Principio CAOS:
Aquel suave olor a café se mezclaba con el de las flores provenientes del jardín. El sonido de las ruedas del carrito que llevaba las bebidas calientes y humeantes alegraba a muchos a su paso; la hora más esperada. Los agradecimientos y halagos no se hacían esperar, mientras el día seguía su curso.
Un leve temblor hizo detener a algunos de sus labores, y prestar atención a lo que ocurría. "No fue tan fuerte" dijeron entre risas nerviosas, aunque para otros, parecía ser un presagio de algo malo.
A tan solo dos minutos, la segunda réplica llegó, sacudiendo paredes y techos, ganándose gritos y oraciones de suplica en voz alta. De pronto las alarmas de la ciudad se encendieron, mandando a las personas a evacuar inmediatamente el área.
Los cuerpos chocaban, las cosas caían, las paredes se abrían y el cielo se oscurecía.
— ¡Ayuda! — aquella joven, herida rogaba por no ser dejada. El pesado archivero sobre su pierna desgarraba su piel mientras el suelo la sacudía.
Él, desconcertado y buscando la salida, la vio, al mismo tiempo que veía la salida.
Se encontró de pronto en un dilema: huir y dejarla morir, o volver y tal vez morir con ella al no poder salvarla.
— Maldita sea — se quejó al retroceder. Corrió hacia ella y trató con todas sus fuerzas de levantar el archivero — pesa como un demonio — dijo entre dientes. Las venas en su cuello se remarcaban y el sudor se pintaba brillante sobre ellas.
— Váyase... Señor. No podrá sacarme de aquí a tiempo y la estructura no resistirá mucho más — lloró.
— Haz silencio — la regañó, logrando levantar a penas unos centímetros aquella pieza enorme de acero en tono gris — ¡Arrastrate lejos, rápido!
Ella, con mucho dolor hizo lo pedido, siendo liberada. El techo comenzó a caerse a pedazos, amenazando con aplastarlos — ¡Hay que salir! — con dificultad y trastabillando, la mujer llegó hasta la puerta antes de escuchar un fuerte estruendo que la hizo voltear.
La única salida había sido bloqueada por un enorme muro de concreto, y su salvador no estaba por ningún lado. Desesperada y con lágrimas en los ojos, miró a su alrededor como las personas corrían, autos chocaban y las calles se abrían. Volvió la vista hacia el lugar de donde había salido y gritó — ¡Señor! — ¿Había sido su culpa?
Se acercó, fallando vilmente al intentar quitar los escombros — Niña, tenemos que ir a una zona segura — un bombero la tomó por los hombros — no hay tiempo.
— ¡Él se quedó ahí dentro, volvió por mí y no pudo salir!
— No pudo haber sobrevivido. Cuando todo pase volveremos para buscar, pero ahora debes venir conmigo...
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Dolía... dolía mucho. Por más que aclaraba sus ojos, todo lo que podía ver era oscuridad ¿Dónde estaba? Hurgó en su pantalón hasta conseguir el encendedor y tras varios intentos logró alzar una pequeña llama.
— Mierda... — exhaló. — Estaba vivo. Por suerte, Sus manos tocaron algo áspero y frío. Con un jadeo, reconoció los escombros del techo, las vigas de madera rotas y los trozos de concreto que lo aprisionaban.
El miedo lo congeló por un instante. Pero la sed de sobrevivir, un instinto primario, lo impulsó a seguir luchando. Se movió hacia arriba con sus brazos llenos de dolor, arrastrando su cuerpo hacia la luz. Un destello tenue, un resquicio de esperanza. Se aferró con todas sus fuerzas y con un último empujón, se liberó del peso de los escombros.
Cayó de rodillas y palmas; el polvo se levantó a su alrededor, cubriéndole la piel. Se quedó inmóvil, recuperando el aliento, sintiendo el dolor que se extendía por su anatomía como un fuego lento.
Despacio, levantó el rostro, y al rededor el panorama era desolador. Los edificios tenían sus marcos retorcidos, un testimonio de la furia que había desatado la naturaleza. El cielo, antes un lienzo azul, ahora era un manto gris cargado de cenizas.
En busca de ayuda y respuestas, se dirigió hacia la calle. Cada paso era un esfuerzo, cada movimiento un grito de dolor. A simple vista no había vida. Los cuerpos esparcidos, los autos estrellados ¿Pero por qué había tanto silencio? — ¿Dónde están todos? — preguntó frunciendo el ceño — ¡¿Hola?! — su voz resonó como un eco.
Por tercera vez, y luego de la segunda réplica que se extendió por varios minutos; la tercera llegó. El hombre se lanzó al piso y cubrió su cabeza, temblando y deseando que nada cayera sobre él. Debajo, podía sentir como todo se movía, amenazando con abrir el suelo que lo sostenía y enviarlo al abismo. Pero se detuvo en pocos segundos — ¿Qué demonios está pasando?
Se levantó y miró una última vez hacia atrás, encontrando a pocos metros aquel libro que lo acompañaba en muchas ocasiones, roto y mojado. Sin embargo, lo tomó y siguió su paso.
Caminó sin rumbo fijo, sus piernas le dolían y el cansancio le pesaba. Su mente, un torbellino de pensamientos oscuros, se aferraba a un único rayo de esperanza: encontrar a Bam, su perro, su fiel compañero, su único consuelo en medio de la tragedia.
Con un corazón apesadumbrado, se dirigió hacia su hogar. Se aferraba a la idea de que su casa, aunque dañada, pudiera albergar un pedazo de su antigua vida. Pero al llegar, la imagen que se encontró lo destrozó: todo era un montón de escombros.
Con un grito ahogado, un lamento salió de lo más profundo de su alma — ¡Bam!, ¿dónde estás? — En ese momento, una pequeña sensación en la parte de atrás de su pierna lo sacó de sus pensamientos. Con un movimiento brusco, se volteó y ahí estaba, su Bam, sano y salvo, moviendo su colita — mi bebé — dijo con voz quebrada y rápidamente, bajó a su altura, acarició su pelaje con fuerza y lo besó con amor — gracias por estar aquí, gracias por no dejarme solo. Temía no encontrarte.
Bam, como si comprendiera su dolor, comenzó a jalarle el pantalón. Intrigado, lo siguió sin pensarlo dos veces. Su mascota siempre lo guiaba, siempre lo protegía. Juntos, caminaron por la ciudad desolada hasta llegar a un punto en específico. El perro comenzó a escarbar, a mover la tierra con sus patas. Un movimiento inusual, un comportamiento que le generaba curiosidad.
— ¿Qué pasa? — sintiendo una nube de malos presentimientos, se agachó y comenzó a levantar los escombros.
En ese momento, su corazón dio un vuelco. Allí, bajo la tierra, descubrió una mano, una mano herida, una mano que le gritaba a la vida.
Su corazón latía con fuerza, un martillo golpeando su pecho. La mano del hombre, lastimada y sucia, lo obligaba a recordar su propia fragilidad. Bam, con la mirada fija en el otro, la movía con desesperación.
De pronto, sintió un movimiento entre los restos encontrando a un niño. Se agachó con cuidado, esperando encontrar al pequeño con vida. Pero el niño, lamentablemente, no respiraba. Con la voz rota, se aferró a la mano del hombre que lo llevaba en sus brazos — No te preocupes... No te preocupes...
Aquel, con la voz débil y un gesto de desesperación, solo atinó a asentir. Finalmente logró sacar al hombre de entre los escombros y este se abrazó a él con todas sus fuerzas — Gracias... Gracias por salvarme... Mi nombre es Jin... Ese niño... era mi sobrino... — susurró, lágrimas deslizándose por su rostro.
— Yo soy Jungkook. Este es Bam, quien me guió hasta ustedes... lo siento mucho por tu sobrino — se movió para tratar de ayudarlo.
Jin, tosiendo con fuerza, intentó levantarse — Estoy bien, puedo caminar...
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Tres días habían pasado desde el "apocalipsis". Tres días de desesperación, de silencio y de un miedo que los seguía como una sombra. Habían buscado a otras personas vivas, habían explorado las ruinas con la esperanza de encontrar un refugio, pero solo habían hallado desolación.
La ciudad parecía haberse detenido en el tiempo.
Jungkook, con la mirada perdida, observó el paisaje desolado desde la azotea de un edificio que seguía en pie.
— ¿Dónde están todos? Se supone que cuando ocurren estas cosas, el gobierno ayuda a los heridos, busca a los desaparecidos y tratan de recuperar lo más posible. Pero ahora es como si se los hubiese tragado la tierra... — pasó saliva al ver una calle entera dividida a la mitad.
Jin, todavía débil, se apoyaba en la pared, con la mirada fija en el horizonte — Hay algo raro en todo esto... — lo observó — no tiene sentido que seamos los únicos con vida.
— Tenemos que buscar. Debe haber alguien que sepa lo que está pasando.
— Te sigo...
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En cinco días no habían encontrado a más nadie. Los dos hombres junto al canino buscaron dentro de las casas, en hospitales, en todo lugar imaginable pero no había rastro de nada. Era algo ilógico.
La oscuridad del supermercado se cernía sobre Jungkook, un silencio opaco y pesado como el polvo que cubría los estantes. No había ningún sonido, solo el eco fantasmal de la vida que había desaparecido hace más de una semana. El aire era frío, con un olor a descomposición que le heló la sangre.
Se movió con desconfianza, sus pies crujían sobre el suelo fracturado; era una armadura de nervios, cada fibra de su ser en alerta máxima. Los estantes, antes llenos de colores y vida, ahora eran esqueletos vacíos.
Su instinto lo impulsaba a buscar, a rebuscar entre los restos de lo que quedaba. Tomaba algunas latas, bebidas y cosas de uso personal — Si somos los únicos en este lugar, esto debería estar lleno de comida. Sin embargo, no hay un carajo. Tuvieron que haber saqueado antes — susurró para sí mismo.
De repente, un sonido irrumpió en el silencio como un trueno. Un rugido profundo que se extendió por el supermercado, sacudiendo las repisas y agitando el polvo en el aire.
El pelinegro se congeló, su cuerpo se tensó y sus ojos trataron de buscar el origen de ese ruido aterrador.
A pocos metros de él, en la penumbra de la tienda, una silueta se movía con calma. Un lobezno de pelaje negro, sus ojos dos puntos rojizos que brillaban en la oscuridad. Una espuma blanca salpicaba sus dientes feroces, y su mirada era una mezcla de furia y desprecio.
Jungkook no tuvo tiempo de reaccionar. El animal se lanzó sobre él, viéndolo como un delicioso manjar.
Gritó, mientras corría en la dirección opuesta, buscando refugio entre los estantes destruidos. Pero el lobezno era más rápido, más feroz. Sus garras arañaban el suelo, su cuerpo se movía con una rapidez desconcertante.
Las paredes se cerraban sobre Jeon y el animal lo perseguía sin tregua. Al encontrase atrapado volteó hacia él, el cual se había detenido victorioso — Tranquilo... — susurró como si le pudiera entender. Pero el lobezno gruñó y dio paso para atacarlo.
Y de repente, una flecha, blanca y letal, atravesó su cuerpo... desplomando al animal en el suelo.
Jungkook, con el alma en un puño, levantó la mirada.
A pocos metros, la figura de un hombre se recortaba contra la penumbra del supermercado, su baja estatura resaltada por la chaqueta de cuero que ceñía su esbelto cuerpo. Una mirada de superioridad se posó sobre él con sus ojos como dos esquirlas de hielo. Su cabello, rubio como el sol, caía sobre su frente en una cascada de oro.
¿Quién era?
— Lamentablemente, ese lobo no me servirá para la cena porque está infectado — dijo, su tono irónico resaltaba la crueldad en sus palabras. Cargó nuevamente su arco y le apuntó — ¿Pero qué tal tú? — lo escaneó de pies a cabeza, pasando la punta de su roja lengua por la comisura de sus labios — no pareces estar infectado.
El pelinegro, aturdido, levantó las manos en señal de rendición — No me mates, por favor...
El pequeño soltó una risa fría, como si la muerte fuera un juego para él. Bajó el arco — Ten cuidado, amigo. Algo le está pasando a los animales y a las personas. Deberías al menos tener un arma, por si los lobos — le guiñó el ojo.
Y sin más, se dio la vuelta para irse.
Jungkook, sin poder contenerse, lo siguió. La curiosidad lo impulsaba, el miedo lo atrapaba. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué hacía en medio de la destrucción? ¿Y por qué usaba flechas?
— Espera — lo detuvo — ¿Sabes lo que ocurre? ¿Hay más de nosotros con vida o, al menos eres de por aquí? Estoy junto a mi perro y un amigo, no sabemos a dónde ir. Sería agradable que nos pudieras ayudar.
El rubio lo miró con fastidio — No seré su niñero, ni su cocinero ni su desquite sexual — se peinó el cabello hacia atrás — en este lugar sobrevive el menos débil y ese no soy yo. Toma mi acción reciente como un acuerdo de paz entre nosotros y trata de no cruzarte en mi camino.
Jeon elevó una ceja — ¿No estás siendo grosero? Mientras más nos juntemos será más fácil sobrevivir.
Se rió burlesco — Yo no necesito a nadie para sobrevivir. Puedo hacerlo todo solo.
Ladeó la cabeza — Claro, tú y tu arco al estilo Robin hood. Me parece que... tienes conductas de autosuficiencia. Eres de esos que no aceptan ayuda porque piensan que luego se la van a cobrar — cruzó los brazos.
— ¿Qué demonios eres? ¿Mí psicólogo? — sacó una pistola de su bolsillo y le apuntó — odio cuando me intentan diagnosticar una mierda nueva.
— No soy tu psicólogo porque no me has pagado ni agendado una cita pero, ya que me hiciste un favor al "salvarme" del lobo. Puedo hacerte una consulta gratis y hablar brevemente de tus traumas.
— Vete al diablo — siguió su rumbo.
Jungkook no solo quedó aturdido por ese encuentro, sino también fascinado.
Si ese chico había aparecido de la nada, significaba que había más personas en algún lugar y él descubriría lo que estaba pasando.