El salto en el tiempo


Suspiré y apagué mi celular. No es que odie Flores y mariposas del gran maestro Sōtatsu; es que es tan perfecto que me da un poco de envidia no haber vivido en ese tiempo y haber aprendido de él o de Kōetsu. En lugar de eso, tengo un maestro que... prefiero no decirlo.
Además de dibujar manga, siempre me ha gustado el arte en general. Desde pequeño me fascinaban las pinturas tradicionales japonesas, por ejemplo: los retratos personales y sobre todo, esos colores difuminados que me hacían sentir en otra época.
A veces me imaginaba a mí mismo pintando así, pero nunca fui muy bueno. Dibujar con lápiz y tableta gráfica era una cosa, pero manejar tinta y pincel... eso era otra historia. Aun así, nunca dejé de intentarlo. De hecho, todavía cargaba conmigo un pequeño kit de pintura que me compré hace años. No lo usaba mucho, pero me gustaba tenerlo cerca, porque sabía que en algún momento, podría pintar algún paisaje. Y gracias a mi “memoria fotografica”, logré pinturas buenas.
Este día lo llevaba conmigo. Había salido de casa con la idea de que la academia de arte me dijera que al fin fui elegido como el mejor estudiante después de tres años de estudio. No era que me sintiera con mucho ánimo —después de todo, mi vida no iba del todo bien—, pero tenía la esperanza de que tal vez estudiar pintura podría ayudarme a salir de mi estancamiento.
Desde que mi exnovio, Kenta, me había engañado, todo me parecía un poco gris. Estuvimos juntos tres años y yo realmente pensaba que lo nuestro iba en serio. Pero un día, lo encontré con otro tipo en la entrada de mi propio departamento. Y sí, dijo la típica frase de "No es lo que parece", pero... vamos, ¿cuántas veces he dibujado esa escena en mis mangas? Sabía perfectamente lo que significaba. Me largué de allí y no volvió a buscarme.
Desde entonces, me había refugiado en el trabajo y en los medicamentos. Era asistente de un mangaka famoso, pero lo único que hacía eran fondos y detalles que nadie notaba. Mi propio manga estaba atascado porque el editor decía que “no era lo suficientemente impactante”. Y para colmo, algunos amigos también se alejaron cuando salí del clóset, como si ser gay fuera una enfermedad contagiosa.
Aquello solo empeoró mi estado de salud, haciendo que siempre tuviese que cargar mis medicinas, incluso, antibióticos por si algún día lo necesito; sin embargo, supongo que hoy será el último día, porque ya no pretendo llevar conmigo esta mochila del infierno.
Es la misma que me regaló Kenta en nuestro último aniversario… pero es que es el último grito de la moda entre los jóvenes, y no existe estudiante que no lleve esta mochila.
Suspiré mientras caminaba por las calles de Kioto, sin muchas ganas de ir a la academia de arte, porque no quería descubrir que como siempre, eligieron presentar la pintura de Aren. Y es que el desgraciado siempre pinta como si fuera un prodigio. Aunque he tratado de igualarlo, siempre termino haciendo todo mal.
Fue entonces cuando, mis pasos me llevaron a un pequeño callejón en donde había una vieja tienda de antigüedades de nombre: Kuroda.
Había pasado por allí cientos de veces, pero nunca me había detenido; sin embargo, este día había algo distinto. ¿Será porque hoy es el eclipse? Casi todo el mundo está preparándose con sus lentes especiales. Yo solo los esquivé, ya que no me interesa.
—¡Bienvenido! Al fin llegas, Akihito.
Había dicho mi nombre. ¿Cómo sabía mi nombre? Enseguida noté como señaló mi gafete de la empresa en mi pecho, y suspiré. Por un momento creí que adivinó mi nombre, ya que jamás dejó de mirarme a los ojos.
—Ha pasado un tiempo, ¿no? Pensé que jamás llegarías —dijo el señor—. Y llegas justo cuando es el eclipse. ¡Date prisa, es en pocos minutos!
—¿De qué está hablando?
—Quizás no me recuerdes, pero yo a ti sí. Me habías pedido algo para el día del eclipse y finalmente lo tengo listo.
Válgame. Seguramente fue aquel día que caminaba borracho hasta los pelos y seguramente me metí aquí a encargar cosas a lo bruto. Ese idiota de Kenta me las pagará.
Si yo hubiese venido en todos mis sentidos, recordaría un lugar así de esplendido. Es maravilloso. Tiene demasiadas pinturas realistas y otras del estilo antiguo.
Primero, contemplé la imagen de un hombre de rasgos occidentales. Luego, mi vista se deslizó hacia una princesa de refinados ropajes. Se veía como una dama de la época Edo con su postura elegante, pero sus ojos reflejaba tristeza. A su lado, había un hombre que posiblemente sea su padre, un daimyō que tenía un gesto solemne, como si la historia que contaban esas pinturas aún estuviera viva en el lienzo.
Esto es lo que más adoro de las pinturas realistas. Las del estilo barroco, me hacen imaginar como era vivir en ese tiempo, justo cuando estaban creando la obra de arte. Incluso muchas de esas pinturas, muestran a la perfección el tipo de luz que entraba por la ventana.
Continué suspirado hasta que contemplé algo aun más increíble.
Junto a la pintura de la princesa y su padre, había otro cuadro de una mujer asiática de belleza inusual. Su vestido... si no me equivoco, estaba en plena transición a la moda del estilo barroco. En cuanto a su maquillaje, este resaltaba sus facciones delicadas, pero lo que más me llamaba la atención, era su cabello corto. En aquellos tiempos, la feminidad se medía en la longitud del cabello. Una mujer con cabello corto, era como un espécimen raro. Debió ser una guerrera. Aunque me gustaría saber porque estaba vistiendo así, cuando claramente su origen era japonés.
Y finalmente, la imagen que hizo que mi cuerpo reaccionara como nunca antes lo hizo, era de un hombre de mirada intensa, que estaba vestido con una armadura negra decorada con detalles dorados. Sus ojos oscuros parecían atravesar los siglos y clavarse directamente en mí.
Entonces leí el nombre del gran hombre: Masanori.
Inesperadamente, sentí un escalofrío recorrer mi espalda, y entonces, el dueño de la tienda apareció detrás de mí, con una sonrisa de complicidad.
—Has encontrado algo interesante, ¿verdad?
Pero, mi atención estaba toda en aquel daimyō, porque sentía que me incitaba a tocarlo. Quería sentirlo por mi propio tacto. ¿Será que lo toco? ¿Qué podría pasar?
Lo hice, acerqué mi mano al cuadro, mis dedos rozaron el marco de madera antigua, y de pronto, sentí un cosquilleo recorrerme la piel. Fue como si una descarga eléctrica se propagara desde mis yemas hasta cada fibra de mi ser. Pero no hice caso, continúe acariciando el cristal, contemplando el rostro de ese hombre.
Dios... es el hombre más hermoso que he visto en mi vida. Daría lo que fuera por ser su amante.
Por un instante, el aire a mi alrededor pareció espesarse y el cielo se oscureció. De repente... todo se desvaneció en un remolino de colores, siendo solamente yo el que estaba tieso como una estatua; sin embargo, la sensación de vértigo me invadió cuando mi cuerpo entero pareció ser tragado por un abismo sin fin. Luego, una luz cegadora, y finalmente, el suelo bajo mis pies cambió.
El olor a madera quemada y algo aún más penetrante llenó mis pulmones. Abrí los ojos, pero tardé varios segundos en procesar lo que estaba viendo.
Ya no estaba en la tienda de antigüedades. Frente a mí había un camino de tierra que se extendía entre las casas de madera, tiendas con telas ondeando en la entrada, faroles de papel colgados de los aleros, pero no fue eso lo que me tenía más impactado.
—¡Muévete!
Me giré justo a tiempo para ver a un hombre con una vara de bambú empujar a un anciano que había osado quedarse en medio del paso. Vestía una túnica azul oscuro y tenía la cabeza rapada con una cola atrás... Un samurái. Uno fiel a la historia, no como los cosplay de hoy en día.
Pero no podía ser real.
Por alguna razón estaba mojado de pies a cabeza y helado como una paleta de esas que venden en el konbini, pero por suerte, mi mochila está intacta, menos mal, la cubierta es anti-agua. ¡Gracias, desgraciado infiel!
Miré a mi alrededor con desesperación, tratando de encontrar un rastro de modernidad, como por ejemplo, un poste de luz o un letrero de neón, pero lo único que había eran personas vestidas con kimonos, algunas cargando canastos de bambú, otras inclinándose ante figuras imponentes con espadas.
—No puede ser... —susurré.
El pánico me subía por la garganta, porque esto era demasiado perfecto para ser un set de filmación. Caminé hacia donde sea, buscando al director de esta película que será muy famosa por lo que veo; sin embargo, no hay nadie que no vista normal, bueno, excepto yo.
Di tantas vueltas que incluso mi ropa estaba seca y volví al mismo sitio de donde vine: el puente… creo haberlo visto antes, pero, no recuerdo nada; no obstante, un grupo de samuráis, pasó junto a mí y solamente me contemplaron como si yo fuera un borracho.
Caminé con cautela, sintiéndome un intruso en una escena sacada de un sueño. Nadie parecía prestarme demasiada atención, pero sabía que mi ropa moderna no pasaba desapercibida. Llevaba jeans, zapatillas deportivas y una camiseta. En comparación con los kimonos de seda y las hakamas tradicionales, parecía un espectro fuera de lugar. No obstante, el sonido del metal chocando me hizo girar rápidamente. En un patio abierto, rodeado por una cerca de madera, dos hombres entrenaban con espadas de bambú, mientras que otras personas tenían sus propios asuntos.
—¡Hay arroz y miso! ¡Pescado fresco de la bahía! —las voces de los comerciantes me rodeaban.
Una mujer mayor, con un rostro arrugado por el tiempo, me miró con suspicacia antes de volver a sus asuntos. Yo seguí avanzando para entender dónde estaba exactamente. No entiendo muy bien en que parte de Japón estoy. Podría estar en cualquier lugar ahora.
Sin embargo, tras caminar unos minutos mas, contemplé a lo lejos un castillo de múltiples pisos y con techos curvados. Si esto era lo que parecía ser... ¡Estaba en la era Edo!
El impacto de la revelación me dejó paralizado. Quise negar lo obvio, pero cada detalle lo confirmaba. Aquí no había autos, ni edificios modernos, ni nada tecnología. ¡Ni siquiera existía la luz!
Lo que más me tenía aterrado, es que no tenía la menor idea de cómo regresar.
—Tú. ¡Detente!
Pero antes de que pudiera seguir procesando mi situación, un grupo de samuráis apareció de repente. El tiempo pareció detenerse una vez más. Sentí un escalofrío recorrerme la espina dorsal.
¿Qué hago ahora?









Esto me atrapó desde un inicio!!