Nombramiento
—Respira, respita— la hermosa joven cerró sus ojos y trato de controlar sus nervios, era normal sentirse así en una noche tan especial, hoy sería presentada ante la sociedad como la futura hechicera de la familia real.
—Lady Ayleen, es hora— le dijo un joven sirviente mientras se inclinaba hacia un lado, dejando libre el paso a la puerta que conduce al gran salón de ceremonias. El Palacio de Cristal resplandecía bajo la luz azulada de las lunas gemelas. Las torres flotaban como suspendidas por hilos invisibles, y los vitrales reflejaban destellos de dorado del color del fuego abrazador.
Se detuvo ante la gran puerta jade que tenía bordes dorados y le daban la apariencia de una gran hoja que deja ver el paso de su líquido vital que es bañado por los rayos del sol. Al otro lado sólo se escuchaban voces y risas que ella no alcanzaba a enter.
Sonaron las trompetas reales y las voces cesaron. El vocero real anunció —¡Les presento a Lady Ayleen Éria, descendiente del honorable linaje de la Bruma Pura!
En ese momento se abrió la puerta como si la hoja se hubiera partido por la mitad, dejando ver un salón lleno de las hombres y mujeres distinguidos de la sociedad de Selenya.
Ayleen emprendió su caminata por la alfombra carmesí con la gracia de quien ha ensayado cada paso desde la cuna. Su vestido, estaba tejido con hilos de luz encantada, se adaptaba a cada uno de sus movimientos, reflejando símbolos arcanos de su linaje.
Al final de ése camino la esperaba el gran consejo, hizo una reverencia, ellos aceptaron su gesto y respondieron inclinando la cabeza; el consejo dio un paso al frente y la joven se giró hacia la audiencia.
—Ante ustedes la próxima Hechicera Real —anunció la Voz del Consejo, un eco grave que resonaba en todo el salón y en su alma.
Las damas aplaudieron, los magos inclinaron sus báculos, y sus padres sonrieron con orgullo. Pero su el pecho, algo titilaba con desconfianza. Una sensación. Como si hubiera una grieta en su impecable fachada.
Desde niña, le habían enseñado que la pureza mágica era virtud. Que mezclarse con otros linajes debilitaba el poder. Que el desorden era peligroso. Y, sin embargo, aquella noche, entre los rostros perfectos de la nobleza, sus ojos se cruzaron con los de un desconocido.
Él no vestía ropajes de gala. Su ropa era oscura y con las botas cubiertas de polvo. Pero lo más insolente era su mirada: desafiante, intensa, como si la atravesara.
—¿Quién es ese? —susurró Ayleen a su mentora, Lady Mirien, quién se había acercado a felicitarle.
La mujer giró su cabeza hacia el único lugar de la habitación donde se notaba que algo no encajaba y contestó casi sin mover los labios —Un error que no debería estar aquí —
El corazón de Ayleen latió con fuerza. Por un instante, no fue la sucesora de la hechicera real, ni la perfecta hija de la Bruma Pura. Solo fue una muchacha, de dieciocho años, atrapada en un palacio lleno de espejismos.
La ceremonia continuó. Los Juramentos se pronunciaron y las promesas se sellaron con el fuego azul. Pero Ayleen apenas si podía escuchar. Algo en ella comenzaba a despertar, un sentimiento que no podía describir, ¿acaso sería miedo? ¿duda?, lo único certero era que no podía dejar ese ligero temblor que sacudía su ser.
Cuando las antorchas titilaron, vio de nuevo al desconocido. Esta vez, sonreía de lado, con una expresión que parecía decirle: “Tú no sabes nada”.
Y Ayleen supo, en lo más profundo, que aquella noche no sería el inicio de su proclamación… sino el principio de su caída.
O de su liberación.