Bajo su mirada

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Sinopsis

**Dark romance/stalker romance** Él la ha estado observando. Rastreando sus rutinas. Entrando en su casa sin permiso. Y ahora está listo para tomar lo que es suyo. Guinevere Merritt es reservada, dulce y no está para nada preparada para un hombre como Asher Blackwell: un solitario magnate tecnológico con demasiado poder y una obsesión peligrosa. Ella. Cuando Ash sale de las sombras y entra en su vida, Guinevere tendrá que decidir: ¿huirá de él... o correrá hacia él?

Genero:
Romance
Autor/a:
Vivienne Wren
Estado:
Completado
Capítulos:
37
Rating
4.9 137 reseñas
Clasificación por edades:
18+

1 | Objetivo

ASHER

Odio a la puta gente, de verdad.

Todo el mundo quiere algo: estatus, negocios, estar cerca de mí. Cualquier cosa que los haga sentir poderosos.

Aguanto el tipo, sonrío y doy la mano. Asiento como si escuchara y finjo que me importa un bledo. Intento no asfixiarme con el olor a perfume caro y a desesperación.

Camino entre la multitud esquivando manos y agarro una copa de champán de una bandeja.

—¡Blackwell! —brama una voz a mis espaldas.

Me cago en mi vida.

Me doy la vuelta, forzando una expresión medio amable.

—Boden —digo, estrechando su mano. Él agarra la mía con las suyas y me entran ganas de soltarme de inmediato. Pero le sonrío y aprieto un poco más de la cuenta. Solo lo suficiente para recordarle de quién es la mano que está tocando.

Maldita comadreja.

—Es difícil dar contigo —murmura Boden—, incluso en tu propio evento.

Sobre todo en mi propio evento —respondo cortante, volviendo a sonreír—. Pero ya me tienes. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Acompáñame —dice Boden, tirando de mi puto brazo como si tuviera derecho.

Lo sigo hacia el guardarropa, más por alejarme del resto que por otra cosa. Dejo que siga soltando el rollo sobre su empresa.

Y entonces la veo.

Es una cosita delicada. Lleva el pelo castaño recogido en un moño flojo, como si se lo hubiera hecho con prisas. Tiene unos ojos color avellana enormes que miran los percheros como si fueran a quemarla si se detiene demasiado. Es la chica más bonita que he visto en mi vida.

Frágil. Inocente. Puta perfección.

El primer pensamiento que me viene a la cabeza es inapropiado; el segundo, posesivo.

Tengo que hacerla mía.

No me mira. No me dedica ni una sola ojeada, ni siquiera cuando apoyo las manos en el mostrador y me quedo fijo mirándola, como si intentara dejarla clavada en el sitio.

No importa. Yo la veo a ella. Ya la he elegido. Con eso basta.

Así que, cuando Boden saca su móvil y se le cae el ticket del abrigo, lo recojo. El tipo de al lado se aparta del mostrador guardándose el suyo en el bolsillo. Un medio abrazo amistoso en el momento justo cierra el trato. Cambio los números, meto el ticket del desconocido en el bolsillo de Boden y lo veo seguir ladrando, sin enterarse de nada.

La chica se acerca al mostrador y miro su placa.

Guinevere. Me cago en todo. Qué nombre tan bonito para una chica tan guapa.

Coge el ticket de Boden y desaparece entre el laberinto de abrigos. Vuelve a los pocos segundos con una gabardina negra muy cara.

Boden la agarra sin decir nada y se la pone. De repente, saca la mano del bolsillo como si le hubiera mordido. Se la quita y mira la etiqueta.

—Oye, niña —suelta indignado. Me dan ganas de estamparle los dientes contra el suelo, pero me contengo.

Guinevere vuelve a aparecer con las cejas levantadas.

—Esto no es mío —refunfuña él, tirando el abrigo sobre el mostrador.

Ella arruga el entrecejo y lo coge. —¿Está seguro? —pregunta confundida—. Esto es...

—¡¿Te crees que no conozco mi propio abrigo?! —le espeta, y ella retrocede.

Algo afilado se enciende dentro de mí. Esa mirada en sus ojos. Quiero verla otra vez. Provocada por mis manos. Bajo mis reglas.

Ella rebusca en un montón de tickets descartados y saca dos. Ambos con el número 312.

Se los desliza a Boden. —¿Ve? Este es el número que me dio. Lo recuerdo porque...

Él se inclina sobre el mostrador, cortándola. —¡¿Te crees que no conozco mi propio abrigo?! —vuelve a gruñir. Mira hacia una puerta lateral—. Déjame pasar, ya lo busco yo.

—¡No! —suelta Guinevere con un hilillo de voz—. No puedo dejarle pasar, ¡va contra las normas!

Está temblando, con los ojos muy abiertos y aterrorizada.

Un compañero se pone detrás de ella. —Caballero, lo siento...

Intervengo yo. Tranquilo. Como quien no quiere la cosa. Pongo mi mano sobre el hombro de Boden y aprieto lo justo para que se detenga.

—Boden, amigo —digo con voz cargada de falso cariño y veneno—. ¿Por qué no sales a fumar un cigarro? Guinevere te va a encontrar el abrigo. ¿A que sí, preciosa?

Ella se sobresalta. Esos ojos enormes se cruzan con los míos, por fin. Solo un segundo, pero es suficiente.

Asiente y sale corriendo de nuevo.

—Mis cigarros están en el abrigo —se queja Boden.

—Pues tómate una copa —le digo, empujándolo ya hacia la barra.

Él se marcha y yo me vuelvo hacia ella.

Está revisando los percheros. Casi todos son gabardinas negras, pobrecita.

La observo como un halcón, estudiando cada movimiento. Respira de forma agitada y sus movimientos son nerviosos. Está inquieta y mira por encima del hombro cada dos por tres. Seguro que mira si Boden ha vuelto.

Él la pone nerviosa.

Me gusta verla así, pero no me gusta que él sea el motivo. Y me jode mucho que mire a través de mí como si no estuviera aquí presente.

Apoyo los antebrazos en el mostrador y entrelazo los dedos.

Tarda casi diez minutos en encontrar algo que encaje con lo que dijo Boden. Vuelve deprisa con el abrigo en la mano.

Llamo a Boden para que venga.

Él alarga la mano al ver el abrigo, pero Guinevere duda.

—¿Podría decirme qué hay en el bolsillo derecho? —pregunta ella, casi sin mirarlo.

—Espero que sea una puta broma —masculla Boden, intentando agarrarlo de nuevo.

Ella da un paso atrás.

—Usted me entregó un ticket diferente —dice con voz suave e insegura—. Las normas dicen que debo comprobarlo si alguien no tiene el número correcto.

Boden la mira como si fuera a saltar el mostrador. Luego gruñe: —Tabaco y un zippo plateado.

Ella lo comprueba, asiente y se lo entrega.

—De nuevo, señor, lo sient...

—Ahórratelo —escupe él—. Seguro que te echan de todos modos. —Se marcha furioso, sacando ya un cigarrillo.

Guinevere se da la vuelta y se refugia en los brazos de su compañero. Él la abraza y le acaricia el pelo como si fuera un puto héroe.

Me quedo ahí, viéndola desahogarse con su colega, totalmente ajena a mi presencia. Eso me enfurece y me pone a mil al mismo tiempo.

Me quedo cerca. Entro en el salón de baile un par de veces, hablo con empleados y finjo que sigo haciendo contactos. Pero no le quito el ojo de encima ni un momento.

Cuando veo que se despide de sus compañeros con un abrazo y coge su abrigo, me escurro entre la gente.


El aire de la noche me golpea la cara al salir. Voy bastante por detrás de ella para que no me vea. Se envuelve en una bufanda que le queda grande para su cuerpo delicado y mete las manos en los bolsillos. Camina rápido para ser tan menuda.

Me quedo entre las sombras, observando.

Pasa de largo el aparcamiento y sigue caminando.

Guinevere, pequeña. No me digas que vas a irte a casa sola a oscuras.

Cruza la calle y acelera el paso.

Una manzana más allá, empieza a rebuscar en su bolso.

Busca las llaves: o estamos cerca de su casa, o sabe que la siguen y busca desesperadamente algo para defenderse.

Pero entonces se detiene ante una casita y abre la puerta. La cierra de un portazo tras ella. Oigo cómo echa la llave.

Me quedo a la sombra de un árbol al otro lado de la calle, vigilando.

Enciende la luz. Se quita la bufanda y el abrigo. Desaparece un segundo y vuelve a aparecer con una manta. Al final, cierra las cortinas.

Buena chica.

Nunca se sabe qué clase de monstruos pueden estar acechando ahí fuera.


Bienvenidos al mundo desquiciado de Asher Blackwell, chicas. Preparaos 🔥⛓️