Primer baile
«¿Bailas conmigo?»
Esa pregunta, tan inocente, no parece gran cosa. Es inofensiva.
O eso pensaba yo cuando acepté bailar con él.
No tenía ni idea de a dónde me llevaría ese baile. De cómo una sola pieza podía cambiar el rumbo de mi vida para siempre.
Era el hijo de uno de los viejos amigos de mi padre. Habíamos pasado tiempo juntos cuando yo era niña y me enamoré locamente de él. Pero me llevaba catorce años, y a medida que crecíamos, nos veíamos menos.
Cada vez que coincidíamos, estábamos en etapas muy distintas. Cuando yo estaba en la secundaria, él estaba en la universidad. Al empezar el bachillerato, él ya había comenzado su carrera. Para cuando me gradué de la universidad, no lo había visto desde que terminé la escuela. Viajó solo para verme recibir el diploma. Y apenas unos meses antes de eso, su propio padre había fallecido.
Cuando por fin volvimos a vernos, era evidente que las cosas entre nosotros habían cambiado. Yo simplemente no me daba cuenta de cuáles eran esos cambios, ni de cuándo habían ocurrido realmente.
Resulta que no me enteraba de nada de lo que pasaba con él. Pero eso no duraría mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo tendremos que estar aquí esta vez? —pregunta Dave. Se ve tan molesto como siempre que tenemos que aparecer en un evento de mi padre.
—Poco tiempo. Le dije a mi padre que teníamos planes mañana y que debíamos madrugar. Estaremos en casa y en la cama antes de que te des cuenta —respondo mirándolo. Por mucho que a él le pese, me encanta verlo así de elegante con su traje de tres piezas. Usa traje a diario para trabajar, pero en noches como esta es diferente. Lleva el pelo con gel hacia atrás y la pajarita le cambia el look por completo. Si tan solo sonriera, se vería mucho mejor.
Entramos al salón principal, que está lleno de ricos estirados. Todos están aquí para hacer contactos. Donan unos cuantos dólares a la caridad para sentirse mejor consigo mismos.
Mi padre también organiza estos grandes eventos benéficos por la buena publicidad. Es un abogado de mucho prestigio que se presentó a alcalde por capricho y ganó.
Venir a estos eventos también me beneficia. Seguí los pasos de mi padre y me hice abogada. Ser abogada defensora no es el camino más fácil, pero me encantan los retos que conlleva. Recuerdo que veía programas de crímenes en la tele y pensaba: «Quiero ser yo quien demuestre la inocencia de la gente».
—Me voy a la barra —dice Dave al ver que mi padre se acerca hacia nosotros.
—Vale —respondo decepcionada. No entiendo por qué no puede fingir una sonrisa un par de horas. Dios sabe que yo lo hago cada vez que tengo que ver a su madre.
—Nicoletta. Estás preciosa, como siempre —dice mi padre. Me sonríe con orgullo y me da un fuerte abrazo de oso. —¿Dave está en la barra? —pregunta al soltarme.
Asiento con la cabeza y me agarro de su brazo mientras me guía hacia el centro del salón.
—Ya sabes que sí. Ni siquiera deberías preguntarlo. —Sonrío y saludo con la cabeza a caras conocidas mientras caminamos.
—No sé por qué no lo dejas en casa. O por qué no lo dejas a él de una vez.
—¡Papá! —le susurro regañándolo.
—Lo siento, bichito. Solo esperaré a que la cosa se apague sola, porque sé que pasará —dice encogiéndose de hombros.
—¡Oye! Quizás si fueras más amable con él, no vendría tan gruñón a estas cosas. —Lo miro a los ojos unos segundos antes de que ambos soltemos la carcajada. —No he podido aguantar la risa —añado mientras escucho a mi padre reír entre dientes.
—¿Cómo va el trabajo? ¿Algún caso interesante? —pregunta inclinando la cabeza, como si fuera a contarle algo.
—Sabes que no puedo decirte nada.
—Había que intentarlo.
Sonrío y le doy un golpecito en el brazo.
—¡Ah! ¿A que no adivinas quién está aquí? —pregunta con una gran sonrisa.
La verdad es que no se me ocurre nadie que me sorprenda ver, así que me encojo de hombros.
—Ni idea. ¿Quién?
—¿Nicky? —pregunta una voz extrañamente familiar. Pero solo una persona me llamaba así.
—¿Robbie? —pregunto dándome la vuelta. —¿Robbie Marino? —Mis ojos se abren de par en par al ver a un hombre alto y en forma, de pelo oscuro y ojos azules. Su traje gris de tres piezas y la camisa negra le quedan perfectos. Su mandíbula marcada y el hoyuelo en la barbilla lo delatan enseguida. Sigue siendo tan guapo como lo recordaba de hace años. —¿Qué haces aquí? Pensé que no volverías nunca a Nueva York —le pregunto ladeando la cabeza. Me empiezan a doler las mejillas de tanto sonreír.
Él se ríe, baja la cabeza y me mira de nuevo a través de las pestañas.
—¿Debería irme entonces? —arquea una ceja.
Niego con la cabeza y me acerco rápido a darle un abrazo.
—¡No! ¡Claro que no! —Me rodea con fuerza con sus brazos. Pone la mano plana en mi espalda y me sujeta más tiempo de lo esperado. —Solo recuerdo que dijiste que probablemente nunca volverías —le explico separándome para mirarlo. Me da un beso en la mejilla antes de soltarme.
—Bueno, he vuelto para quedarme. Tengo algunos negocios que cerrar aquí y luego me retiraré. Aún tengo el ático de mi padre en la ciudad, así que me quedaré allí. En cuanto esté listo, claro.
—¿Y dónde te quedas hasta entonces, hijo? —pregunta mi padre. Casi me olvido de que seguía ahí parado.
—Tengo una habitación en el Plaza por unos días —responde Robbie, pasando un brazo por mi espalda. Su mano descansa en mi cadera. Curiosamente, se siente natural.
—Ni hablar. Nicoletta, tienes una habitación de invitados en tu casa. Robert, puedes quedarte con ella —ofrece mi padre.
Tengo mi propia casa, sí. Lo que pasa es que ya no paso mucho tiempo allí. Me paso casi toda la semana en casa de Dave.
Llevamos juntos ocho meses y pensé que, si no podíamos vivir juntos mientras salíamos, nunca llegaríamos a casarnos. Pero mi padre no sabe nada de eso.
—Oh, no, no quisiera molestar —dice Robbie haciéndole un gesto a mi padre.
—No seas tonto. No es ninguna molestia, ¿verdad? —Mi padre me mira levantando una ceja.
—No, en absoluto. Te daré la dirección. Puedes recoger tus cosas del hotel y venirte esta misma noche.
—¿Qué está pasando aquí? —Dave se acerca con el ceño fruncido y una copa de champán en la mano. Una sola copa, para él. Gracias, Dave.
—Dave, este es Robert. Su difunto padre y yo éramos grandes amigos. Acaba de volver a la ciudad. Le he dicho que puede quedarse con Nicoletta mientras preparan su ático —miro de mi padre a Dave, esperando que explote. Dave mira a Robbie, analizándolo de arriba abajo antes de tenderle la mano.
—Mucho gusto, Robert. Soy Dave. El novio de Nicoletta.
Robbie le estrecha la mano con la que tiene libre, sin quitar la otra de mi cadera.
—Igualmente. Eres un hombre con suerte —responde Robbie apretando ligeramente mi cadera. El gesto me llama la atención. Robbie me guiña un ojo cuando nuestras miradas se cruzan.
—Gracias. ¿Puedo robarte a Nicoletta un minuto? —pregunta Dave, tomándome de la mano.
Abro la boca para protestar, pero ya me está arrastrando lejos de allí.
—¿Cuál es el problema? Dave, para —le pido tirando de su mano para que se detenga.
—¿Vas a dejar que un tipo se quede en tu habitación de invitados? ¿Y se supone que me debe parecer bien?
—Es solo por un par de días. Además, casi todas las noches las paso en tu casa. Iré a la mía hasta que él llegue con sus maletas y luego me iré a dormir contigo.
—Ni te molestes. Para entonces ya estaré dormido.
—¿En serio te vas a enfadar porque un amigo de mi padre se quede en mi cuarto de invitados? Me lleva como quince años. Me conoce desde que iba a primaria. No hay nada raro en esto —intento explicarle para que se calme.
Él suspira y baja la cabeza.
—Nicoletta, me voy a casa. Haz lo que quieras. Ven o no vengas. Da igual, yo me voy a la cama. —Dave se acerca y me besa en los labios.
—Te quiero —le susurro mirándolo a los ojos.
—Ajá —es todo lo que dice antes de darse la vuelta e irse.
Me quedo allí parada, viendo cómo se aleja hasta que desaparece entre la multitud.
No era así como imaginaba que terminaría la noche. Se está portando de forma ridícula al irse así. Por no hablar de lo maleducado que ha sido con mi padre y con Robbie. Sobre todo con Robbie. ¿Cómo vas a ponerte a medirte con alguien nada más conocerlo?
Pienso en ir tras él, pero como se ha ido sin mirar atrás, decido no hacerlo. En su lugar, me dirijo a la barra a pedir un whisky.
Doy el primer sorbo esperando que el ardor me distraiga de la decepción que siento.
Siempre supe que Dave era un poco egoísta. Ha sido así desde que nos conocimos, pero siempre lo compensaba con algún detalle dulce. Sin embargo, últimamente ya no es así. Solo espera que renuncie a todo y a todos los que formaban parte de mi vida antes de conocerlo. Cada vez que quiero ver a mis amigos o a mi familia, se pone hecho una fiera como un niño pequeño. Pero cuando estamos solos, todo es maravilloso. Es cariñoso y atento.
Mientras miro el fondo de mi copa perdida en mis pensamientos, no me doy cuenta de que Robbie está a mi lado.
—¿Bailas conmigo? —me susurra al oído.
Me sobresalto un poco al salir de mi ensimismamiento y miro su cara tan atractiva.
Sin decir palabra, me toma de la mano para llevarme a la pista de baile.
Empieza a sonar «All the ways» de Meghan Trainor mientras Rob me rodea con sus brazos para guiarme en el baile. Esta canción encaja perfectamente con cómo me siento ahora mismo.
Pero la sonrisa de él y el ritmo de la música me obligan a sonreír a mí también.
Cuando empieza el estribillo, nos detiene y movemos las caderas bajando y subiendo.
No puedo evitar reír con él mientras me hace dar vueltas por la pista. Disfruto de la música y de su compañía.
Al terminar la canción, el ritmo cambia a uno lento. Suelto su mano, pero él mantiene su brazo en mi espalda.
—Todavía no he terminado de bailar —dice acercándome más a él.
—No me voy a quejar. Nunca consigo bailar en estos eventos —le digo sonriendo.
—¿Estás bien? Parecía que la cosa estaba un poco tensa —pregunta él. Ya no sonríe y tiene el ceño fruncido.
—Sí, estoy bien. Es solo que no le gusta que un extraño se quede en mi casa.
Él echa la cabeza hacia atrás y niega con la cabeza.
—No soy un extraño. Me conoces de toda la vida.
Me encojo de hombros, entiendo perfectamente lo que quiere decir.
—Intenté decírselo. Pero siendo sinceros, no nos conocemos de verdad. Sabemos quién es el otro, pero nunca fuimos cercanos. Yo siempre era demasiado pequeña —afirmo frunciendo las cejas.
Rob mira hacia otro lado un momento, como si estuviera pensando en mi comentario, y luego vuelve a mirarme.
—Pues tendremos que cambiar eso. Ya no eres una niña. No es como cuando yo salía de la universidad y tú de la secundaria. Ahora ambos somos adultos. Ahora tendremos cosas de qué hablar. —La comisura de su boca se eleva en una media sonrisa, enseñando un hoyuelo.
A mí me gustaría conocerlo mejor. Aunque eso a Dave no le va a dar igual. Sonrío y bajo la mirada entre nosotros.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que seamos amigos? —pregunta con tono de decepción.
—Claro que sí. Me encantaría. Pero eso no cambiará nada con Dave. No le gusta ninguno de mis amigos. No sé por qué. Creo que no le gusta compartir mi atención con nadie más.
—Mmm —murmura él. —Bueno, pues una pena por él, porque yo te conozco desde hace más tiempo y no pienso irme a ninguna parte. —Suelto una risita al oírlo y él vuelve a sonreír, esta vez mostrando los dos hoyuelos.
Lo miro fascinada. ¿Cómo puede ser legal ser tan dulce y tan rematadamente guapo al mismo tiempo?
—¿Qué? —pregunta aguantándose la risa.
Sonrío más todavía mientras siento que me pongo roja y bajo la vista intentando ocultarlo. Con el lado de su dedo índice bajo mi barbilla, me levanta la cara, obligándome a mirarlo.
—Dímelo —dice con voz suave.
—Estaba diciendo tonterías, de verdad. No es nada.
Él niega con la cabeza apretando los labios.
—Nadie se queda mirando así y se sonroja por «nada».
—Vas a pensar mal de mí.
—Te prometo que nunca podría pensar nada malo de ti, cielo. —Su sonrisa burlona se vuelve seria y su cara parece flotar justo encima de la mía.
Niego con la cabeza y miro hacia abajo un momento para cobrar valor antes de volver a clavar la vista en sus ojos azules.
—Me preguntaba cómo es posible que alguien tan guapo como tú sea también tan dulce. Eso no suele pasar. Eres como un unicornio.
Él se pone rojo mientras una sonrisa crece en sus labios. Niega con la cabeza y me besa la frente.
—No siempre lo fui. Te lo prometo. Sigo sin serlo. Solo con la gente que me importa.
Cuando la canción termina, me sigue sujetando la mano mientras salimos de la pista. Al acercarse a mi padre, entrelaza nuestras manos y parece ocultarlas detrás de mí, en la parte baja de mi espalda.
Le agradezco que me salve de pasar vergüenza después de que Dave se fuera de esa manera. Le sonrío en señal de agradecimiento y él me guiña un ojo. Presiento que seremos grandes amigos.
Si tan solo hubiera sabido que las cosas no irían por ahí. Podría habernos ahorrado mucho tiempo a los dos, y a mí unas cuantas lágrimas.
Punto de vista de Robert
Mientras la veo alejarse con ese idiota, por fin puedo respirar hondo de nuevo.
En cuanto se dio la vuelta con esos ojazos abiertos, me dejó sin aliento. Ni siquiera estoy seguro de cómo pude hablarle. Oír su voz, sentir su piel y oler su perfume fue demasiado para mis sentidos. La verdad es que me aferré a ella solo para no perder el suelo.
—Sigue enamorada de ti, ¿sabes? Se le nota. —Patrick está a mi lado, mirando hacia Nicky y su novio.
—Eso esperaba, pero parece que los dos nos equivocamos. —Niego con la cabeza mientras me giro para mirar a Patrick. Él se ríe y me da una palmada en la espalda.
—No, muchacho. Ese hombre no durará nada ahora que has vuelto. Tengo el presentimiento de que solo se quedó con él porque pensaba que tú no volverías nunca.
Vuelvo a mirar hacia donde está ella. Dave le dice algo que hace que se le caigan los hombros.
—Nunca dejé de amarla, Patrick. Si te soy sincero, ojalá nunca te hubiera hecho caso y se lo hubiera dicho entonces. Podría haber venido conmigo a Chicago y haber estudiado allí. Al menos así no habría tenido que aguantar a capullos como ese.
—Tal vez. O tal vez no habría estudiado nada. Quizás habrías terminado con ella porque en ese entonces era demasiado inmadura.
Miro a Patrick pensando que no tiene ni idea de quién es su hija, ni de lo mucho que significa para mí.
—No sirve de nada discutir por eso ahora, Patrick. Pero tengo la intención de pedirle que se case conmigo.
—Bien. —Me da otra palmada en la espalda. —Por fin podré dormir tranquilo sabiendo que mi hija está en buenas manos. Tienes mi bendición. Pero eso ya lo sabías. —Me guiña un ojo mientras se aleja. Vuelvo a centrar mi atención en Nicky y veo que ya no está donde antes. Miro a mi alrededor y no tardo en encontrarla en la barra. Sola.
Allá voy.