Víctor: Cómo me acosté con la chica estrella del colegio 1
Hola, Diario, ya sabes que no tengo la costumbre de llevar la cuenta de mis días, pero esto tienes que escucharlo.
Bueno…
Ava es la chica más popular del colegio, con un cuerpo de infarto que la convierte en el objeto de deseo de casi todos los chicos. Es flaquísima, con el pelo largo y rubio platino, ojos azules brillantes y labios rosados y carnosos. Tiene un culo redondo y perfecto, tetas pequeñas y firmes… básicamente, es la típica chica del colegio con la que todos fantasean con follar.
Todo el mundo cree que es una santa, con esa sonrisa amplia, esos ojos de cachorrito y el pelo recogido en coletas, pero algunos sabemos la verdad. Ava es una perra. Le cae mal la gente y, a los que elige, los machaca sin piedad con su grupito de lamebotas. Yo soy uno de esos a los que les tiene manía.
Teníamos que hacer un trabajo en parejas para la clase de Inglés y, por desgracia, me tocó con nadie menos que Ava. Estábamos revisando libros en la biblioteca para encontrar algo sobre el tema que habíamos elegido —bueno, el que ella había elegido—, y por fin dimos con unos cuantos, pero estaban en una sección a la que casi nadie iba.
Ava había sido despiadada desde que entramos a la biblioteca, soltándome insultos tontos y palabras crueles sin parar. Yo había aguantado todo el tiempo, pero mi paciencia estaba llegando al límite con sus comentarios incesantes.
Perdí los estribos. Nunca he sido una persona violenta y me educaron para no pegarle jamás a una mujer, pero ella dijo algo sobre mis padres y, de repente, perdí el control. Le solté un bofetón con todas mis fuerzas.
El golpe la mandó al suelo. Estaba agachada frente a mí cuando la golpeé. Al instante me arrepentí de lo que había hecho y empecé a disculparme, pero ella me miró y la expresión en sus ojos me dejó helado.
No sabía qué emoción era aquella, pero estaba seguro de que en cualquier momento se me iba a echar encima para sacarme los ojos. Yo seguía sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, aturdido por lo que acababa de hacer, cuando Ava se lanzó sobre mí. Intenté retroceder, pero en un segundo ya estaba encima, con una pierna a cada lado de mí y la cara pegada a la mía. Por un momento pensé que me iba a dar un cabezazo, pero ese no era su estilo; no iba a arriesgarse a dañar esa cara tan bonita que tenía.
Me tensé, preparado para que me atacara, pero lo que hizo me dejó de piedra: me besó.
Me quedé paralizado. No sabía qué hacer, pero Ava se apartó del beso y me miró con fuego en los ojos.
—Pégame otra vez —dijo en voz baja, pero con un tono que sonaba a orden.
La miré pensando que estaba loca. Acababa de decirme que le pegara otra vez. Estaba tan confundido que no podía pensar con claridad. Le había dado un bofetón a la chica más popular y querida del colegio, pero en vez de atacarme, me había besado y ahora me pedía que la golpeara de nuevo.
Me quedé un poco ido, pensando en lo que acababa de pasar, pero Ava me devolvió a la realidad cuando se levantó un poco, se subió la falda y la dejó caer a mi alrededor mientras volvía a sentarse sobre mis piernas.
—Pégame otra vez —me gruñó con una ferocidad que me habría hecho pensar que estaba a punto de atacarme, si no fuera porque me estaba pidiendo que la golpeara. Estaba distraído, dividido entre lo que me habían enseñado —que nunca debía pegarle a una mujer— y el odio que sentía por ella, sumado a que prácticamente me estaba rogando que lo hiciera.
Estaba distraído porque, por un lado, me habían educado para no pegarle a una mujer, pero por otro, quería golpearla en venganza por todo el acoso que me había hecho pasar. Además, estaba claro que ella quería que lo hiciera. Me quedé como en un sueño, imaginando que le pegaba y soltaba toda la rabia y el odio que sentía por ella.
—Pégame de una puta vez, pedazo de mierda —me escupió con saña, dejando de lado su imagen de inocencia para parecer más bien una fiera.
Le solté un golpe sin pensar, solo queriendo descargar toda la rabia que llevaba acumulada por cómo me había tratado todo este tiempo. El bofetón la tiró hacia atrás, y al instante me sentí fatal por haberle hecho daño.
Pensé en disculparme, pero mis palabras se cortaron cuando la escuché gemir. No era el gemido de alguien que sufre, sino más bien de placer. Aunque su cuerpo se había echado hacia atrás, seguía sentada sobre mis piernas, y con la forma en que se había movido la falda antes, de repente me di cuenta de que eran sus piernas desnudas y sus bragas las que rozaban mis pantalones.
Ava se incorporó de nuevo, mirándome con una expresión soñadora, y empezó a frotarse lentamente contra mis piernas. Como no tenía experiencia con el sexo, al principio no me di cuenta de que la humedad que sentía en los pantalones venía de su coño.
Ava siguió frotándose contra mí mientras gemía de placer, echándose hacia atrás para presionar con más fuerza.
—Pégame otra vez —me ordenó. Esta vez no lo pensé dos veces antes de abofetearla. Ella sacaba algún tipo de placer del dolor, y eso me permitía soltar toda la rabia y el odio que sentía por ella.
Le di un bofetón fuerte que la echó hacia atrás, pero se recuperó rápido, se incorporó y volvió a frotarse contra mí mientras sus labios buscaban los míos. El beso era confuso, lleno de rabia, como todo lo que estaba pasando. Me besó con tanta intensidad que, por un momento, olvidé dónde estábamos y lo que estaba ocurriendo.
Ava dejó de besarme y acercó su boca a mi oído.
—Quiero que me hagas daño —me susurró—. Quiero que me abofetees, que me golpees, que me ahogues, que me muerdas… cualquier cosa que me duela. —Me besó el cuello con suavidad y volvió a susurrarme—: Y no pares hasta que me corra.