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EL ESTANDARTE ROJO

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Sinopsis

La historia sigue a Caelum Ilhrarion, un joven que lleva consigo el peso de un crimen impensable. Como heredero del reino, su vida está marcada por la envidia, la traición y una búsqueda personal por encontrar la redención o, al menos, sobrevivir a la oscuridad que lo consume. Con su apariencia impecable y su fachada de príncipe perfecto, Caelum engaña a todos, desde los nobles hasta su propio pueblo, escondiendo su verdadero ser: un hombre que odia el destino que le ha tocado. Su camino está lleno de incertidumbres, y su viaje lo llevará a enfrentarse con viejas profecías y su propia identidad. Mientras la tensión crece en su reino y los peligros acechan desde cada rincón, Caelum se verá forzado a tomar decisiones que podrían destruirlo... o salvarlo.

Genero:
Adventure
Autor/a:
D.Velkran
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cap1 Donde Reposan las Glorias Rotas


"No todos los que triunfan regresan. Y no todos los que regresan... siguen vibrando con vida interna."

El resonar de los cuernos de batalla aún reverberaba en su pecho al atravesar los umbral oscurecidos de Ilhrarion. Las puertas doradas ya no relucían. El oro lucía opaco, desgastado por las súplicas ignoradas de un pueblo que aún aguardaba la victoria... sin conocer su verdadera forma. Los pasos de Caelum eran pausados, pesados. Cada uno dejaba una estela de lodo, sangre reseca y algo más profundo: la derrota. No frente al enemigo, sino frente a sí mismo.

Ezrael caminaba a su lado. Su figura humana era tan sólida como la espada que había segado vidas. Descalzo, envuelto en una túnica de sombras que se desvanecía con el viento, observaba los muros como si aguardara que alguno cediera con solo posar su mirada.

—¿Recuerdas la primera vez que pusiste pie en esta urbe como comandante? —murmuró Ezrael, su voz como un licor derramado sobre mármol.

Caelum guardó silencio. Por supuesto que recordaba. La euforia. Las promesas. Los infantes alzando ramas como si fueran espadas, los ancianos agradeciendo que el heredero aún derramara sangre por ellos. Qué ingenuos habían sido todos.

La ciudad ardía en silencio. No se apreciaba fuego alguno, pero la quemazón impregnaba el ambiente. Las calles, custodiadas por centinelas sin alma. Las plazas, desprovistas de cánticos. Ninguna bandera ondeaba con orgullo. Pues el orgullo no se enarbola cuando los retornados traen consigo la muerte a sus espaldas. El Salón de la Llama aguardaba. Crujió al abrirse, como si el fuego que alguna vez lo bendijera ahora se resistiera a acogerlo.

Dentro, los tronos de obsidiana labrada resplandecían con una luz enfermiza. Los miembros del Consejo lo observaban con semblantes pétreos y lenguas envenenadas. Y en el centro, en lo alto del trono principal, Anhyra, su madre. Ataviada en escarlata, con una corona de fuego eterno. Inmóvil. Inhumana.

—Has regresado —mencionó, como quien confirma que una daga aún no ha perdido su filo.

Caelum inclinó la cabeza. No en sumisión, sino en fatiga. Detrás de sus ojos, los fallecidos entonaban cánticos.

—Ochocientos doce —pronunció. Y cada cifra pesaba como una losa en su pecho.

Anhyra no parpadeó. El Consejo no se conmovió. Los nombres carecían de importancia. Solo el número.

—¿Y el norte? —inquirió uno de ellos, Lord Atheon, con voz hueca.

—Nuestro —respondió Caelum. Una sola palabra. Pero costó más que cualquier confrontación.

Ezrael se recostó contra una columna, esbozando una sonrisa cargada de sutil burla.

—Son carroñeros, Caelum. Habrían vendido tu cadáver si prescindieran de ti.

Caelum lo sabía. Siempre lo había sabido.

Pero al alzar la mirada, no fue hacia su madre, ni hacia el Consejo. Fue hacia el trono vacío junto al de ella. El de su padre. Frío desde hacía un ciclo. Silente como su sepulcro.

—Hay alborotos en Morvain —intervino otro consejero—. El clan de los mil ojos se ha alzado. Demandan tregua o sangre.

—La tregua es sinónimo de debilidad —dictaminó Anhyra—. La sangre, legado.

Ezrael rió en voz baja, un eco de impiedad entre santos.

—¿Te dispones a ir? —le cuestionó, sin moverse.

Caelum cerró los ojos. No por temor. Sino por fatiga. Pues cada vez que los cerraba, veía rostros. Voces. Heridas.

Pero también fuego. Y algo más. Algo que ardía en su interior, que no era deber... ni culpa.

Era destino.

—Iré —sentenció finalmente.

El salón del consejo se desocupó con prontitud. No hubo despedidas ni reverencias.

Su madre —la reina— partió sin siquiera mirarlo. Como si el simple acto de reconocerlo ensuciara el aire.

Caelum descendió los escalones de mármol, con los ecos de los pasos ajenos a su espalda, fríos como la mirada de una madre que solo aguarda resultados, no heridas. Los corredores de Ilhrarion se extendían, adornados con estandartes dorados que ya carecían de significado. Las miradas a su paso eran como agujas bajo la piel: esquivas, hostiles, pesadas.

Así se paga el tributo de vivir donde otros perecen.

El palacio podía simular grandeza, pero...

él caminaba entre ruinas invisibles. 

Los sirvientes callaban cuando pasaba. 

Los soldados —los que no sangraron por él— lo evitaban como si cargara una peste.


Esa noche decidió abstenerse de cenar. No se debió a la falta de apetito, sino más bien al hecho de que su lugar en la mesa permanecía cubierto de polvo, similar a una tumba sellada.

Se encaminó hacia el patio de entrenamiento del ala norte, el más antiquísimo, donde el viento traía consigo el aroma oxidado de la sangre seca de siglos pasados.Allí no había espectadores. Solo resonaban los vestigios de lo que fue.Y Ezrael, su espada, ya lo aguardaba.

No en calidad de arma.

No ingiere armas.Sino con figura humana.Descalzo, ataviado de negro, con la cabellera alborotada y esa sonrisa sarcástica que desconocía la compasión.

—Pensé que deseabas adiestrarte conmigo, no segar a tus soldados —susurró Ezrael, avanzando sobre la arena desgastada—. ¿O es que estás tan solitario que solo te acompañan tus espectros?

Caelum arrojó una daga sin dirigir la mirada.Ezrael la interceptó en el aire con dos dedos.

—¿Es esa tu manera de expresar “gracias por no permitirte perecer”? —bufó, dejándola caer al suelo con desinterés.


Un ligero crujido de pasos interrumpió la tensa atmósfera.

Arhk, su antiguo camarada, irrumpió sin previo aviso. En su forma humana, con la tez tan pálida como la cal y el cabello oscuro empapado por la niebla nocturna, se dejó caer en la arena sin ningún tipo de formalidad.

—¿Permitirás que te aniquilen en el fragor de la primera contienda? —inquirió con voz perezosa, sin siquiera dirigirle la mirada—. ¿O acaso... es eso lo que anhelas?

Caelum lo observó en silencio.

—Si pereces en aquel campo de batalla, ¿quién aquí soportará tus secuelas emocionales? —agregó Arhk, esbozando una sonrisa con mediana ironía—. A este ritmo, terminarán exiliándome por mera asociación.

Ezrael resopló, exhibiendo una arrogancia divertida en su pálido semblante.


—Tú podrías desempeñarte de manera óptima. Aunque sin mi atractivo innato, por supuesto.

Antes de que Caelum pudiese replicar, una voz resonó como una saeta.

—Mañana parte la comitiva hacia Varyadrin.

Era Morvan.Su primo. Su casi hermano. El niño que compartió su lecho de piedra, su temor, su adiestramiento. Ahora un general.Y un adversario latente.


—Si planeas perecer allí, hazlo con distinción —añadió Morvan, con una sonrisa sutil—. Serás el pionero en la historia de Ilhrarion en portar el Pacto sin siquiera articular un discurso.

Caelum se volteó, pausado.

—No he acudido para adiestrar en el arte de la oratoria.

—No, has venido para castigar algo que desconoces cómo denominar —replicó Morvan—. Solo confío en que no sucumbas antes de alcanzar tu destino.

—No, viniste a castigar algo que desconoces cómo nombrar —replicó Morvan—. Solo espero que no te desmorones antes de llegar.

Ezrael soltó una carcajada, más sombra que voz.

—¿Desmoronarse? —se acercó a Caelum, como si lo rozara con su aliento— ¿Deseas que te muestre la verdadera esencia de la desintegración?

Pero Caelum no respondió. Porque ya no estaba allí. Se hallaba en otro sitio.En otra época.


Caelum bajó las escaleras del ala este; los escalones de mármol blanco crujieron bajo sus botas, manchados de polvo dorado. A su paso, los guardias se alinearon sin levantar la vista. Los sirvientes giraron el rostro, fingiendo urgencia, como si el mero hecho de estar presentes pudiera arrastrarlos a la perdición. Así, un príncipe se convirtió en un paria. Al llegar al pasillo de los retratos, el silencio se hizo más denso. Ese tramo estaba prohibido para los visitantes y apenas era frecuentado por nobles. Pero él conocía cada rincón.

Allí se encontraba, enmarcado en ébano y oculto tras un tapiz dejado a medio correr, el cuadro de Aeren. Era su hermano mayor.


Cabello dorado peinado con exquisita elegancia, los ojos serenos, la túnica ceremonial con el broche de la dinastía en el pecho. Sonreía con la certeza imperturbable de quien ya conoce su destino.

Caelum se detuvo frente a la imagen majestuosa. El retrato, aunque no lo miraba directamente, parecía ejercer una presencia imponente y significativa.


"No fue tu culpa"

Eso afirmaban los labios del reino

Sin embargo, la veracidad de esas palabras era cuestionable. Incluso su progenitora se abstuvo de expresarlas con sinceridad.

La explosión fue catalogada como un incidente fortuito, un acto de descontrol. Caelum contaba con once años de edad en aquel fatídico momento.

Aeren, lamentablemente, no recobró la conciencia.

Desde entonces, la imagen de su hermano quedó congelada en su mente, más allá de la representación en aquel cuadro. El mármol inerte no derramaba sangre, mas la memoria de Caelum sí lo hacía.


Contuvo la respiración por un breve instante y prosiguió.

El silencio lo acompañó como una sombra.

Ingresó a su alcoba sin encender ninguna luz.

El crepúsculo era suficiente.

Se despojó del manto de asesoramiento, dejándolo caer sobre una silla, y se inclinó hacia el arcón de viaje.

El uniforme de campaña aguardaba meticulosamente doblado: de color negro, con detalles plateados y el emblema del Pacto bordado en el pecho.


El resonar del patio aún latía en su mente.

Ezrael con sus sarcasmos refinados,

Arhk con sus verdades veladas por la ironía. Morvan con su veneno enmascarado por el deber.

No disponía de tiempo para lamentos.

Al alba se dirigiría hacia Varyadrin.

Y nadie sería capaz de detenerlo.

Caelum se preparó con meticulosidad para la travesía hacia Varyadrin. El uniforme de campaña se ajustaba a su figura con precisión, cada detalle plateado relucía con un brillo gélido. El emblema del Pacto bordado en el pecho era un recordatorio constante de su deber, de su legado. Mientras se enfundaba en la armadura simbólica, los ecos de las conversaciones en el salón del consejo resonaban en su mente. Las palabras de su madre, de los consejeros, de su primo Morvan, se entrelazaban como hilos de una red intrincada que lo envolvía.

El peso de las expectativas, de las responsabilidades, se cernía sobre sus hombros como una losa. Caelum sabía que no solo llevaba la carga de su propia historia, sino también la de su familia, de su reino. La sombra de su hermano Aeren, inmortalizada en un retrato, parecía observarlo con ojos que no parpadeaban, con una sonrisa que no envejecía. La tragedia que marcó su infancia seguía latente en cada paso que daba, en cada decisión que tomaba.

Mientras se adentraba en la noche, en la penumbra de su alcoba, el silencio se volvía su único confidente. El crepúsculo envolvía su habitación con una luz tenue, suficiente para reconocer los contornos familiares. El uniforme de campaña reposaba en el arcón de viaje, esperando ser llevado a la batalla. Caelum sabía que al alba partiría hacia Varyadrin, hacia un destino incierto pero inevitable. Ninguna voz, ninguna sombra, sería capaz de detenerlo en su camino hacia lo desconocido, hacia su propio destino entrelazado con el de su reino.

El amanecer no trajo consigo el cálido resplandor del sol. Solo un gris helado, casi tangible, que se abatía sobre el horizonte como si el firmamento mismo estuviera conteniendo la respiración. La quietud del mundo reflejaba la que habitaba en Caelum, quien, en un silencio reverente, se atavió con su armadura. Cada pieza se ajustaba a su cuerpo con una precisión casi inquietante, como si no fuera meramente un conjunto de metal, sino una segunda piel, entretejida con destino y condena.El peto negro mate, surcado por líneas carmesí que evocaban cicatrices profundas, abrazaba su torso, mientras los guanteletes, adornados con inscripciones arcanas, susurraban, casi inaudibles, sobre el peso de su deber. Las grebas, firmes e imponentes, resonaban como promesas de marcha, capaces de avanzar aunque el mundo entero se desmoronara a sus pies. En cada paso, Caelum sentía el murmullo de la guerra, de la inevitable llegada del ocaso. En cada paso, Caelum sentía el susurro de la guerra, de la inevitable llegada del fin.

Desde la ventana, Ezrael contemplaba, descalzo como siempre, con la mirada extraviada entre los copos de nieve que comenzaban a descender, un espectáculo efímero y despiadado. Su figura humana, apenas esbozada en la penumbra, parecía tan inmutable como el mismo tiempo

—La maldición te sienta bien —articuló con un tono que denotaba desdén, casi una burla—Te confiere un aire... auténtico

Caelum no replicó. No era necesario. Los escasos gestos que podía ofrecer en su silencio valían más que cualquier palabra. Ajustó los últimos broches de su cinturón, un movimiento mecánico que resonaba con la gravedad de su destino, y se giró hacia él

—¿Te unes? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta

Ezrael sonrió, un gesto travieso que no disimulaba el veneno de su sarcasmo.—¿A presenciar cómo los traidores te aclaman? —respondió, su voz casi danzando en la corriente helada del aire

—Por supuesto

El establo se hallaba sumido en un silencio que resultaba casi sagrado. Solo se percibía el suave resoplido de los caballos, el crujir de las monturas al ser ajustadas, y el sutil aleteo de un cuervo que se posaba a lo lejos. Los estandartes colgaban inertes, manchados de barro seco, como símbolos de una gloria ya perdida, su vigor arrebatado por la lluvia y la guerra. Allí, en el rincón sombrío, Arhk aguardaba, erguido sobre su montura, con la lanza reposando sobre su muslo. Su rostro, envuelto en la penumbra de la capucha, no revelaba emoción alguna, pero sus ojos, profundos como las antiguas cavernas y ardientes como el fuego, escrutaban cada movimiento de Caelum.pero sus ojos, profundos como las antiguas cavernas y vivos como el fuego, observaban cada movimiento de Caelum

—Morvan partió antes del alba —dijo Arhk, su voz cortante como la espada— No quiso despedirse

Caelum asintió con una expresión tan inmutable como el hielo.

—Mejor —respondió, su voz cortante, más gélida que el aire que lo rodeaba.

Se montó en su corcel, una bestia de guerra adiestrada para la contienda, no para la gloria. El animal permaneció en completo silencio, sin el menor relincho, sin movimientos que delataran vida, como si supiera que su destino era tan inevitable como el de su jinete.

El grupo de jinetes que lo escoltaría hacia Varyadrin se alineó en formación, sumidos en un silencio reverente. Ninguno ofreció un saludo. No lo esperaban. Caelum no era uno de ellos, no era un hermano, ni un camarada. Era el Pacto encarnado, la promesa de lo que estaba por acontecer, materializada en su figura.

No era más que el filo de una espada destinada a segar el futuro. No era amigo, ni compañero. Solo el cumplimiento de un destino trazado en las sombras

No era más que el filo de una espada destinada a cortar el futuro. No era amigo, ni compañero. Solo el cumplimiento de un destino trazado en las sombras

Un arma viviente. 

Y un arma no se despide. Un arma simplemente parte

Las puertas de Ilhrarion se abrieron sin el menor atisbo de ceremonialidad, solo el crujir solemne de los goznes, resonando como un presagio en el aire pesado. 

El puente colgante descendió, suspendido sobre un abismo inmaculado, y por un instante, el mundo pareció vacilar, como si la realidad misma se debatiera entre retenerlo en su seno o permitir que se desvaneciera. 

Caelum cruzó sin mirar atrás. 

Caelum cruzó sin mirar atrás, el eco de sus pasos absorbiendo todo lo demás, como un último respiro del pasado.

A su lado, Ezrael dejó escapar un silbido sutil, su sonido incisivo, como una mueca que se desvanecía en la helada brisa.

—¿Y si allá también te desprecian? —inquirió, su voz cargando el peso de una burla no expresada.

Caelum no se dignó a desviar la mirada del horizonte, donde la nieve parecía fracturarse contra el abismo. Su voz, al emerger, fue como una sentencia, un filo agudo que desgarraba la quietud.

—Entonces será más sencillo cumplir con lo que debo realizar

La caravana avanzaba, desvaneciéndose gradualmente entre los valles helados, absorbida por la inmensidad de la tierra. La nevada se intensificaba, un manto níveo que cubría todo a su paso, y la comitiva parecía disolverse en la bruma, como si la misma tierra, renuente, se negara a permitirles cruzarla.

El viento se abatió sobre ellos, como una resistencia palpable, y cada paso hacia adelante se sentía como una lucha constante, un desafío contra lo inexorable. La marcha era lenta, como si el tiempo mismo se negase a progresar

El viento arremetió contra ellos, como una resistencia tangible, y cada paso hacia adelante se sentía como una lucha constante, un desafío ante lo inevitable. La marcha era lenta, como si el tiempo mismo se negara a transcurrir.

La vastedad de los valles parecía devorar cada aliento, cada suspiro, como si la propia naturaleza intentara engullirles enteros. Los árboles del norte, altos y oscuros como lanzas olvidadas por los dioses, se inclinaban sobre el sendero, cubiertos de escarcha, inmóviles en su solitaria vigilia

La vastedad de los valles parecía devorar cada aliento, cada suspiro, como si la propia naturaleza intentara engullirles por completo. Los árboles del norte, altos y oscuros como lanzas olvidadas por los dioses, se inclinaban sobre el camino, cubiertos de escarcha, inmóviles en su solitaria vigilia.El sendero hacia Varyadrin no era una ruta trazada por comerciantes ni peregrinos. Era una cicatriz abierta entre las montañas, una senda de guerra donde el viento aullaba nombres olvidados y los ecos arrastraban las voces de los caídos

El sendero hacia Varyadrin no era una ruta trazada por comerciantes ni peregrinos. Era una cicatriz abierta entre las montañas, una senda de guerra donde el viento aullaba nombres olvidados y los ecos arrastraban las voces de los muertos. 

Caelum cabalgaba al frente, una silueta oscura recortada contra el cielo gris, una sombra entrelazada con las mismas sombras. Su capa negra, legado de Ilhrarion, ondeaba a sus espaldas, como una extensión de su voluntad, mientras la capucha caída ocultaba parcialmente su rostro, dejando al descubierto la dureza de su mandíbula y los ojos fijos en el horizonte. Los guanteletes, aún salpicados por las manchas de la reciente contienda, brillaban con una luz fría, como si las huellas de la violencia se aferraran a su piel. El galope del corcel resonaba firme sobre la nieve, un sonido monótono y constante; sin embargo, en su interior, sus pensamientos se agolpaban erráticos, desordenados, fragmentados como cristales rotos que se negaban a ensamblarse en un patrón coherente.

Detrás de él, Arhk y Ezrael sostenían un diálogo, aunque "diálogo"podría considerarse, quizás, una denominación generosa para lo que realmente acontecía.

—¿Cuántas veces has intentado provocarlo hoy? —inquirió Arhk, sacudiéndose la escarcha que se acumulaba en sus cejas con la misma indiferencia con la que desechaba sus pensamientos.

—¿Contando esta? —Ezrael giró su rostro hacia él, una expresión de simulada reflexión cruzando su semblante— Siete.

—Es casi mediodía.

—Me estoy conteniendo... —respondió Ezrael, y la burla en su voz se volvió tan palpable que incluso el viento pareció detenerse por un instante

incluso el viento pareció detenerse por un momento


El sol nunca logró emerger en su totalidad. Se mantenía atrapado, prisionero entre las nubes grises y pesadas, como un espectro malnutrido que apenas conseguía rasgar la oscuridad. Su luz, sucia y enferma, bañaba el paisaje con un brillo apagado que no ofrecía consuelo alguno, solo una frialdad implacable. Las montañas al este rugían en silencio, sus picos se alzaban como colosos petrificados, y los glaciares al oeste parpadeaban, oscilando entre lo tangible y lo intangible, como si la propia tierra estuviera respirando, inhalando el aire gélido que los rodeaba. A media jornada, los jinetes se detuvieron ante unas ruinas sepultadas por la nieve.

—Aquí —ordenó Caelum, desmontando. Su voz era un susurro, pero bastó.

Los soldados no debatieron. Tampoco se dispusieron a relajarse. Simplemente se sometieron, como sombras obedientes ante un destino incierto.

Las carpas se erigieron en un silencio reverente; el sonido de las estacas hincándose en la tierra fue el único eco que interrumpió la quietud. Pequeños fuegos fueron avivados, llamas temblorosas que apenas lograban proporcionar calor a la carne deshidratada y al pan endurecido. Nadie se atrevía a hablar más allá de lo estrictamente necesario, y las miradas, aunque furtivas, no se prolongaban más allá de unos breves instantes

Aún así, todos conocían su identidad. El peso de su nombre gravaba más que cualquier mirada, más que cualquier palabra.

Arhk se sentó junto a él, desgarrando una tira de carne con los dientes, el sonido sordo de su masticar marcando el compás de la quietud.

—¿Recuerdas la última vez que emprendimos un viaje juntos? —inquirió, la voz arrastrada por el esfuerzo de su hambre.

Caelum lo observó en silencio, su mirada fija, vacía.

—Tenías diecisiete años. Pusiste fin a la vida de un guardia por intentar tocar tu espada. —La declaración fue formulada como una constatación fría, desprovista de juicio y emoción.

—Tenías diecisiete años. Acabaste con la vida de un guardia por intentar tocar tu espada. —La declaración fue dicha como una constatación fría, sin juicio ni emoción. 


Ezrael, desde su rincón apartado, se rió en voz baja, reclinado contra una roca, su carcajada seca como una hoja marchita.

—No lo asesinó. Simplemente lo despojó de sus manos. Un detalle irrelevante.

—No lo asesinó. Simplemente lo despojó de sus manos. Un detalle insignificante.

Caelum apartó el plato de madera sin haber degustado bocado, su estómago cerrándose ante la comida. No era el hambre lo que lo contenía, sino algo más profundo, una apatía que permeaba su ser

—Mañana cruzaremos a tierras aliadas —murmuró, más para sí mismo que para los demás, como si sus palabras se desvanecieran en la helada brisa.

Arhk emitió una risita cargada de sarcasmo.  —Si consideras “aliadas” a aquellas que suscribieron un pacto para observar tu caída en lugar de la suya, me inquieta profundamente tu noción de confianza.. 

El viento aulló con furia, sacudiendo las lonas como si la misma tierra se quejara de su presencia. Dos hogueras se extinguieron con un gemido ahogado, y los soldados maldijeron en voz baja mientras intentaban reavivarlas, luchando contra la marea del frío y el agotamiento.

Caelum se levantó con una calma deliberada, su figura erguida y gélida, ajena a la tumultuosa realidad que lo rodeaba. Se dirigió hacia el confín del campamento, sus pasos resonando con firmeza sobre la nieve que crujía bajo su peso. La penumbra lo absorbió lentamente, engulléndolo hasta que solo quedó la silueta inalcanzable de un hombre que ya no pertenece ni a la guerra ni a la paz. Allí, más allá de los troncos caídos y los montículos de nieve petrificada, podía vislumbrar la silueta de Varyadrin en la distancia. Una ciudad de torres estrechas, revestidas de hielo puro, con un lago congelado que la rodeaba como una prisión de cristal.Su mirada se mantuvo fija, inmóvil. Su mirada se quedó fija, inmóvil.

Ezrael se acercó con paso tranquilo, las manos hundidas en los bolsillos de su capa, y lo observó con una mirada que hablaba más que cualquier palabra. 

—¿Reflexionando sobre tu discurso? —inquirió, su voz suave, aunque impregnada de la habitual ironía

Caelum no se tomó la molestia de mirarlo, su mirada se mantenía fija en el horizonte gris, donde el sol jamás se atrevía a asomarse

—No proporcionaré ninguno —replicó, su tono tan gélido como el hielo que comenzaba a formarse en las montañas adyacentes.

Ezrael esbozó una sonrisa que combinaba desdén y diversión.

—Entonces, serán ellos quienes hablen por ti. Y eso, Caelum… es aún más insidioso


Una ráfaga de viento cortante los atravesó, helándoles la piel y trayendo consigo el eco distante de una tormenta que se gestaba en algún rincón remoto. El mundo se sumió en un pesado silencio, como si la misma tierra se estuviera conteniendo. Ni una palabra más. Ni un suspiro.

El fuego ante ellos crepitó, lanzando chispas que danzaban con el viento, pero el silencio permaneció, denso e incómodo. Los murmullos de la tropa se desvanecieron, como si el propio viento hubiera ahogado sus voces

Fue entonces cuando una silueta emergió a lo lejos. Pequeña, humana, avanzando hacia ellos con una cadencia que evocaba más un desafío que una mera marcha. Cada paso constituía una promesa, una tensión palpable que impregnaba el aire.

Arhk fue el primero en reaccionar. En un solo movimiento, se erguió, su lanza en mano, el resplandor de la metalurgia reflejándose brevemente en la penumbra. Su postura evocaba la de un hombre que ya no temía a la muerte, sino que la aguardaba con los brazos abiertos.

Caelum, sin embargo, permaneció inmóvil. No desvió la mirada del horizonte. Había algo en la figura que se aproximaba que lo mantenía estático, como si estuviera presenciando el primer preludio de una tormenta que ya había experimentado en el pasado.  —¿Acaso esperabas visita?—¿Esperabas visita?

Caelum negó con la cabeza, sus dedos cerrándose lentamente sobre el pomo de su espada. La hoja emergió de su funda como un suspiro de muerte, un destello rojo que recorrió el metal, como si la misma hoja respirara, despertando de un sueño largo y profundo. Un resplandor fugaz iluminó el entorno antes de desaparecer en la penumbra que cubría la tierra.


—Prepárense —ordenó, su voz tan glacial como el aire que cortaba las comisuras de sus labios.

En estas tierras, nada arribaba sin un designio. Y cuando el viento traía presagios de tormenta, era prudente estar preparado para cualquier eventualidad.

A lo lejos, la figura continuaba aproximándose, avanzando con una serenidad que helaba hasta los huesos. Cada paso sobre la nieve resonaba como un eco, firme y contundente, como si la misma tierra la reconociera. Envuelta en harapos grises, su capa desgastada por las garras implacables del viento, a primera vista parecía más una aparición que un ser humano. Sin embargo, el crujir inconfundible de la nieve bajo sus botas era la prueba irrefutable de su humanidad, de su existencia, de su presencia.

El campamento se sumió en un silencio sepulcral, los murmullos y las risas ahogados por una tensión creciente. Como si el aire mismo hubiera aprendido a contener el aliento.


—No es uno de los nuestros —murmuró un soldado, su mano ya posada sobre el pomo de su espada, su cuerpo tenso, preparado para cualquier eventualidad.

.

—¿Y si se encuentra extraviado? —inquirió otro, su voz temblorosa, aún juvenil en la guerra y en la existencia


Caelum no respondió de inmediato. Sus ojos, tan gélidos como el abismo que se extendía ante ellos, siguieron a la figura que avanzaba con paso inexorable. No podía negar que había algo inquietante en ella. Sin embargo, él sabía lo que otros aún no comprendían: en las vísperas de Varyadrin, ni siquiera el hielo podía rivalizar con la frialdad de las intenciones de aquellos que aún recordaban su nombre, que lo contemplaban como una promesa o, quizás, como una amenaza.

El futuro nunca se manifestaba sin causa. Y este encuentro, aunque aparentaba ser trivial, revestía una profundidad insoslayable. Un presagio, una convocatoria, una invitación al caos.

—Nadie se pierde aquí. Solo permanece… —respondió Arhk con un tono sombrío, sin concluir la frase.

Ezrael dio un par de pasos hacia adelante, la daga brillando débilmente en su mano. Su usual sonrisa había desaparecido, reemplazada por una expresión sombría, sin rastro de humor ni de su acostumbrada arrogancia.


Caelum levantó una mano, un gesto tan imperioso que el viento mismo parecía suspender su curso. Nadie se atrevió a moverse. La tensión en el aire era palpable, densa, como si todo estuviera al borde de una inminente ruptura.

La figura frente a ellos se detuvo a escasa distancia, su presencia tan imponente como su silencio absoluto. No alzó los brazos, ni intentó pronunciar palabra alguna. Simplemente los observó con una quietud que parecía eterna, como si el tiempo careciera de poder sobre él.

Era un hombre, aunque su edad constituía un enigma que no podía resolverse a simple vista. Su rostro era enjuto, casi esquelético, con la piel tensa, como si toda la vitalidad de su ser se hubiera drenado, dejando únicamente la huella de su existencia en líneas profundas, como raíces que se entrelazaban con la tierra. Sus ojos, un misterio entre el blanco sucio y el ámbar, permanecían inalterables, fijos, absortos en algo que trascendía lo que los ojos humanos podían percibir. Colgado de su cuello, un rosario de diminutos huesos y anillos corroídos se balanceaba suavemente con cada leve movimiento. En su espalda, atado con correas de cuero curtido, reposaba un bastón torcido, adornado con símbolos que parecían haber sido olvidados por todas las academias del mundo, un lenguaje ancestral que nunca debió perderse.

Cuando por fin se atrevió a hablar, su voz no fue más que un susurro áspero, similar al roce de la piedra contra la piedra; un sonido que desgarraba los oídos y reverberaba en lo más profundo del alma.

—He recorrido tres días desde las Grietas del Alba. No por elección, sino por imperativo

Caelum dio un paso decidido hacia adelante. Sus botas crujieron sobre la nieve, un sonido resonante que parecía desafiar el profundo silencio que los rodeaba. Su mirada se mantuvo inquebrantable, sin desviarse ni un centímetro de la figura que ahora se erguía ante ellos, sus ojos tan gélidos como el abismo mismo

—¿Y qué es lo que conduce a un hombre de tu calibre hasta este lugar? —inquirió Caelum, su voz afilada como el acero de una espada, desprovista de temor pero impregnada de una curiosidad peligrosa

El viento susurraba a su alrededor, arrastrando las palabras, pero nadie se movió. Todos aguardaban. Todos eran conscientes de que algo monumental estaba por desvelarse.


—¿Quién te envió?

El hombre bajó la capucha con una lentitud que parecía deshacer el tiempo a su alrededor. Bajo la sombra de su capa, su cabello blanco caía en largos y enmarañados mechones, como hilos de nieve arrastrados por el viento. Entre esos cabellos, se entrelazaban pequeñas plumas negras, trenzadas con un arte antiguo, olvidado por todos excepto por aquellos que se habían perdido más allá del Manto del Norte. Tribus que, según los mapas, no solo habían desaparecido, sino que, al parecer, nunca fueron más que leyendas de los antiguos.

—Vengo en nombre del Oráculo Ciego. —El título salió de su boca como una piedra arrojada a un lago profundo, causando ondas que se extendieron por todo el campamento, pero ningún sonido siguió su caída. Nadie respondió inmediatamente. Un aire pesado llenó el espacio.

Ezrael, que siempre tenía una palabra punzante, giró los ojos con una irritación visible.

—Siempre traen uno —musitó, su tono teñido de desdén.

Sin embargo, el hombre parecía ignorar el sarcasmo. Con una calma deliberada, como si sus palabras fueran meros fragmentos de un discurso mucho más vasto, extrajo de su vestimenta un pequeño pergamino. La cera negra que sellaba el rollo estaba marcada con un emblema que ni siquiera Caelum logró reconocer de inmediato. Un emblema que, al ser contemplado, provocó una contracción inquietante en su pecho, un retorcimiento sutil, como si un oscuro presagio emergiera de las profundidades de su ser


El anciano permaneció inmóvil, sus ojos fijos en los de Caelum con una intensidad que no dejaba lugar a la duda.

—Este no es un presagio ordinario, heredero —manifestó, y su voz trascendió un mero susurro; fue una vibración, como si las palabras portaran consigo el peso de eras olvidadas—. Es un eco del Foso

El silencio se erigió como un muro impenetrable a su alrededor. La alusión al Foso no era un asunto que se tomara a la ligera. Era un término impregnado de leyendas y secretos, de horrores que jamás deberían haber cruzado la frontera de las sombras. Nadie se atrevió a formular preguntas, pero todos comprendían que las palabras del hombre, aunque envueltas en un velo de misterio, constituían mucho más que una mera amenaza. Eran un presagio de algo infinitamente más vasto que cualquier contienda que pudieran concebir.

Caelum se adelantó un paso, su mirada fija en los ojos del anciano, incapaz de apartarse de ellos.—¿Y qué significa este "eco"? —inquirió, su voz gélida, pero impregnada de un matiz de algo más, algo que no podía eludir, aunque lo deseara.

El viento, ahora cortante y cargado de la amenaza del futuro, sopló con fuerza, empujando las sombras de la noche hacia ellos. Y en el eco de ese viento, las palabras del hombre resonaron, tan claras como la muerte misma

El silencio que siguió fue absoluto, más pesado que el hierro fundido. No se trataba de una mera ausencia de sonido, sino de algo más profundo, más visceral. Una quietud densa que se incrustó en los huesos de cada hombre presente, como una premonición que nadie se atrevía a pronunciar.

El Foso

La palabra no había sido proclamada con estruendo, ni siquiera susurrada con dramatismo, y, sin embargo, su eco parecía resonar en las montañas distantes. Ezrael dejó caer la daga sin siquiera darse cuenta; el arma se hundió en la nieve con un sonido sordo, insignificante ante el peso de ese nombre. Arhk se tensó como si una lanza invisible le hubiese atravesado el pecho. Algunos soldados, endurecidos por años de guerra y privaciones, retrocedieron un paso sin pensarlo, como si el mero hecho de escuchar El Fosolos hubiese acercado un centímetro más a su propia sepultura

Caelum, por su parte, se adelantó.Sin temor.Sin prisa.Arrobó el pergamino de las manos del anciano. La cera negra parecía palpitar, como si respirara. Estaba caliente al tacto, abrasadora, como si sellara algo que no deseaba —que no debía— ser liberado..Estaba caliente al tacto, abrasadora, como si sellara algo que no quería —que no debía— ser liberado.


—¿Quién más ha contemplado esto? —inquirió, sin desviar la mirada del símbolo que lo sellaba.

—Solo tú estás destinado a leerlo —respondió el anciano, su voz resonando como un eco de piedra milenaria—. Solo tú posees la fortaleza para soportarlo.

—¿Y si no lo deseo?


El anciano curvó los labios en lo que, a simple vista, podría parecer una sonrisa. Pero no lo era. No había calidez en su gesto, ni misericordia. Era una mueca seca, desgastada por los siglos, afilada como el borde de un cuchillo hundido en carne añeja. Era el eco mudo de alguien que había presenciado demasiado y callado aún más. Su expresión no prometía sabiduría, sino sentencia.

—Entonces arderás —murmuró— junto a aquellos que se resistan.

Y en ese preciso instante, como si sus palabras hubieran sido el conjuro de una lengua ancestral, el fuego del campamento cobró vida. Las llamas danzaron, alargadas e impredecibles, como si la noche exhalara un aliento de furia contenida. Las sombras se estiraron, y el aire se tornó denso, impregnado de algo que no era viento… sino destino

—No importa lo que anheles —prosiguió el anciano, con la mirada fija en Caelum como si pudiera vislumbrar más allá de su propia carne— Varyadrin sucumbirá.  Y tú, Caelum de Ilhrarion... la salvarás.  O la aniquilarás..

Nadie se movió. Ningún soldado pronunció palabra. El silencio se instaló nuevamente como una losa de plomo. El anciano giró sobre sus talones y comenzó a alejarse con la misma calma con la que había llegado, dejando a su paso únicamente el susurro del viento y un temblor contenido. Nadie se atrevió a detenerlo. Nadie deseó hacerlo.

La neblina de nieve lo absorbió, y su figura se desvaneció entre las sombras.Caelum permanecía allí, inamovible, con el pergamino aún sellado entre sus dedos enguantados. La cera negra pulsaba contra su palma como un corazón ajeno.

Ezrael fue el primero en romper el silencio.

—¿Vas a leerlo?

—Más tarde —respondió Caelum, sin desviar la mirada del horizonte.

—¿Por temor?

—Por estrategia


Caelum no pronunció palabra alguna. Simplemente contempló el horizonte, donde las torres de Varyadrin comenzaban a relucir como afiladas cuchillas de hielo bajo el último resplandor del día.

La luna se alzaba como un ojo plateado en el firmamento, iluminando las colinas cubiertas por una densa capa de nieve que crujía bajo los pasos. El campamento había quedado atrás, sumido en el olvido en la serenidad del bosque. La marcha hacia Varyadrin continuaba, pero la fatiga había comenzado a teñir el andar de los hombres. El frío se infiltraba en sus huesos, la provisión de alimentos escaseaba, y las sombras de los árboles, al igual que las sombras que habitaban en su interior, se alargaban sin piedad.


Caelum no era un extraño a la adversidad. Había marchado entre tormentas de arena y atravesado páramos donde el sol jamás se atrevía a tocar el suelo. Sabía que un hombre digno del hierro debía forjarse en la fragua del infortunio. Pero esta vez no era el frío, ni la escasez de víveres lo que comenzaba a socavar su temple. Era el silencio. La ausencia persistente de respuestas. Y el pergamino… ese maldito pergamino sellado con cera negra, custodiado como un secreto viviente en el interior de su bolsa, ardía sin fuego, latente como un presagio que se negaba a morir.


—¿Cuánto más? —murmuró uno de los soldados, con la voz rasposa por el viento gélido, apenas un susurro entre las ráfagas.

Caelum no respondió. No era su deber ofrecer consuelo. Si el hambre los doblegaba, que cazaran. Si la desesperación los quebraba, que sucumbieran con la espalda erguida. Él no lideraba por compasión. No en aquel lugar. No en esa noche.

Entonces se detuvo.

Un sonido lo alcanzó. Sutil. Preciso. El crujido de una rama quebrada, apenas un susurro sobre el manto de silencio. Sus sentidos, afilados como cuchillas, percibieron la anomalía. Algo —alguien— se movía entre los árboles.


—¡Silencio! —ordenó, su voz suave pero incisiva, y el filo de su mirada heló incluso al viento. El bosque contuvo la respiración. La oscuridad, densa como tinta, pareció contraerse.

Y entonces, sucedió

Una flecha emergió como un rayo entre los troncos, afilada como la traición misma. Silbó a un suspiro del rostro de Caelum, rozándole la mejilla como un beso de advertencia.

El caos se desató en un instante

Los soldados se dispersaron, sus capas ondeando como alas desgarradas en la tempestad. Caelum desenvainó su espada con un movimiento fluido, como si respondiera a una señal ancestral grabada en su sangre. El acero susurró en voz baja, resplandeciendo con un fulgor carmesí bajo la luna.

Una figura emergió de la espesura, alta y andrajosa, con el rostro velado bajo una capucha gris, como la ceniza de un dios olvidado. En sus manos, un arco, esculpido en hueso curvado, antiguo y casi ceremonial.

—¡Emboscada! —bramó Ezrael, su daga ya lista, pero sus palabras se ahogaron en el instante siguiente, cuando dos arqueros más surgieron de entre los árboles como sombras vivientes.Las flechas surcaron el aire como ráfagas de viento mortal, y los soldados de Caelum, adiestrados en el arte de la guerra, respondieron con celeridad. Caelum blandió su espada con destreza, la hoja negra brillando a la luz de la luna, cortando el aire y abriendo una herida profunda en el hombro del primer atacante que se acercó


Sin embargo, los hombres no se rendían. Eran rápidos, caóticos, como bestias desesperadas, pero peligrosos en su instinto. Uno de ellos se lanzó sobre Caelum, empuñando una daga afilada como los colmillos de un lobo. Caelum reaccionó de manera ágil, deteniendo el ataque con el cuerpo de Ezrael, el arma absorbiendo la fuerza del impacto.

A lo lejos, Arhk danzaba con la muerte.

Su cuerpo se movía como si el viento lo guiara, cada paso una sinfonía de instinto y precisión. Esquivaba con la elegancia de un cazador forjado entre tormentas, y cada contraataque suyo caía como el juicio de una deidad ancestral: limpio, certero, definitivo. Su hoja, aunque manchada, parecía relucir con cada golpe, como si se alimentara de la esencia del combate.

Mientras tanto, el resto del grupo mantenía la formación. No había gritos de batalla ni movimientos superfluos. Solo disciplina, templada en años de guerra. Eran una muralla viviente que no cedía, que no retrocedía. Y los enemigos lo supieron. Lo sintieron.


El enfrentamiento fue breve, pero intenso. Con una última embestida infructuosa, los atacantes comprendieron la inutilidad de sus esfuerzos. Comenzaron a retroceder, desmoronándose como una ola que choca contra roca. Uno por uno, se desvanecieron entre los árboles, tragados por la oscuridad que los había parido. No dejaron nada, salvo el eco sordo de sus pasos apurados… y el inconfundible perfume del hierro derramado.


Caelum no se movió.


Su respiración, profunda pero controlada, se mezclaba con la brisa gélida. Sus ojos seguían fijos en la dirección en la que se habían perdido los agresores, como si esperara que la noche les devolviera algo más que cuerpos agotados.



No hubo celebración. No había espacio para ella.

—¿Portaban algo de valor? —inquirió, sin desviar la mirada, su voz firme como piedra recién labrada.

Los hombres comenzaban a reagruparse, envueltos en el silencio característico de aquellos que han contemplado la muerte de cerca en demasiadas ocasiones.

Arhk examinaba los restos con la misma serenidad que en el fragor de la batalla. Levantó un arma quebrantada, apenas un cuchillo mal forjado unido a un mango astillado.

—Nada de valor. Solo herramientas de la desesperación —murmuró, y dejó caer el arma como si se tratara de un agravio a la guerra misma.

Caelum asintió con solemnidad.

Y, en su mente, una certeza comenzaba a cristalizarse como hielo en la sangre:

Aquel ataque no fue motivado por la necesidad de alimento.

Fue una advertencia.

—Continuemos


El frío seguía desgarrándoles la piel mientras continuaban su marcha. La nieve crujía bajo sus pies, y el viento parecía cantar viejas canciones de guerra en sus oídos. Sin embargo, al cabo de unas horas, la marcha los llevó a una pequeña aldea, que parecía surgir de entre la nieve como un espejismo.


El pueblo era pequeño, con casas de madera y tejados cubiertos de hielo. A lo lejos, se podía ver una posada de dos pisos, su chimenea echando una espesa columna de humo que indicaba calor y vida dentro.


Caelum y su grupo se acercaron con cautela. A medida que se acercaban, los aldeanos comenzaron a mirarles con recelo, pero también con curiosidad. Era raro ver a un grupo tan numeroso en estas tierras, y mucho más raro verlos vestidos con armaduras de tal calidad.


Entraron en la posada, y el aire cálido los envolvió inmediatamente. El olor a pan recién horneado y carne cocinada llenó el ambiente, y algunos de los hombres dejaron escapar un suspiro de alivio


La posada era rústica, con mesas de madera y bancos desgastados por los años. En una esquina, un bardo tocaba una flauta, su música suave y melancólica, pero con un dejo de esperanza. Caelum observó con desconfianza. En estos lugares, siempre hay algo que no se ve a simple vista.


Se acercó al mostrador, donde un hombre regordete, de cara roja y sudorosa, los miraba con una sonrisa nerviosa.


—¿Qué puedo ofrecerles? —preguntó el posadero, frotándose las manos.


—Comida. Y bebidas. Rápido —respondió Caelum con una mirada fría.


—Lo que tenemos está... limitado, pero les daré lo mejor que tengo —dijo el hombre mientras se apresuraba a ir hacia la cocina.


Caelum se sentó en una mesa vacía, observando al bardo. El hombre tocaba con destreza, pero algo en su rostro indicaba que conocía más de lo que dejaba ver. De vez en cuando, sus ojos se alzaban hacia el grupo de Caelum, evaluando a cada uno con la mirada de alguien que sabe mucho más que un simple músico.


Mientras tanto, Arhk y Ezrael se acercaron al mostrador. Arhk, con su inconfundible gusto por las armas, comenzó a examinar los utensilios de caza y las pequeñas herramientas que el posadero tenía a la venta.


—Necesitaremos más cuerdas —dijo Arhk, sin apartar la mirada de los objetos—. Y algunas pieles. El frío se intensificará en los próximos días.


Ezrael, por su parte, no parecía preocupado por la comida ni por los utensilios. En su lugar, observaba el ambiente con un brillo curioso en los ojos, como si estuviera buscando algo más.

La posada no era más que un refugio temporal, pero al menos era algo. Sin embargo, Caelum no podía quitarse la sensación de que este pequeño pueblo ocultaba algo. Algo que no podrían ver hasta más tarde. Algo que estaba tan oculto en las sombras como el destino que les esperaba.


Y así, mientras el calor de la posada los envolvía, mientras sus hombres descansaban y comían, Caelum miraba al bardo, al posadero, y a los demás habitantes del pueblo. Sabía que no todo era lo que parecía.


En este viaje, incluso lo más pequeño podría ser un presagio de lo que vendría. La calidez de la posada contrastaba fuertemente con el frío helado del exterior. El fuego en la chimenea crepitaba, lanzando destellos dorados que iluminaban las paredes cubiertas de madera envejecida. El aroma a pan recién horneado y carne asada llenaba el aire, y el bullicio suave de los aldeanos y viajeros se desvanecía en un murmullo casi acogedor. Sin embargo, a pesar del confort temporal, Caelum no podía dejar de sentir una creciente incomodidad, como si una sombra invisible se deslizara entre las mesas, acechando desde las esquinas de la habitación.


El posadero, un hombre de rostro ancho y rojo como una manzana madura, movía sus manos de un lado a otro mientras preparaba las órdenes de los viajeros, pero su mirada nerviosa no pasaba desapercibida para Caelum. Sabía que algo no estaba bien, aunque no podía precisar qué. Su intuición, más afilada que nunca, le decía que el pueblo no era tan simple como su fachada de madera y humo.


—¿Cuánto tiempo lleva este pueblo aquí? —preguntó Caelum, rompiendo el silencio y mirando al posadero, quien se detuvo por un momento antes de responder.


—Hace generaciones... más de lo que puedo recordar —respondió el hombre, su tono apenas audible.


Caelum lo observó por un momento más, evaluando cada palabra. El hombre se apresuró a servir los platos de comida y regresar a su trabajo, pero no antes de que Caelum notara el brillo inquietante en sus ojos. Había algo detrás de su respuesta, algo que no se decía en voz alta.

Quizás el tiempo no era lo único que el posadero había querido omitir.


Arhk, por su parte, estaba revisando los utensilios de caza dispuestos en la mesa de venta. Las cuerdas, los cuchillos de buena factura, y las pieles de animal, todo parecía útil para continuar el viaje. Mientras tanto, Ezrael se mantenía a distancia, observando todo con una calma inquietante. Su mirada, fija en los movimientos del bardo, parecía buscar algo más que música en el aire. Los dedos del hombre tocaban la flauta con destreza, pero sus ojos se alzaban hacia el grupo con una frecuencia que delataba un interés peculiar.


—Algo no encaja aquí —dijo Ezrael, su voz baja y apenas audible, como si hablara más para sí mismo que para los demás.


Caelum, sin apartar la vista de la danza de las sombras que se proyectaban en las paredes, asintió lentamente. No era un error pensar que el peligro siempre acechaba en las sombras de los pueblos olvidados, aquellos que vivían en los márgenes del mundo conocido. Algo oscuro se respiraba en el aire.


Pero no era el momento para preocuparse por lo que no se podía ver. En el exterior, la nieve caía nuevamente, cubriendo las huellas de su marcha como si el mismo mundo quisiera borrar su presencia.


La comida llegó a la mesa, y el aroma del guiso caliente les hizo olvidar, aunque solo fuera por un momento, la dureza del camino. Pero la tranquilidad fue efímera.


Un ruido fuerte, un choque de madera, interrumpió la relativa calma. Un grupo de hombres entró en la posada, de aspecto rudo y cansado, sucios por el viaje, pero con una actitud desafiante que hizo que el ambiente se volviera tenso. Se acercaron al mostrador con determinación, pidiendo vino fuerte y carne asada, pero sus miradas no dejaban de pasar sobre los viajeros de Caelum.


Uno de ellos, un hombre corpulento con cicatrices en su rostro, se acercó a la mesa donde Caelum y los demás estaban sentados. Sus ojos, oscuros como el abismo, brillaban con una mezcla de curiosidad y desafío.


—¿No es peligroso caminar por estos senderos en estos tiempos? —preguntó el hombre con voz grave, dejando caer su mano sobre la mesa con un golpe seco.


Caelum lo miró con indiferencia, sin moverse un solo milímetro. Sus ojos, fríos como el hielo, se clavaron en el desconocido sin mostrar emoción alguna.


—El peligro no me asusta —respondió Caelum con voz baja, pero firme.


El hombre sonrió, pero no de una manera amistosa. Era una sonrisa que hablaba más de amenaza que de simpatía.


Antes de que pudieran decir algo más, el bardo, cuya flauta había dejado de sonar en el momento en que el grupo entró, se levantó y se acercó al hombre corpulento.


—Parece que has encontrado un buen objetivo para tus palabras —dijo el bardo con un tono sarcástico, pero cargado de un extraño poder.


El hombre lo miró, confundido, pero antes de poder replicar, Arhk intervino, levantándose de su asiento.


—¿Quieres un problema con nosotros? —dijo con voz cortante, el brillo de una daga asomando en su mano, siempre alerta ante la provocación.


El ambiente se volvió eléctrico. Los viajeros de Caelum se pusieron de pie, listos para intervenir si era necesario, pero Caelum, observando la situación, levantó una mano, señalando que se calmaran.


—No necesitamos más enemigos —dijo Caelum con calma, pero con una autoridad que hizo

que los hombres se detuvieran. Su mirada se fijó en el hombre corpulento, desafiándolo con sus ojos fríos—. Si lo que buscas es una pelea, te sugiero que salgas a buscarla afuera.


El hombre sonrió de nuevo, esta vez con menos malicia, y levantó las manos en señal de rendición.


—Solo quería saber qué tipo de compañía tenemos aquí —dijo el hombre con una risa baja, antes de volverse hacia su grupo—. Pero parece que hay una línea que no estamos dispuestos a cruzar.


Después de un tenso momento, el grupo de rudos viajeros volvió a su mesa, murmurando entre ellos. Caelum observó con detenimiento, sin perder detalle de sus movimientos. No era la primera vez que se encontraba con este tipo de personas, y sabía que el peligro siempre llegaba cuando menos lo esperabas.


El bardo, que parecía ser el único que aún mantenía una sonrisa en su rostro, volvió a su lugar en el rincón de la posada y retomó su música, pero esta vez algo en sus notas parecía diferente. Había una oscuridad en su melodía, una tristeza profunda que llenaba el aire.


La tensión en la posada comenzó a desvanecerse poco a poco, pero el ambiente seguía cargado. Caelum no podía quitarse de la mente la sensación de que todo aquello era solo una pequeña parte de algo mucho más grande que los acechaba.


Horas después, la posada se fue llenando de otros viajeros que, como ellos, se refugiarían allí de la fría noche. El grupo de Caelum, exhausto, decidió que era mejor descansar lo necesario antes de continuar al amanecer. La comida había sido mejor de lo esperado, aunque escasa, y los soldados, ahora más relajados, empezaron a hablar entre sí, dejando que las tensiones de la marcha se disiparan momentáneamente.


A pesar de la aparente calma, Caelum no podía deshacerse de la sensación de que algo acechaba más allá de las paredes de la posada. Un presagio, tal vez, de lo que les esperaba en su viaje hacia Varyadrin. Y lo que aún quedaba por desvelarse


La chimenea seguía lanzando destellos cálidos de fuego, iluminando de forma errática las paredes de la posada mientras el ambiente volvía lentamente a la normalidad. El murmullo de las conversaciones se había estabilizado, pero aún persistía una ligera tensión en el aire. Los viajeros que se habían reunido en la posada comenzaban a dispersarse, algunos marchando hacia las habitaciones, otros acercándose al bar para pedir una última copa antes de dormir. Caelum permanecía sentado en la mesa, inmóvil como una estatua de piedra, su mirada fija en el fuego, pero sus pensamientos muy lejos de ese lugar cálido.


La incomodidad, esa sensación inconfundible que acechaba en las sombras, no lo dejaba. Cada crujido en el piso de madera, cada respiro de los aldeanos, era un eco distante de algo mucho más grande, algo oscuro que se cernía sobre ellos. Pero Caelum, por ahora, se aferraba al silencio, ese refugio tan familiar en tiempos como estos.


Fue entonces cuando un sonido suave, casi musical, rompió la quietud de la mesa. Un paso ligero, la suave rasposa del cuero contra la madera, y una figura se detuvo frente a él. Caelum alzó lentamente la vista, sus ojos profundos y oscuros como un abismo, tan llenos de secretos que ningún hombre común podría desentrañar. Ante él, el bardo lo observaba con una sonrisa tranquila, como si no se atemorizara en lo más mínimo por la intensidad de su mirada.


—¿El silencio es siempre tu compañía, o solo en esta ocasión? —preguntó el bardo, su voz suave, como si la melodía de la flauta aún resonara en su interior.


Caelum lo observó durante un largo momento. El hombre tenía algo peculiar. Aunque su rostro mostraba una serenidad que contrarrestaba con la turbulencia de la noche, había un destello de curiosidad en sus ojos. No buscaba pelea, no era un espectador ansioso por lo que sucedería a continuación. No. El bardo quería comprender. Y eso, de alguna manera, molestaba a Caelum. Nadie debía comprender lo que era él.


—El silencio es… lo que más me gusta —respondió Caelum finalmente, su voz grave, pero con una ligera suavidad en la respuesta que era difícil de percibir.


El bardo se dejó caer en una silla vacía cerca de él, sin pedir permiso, como si su presencia en ese espacio fuera algo natural. No era un desconocido en el sentido físico, ya que había estado tocando en la posada, pero ahora se acercaba con una intención clara: curiosidad.


—Y ¿por qué tan callado? No es usual ver a alguien tan serio en un viaje como este. En los caminos y en las posadas, los hombres tienden a hablar de más, a veces hasta olvidar lo que significa la paz —comentó el bardo, su voz ligera, pero con un dejo de interés genuino.


Caelum desvió la mirada hacia el fuego una vez más. Los destellos ardientes danzaban, y por un momento pensó que podría perderse en esa luz, como si el fuego pudiera consumirlo. Pero la presencia del bardo lo mantenía anclado a la realidad. Quizás fuera la forma en que se sentaba, sin pretensiones, o la manera en que sus ojos, tranquilos pero atentos, no buscaban nada más que entender.


—No soy como los demás —dijo Caelum, su tono ligeramente frío, pero más reflexivo que cortante. No era una respuesta completa, pero era todo lo que le ofreció al hombre.


El bardo asintió lentamente, como si ese tipo de respuesta no le sorprendiera en lo más mínimo. Algo en su actitud sugería que no era la primera vez que encontraba a un alma solitaria como la de Caelum.


—¿Te persiguen tus propios pensamientos, entonces? —preguntó el bardo, sin perder la sonrisa. No había condescendencia, solo un genuino interés por comprender el velo de misterio que rodeaba a aquel hombre que, por alguna razón, parecía estar atrapado entre la furia de un pasado que nunca podría dejar ir y un futuro incierto.


Caelum, por un momento, consideró no responder, pero una extraña necesidad lo llevó a hablar.


—Mi vida es una guerra constante. En cada paso, hay algo que me recuerda lo que soy. La gente busca algo en mí, y lo encuentran, pero nunca lo que realmente soy… —Caelum hizo una pausa, sus ojos oscuros se perdieron en los juegos de luz del fuego—. Quizás ni siquiera yo lo sé.

El bardo lo observó en silencio, su mirada tan penetrante como un hilo de plata que se desliza a través de las sombras. Después de un largo momento, simplemente sonrió.


—La guerra es lo que nos forja, sí —murmuró. Y, por un instante, la tristeza en sus palabras fue tan palpable como la piel misma. Pero entonces, la sonrisa volvió a su rostro—. Pero también hay belleza en la quietud, aunque algunos no sepan verla.


Caelum no replicó. No sabía cómo hacerlo. La belleza era un concepto ajeno para él. En su mundo, la belleza era algo que solo existía para los débiles, para aquellos que se dejaban engañar por las apariencias. Él, Caelum, no era uno de esos.


De pronto, el bardo se levantó de la silla y se despidió con una inclinación ligera de cabeza.


—Si alguna vez cambias de opinión y prefieres la compañía de alguien que no sea el silencio, estaré cerca. —Y antes de que Caelum pudiera contestar, el hombre se alejó, su figura desvaneciéndose en las sombras de la posada.


Caelum se quedó solo de nuevo, rodeado por el murmullo de los demás y el crepitar del fuego. Pero algo en las palabras del bardo se quedó con él, retumbando en su mente, como una melodía que no podía dejar de escuchar.


Era extraño. ¿Por qué esa extraña mezcla de curiosidad y amabilidad le había calado tan profundo?


El fuego seguía bailando, pero ahora, en la quietud de la noche, Caelum no podía evitar pensar que, tal vez, había algo más allá de la guerra. Algo que aún no había tocado, pero que estaba esperando a ser descubierto. Aunque, por supuesto, en su mundo, la guerra era todo lo que realmente existía. Y tal vez, por mucho que lo deseara, no habría espacio para nada más.


Afuera, la nieve seguía cayendo. Pero Caelum, por un momento, cerró los ojos, y en la oscuridad, algo comenzó a cambiar.


La noche se había desplegado completamente sobre el pueblo, sumiendo a la posada en un silencio profundo, interrumpido solo por el ocasional crujir de la madera bajo los pasos de los pocos que aún quedaban en pie. Caelum, como una sombra en la penumbra, se retiró lentamente de la mesa, dejando atrás el murmullo lejano de los demás viajeros que se habían quedado a beber y a charlar. El peso de la jornada lo arrastraba, pero su mente seguía en marcha, más allá de los límites de la posada, más allá de las montañas y de los caminos que aún quedaban por recorrer.


Su habitación era pequeña, austera, apenas más que una cama y una ventana que dejaba ver el cielo nocturno. En el silencio, solo el eco de su propia respiración llenaba el aire. Caelum se quitó la armadura con movimientos meticulosos, como si cada pieza fuera un recordatorio de lo que había sido. Los cortes, las cicatrices y las marcas en su piel eran historia viva, recuerdos de batallas pasadas, de decisiones que nunca podría deshacer. Con una precisión fría, colgó su armadura, dejándola en un rincón de la habitación. Sus manos, aunque fuertes, temblaron ligeramente cuando se desprendió de la última pieza.


Azrael había estado a su lado durante todo el viaje, un compañero constante en la travesía. El cazador, con su mirada siempre atenta y su actitud impasible, había hablado poco, pero sus ojos reflejaban una comprensión que a veces inquietaba a Caelum. Cuando la puerta de la habitación se abrió, revelando a su compañero, el viento frío del pasillo se coló dentro.


—¿Vas a quedarte en silencio hasta mañana? —preguntó Azrael, su voz suave, pero con una pizca de burla—. Si eso es todo lo que tienes para decir, tal vez deberías dormir ahora. No nos queda mucho tiempo.


Caelum lo miró sin hablar. Azrael conocía las reglas, sabía que Caelum no era de hablar mucho. Lo había aprendido con el tiempo, lo había aceptado. Pero siempre había algo más en esa mirada de su compañero, una inquietud silenciosa, un deseo de comprender lo que había detrás de esos ojos tan oscuros como la noche misma.


—La guerra nunca duerme —respondió Caelum con un suspiro, sus ojos apagados, fijos en el vacío—. Mañana será otro día, otro paso hacia algo que ni siquiera yo comprendo.

Azrael no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó a la ventana y miró hacia afuera, donde la nieve seguía cayendo suavemente sobre el suelo. El paisaje era sombrío y vasto, una extensión infinita de oscuridad interrumpida solo por las luces de las casas cercanas.


—No todo tiene que ser una guerra, Caelum. No todo lo que vemos debe ser una batalla. A veces, incluso los guerreros necesitan descansar.


Caelum dejó escapar una ligera risa, aunque no tenía mucho de humor.


—El descanso no existe para los que caminan entre sombras —dijo, levantándose de la cama y acercándose a la ventana, mirando el mismo paisaje sombrío que su compañero.


Azrael lo observó en silencio, como si aguardara que Caelum dijera algo más. Pero al ver que no lo haría, dejó escapar un suspiro y se alejó.


—Nos espera un largo día mañana. No olvides eso, Caelum. La marcha no es un lujo, es una necesidad.


Caelum lo observó marcharse, su figura desapareciendo en la oscuridad del pasillo, antes de cerrar la puerta tras de sí. Se quedó allí, en la quietud, el sonido de la nieve cayendo en el exterior siendo lo único que rompía el silencio. Finalmente, se recostó en la cama, dejando que el sueño lo alcanzara, aunque no sin antes revisar, una vez más, las armas y el equipo que llevaría consigo al día siguiente


El sol aún estaba bajo cuando la posada comenzó a llenarse de actividad. Los aldeanos ya se habían levantado, dispuestos a iniciar el día, y los viajeros comenzaban a preparar sus cosas para la siguiente etapa del viaje. Caelum salió de su habitación, su figura alta y solemne deslizándose por el pasillo, como si la misma oscuridad lo abrazara. Azrael lo esperaba afuera, revisando las provisiones y asegurándose de que nada faltara en sus mochilas.


Mientras los demás viajeros comenzaban a marcharse, la figura del bardo apareció una vez más. Este se acercó a Caelum con una expresión que oscilaba entre la diversión y la ligera exasperación.


—¿Vas a irte tan pronto? ¿Ni siquiera una despedida? —El bardo se cruzó de brazos, su mirada fija en Caelum con una ligera sonrisa, pero algo en sus ojos revelaba que sus palabras no eran meras bromas. Había algo más allí, algo que Caelum no podía ignorar.


Caelum levantó una ceja, casi sorprendido por la actitud del bardo. Por un momento, pensó en simplemente ignorarlo y continuar con su camino, pero algo en la postura desafiante de ese hombre lo hizo detenerse.


—No tengo tiempo para despedidas —respondió Caelum, su voz grave, pero sin la dureza habitual. Un dejo de curiosidad asomó en su mirada—. ¿Acaso te sorprende que me vaya sin decir nada?


El bardo soltó una risa suave, casi burlona, antes de encogerse de hombros.


—No me sorprende. No eres de los que buscan compañía, ¿verdad? Pero, ¿qué pasa? ¿Un hombre tan serio como tú no tiene más que decir? ¿Ni siquiera un "hasta luego"?


Caelum lo observó por un largo momento, sopesando sus palabras. Este bardo… había algo extraño en él. No era como los demás, no buscaba agradar ni tentar con palabras vacías. De alguna manera, lo veía más allá de la imagen que Caelum había construido para él.


—Nos veremos en el camino —dijo Caelum finalmente, con un tono que era más cercano a la cortesía que a la frialdad.


El bardo lo miró con una mezcla de sorpresa y satisfacción.


—Eso es lo que esperaba escuchar —respondió con una sonrisa, una que parecía más genuina de lo que Caelum esperaba.


Azrael, que había estado observando desde un costado, se acercó a Caelum, lanzando una mirada cautelosa al bardo antes de dirigirse hacia la salida del pueblo.


—Esos tipos siempre tienen algo que decir —comentó Azrael, como si no estuviera particularmente interesado en el bardo, pero tampoco lo rechazaba.


Caelum no respondió, pero su mente estaba ocupada por algo que ni él mismo comprendía. Tal vez no fuera la despedida lo que importaba. Tal vez, después de todo, los silencios también podían ser una forma de conexión.


Con un último vistazo al bardo, Caelum giró y siguió a Azrael, adentrándose en el horizonte helado mientras el viento levantaba la nieve a su alrededor. Un nuevo día comenzaba, y con él, un paso más hacia lo desconocido. Sin embargo, mientras avanzaban, Caelum no podía evitar pensar que, tal vez, había algo más allá de las batallas. Algo que comenzaba a forjarse, algo que aún no entendía, pero que se sentía cerca, como una sombra en su propio ser




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