Un Torbellino Pequeñito
Un Torbellino Pequeñito
Había pasado apenas un par de meses desde que Severus Snape, contra toda lógica y costumbre, rescató a Harry Potter de su espantosa vida con los Dursley. El niño, de apenas un año de edad, estaba en un estado tan lamentable que a Snape no le quedó más remedio que intervenir.
Pero no podía llevarlo a Hogwarts, ni confiarlo al Ministerio.
Así que, con muy pocas opciones, pidió ayuda a Lucius Malfoy.
Lucius, que criaba solo a su hijo Draco, también de un año, aceptó, aunque no sin mostrar su molestia. Desde que Narcissa Black desapareció misteriosamente, la Mansión Malfoy se había convertido en un lugar de silenciosa frialdad, sólo roto por los vagos balbuceos de Draco.
Y entonces llegó Harry.
Y la calma de la mansión se fue al infierno.
—¡Harry James Potter! —se oyó rugir la voz de Lucius en el corredor principal.
El pequeño, con su cabello negro tan rebelde como siempre y sus enormes ojos verdes brillando de picardía infantil, gateaba a toda velocidad sobre las losas de mármol, cargando consigo una cortina de terciopelo que había arrancado en su travesura.
Detrás de él, un tambaleante Draco Malfoy, vestido impecablemente con mini túnicas verdes, intentaba seguirlo, riéndose a carcajadas.
Lucius llegó justo a tiempo para ver cómo Harry, con un chillido de emoción, lanzaba la cortina por los aires... y tumbaba un busto antiguo de un antepasado Malfoy.
—¡NO! —exclamó Lucius, apresurándose a evitar el desastre, pero sólo consiguiendo que el busto se inclinara aún más dramáticamente antes de caer con un “¡PLOF!” amortiguado en el tapiz.
Snape apareció entonces, su capa ondeando tras él como si lo siguiera una tormenta.
—¿Qué han hecho ahora? —preguntó, su voz llena de una paciencia peligrosamente fina.
Lucius apretó los dientes.
—¡El pequeño salvaje ha destruido una reliquia familiar!
Mientras tanto, Harry, sin el menor remordimiento, se aferraba a una pata del pantalón de Snape, mirándolo con adoración, y balbuceando algo ininteligible que sonaba sospechosamente como “¡pofi!” (posiblemente “¡Snape!” en idioma bebé).
Draco, siempre imitador, se tambaleó hacia Snape también, y terminó abrazando la otra pierna del pocionista.
Snape miró hacia abajo, observando a los dos bebés aferrados a él como si fuera su único refugio. Suspiró largamente.
—Lucius... recuerda: son solo bebés.
Lucius, frotándose la sien, replicó entre dientes:
—Son agentes del caos.
Harry soltó una risita y, sin pensarlo, agitó sus manitas en el aire. Un pequeño destello de magia accidental hizo que la capa de Snape se llenara de motas plateadas como si estuviera nevando sobre él.
Draco aplaudió, encantado, mientras Lucius soltaba un gruñido gutural.
Snape, resignado, recogió al pequeño Harry en brazos —que inmediatamente comenzó a jugar con una hebra de su cabello— y miró a Lucius con una ceja alzada.
—Será mejor que te acostumbres, Lucius. Me temo que el verdadero torbellino apenas acaba de comenzar.








