Aquel que casi olvido

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Sinopsis

Él fue su primer amor, y luego simplemente se marchó. Años después, él es quien no puede mantenerse alejado. Emily jura que lo ha superado, pero una sola mirada basta para hacer añicos esa ilusión. La tensión aumenta, el aire entre ambos se vuelve peligroso y ninguno de los dos puede —o quiere— detenerlo. Porque hay amores que nunca se desvanecen. Solo esperan. 💚🌶️

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
Alex Tate
Estado:
Completado
Capítulos:
46
Rating
4.9 38 reseñas
Clasificación por edades:
18+

1 | Luz de sol a través del vitral 🔥

EMILY

Estaba a mitad de la limpieza de mi clóset cuando la encontré. Era esa falda azul marino, escondida bajo un montón de suéteres que no me ponía en años.

Me quedé helada, todavía con los dedos sobre la tela.

No era una falda cualquiera.

Era esa falda.

La que solía usar en la preparatoria, cuando pensaba que pasar desapercibida era suficiente.

Es curioso cómo se te quedan grabadas algunas cosas.

Una forma.

Un sentimiento.

Un momento que no sabías que ibas a cargar por el resto de tu vida.

Y así, de repente, regresé a ese lugar.

A esa biblioteca.

Con él.


Sabía que era una tontería. Pero desde que Peter y yo empezamos a vernos en la biblioteca hace dos semanas, me daban ganas de ponerme faldas.

No era algo que solía hacer. No porque no me gustaran, sino porque nunca sentí que fueran conmigo. Como soy menudita y de piernas largas, las faldas siempre me hacían sentir demasiado expuesta, demasiado a la vista. Era como si me metiera en una versión de mí misma que no me pertenecía. Prefería los jeans y los suéteres anchos. Ropa que disimulara mi figura y me permitiera moverme por el mundo sin que nadie me notara. Escondida.

Pero Peter tenía esa forma de ser, tan tranquila y desarmante, que me daban ganas de ser un poco más valiente.

De dejarme ver un poco más.

Por él.

Él nunca decía nada al respecto, ni una sola vez. Pero yo sabía que se daba cuenta. Había algo en su forma de mirarme; su mirada se quedaba un rato, no de forma grosera, sino con atención. Era como si siempre estuviera observando y guardando en su mente cositas que nadie más se detenía a ver.

Nos sentábamos juntos, con la espalda contra la pared fría, en un rincón tranquilo entre los estantes del fondo. La biblioteca se había convertido en nuestro escondite, el único lugar donde teníamos algo de privacidad. Su casa era un escándalo, siempre llena del caos de sus dos hermanas menores y sin espacio suficiente. La mía era todo lo contrario: silenciosa y demasiado tensa. Estaba envuelta en la vigilancia callada de mi madre, que podía adivinar el humor de cualquiera sin siquiera entrar al cuarto.

Aquí, entre el olor a papel y el suave ruido de las hojas al pasar, encontrábamos algo distinto. Una calma. Un respiro. Y una tensión que flotaba en el aire como un cable con electricidad, zumbando bajito entre los dos.

Nuestros hombros se rozaban con cada movimiento. A veces, chocábamos las rodillas. A veces, sus dedos se quedaban un segundo de más contra mi muñeca, como si ninguno de los dos quisiera soltarse. Pero nunca cruzamos la raya.

Hasta ese momento.

Peter estaba sentado a mi lado con su libreta de dibujo sobre las piernas. Tenía los ojos fijos en el mundo que estaba creando. Yo giré la cabeza y lo observé de reojo.

—Se supone que tenemos que analizar el capítulo de Daisy y Gatsby —le recordé con voz ligera, bromeando.

—Es que me caen mal —masculló sin levantar la vista—. Gatsby se las da de mártir y Daisy es simplemente...

Hizo una pausa y me miró con esa chispa de picardía que tanto conocía.

—Demasiado bonita para tener una opinión propia.

Levantó una ceja, claramente provocándome para que le respondiera.

Entorné los ojos, fingiendo que no me afectaba, aunque el corazón me dio un vuelco. —Eso es lo más flojo que he escuchado en todo el día.

Él sonrió. Era esa sonrisa lenta y segura de sí misma que hacía que las niñas se detuvieran en los pasillos. Era la sonrisa de alguien que sabe perfectamente el efecto que causa. No por eso era menos devastadora.

—Tú también eres bonita —dijo como si nada—. Pero a ti no parece darte miedo decir lo que piensas.

Sentí que me ponía roja de inmediato; el calor me subió a las mejillas a toda prisa.

Sin contestar, estiré la mano y le arrebaté la libreta. Estaba agradecida de tener algo que hacer, algo que sostener.

—A ver qué es eso tan interesante, más que Fitzgerald.

Pensé que intentaría detenerme, que haría una broma o que me quitaría la libreta fingiendo que no le importaba tanto. Pero en lugar de eso, se acercó más a mí. En ese pequeño movimiento entendí algo: él quería que lo viera. No solo los trazos en el papel, sino el mundo que había dentro. Era el mundo que estaba construyendo para él solo, con mucho cuidado.

—Mira —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro, como si compartiéramos algo sagrado—. Son puertas. Para un edificio que voy a diseñar algún día.

La libreta tembló un poco en mis manos. ¿Era por su aliento o por el mío? No lo sabía. Solo sentía que tenía en mis manos algo más que papel y lápiz. Se sentía como un secreto.

Las puertas que había dibujado eran sencillas y elegantes, con líneas limpias y mucha armonía. Tenían una belleza que no necesitaba llamar la atención. Puestas en una fachada de piedra, no pedían que las miraras; te invitaban a pasar. Tenían una presencia muy firme pero sin presunciones. Se veían pensadas, no tímidas.

Parecían algo que siempre había existido, pero que todavía no se hacía realidad.

Eran eternas.

Me las quedé viendo más tiempo del que pensaba. La curva del arco. El detalle puesto con tanto cuidado. La estructura parecía respirar y encajar en ese espacio imaginario, como si perteneciera ahí.

No sabía que Peter podía crear algo así. Ni siquiera me lo imaginaba.

Para la mayoría, él era el chico de oro. El atleta seguro de sí mismo, con carisma y una cara que hacía que a las chicas se les cayeran las plumas al verlo pasar. Era el chico que los maestros veían como una obligación; lo admiraban por su disciplina, no por su inteligencia. Nadie esperaba que fuera brillante. Solo esperaban que siguiera ganando.

Pero esto... esto no era para lucirse. No era una actuación.

Era algo totalmente distinto.

Era precisión e imaginación. Era un sueño tan íntimo y privado que el simple hecho de mostrarlo se sentía como una confesión. No estaba dibujando una puerta. Estaba abriendo una.

Mis dedos rozaron apenas la esquina de la página, con miedo de romper el encanto.

—Le falta algo —dije casi en un susurro. No quería romper el silencio, solo quería aportar algo, una observación, no una crítica.

Peter giró un poco la cabeza y me miró con una mezcla de curiosidad y cautela. Parecía no estar seguro de si estaba bromeando o si de verdad había visto algo que a él se le escapó.

—¿Qué le falta?

Dudé, no porque no lo supiera, sino porque no sabía cómo explicarlo.

—Luz —dije después de un momento—. Algo que le dé vida, que lo haga sentir real. Tal vez... —dibujé una curva invisible en el aire sobre el papel— ¿un vitral?

Soltó una risita baja, sonando algo incrédulo. —¿Un vitral?

—No de los viejos —añadí rápido para que no me descartara la idea—. Nada exagerado ni de iglesia. Solo... algo discreto. Tal vez un panel de líneas limpias, como todo lo demás. Dividido en secciones.

Se echó un poco hacia atrás para pensar. Miró el espacio donde yo había imaginado el vidrio.

—¿Y de qué color, "Señorita Arquitecta"? —preguntó con un toque de diversión. Aunque por sus ojos noté que me estaba escuchando de verdad.

Sonreí a pesar de todo. Me dio gusto el apodo y la forma en que lo dijo, como si fuera algo especial.

—Sabes, esta biblioteca... —señalé a nuestro alrededor, hacia las ventanas altas medio tapadas por libros— también tiene vitrales. Seguro no te has dado cuenta porque siempre estás metido en tu libreta.

Negó con la cabeza, algo apenado. —La verdad no.

Me reí bajito. —Están allá arriba, escondidos, pero ahí están. Son de color ámbar, zafiro y un azul muy oscuro. Y cuando el sol pega justo en el clavo... —hice una pausa al recordarlo—. Todo el cuarto brilla. Se siente cálido y tranquilo. Como estar dentro de un sueño.

Volví a mirar su dibujo, pasando el dedo suavemente sobre el lugar donde iría el vitral.

—Creo que las puertas deberían sentirse así —dije más quedito—. Como si algo se estuviera abriendo. Como si algo estuviera por pasar.

No me contestó de inmediato. Solo me miró fijamente. Fue una mirada tan profunda que sentí que el tiempo se detenía. Parecía que estaba guardando mis palabras en un lugar muy hondo, donde no dejaba entrar a cualquiera.

Luego, sin decir nada, volvió al dibujo y pasó sus dedos por donde yo había tocado. Fue un gesto pequeño, pero significó todo.

No tuvo que decir ni una palabra.

Supe que me entendía.

El silencio entre nosotros se hizo más grande, pero no se sentía vacío. Estaba lleno de posibilidades, de conciencia, de algo sin nombre que tomaba forma. Se sentía cómodo, nada pesado ni incómodo. Simplemente estaba ahí.

Era ese tipo de silencio que solo aparece cuando algo apenas comienza.

Después, él se alejó despacio. El momento se desvaneció para volver a un terreno más seguro, pero los dos sabíamos que algo había cambiado.

Y ya no había vuelta atrás.

Peter sacudió un poco la cabeza, como si quisiera quitarse una idea de encima. Esa sonrisa torcida de siempre volvió a sus labios, pero esta vez no le llegó a los ojos.

—Suficiente arte por hoy —dijo más bajo que antes, estirando la mano hacia la libreta que seguía en mi regazo.

Sin pensarlo, la quité de su alcance. Fue un pequeño acto de rebeldía, de juego... o tal vez de algo que no me atrevía a definir.

Él no dudó y se acercó más.

Era más rápido que yo.

Y más fuerte.

Su brazo rozó suavemente mi abdomen. La presión fue ligera pero muy íntima. Pude oler su perfume: cálido, varonil, con un toque a tierra. Era un olor que se quedó flotando entre nosotros y se me metió en el pecho como un recuerdo que no sabía que tenía.

Su cabello castaño le caía desordenado sobre la frente, suavizando su expresión siempre segura. Sus manos, firmes pero con mucho cuidado, agarraron la libreta. Pero sus ojos no estaban ahí.

Tampoco me estaba mirando a la cara.

Me estaba mirando las piernas.

Miraba el borde de mi falda, que se había subido un poco cuando me moví. No apartó la vista. No pidió perdón. Se quedó mirando, con una mirada pesada, enfocada y llena de intención.

—¿Por qué empezaste a usar faldas? —preguntó en voz baja, casi susurrando, como si hablar fuerte fuera a romper lo que estaba pasando.

—Porque hoy hace calor —susurré, tratando de sonar relajada, pero fallé en cuanto solté las palabras.

Él sonrió con lentitud. Era la sonrisa de alguien que sabe que le están abriendo la puerta, aunque sea solo un poquito.

—Es cierto —aceptó suavemente.

Y entonces, sin dejar de mirarme a los ojos, estiró la mano hacia el borde de mi falda. Sus dedos rozaron la tela ligeramente, jugando con ella con un cuidado casi sagrado, como si la estuviera conociendo con las manos.

Luego, tocó mi piel.

El calor de su mano en mi muslo hizo que se me cortara la respiración. Fue como un chispazo que me recorrió entera, fuerte y brillante, imposible de ignorar. Todo mi cuerpo se quedó quieto; no me atrevía a moverme, por miedo a que el momento desapareciera.

Y entonces, casi por instinto, me acomodé.

Abrí las piernas.

No fue mucho.

Solo un poco.

Pero fue suficiente.

Él lo vio.