Eres feliz

Desde afuera, mi infancia parecía normal.
Juguetes, meriendas, dibujos animados, y un par de abrazos falsos que sabían a mentira.
La normalidad es frágil. A veces se rompe muy pronto.
Yo tenía tres años cuando algo dentro de mí empezó a cambiar. No sabía por qué, solo que me sentía rara cuando estaba cerca de cierta persona. No entendía qué estaba mal, pero mi cuerpo sí. A veces temblaba, a veces se quedaba quieto como una piedra.
Crecí sabiendo que no debía hablar.
No porque alguien me lo gritara, sino porque el silencio se fue pegando a mí como una segunda piel. Me decían que si algo malo pasaba, yo tenía que contarlo. Pero nadie me explicó qué era “malo”. Nadie me preparó para lo que no se dice en voz alta.
Tenía seis años cuando mi mamá conoció a james . Nos mudamos. Cambiamos de casa, de rutina, de reglas.
El lugar era diferente.
Él era diferente.
Y aunque yo decía que era feliz, en el fondo, no lo estaba. Sentía que flotaba en una casa donde no terminaba de pertenecer. Todo el mundo me preguntaba:
— ¿Eres feliz arima ?
Y yo respondía que sí.
Porque ¿cómo iba a explicar todo lo que no sabía cómo nombrar?
Una vez, en una conversación casual antes de irme a vivir con el actual esposo de mi madre , me dijeron:
— Si alguna vez alguien te hace algo malo, dilo sin miedo.
Y fue en ese momento, solo en ese momento, que mi voz salió:
— Ah, sí… tal persona me lo hace todos los días.
Como si fuera lo más normal.
Como si no estuviera desarmándome por dentro.
Y entonces entendí que esa normalidad que todos me pintaban…
nunca había sido real.