Bonus
Me estiro en la cama — “Qué delicia de mañana”, me digo —. Estiro los brazos, las piernas y doy un gran bostezo. Me rasco la cara y me doy la vuelta, para encontrarme con el reloj parpadeando.
— ¡No puede ser! — me siento de golpe en la cama. Busco mi celular y veo la hora.
— ¡Maldita sea! — grité. Eran las siete de la mañana y ya iba tarde. Me levanté de la cama, pero caí de bruces en el piso, las sábanas se me enredaron. Me río sola, pero lucho con ellas y me pongo de pie. Me meto en la ducha, abro la llave y, para mi sorpresa, ya no hay agua caliente. Pero es lo que me pasa por levantarme tarde. Me sumerjo en el agua helada y de inmediato se me espanta el sueño que me quedaba.
Corro por mi apartamento buscando qué ponerme. No había lavado la ropa sucia, así que para la oficina no tenía mucho de dónde elegir. Me pongo una camisa de seda gris de manga larga y unos pantalones negros, bastante ajustados. Me miro al espejo, solo por un momento. Dejo mi cabello suelto, no hay mucho que hacer, mis rizos están rebeldes, así que mejor no luchar con ellos. No tengo tiempo para desperdiciar. Solo tomo el secador y lo paso rápido por mi cabeza, asegurándome de que esté seco. Me maquillo los ojos y me paso brillo por los labios. No necesito más. Me pongo las zapatillas, pues tengo que correr o llegaré aún más tarde de lo que voy.
Tomo mi maletín, meto los papeles del caso que estoy preparando y me lo cuelgo del hombro. Añado la cartera con mi celular, mis gafas y las llaves. ¿Dónde están las llaves? “No otra vez” suelto todo y recorro el apartamento: sala, cocina, cuarto, baño. Muevo almohadas, libros, ropa, y ¡las malditas están encima del calentador! ¿Cómo llegaron ahí? No lo sé.
Otra vez, maletín en el hombro y, en la otra mano, llaves, teléfono y gafas. Camino hacia la puerta, salgo y cierro con llave.
— Buenos días, Ellie — la señora que vive frente a mí me saluda. Es una doñita amable pero chismosa.
— Buenos días, Ingrid — le digo caminando deprisa hacia el ascensor.
— Será mejor que bajes las escaleras, el ascensor no funciona después del apagón.
Dejo escapar una sonrisa forzada. Mi día no puede ir peor. Me dirijo rápidamente hacia las escaleras, las bajo lo más rápido posible, llego al pequeño recibidor del edificio y salgo al exterior. El sol está brillante, comienzo a caminar rápido hacia la estación del tren. A esta hora debe estar a reventar, pero no me queda más remedio. Mi teléfono comienza a sonar.
— Donahue — digo a modo de saludo.
— Ellie, deja lo que estás haciendo y preséntate en la estación de retención a menores, en el precinto 19 — menciona Brinn, una de mis compañeras del trabajo.
— ¿Quién es? — dejo escapar un soplido.
— Un joven. Cruz, Javier. Comienza el protocolo y espera más intrusiones. Travis está trabajando con el tema. No te preocupes, acá me encargo de todo.
— Eres un sol — le digo antes de colgar.
Me detengo y pienso. ¿Cómo puedo llegar más rápido? Sonrío, doy la vuelta y me encamino hacia la cafetería.
La cafetería me queda a unos quince minutos caminando. Es un lugar acogedor y especial. La dueña es mi mejor amiga. Abigail, ella es chef. Ese lugar es su sueño, un sitio en donde se sirva desayuno y almuerzo, en un ambiente relajado y casual. Preparaba unos sándwiches deliciosos que ya eran famosos en Manhattan, además de su repostería, que era conocida por todos. Las personas hacían largas filas solo para comer una de sus delicias. Ese era su verdadero atractivo.
Llego al lugar y, como era de esperarse, está a reventar. Es un local lleno de luz, con hermosas mesas y sillas blancas decoradas con flores amarillas. Hay también una gran vitrina, donde se exhiben los manjares que se venden ahí. En una de las esquinas está la barra de café, con una máquina expreso importada de Francia. Dejo mis cosas cerca de la caja registradora, saludo de lejos a Joel, quien atiende la fila del café. Levanto parte del mostrador y entro directamente a la cocina. Abi está concentrada preparando un pedido. Ella es hermosa. Tiene una cabellera castaña lisa, con un flequillo rectangular. Además, tiene los pómulos altos y los labios carnosos. Siempre dice, “¿Quién necesita ser talla tres?”, cuando ella, con su talla catorce, posee unas curvas de infarto. Es sensual, muy a su estilo, y hace que los hombres la miren al pasar. Pero detrás de toda esa imagen, se encuentra la mujer más dulce y encantadora del mundo. Tiene un corazón enorme.
— Hola, Abi de mi corazón — le digo acercándome a ella y abrazándola desde atrás.
— Hola, cariño, salí temprano. ¿Sentiste el apagón?
— No — le respondo estirando la mano y tomando un croissant. Se me deshace en la boca, está delicioso. Abi me extiende un vaso que tiene en la mano. El aroma del café me hace salivar, me lo tomo en silencio mientras observo cómo mi amiga maneja la cocina.
— ¿Qué haces aquí a esta hora? — me pregunta sacando una bandeja del horno.
Abro y cierro los ojos en señal de súplica y dejo ver una hermosa sonrisa.
— ¿Qué quieres, Ellie?
— ¿Me prestas la camioneta? Necesito ir hasta los bajos y es más rápido si voy conduciendo.
— ¿Estás loca? No sé cómo dices que llegarás más rápido. Ellie, vives en la ciudad más poblada del mundo — me dice ella. Abi odia conducir, solo guarda la camioneta para hacer las entregas que le piden.
— ¡Qué va, Abi! Si eres inteligente, conducir es más rápido.
— Llévatela, hoy no la necesito — la abrazo de nuevo y camino hacia su pequeña oficina. Tomo las llaves de la pared. Cuando regreso, ella me espera con un plato lleno de comida.
— Te vas después de que comas, que te conozco y no vuelves a probar bocado en todo el día.
Me como todo lo que hay en el plato, más fruta y más un muffin que me deja en la mano. Estoy a punto de reventar, pero me comí todo feliz de la vida. Tomo mis cosas, me despido y salgo al callejón detrás de la cafetería. Me monto en la destartalada camioneta y la prendo. Miro los emails que tengo, por si Travis o Brinn me han enviado nuevas noticias, pero no tengo nada. Busco en mi cartera la tarjeta de identificación y me la cuelgo del cuello. La miro un momento y la leo:
“Departamento de Niños y Familia del estado de Nueva York: Ellie Donahue, Trabajadora Social”.
Salgo del callejón y me sumerjo en el tráfico. Busco una de las estaciones de radio que tocan solo éxitos. En una de ellas suena Smooth de Santana. Esa canción me encanta, así que le subo todo el volumen. Comienzo a canturrear la música y mi ánimo empieza a cambiar. Mi cuerpo se mueve solo, la música me transporta a lugares maravillosos o aterradores, dependiendo de la situación.
Canto a todo pulmón y doy golpecitos al volante. El teléfono empieza a sonar y yo alargo la mano para tomarlo. Solo fue un momento, desvié la vista para alcanzar el teléfono. Cuando siento el golpe, mi cabeza se estrella contra el volante de la camioneta. Sale un estruendo del motor y luego se apaga. El cinturón de seguridad me aprieta el pecho. Suelto una maldición y comienzo a soltarme para poder bajar de la camioneta.
Cuando logro salir, veo cómo sale una nube de humo del motor. Camino para ver los daños y no puedo evitar reírme, porque no puedo hacer más. Mi atención se desvía al auto frente a mí, al que golpeé por la parte trasera. Negro, deportivo, el caballo dentro del emblema amarillo me hace tragar hondo. “Ferrari, chocaste con un Ferrari” me digo. Se escucha el sonido del motor, intentan arrancarlo, pero el maldito Ferrari no quiere prender. Del lado del pasajero se baja un hombre. Sonríe y camina hacia el golpe. Me le quedo mirando. Es alto y corpulento. Tiene una actitud traviesa y, cuando se quita las gafas, sus ojos verdes me miran divertidos.
— ¡Déjalo que lo jodas más! — dice sin dejar de reír. Viste un pantalón gris con una camisa azul de cuello en v, marcando sus pectorales. El cabello, no sé, es un enigma. De lejos me pareció que lo tenía rojo, pero cuando se acercó más y lo vi de perfil, era rubio y lo llevaba en una coleta bastante masculina.
— ¡No lo intentes prender más! — vuelve y grita. El hombre repara en mí, y hace lo mismo que yo, ríe. Se da la vuelta y veo una funda de arma en la parte de atrás de su espalda.
El punto exacto en donde mi cabeza se azotó con fuerza al guía de la camioneta me duele. Me llevo la mano allí y los dedos se manchan con mi sangre.
La puerta del conductor se abre y lo primero que veo es un zapato negro brillante, al parecer carísimo, que asoma del interior del Ferrari. Del auto sale un hombre alto, de piel bronceada y facciones perfectas. Tiene un cuerpo bien formado, que se marca a través de la camisa blanca que lleva. La tiene remangada hasta los codos y lo complementa con un pantalón negro impecable. Aunque lleva gafas, noto que está ceñudo. De repente, me siento mareada, la presencia de ese hombre me abruma. Él emana una energía fuerte. No me dice nada, se cruza de brazos y mira la parte destrozada del Ferrari. Lo escucho sonar la lengua, en un claro gesto de molestia. Algo llama mi atención, lleva en la cintura una funda con un arma y al lado tiene una placa.
— Son policías — susurro. No me percato que el rubio/r pelirrojo está a mi lado.
— Detectives, para ser exactos — me dice con una voz relajada. Lo miro asustada y veo que él lleva su placa colgando del pecho. — Detective Max Johnson. ¿Estás bien?
Me pregunta y yo alejo rápidamente la mano de mi frente. Al parecer, la sangre dejó de salir. Una patrulla llega y el tal Max se aleja de mí. Me arreglo la camisa y de ella se cae mi tarjeta del trabajo.
— Ellie Donahue — la voz profunda, fría e impersonal del hombre me hiela la sangre. Tiene una cadencia al hablar de lo más sensual. Pronuncia las palabras en un tono sombrío, desdeñoso.
“Qué perfil más sexy tiene”, pienso. Tiene una mandíbula cuadrada y unos labios carnosos. “Sexy, mega sexy”.
— Trabajadora social, ¿cómo piensas arreglar esto? — me extiende la tarjeta, que tomo con manos temblorosas.
— Te… Tengo seguro — “¿Lo tengo?” pienso y me pongo nerviosa de inmediato.
— Tu simple seguro no cubrirá los daños del auto — me suelta y camina hacia atrás de la camioneta. Me pasa por el lado y su delicioso perfume invade mis fosas nasales. Un hueco se crea en mi pecho. Los nervios se apoderan de mi cuerpo. Veo cómo saca una foto de la placa.
— No me voy a ningún lado, además me haré responsable — le digo, molesta por su falta de confianza. “¿Policías desconfiados?” ¿Policías? Lo miro y luego al auto. Ningún detective o policía puede tener como auto un Ferrari. “Detectives corruptos”. Dejo ver una sonrisa maliciosa. Así que saco mi celular y me acerco lo más que puedo para intentar sacar una foto de la placa del Ferrari.
— Es mío, te lo aseguro — me dice con tono de reproche. Mira su teléfono. — Tu seguro está vencido, ¿qué vas a hacer?
Me fallan las piernas, eso sí me deja en un problema. Pensé que Abi lo tenía al día. Me mareo y casi caigo al piso. Pero sus manos… “Dios, sus enormes manos me están tocando” me atrapan antes. Me aprietan con fuerza en los hombros.
— Tranquila, Ellie — me susurra tan cerca que siento su aliento mentolado calentar la piel de mi rostro. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. — Llegaremos a un acuerdo — una de sus manos acaricia mi frente. La piel de sus dedos se siente fuerte, rasposa. — Sangras. Acto seguido, se quita las gafas y yo dejo de respirar.
Sus ojos color acero me miran, son fríos, distantes, pero profundos. Definitivamente esos ojos complementan ese hermoso rostro. Además, dejan ver que él no es un hombre cualquiera. Su mirada advierte, te avisa, que no debes interferir con él, que no se juega con él. Siento que algo de mi cuerpo se escapa de mí. Pero no siento vacío, siento calor, y eso sí es extraño en mí. No puedo apartar mis ojos de ellos. Sus ojos recorren mi frente y toda mi cara, y se detienen en mis labios. Trago profundo y, en un acto reflejo, me mojo los labios. Él respira profundo, y esa energía que emana, se hace más fuerte.
— ¿Qué pasa? — le pregunta Max.
— Sangra.
— ¡Correa, llama a la ambulancia! — grita el rubio.
Él me toma en brazos y camina conmigo hacia la parte de atrás de la camioneta. Abre la puerta y me sienta en el asiento trasero.
— No hace falta, yo estoy bien — balbuceo. “Qué demonios me pasa.”
— ¿Acaso te pregunté lo que quieres?, ¿verdad que no? Esperaremos a la ambulancia.
Doy un respingo debido a su comentario, enderezo mi espalda de inmediato y lo miro ceñuda. Qué prepotente y amargado. Alejo su mano de mí, que aún estaba en mi cintura, con un movimiento brusco. Me mira y las comisuras de sus labios se levantan, creo que intenta sonreír. Pero no lo logra, debe de hacérsele difícil.
— Ya están de camino — le dice Max. — Tranquila, señorita, no pasa nada. Lo del auto no es nada.
— ¡Cállate, Max! El auto no arranca — le grita. El rubio no le hace caso al grito y me pregunta.
— ¿Cómo te llamas? — Voy a abrir la boca, pero él otro contesta.
— Se llama Ellie. Ahora aléjate de aquí — Max lo mira, se ríe, pero hace lo que le dice y se aleja.
— Puedo hablar, el golpe no me afectó el habla, ¿señor?
Su mano acaricia mi muslo despacio, me mira a los ojos y dice:
— Soy el detective Lucas Castillo.