un golpe seco.
Él no la recogió.
Corrió sin mirar atrás, directo a su caseta, dejando al perro atrás mientras los ladridos llenaban la noche.
1:37 a.m.
Las sirenas de la policía no habían tardado en perturbar el silencio del lugar.
La zona había sido acordonada; el vigilante temblaba dentro de su caseta, aferrado a un vaso de café que no lograba calentarle las manos, y el perro ladraba sin descanso desde la jaula donde tuvieron que encerrarlo para que los forenses pudieran trabajar.
- ¿Cuántos cuerpos dice que había en la fuente? – preguntó uno de los detectives a cargo cuando vio al hombre lo suficientemente estable como para hablar.
- Creo que…siete u ocho – dijo con voz temblorosa y el detective apuntó aquello en su libreta con un gesto impacible.
- ¡Tengo pulso! – gritó de pronto un forense desde el borde de la fuente. El aviso hizo que todos giraran de inmediato –. ¡Este chico está vivo!
- ¡Sáquenlo! ¡Y quiero una ambulancia aquí ya! – ordenó el detective mientras corría hacia la escena.
El cuerpo del chico estaba recostado contra la estatua de la fuente. Al igual que sus compañeros, tenía moretones y cortadas por todo su cuerpo, pero su pecho seguía subiendo y bajando de forma casi imperceptible. Aquello bastó para lanzar a todo el equipo a una carrera contrarreloj por mantenerlo con vida.
2:48 a.m.
Mientras los forenses vaciaban la fuente y sacaban los cuerpo, los detectives y unos cuantos policías, recorrían los pasillos del colegio con pistola y linterna en mano, esperando encontrar indicios que ayudaran a esclarecer los hechos de aquella madrugada.
No tardaron en encontrarlo: un hilo de sangre, apenas visible, serpenteaba por el piso y los guiaba, paso a paso, hacia la Sala de Honor.
Cuando llegaron, uno de los agentes pateó la puerta. La madera cedió con un golpe seco.
El silencio que los recibió al entrar era casi insoportable.
La sala —el orgullo del colegio, su vitrina de excelencia— estaba destruida.Trofeos, fotografías y libros yacían el suelo, la mayoría cubiertos de sangre. Las vitrinas rotas, los pupitres volcados. La corbata de un uniforme colgaba de una lámpara. Para colmo, el mural que dominaba casi por completo una de las paredes había sido profanado con pintura en aerosol.
El más joven de los agentes tragó saliva y susurró, apenas audible:
- Esto fue una masacre.
Cuando estaban por salir, un agente notó que la cerradura de la Sala de Honor estaba destrozada desde dentro, como si alguien hubiese intentado salir con desesperación.
Desde dentro.
Un detalle mínimo… pero escalofriante.
- Lo que pasó aquí – murmuró el detective, girándose a ver a sus compañeros – no vino de afuera.