I
5 Noviembre 1755
- Margarita, ¡Margarita!
- Buen señor, poco puede hacer ya por su señora, ahora será la Virgen quien le atienda. Coja a la criatura, aún ha de ponerle un nombre.
Las lágrimas caían por su rostro mientras dejaba descansar por completo el cuerpo sin vida de su mujer sobre el empedrado de las sucias calles de la ciudad. Sujetaba acto seguido a la criatura, que había adelantado su nacimiento más de un mes y se había cobrado la vida de su madre, que amablemente le ofrecía aquella completa desconocida que había acudido a ayudarles.
Era el séptimo bebé que sujetaban aquellos brazos, pero era la primera vez que lo hacía antes que su esposa. Lloraba con fuerza a pesar de notarse los días que le habían faltado para finalizar su completo crecimiento en el vientre de su madre. Su pequeño cuerpo, que apenas superaba la longitud del antebrazo de su padre, temblaba bajo el frío de Noviembre, simplemente arropado por un trozo de tela fino y corroído.
- Elvira. Se llamará Elvira, como la calle en la que nos encontramos; la calle en la que ha nacido y la calle en la que su madre ha muerto. Gracias por su ayuda, mujer, siento no tener en estos momentos moneda alguna para pagarte.
- Ni falta que hace, buen señor.
La mujer se levantó y despidió del hombre con una simple inclinación de cabeza, sin ver conveniente siquiera desearle una buena noche, pues acababa de ver fallecer a su esposa. Aquel comportamiento era lo que agradaba al hombre de los andaluces: la cercanía con la que solían tratar a los demás y lo fácil que parecía para ellos poder leer a las personas, especialmente a los que no habían nacido y vivido en el sur.
Caminó arrastrando los pies de vuelta a la villa que una vez había pertenecido a sus suegros y que una vez había llamado hogar. La niña que llevaba en sus brazos, y que apenas llegaría a pesar dos kilos, había dejado de llorar y había abierto los ojos, unos ojos verdes, de la misma tonalidad que las olivas maduras. Unos ojos iguales a los de su madre.
Y fue por aquellos ojos, por aquella mirada curiosa que alzaba su hija a su rostro y a lo que le rodeaba, que no pudo sentir ni una pizca de rencor hacia ella por haberse cobrado la vida de la mujer a la que amaba.
- ¡Señor! Pensábamos que algo les había ocurrido, pues tardaban tanto en regresar del paseo.
Varios de los sirvientes se acercaron a la puerta de entrada de la villa en el mismo instante en que el hombre entró, con la criatura pegada junto a su pecho para poder calentarle, sin mucho resultado. Aquellos sirvientes habían pertenecido a sus suegros y posteriormente a su esposa cuando sus padres hubieron fallecido y, aunque él no los consideraba suyos, no negaba sus servicios. Sus tres hijos mayores también se habían acercado a recibirles, de la mano de un par de sirvientas a su cargo, pero no tuvo la fuerza para decirles que se los llevaran, ni para explicar la situación.
- Señor, ¿Dónde se encuentra la señora? ¿Y la señora Margarita?
- La criatura se llama Elvira. Ha adelantado su nacimiento, y con él la muerte de su madre.
Le dejó la niña a la primera mujer que vio con sus ojos y volvió a darse la vuelta, dirigiéndose nuevamente hacia la entrada.
- Acostad a los niños, no quiero verlos cuando regrese con el cuerpo de su madre.
Septiembre 1756
- Quiero aprovechar el fresco que llega con el final del verano.
- Aún así, señor, someter a sus hijos a tan largo viaje... La señorita apenas lleva un año en el mundo. Y el señorito Lorenzo tan solo tiene nueve años, no puede hacerse cargo del resto de sus hermanos.
- Con todo el respeto, agradezco que los hayáis estado cuidando todos estos años, pero las principales decisiones con respecto a su vida me corresponden a mí. No quiero que mis hijos crezcan en una casa en la que puedan recordar a su madre en cada recodo.
- ¿No será que vos no queréis?
- Lo que quiera o deje de querer para mí o para mis hijos ya no es asunto suyo.
Las mujeres, que habían expresado los pensamientos de todos los sirvientes, acallaron su voz poco a poco. Les sería imposible convencer al señor de no abandonar Granada; cuando a Lorenzo de Zamora se le metía algo entre ceja y ceja, ni el fin del mundo conseguiría hacerle cambiar de parecer.
- Permítanos acompañarle, aunque sea.
- ¿Acompañarme?
- No podemos abandonar a los niños después de haber estado estos años a su cargo. Y necesitará ayuda para que todos sobrevivan al viaje.
- Está bien, no puedo negarme. Mañana a primera hora de la mañana se partirá hacia Zamora, que mis hijos y los que quieran acompañarnos se encuentren preparados para dicha hora, no esperaré a nadie.
El viaje duró más de 12 días, que era lo que Lorenzo de Zamora había previsto en un principio. La comitiva se había compuesto al inicio de una carreta, tirada por dos caballos, en la que iban los siete niños y cinco sirvientes, de todos ellos cuatro mujeres y un hombre. La carrera cargaba también los víveres y artículos necesarios para el trayecto y muy pocos enseres pues Lorenzo esperaba encontrar todo lo necesario en la casa en la que hacía nacido y crecido.
Él iba al frente de la carreta, cargando la espada que su mismo padre había forjado para él y sobre la montura que su esposa una vez le había regalado cargada de cariño.
No sufrieron ningún ataque a manos de ladrones o bandidos, que tanto asaltaban a los grupos pequeños en los caminos y que tanto asustaba a Lorenzo. Sin embargo, el fatigoso viaje sin apenas descanso en alguna ciudad entre medias consiguió llevarse la vida de una de las sirvientas, la más mayor de la comitiva.
Con el corazón encogido pero sin dejar que su rostro diese muestra alguna de ello, Lorenzo de Zamora enterró el cuerpo inerte de la mujer bajo un alto ciprés y continuó el viaje sin detenerse en muchas más ocasiones.









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