Un poquito más que a los demás

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Sinopsis

¿Y si tuvieras la oportunidad de cambiar un solo recuerdo de tu vida… lo harías? Ivy siempre hizo lo correcto. Estudiante de medicina, fuerte, disciplinada, pero olvidada por sí misma. Después de un día donde todo parece colapsar. El universo le responde. Siete tareas. Siete recuerdos. Una sola oportunidad para cambiar uno. Guiada por una presencia misteriosa, Ivy deberá enfrentarse a su pasado y decidir qué parte de su historia está dispuesta a transformar. Porque a veces, sanar no es volver atrás… sino recordar a quien nos amó un poquito más que a los demás

Genero:
Drama
Autor/a:
Iris_Garcia
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Un día de catastróficas desgracias

—Terminamos.

Mi mente no terminaba de procesar lo que estaba sucediendo.

—¿Cómo…?

—Terminamos Ivy.

Carter no me miraba. Ni siquiera tuvo la decencia de esperar a que trajeran el café.

Estábamos en la esquina de la cafetería donde solíamos estudiar, en la mesa de siempre, la que pedimos sin preguntar.

—Carter, pero… creí que…

El me interrumpió antes de que pudiera terminar.

—No, Ivy. No estamos bien. Nunca lo estuvimos.

Me costó respirar por un segundo. Como si alguien hubiera presionado un botón y mi pecho se vaciará de golpe.

—¿Es por lo de ayer? ¿Por qué cancelé la cena? Yo te dije que tenía un examen importante, que—

—No es por una cosa, Ivy. Es por todo. Tú nunca estás. Ni siquiera cuando estás, realmente estás. Siempre estás pensando en la próxima entrega, en la próxima nota, en lo que sigue.

No dije nada. ¿Qué podía decir? Que tenía razón.

—Carter, cuando comenzamos te lo dije. Mis necesidades, mis horarios, mi carrera. Sabías que—

—¡Soy tu novio, Ivy! No soy tu mascota. No soy tu colchón emocional. ¡Soy una persona! —alzaba la voz, no como quien grita, sino como quien no puede contenerse más—. Te amo, pero tú ya no estás aquí. Simplemente parece que no soy parte de tu vida.

—Eso no es justo…

—¿Justo? ¿Sabes cuándo fue la última vez que me viste a los ojos sin estar pensando en tus pendientes? Ni siquiera sabes qué día es hoy, ¿verdad?

Tragué saliva. Lo sabía. Pero no le había dado importancia.

—Nuestro aniversario —susurró él—. Uno. Un solo año. Y ni eso.

Bajé la mirada. Quise pedirle que lo habláramos, que me diera otra oportunidad, que me esperara. Pero ¿esperar qué? ¿Que dejara de ser yo?

—Carter, estás exagerando.

Frunció el ceño. Soltó una risa corta, incrédula, que me picó el orgullo.

—¿Exagerando? ¿De verdad crees que estoy exagerando?

—Te cancelé una cena, eso es todo. ¡Una! por un examen. ¿Qué querías que hiciera? —mi voz subía sin darme cuenta.

Él no respondió enseguida. Solo me miró. No como antes. No con esa mirada dulce o paciente. Era una mirada triste. Como si ya me hubiera perdido desde hace tiempo.

—No es por la cena, Ivy —dijo por fin, casi en un susurro—. Es por ti. Porque todo siempre es sobre ti.

—¿Perdón?

—Nunca escuchas. Nunca estás presente. Todo gira en torno a tu estrés, tus horarios, tus pendientes. Yo… ya no sé para qué estoy aquí.

—¡Eso no es cierto!

Pero lo era. Tal vez. Tal vez un poco. Pero no quería que lo fuera. No quería que él lo dijera tan en voz alta.

Quise defenderme y como siempre lo hice de la peor manera.

—¿Entonces todo esto es porque necesitas atención? ¿En serio? Carter, eres peor de lo que pensaba.

Apenas terminé la frase, lo sentí. El ambiente se tensó. Él se congeló. Lo que dije… dolió. Lo vi en sus ojos. Me quise tragar las palabras. Pero ya era tarde.

Varias personas voltearon a vernos. Un par de señoras cuchicheaban mientras fingían mirar el menú. Y no me pude evitar que me ardieran las mejillas.

Carter respiró hondo.

—Gracias por confirmarlo —dijo, sin mirarme ya a los ojos—. No por lo que piensas de mí… sino por lo que piensas de ti misma.

Quise detenerlo, corregirme, explicarme. Pero las palabras se quedaron atascadas. Y él solo siguió hablando, sin rencor, sin gritar.

—Lo único que te importa… eres tú.

Se levantó. Su silla hizo un ruido estridente contra el piso. Y mientras se alejaba, con la mochila al hombro y la espalda recta, dijo una última cosa:

—Espero que algún día te escuches de verdad. Y te duela.

Me quedé ahí. Estática. Las manos temblando sobre la mesa. Nadie se atrevía a decir nada, pero todos me miraban.

Yo, la que se quedó. La que gritó. La que dijo algo que no debía. La que arruinó su propia relación sin siquiera darse cuenta.

Quise llorar. Pero no pude. Solo bajé la cabeza, sentí cómo la vergüenza me cubría como una manta pesada y deseé no estar allí.

Ni ahí. Ni en mi cuerpo. Ni en mi vida.

—Aquí están sus cafés…

Levanté la vista. La mesera tenía la bandeja en las manos, con los dos vasos listos, humeantes… en la presentación de siempre...

—Póngalos para llevar, por favor.

Ella asintió con una sonrisa y se fue.

“Bueno… ahora tendré más tiempo para estudiar”, pensé. Intenté repetírmelo como si eso arreglara algo. Como si estudiar fuera lo único que importaba. Siempre había sido así, ¿no? Siempre creí que tener el control me salvaría. Y ahora… al menos tendría más horas libres. Eso era algo, ¿cierto?

Entonces miré la hora.

Mi corazón se detuvo un segundo.

Revisé mi reloj, el celular, la pared del local… todo decía lo mismo. La hora. La maldita hora.

—¡No, no, no!

Salté de la silla tan rápido que casi tiro la mesa.

Mientras tomaba mis cosas, escucha las voces de esas señoras alrededor. Aquellas viejas chismosas que siempre criticaban a los demás porque sus vidas eran miserables.

—Por eso la dejaron, si parece que está loca.

—Esta juventud, en mis tiempos…

Estaba molesta, no solo porque me habían dejado, sino porque también me estaban juzgando, sin si quiera conocer. Parecía que aquí todos tenían derecho de juzgar mi vida.

—Si se comenzaran a fijar más en sus vidas y no en las de las demás personas, quizá no serían unas viejas tan miserables.

Después de abrir mi bocota, las mujeres arrugadas me miraron con indignación. ¿Mal día, no viejas?

Sonreí para mis adentros. Pero tenía tiempo para esto, tenía que correr. Tan solo dejé un billete en la mesa y salí corriendo.

Tenía examen. Ese examen. El que valía todo. El 100%. El que me definía. El que me mantenía becada. El que no podía perder por nada del mundo.

Las calles se sentían más largas, el tráfico más lento, los semáforos eternos. Y yo corría, con el corazón golpeando contra el pecho, la mochila mal cerrada y las lágrimas contenidas como si fueran lava. No sabía si lloraba por enojo o porque de verdad me dolía, eso no era importante ahora.

Corría por mi nota. Por mi orgullo. Por lo único que creía tener bajo control.

Mientras corría por las calles, mi mente iba más rápido que mis pies.

—El hueso hioides no se articula con ningún otro… está suspendido por músculos… —murmuraba entre dientes, entre jadeos.

El corazón me latía en las sienes, pero yo seguía repitiendo como si el repaso mental pudiera salvarme. Como si decirlo en voz alta hiciera retroceder el tiempo.

—Articulación glenohumeral, esferoidea, tipo sinovial…

Esquivé a una pareja que caminaba lento, crucé la calle sin mirar.

—El mediastino se divide en superior e inferior a nivel de la vértebra T4 y T5…

¡CRACK!

El golpe fue tan seco que ni siquiera tuve tiempo de gritar. Una bicicleta apareció de la nada y me embistió. Sentí cómo el mundo me giraba, y al segundo siguiente estaba en el suelo, con el codo raspado, la mejilla golpeada… y la nariz comenzando a sangrar.

El pavimento raspaba. El aire ardía. Y yo… yo solo quería desaparecer.

Y vi flores. Pétalos. Rosas rojas, violetas, margaritas… Esparcidas por el pavimento como si fueran parte de una escena de cine trágico.

El ciclista también había caído. Rodaba por el suelo unos metros más allá, con su bicicleta encima. Se levantó de golpe, aturdido, y miró el desastre.

—¡¿Estás bien?! —gritó, corriendo hacia mí.

No respondí al instante. Estaba sentada en el pavimento, la nariz sangrando y pétalos de flores en el regazo. Parecía una pintura surrealista. O una broma cruel del destino.

—Te atravesaste de la nada —dijo él, con voz más suave esta vez, preocupado, sacándose el casco—. ¡Estás sangrando!

—Estoy bien —susurré, más por inercia que por convicción.

—Tu nariz… tienes que ir a una clínica o algo—.

—Estoy bien —repetí, esta vez firme, aunque las lágrimas ya se me mezclaban con la sangre.

Me trate de poner de pie como si no acabara de ser arrollada. Como si no doliera. Como si aún tuviera el control de algo.

El chico miró sus flores, tiradas como mi dignidad, y me miró a mí, hecha un desastre viviente. Pero yo no podía quedarme.

—Estoy bien.

Una vez más.

Lo dije como si decirlo lo hiciera cierto. Como si no acabara de ser arrollada por el día.

El chico extendió una mano que no tomé. Me sacudí como pude, ignoré la sangre que comenzaba a gotear por mi labio y tomé lo que quedaba de mi mochila. Mis apuntes se habían ido. Como Carter. Como la calma.

Y aun así… me puse de pie.

—Vena cava inferior… origina a nivel de L5… —seguí repitiendo, mientras volvía a correr.

La gente me miraba como si estuviera loca. Tal vez lo estaba. Pero eso no importaba. Tenía que llegar.

Corrí con las piernas ardiendo, con el cuerpo adolorido, el rostro manchado de sangre seca, y el alma hecha pedazos que intentaban pegarse mientras me repetía fórmulas, huesos, nervios y articulaciones como si fueran hechizos que podían detener el tiempo.

Cuando llegué a la facultad, empujé la puerta con fuerza. Ni saludé al de la entrada. Subí las escaleras como pude, temblando, jadeando, con un nudo en la garganta. Ya me imaginaba entrando tarde, pidiendo disculpas, rogando por los minutos que me quedaban.

Pero el aula… El aula estaba vacía.

—No —susurré, con el corazón hundiéndose en el estómago.

Me acerqué a la cartelera al lado de la puerta. Allí estaba. El letrero, grande, claro, impreso.

“EXAMEN FINAL - ANATOMÍA II: 8:00 A.M. AULA B5”

Miré mi reloj.

8:57 A.M.

—No, no, no… ¡no puede ser!

Golpeé la cartelera con la palma abierta, haciendo que el papel temblara, como si eso fuera a cambiar algo. Revisé mi celular. Lo desbloqueé, entré al calendario. 10:00 a.m., decía. Estaba anotado a las diez.

—¡¿Qué demonios?! —grité en voz baja, y me alejé un paso como si el letrero fuera una amenaza.

Me senté en el pasillo, en el suelo, sin importarme que los estudiantes que pasaban me miraran con cara rara.

Apoyé los codos en las rodillas y me tomé la cabeza con ambas manos.

—¡Era a las diez! ¡Yo lo tenía a las diez! —me dije una y otra vez.

Busqué en mis apuntes. En la hoja de planificación. En el PDF de la clase. En el grupo. Y ahí estaba.

“Cambio de horario: Examen será a las 8:00 A.M. por disponibilidad del aula. Confirmado por la profesora.”

Fecha del mensaje: Hoy a las 6:30AM

Cientos de mensajes después, yo jamás lo leí. O peor, tal vez lo vi y lo olvidé.

Mi pecho se apretó.

Esto no era solo un examen. Era el examen. Toda mi nota. Toda mi beca. Todo mi orgullo.

Me quedé ahí, sin poder moverme. Rodeada de mochilas, pasos, voces que no eran mías.

Me sentía como si el universo me hubiera tirado al suelo y me pusiera el pie encima. Todo el esfuerzo. Todas las noches en vela. Todo lo que había sacrificado… ¿para esto?

Era como si alguien allá arriba estuviera burlándose de mí.

Un complot. Un maldito complot del universo.

Y yo… ya no podía llorar. Ya no me quedaban lágrimas. Solo vacío.

—¡Santos todos, Ivy…! ¿qué te pasó?

Levanté la mirada y lo vi acercarse, corriendo por el pasillo. Dante. Ese chico rubio de un año más que yo, que había coincidido conmigo en clases extracurriculares de fisiología y que siempre usaba camisas de cuadros horribles. Algo torpe para hablar, pero con una memoria increíble. Me caía bien. Mejor dicho, era la única persona que me caía bien.

No era de mi clase. No era de mi grupo. Pero ahí estaba. Como si el universo todavía tuviera una última pizca de piedad.

—¿Te atropelló un camión o algo? —dijo, bajando la voz cuando notó mis ojos llorosos y el desastre que era mi cara.

—Una bici, en realidad —dije, y me forcé a hacer una sonrisa—. Pero gracias por pensar tan alto de mí. Claramente doy para camión.

Dante me miró como si no supiera si reír o llamar a emergencias.

—¿Estás bien?

—¿Físicamente? Probablemente tengo una costilla rota, una conmoción cerebral leve y... el ego destrozado.

—¿Y emocionalmente?

—No me hagas ese tipo de preguntas. No soy apta para terapia en pasillos —resoplé, bajando la mirada.

Él se sentó a mi lado, sin importarle el piso frío ni las miradas.

—¿Perdiste el examen?

Asentí. No dije nada más. No hacía falta.

Dante me observó en silencio. Sus ojos bajaron a mis rodillas raspadas, la sangre seca en mi nariz, mi suéter medio arrugado, como si el día me hubiera pasado por encima. Porque lo había hecho.

—Ivy, tienes sangre en la cara. Y estás temblando —dijo con voz baja, pero firme—. Vamos a la enfermería.

—Estoy bien —mentí, como quien respira.

—No lo estás.

—Dante… —resoplé, cansada—. Solo necesito cinco minutos.

—No. Te vas a desmayar en cualquier momento y no voy a cargar con eso en mi conciencia.

—Exageras.

—¿Sí? ¿Y si te rompiste algo y ahora mismo estás caminando con una costilla perforándote un pulmón?

Lo miré con una ceja levantada.

—Te juro que por eso vas a ser médico. Ya tienes la histeria.

—Y tú podrías haber sido piedra —dijo, tomándome de un brazo con delicadeza—. Pero ahora vas a venir conmigo. Aunque sea arrastrando.

—No necesito—

—No estoy pidiendo permiso.

Suspiré. No tenía fuerzas para discutir.

Me levanté como pude, tambaleándome un poco. Él me sujetó del codo.

No tardamos en llegar a la enfermería, después de todo si me hubiera desmayado antes, cualquier alma en el pasillo pudo haberme reanimado. Pero no, este chico rubio quería llamar la atención.

La doctora revisó mis signos, me hizo preguntas mecánicas y limpió mis heridas con tanto cuidado que me dieron ganas de llorar solo por eso.

—No hay fracturas, solo muchos golpes. Vas a estar adolorida un par de días, pero nada grave —dijo al final, mientras me colocaba una venda en la rodilla y una gasa en la nariz—. Descansa un poco.

Me recosté en la camilla, sin oponer resistencia. Las luces blancas del techo me miraban igual de vacías que yo.

Dante no se fue. Se quedó sentado en una de esas sillas incómodas de plástico, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, sin mirarme, pero sin dejar de estar. Como si supiera que hablar en ese momento estaba prohibido.

Y yo pensé. Pensé tanto que me dolía la cabeza más que las heridas.

¿Qué se supone que debía sentir? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Vergüenza? ¿Todo junto y mezclado con el café que nunca tomé?

Recordé cómo me había visto Carter antes de irse. Recordé las flores en el piso, la sangre en mi blusa, las risas a lo lejos, los ojos de todos encima mío. Y ahora… el silencio. El silencio después del desastre.

Cerré los ojos.

Me sentía como una casa abandonada después de un incendio: De pie, pero hollín en las paredes. Todavía entera, pero oliendo a quemado.

Y entonces lo pensé otra vez. ¿Qué se supone que debería sentir?

Porque no lo sabía. Porque hacía tanto que me concentraba en pasar, en rendir, en sostenerme, que había olvidado cómo se sentía simplemente… sentir.

—¿Ya te sientes mejor, piedra?

Lo miré de reojo.

—Por eso no tienes amigos, Dante. No tienes tacto.

Él se encogió de hombros como si llevara razón.

—Y tú no tienes filtro, así que estamos a mano.

Rodé los ojos. No quería seguir en la enfermería ni un segundo más. Necesitaba salir, airearme, irme a casa a encerrarme en mi cuarto y gritarle a la almohada todo lo que no podía gritarle al mundo.

—Voy a irme ya —dije, poniéndome en pie con cuidado.

—Te acompaño —respondió sin dudar.

—Estoy bien —mentí por segunda vez en el día.

—No dije que fuera por ti. Me preocupan los pavimentos.

Abrí la boca para responderle alguna estupidez, pero él se adelantó:

—¿Qué te parece si te invito un café antes de que decidas atropellar a otro ciclista? —preguntó con una sonrisa ladeada.

Lo pensé. Honestamente, lo necesitaba. Café caliente, tal vez algo dulce. Tal vez así todo este día dejaría de sentirse tan… asqueroso.

—Está bien —cedí—. Pero solo si tú pagas.

—Claramente —dijo, ya caminando hacia la salida.

La verdad, tenía hambre. Y el sarcasmo de Dante era soportable. A veces.

Acepté con un gruñido y caminamos en silencio para salir de la facultad. La universidad ya estaba medio vacía, la mayoría de los alumnos habían terminado sus exámenes y se habían ido. Las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, pero para mí todo seguía pesando como si fuera mitad de semestre.

Dante me miraba de vez en cuando y me preguntaba si estaba bien, me repetía que debería de descansar, pero él no podía decirme que hacer.

—Ivy…

—No me estoy muriendo Dante, ¡Estoy bien!, podrías callarte un segundo y dejarme en paz.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un sonido sutil, viscoso, traicionero.

Plop.

Me detuve en seco. Giré el cabeza muy lento. Dante ya se estaba riendo antes de que yo pudiera reaccionar.

—No…

—Sí.

Llevé una mano al cabello. Mojado. Tibio. Asqueroso.

—¿Es en serio? —pregunté, mirando al cielo como si el universo me escuchara.

—A veces la vida es una paloma, Ivy. Y tú estás justo debajo.

—Voy a llorar.

—¿Te ayudo a limpiarte?

—No me toques —gruñí, sacando una servilleta arrugada del bolsillo trasero.

Él soltó una carcajada ahogada mientras yo maldecía a toda la fauna alada del planeta.

Y entonces, como si no fuera suficiente, metí la mano en mi mochila debía de tener más servilletas. La abrí. Busqué. Revolví.

Nada.

No solo no estaban las servilletas.

—No puede ser —susurré.

—¿Qué?

—Mi cartera.

—¿No la tienes?

—No. No está. No está, Dante. ¡NO ESTÁ!

—¿Estás segura?

—¿CREES QUE NO SÉ REVISAR UNA MOCHILA?

Él parpadeó.

—Solo intentaba ayudarte…

—Lo siento —murmuré, bajando la voz. Me llevé las manos a la cabeza, sin importar la paloma maldita—. No te grité a ti. Le grité a la vida.

Él asintió, como si entendiera. Y tal vez sí lo hacía.

—¿Quieres que regresemos a buscarla?

—No. Que se quede. Que alguien mas se quede con esa mierda.

Él me miró por unos segundos, luego respiró hondo y sacó las llaves de su auto.

—Vamos. Te llevo a tu casa.

—No quiero irme aún. Quería mi café…

—Ivy, hueles a caca de pájaro. Llevas un día horrible. Lo que necesitas es una ducha caliente, un ibuprofeno, una siesta de tres horas y probablemente una limpia espiritual.

Lo miré. Y por una vez, no tuve fuerzas para discutir.

—Está bien… pero con una condición.

—¿Cuál?

—Pones música decente en el auto.

—¿A qué le llamas decente?

—Algo que no incluya flautas andinas ni playlists de “focus and study”.

—Uy. Iba a ponerte Bach.

—Te juro que me bajo del auto.

Dante soltó una risa. Y sin decir nada más, caminamos al estacionamiento en donde me abrió la puerta del copiloto.

Me subí. Cerré la puerta. Y por un momento, mientras encendía el motor y ponía una canción que sí conocía, me permití sentir algo parecido a la calma.

Aunque el universo aún tenía planes para mí ese día.

El auto olía a menta y a papel nuevo. Tal vez usaba ambientador de oficina, no lo sé. Me acomodé en el asiento, crucé los brazos y apoyé la cabeza contra el cristal. No tenía ganas de hablar. No quería pensar. Solo quería desaparecer.

—¿Sabías que hay gente que colecciona errores médicos históricos? —comenzó Dante, como si lleváramos una conversación desde hace horas—. Hay un caso donde confundieron una pastilla anticonceptiva con una de vitamina C. Resultado: cuatro bebés y una demanda colectiva.

No respondí. Ni una sonrisa. Ni una mueca.

—Tú sabes, por si algún día fallas en un examen, puedes dedicarte a escribir un libro con esos datos. Podría llamarse: Cómo no morir en el quirófano con Ivy.

Mi ceja se levantó apenas. Ni siquiera lo miré. Lo sentí girar por la glorieta mientras seguía hablando.

—Oye, hablando de cosas que sangran, tu nariz ya no parece un asesinato, eso es bueno. Aunque te ves un poco como boxeadora retirada.

—¿Puedes callarte cinco minutos?

—Probablemente no —dijo sin ofenderse—. El silencio me incomoda. Me hace pensar en cosas tristes. Como en mi niñez. O en los precios del café.

Rodé los ojos, pero no dije nada más.

—¿Estás bien? —preguntó de pronto, bajando el tono.

Silencio.

Y entonces él continuó:

—Ya sé que me ves como una persona insoportable, pero si necesitas... hablar o lo que sea, no soy tan inútil como parezco.

Miré por la ventana. Los edificios pasaban rápido. Las luces comenzaban a encenderse; ya era casi de noche. Todo el día había sido un caos, una especie de mal chiste que no terminaba.

—No quiero hablar —murmuré, casi sin voz.

—Está bien —dijo él, por fin, en un susurro—. No tienes que hacerlo.

Y por primera vez en horas, hubo silencio.

Uno que no me molestó.

Dante se aseguró de que llegara hasta la puerta de mi departamento. Aparcó justo frente al edificio y me acompañó en silencio por las escaleras. Tal vez temía que me desmayara o que terminara llorando en el pasillo. No lo culpo. Después del día que tuve, cualquier cosa era posible.

—Bueno… —dijo, cuando estuvimos frente a mi puerta—. Ya estás en casa. Me voy tranquilo si prometes no morir, ni tirarte del balcón, ni asesinar a nadie. En ese orden.

Tragué saliva. La llave temblaba en mi mano.

—No voy a morirme, Dante.

—Bien. Aunque si quieres compañía, puedes llamar a… no sé, ¿Carter? Tal vez…

Y ahí lo solté. No porque quisiera, sino porque ya no tenía fuerzas para seguir cargándolo.

—Carter y yo terminamos hoy.

Lo dije sin drama, sin lágrimas, como quien dice “se acabó la leche” o “olvidé el paraguas”. Me miró, sorprendido. Casi ofendido.

—¿Qué?

—En una cafetería. Con dos cafés que no alcancé a tomar. Un ramo de flores terminó en el suelo y mi cara raspada también. Y luego falte en el examen más importante del semestre. Y me cayó caca de pájaro. ¿Te parece que voy a llamarlo?

—Guau —dijo simplemente—. Hoy fue tu fiesta de divorcio con el universo.

Asentí. Inserté la llave, la giré con torpeza. No quería entrar. No quería estar sola.

—¿Quieres que me quede un rato? —preguntó, más serio esta vez.

Lo miré. Él sostenía su mochila como si no supiera qué hacer con las manos. Tenía esa mirada honesta que pocas veces le había visto, porque normalmente la ocultaba bajo bromas.

—No. Gracias, Dante. Hoy solo necesito que todo se detenga.

Asintió con lentitud. No insistió. Me dio una última mirada, como si quisiera decirme algo más, pero se contuvo.

—Entonces… descansa, piedra.

Rodé los ojos. Él sonrió y se alejó.

Cerré la puerta. Dejé las llaves caer. Me quedé ahí, en medio de mi pequeño departamento desordenado, con la chaqueta aún puesta, el corazón aún apretado y la cabeza dándome vueltas.

Entré al departamento y lo primero que hice fue soltar la mochila como si quemara. Cada músculo me dolía. Me arrastré al baño con la idea de una sola cosa en la cabeza: agua caliente. Una ducha. Solo eso. No pedía más. No una vida perfecta, no una beca de intercambio, no amor eterno. Solo agua caliente.

Pero claro.

Abrí la regadera y nada.

Ni una gota.

Me quedé mirando el tubo como si estuviera de broma. Abrí la llave del lavabo. Nada. Cerré, abrí de nuevo. Ni una maldita gota.

—¡¿En serio?! —grité—. ¡¿En serio, universo de mierda?!

No sabía si llorar o reír. Opté por lo segundo. Una risa seca, loca. De esas que no tienen retorno.

Fui a la nevera. Agarré las botellas de agua como si fueran lingotes de oro. Me metí a la regadera otra vez, con el cuerpo adolorido, aún con rastros de sangre seca en la nariz y los brazos. Destapé una botella. Me la eché encima.

Fría.

Helada.

Grité.

—¡Qué vida tan miserable!

No lo pensé. Lo dije. Como si alguien estuviera ahí para escucharlo.

Terminé “bañándome” con tres botellas de litro. Las últimas que me quedaban. Me envolví en una toalla y salí tambaleando como un soldado herido.

Y entonces, como cereza del pastel, sonó mi teléfono. Era mi madre.

Contesté sin fuerzas.

—¿Qué quieres, mamá?

—Ivy, cariño…

—Estoy muy ocupada ahora, ¿sí? —dije, secándome el rostro con la toalla—. En serio, no es el momento.

—Solo llamaba porque… han pasado cosas, y pensé que deberías saberlo.

—Mamá, tuve un día de mierda, ¿sí? Literal. Me dejaron, me atropello una bicicleta, perdí un examen, un pájaro me cagó en la cabeza, perdí mi cartera, me bañé con botellas de agua helada y… —hice una pausa para tomar aire—. ¿De verdad no puedes esperar hasta mañana o, no sé, dejar un mensaje como una persona normal?

Hubo un silencio del otro lado. Uno pesado. Intuí que algo no iba bien.

—Mamá…

—Es Copito.

Me congelé.

—¿Qué?

—Copito de Nieve, Ivy. Se fue esta mañana.

El mundo dejó de moverse.

—Tu Papá lo encontró en su cama. Estaba dormidito. No sufrió. Le pusimos su mantita azul, la que le gustaba tanto…

No escuché el resto. No podía. El teléfono cayó de mi mano. Todo en mi interior se rompió, como un cristal contra el suelo.

Me quedé ahí, con el cabello chorreando agua helada y el corazón latiendo tan fuerte que dolía.

Copito.

Mi Copito.

Ese perrito blanco que dormía en mi panza cuando tenía fiebre. El que me seguía a todas partes, aunque tuviera que arrastrar sus patitas. El único que me recibía como si el mundo fuera mejor porque yo llegaba.

Ya no estaba.

Sentí que algo dentro de mí se desprendía. Una grieta. Una fisura vieja que había intentado tapar con tareas, horarios y metas. Y esa grieta ahora se abría por completo.

Y entonces grité.

Grité con todo lo que tenía.

Como si el grito pudiera sacar el dolor, la culpa, el cansancio, el abandono. Como si pudiera devolverme a Carter. Como si pudiera deshacer la caída, el examen, la maldita ducha. Como si pudiera hacer que Copito respirara una vez más.

Me abracé las piernas. El pecho me ardía. La garganta también. Lloré como no lo hacía desde que era niña. Como cuando me caí en el parque y Copito me lamió la rodilla. Como cuando mi abuela me decía que todo estaría bien, y le creía.

Pero ya no estaba Copito.

Y ya no estaba ella.

Y yo ya no sabía cómo seguir sin fingir que todo estaba bien.

Me ardía la garganta de tanto llorar, pero aún así sentía que no era suficiente. Como si todo el dolor se hubiera quedado atascado, atrapado entre el pecho y la boca, sin poder salir del todo.

Me puse algo encima—no sé qué. Algo seco. Algo que me cubriera. Y caminé directo al pequeño balcón de mi departamento. Ese espacio ridículo donde apenas cabía una silla. Me sostuve del barandal con fuerza, como si el mundo se fuera a desmoronar si lo soltaba.

El cielo estaba gris.

Pesado.

Las nubes se amontonaban como si fueran a aplastarme. El viento anunciaba tormenta. Y justo en ese instante, un trueno cruzó el cielo como una herida.

—¡¿QUÉ MÁS QUIERES DE MÍ?! —grité.

Fue un rugido desde las entrañas. Un lamento. Una maldición.

—¡¿QUÉ MÁS TE FALTA QUITARME?! —seguí gritando, sintiendo cómo me temblaban los brazos, la mandíbula, todo el cuerpo.

—¡YA LO ENTENDÍ, ¿OKAY?! ¡NO ME QUIERE NADIE! ¡NO SOY CAPAZ DE HACER NADA! ¡SOY UN FRACASO! —escupía las palabras, cada una como si me desgarrara por dentro.

La garganta me ardía, pero no me importaba. Que me escucharan los vecinos. Que llamaran a alguien. Que me juzgaran. Me daba igual.

—¡SI ESTO ES UNA PUTA BROMA CÓSMICA, YA ESTUVO BUENO! ¡DEVUÉLVEME ALGO! ¡CUALQUIER COSA! —me quebré—. ¡Devuélveme a Copito... a la abuela... a alguien!

El viento me azotó la cara. Un relámpago iluminó el cielo, y sentí que el mundo me respondía, pero sin consuelo.

No había consuelo.

Solo yo, sola, otra vez.

—No puedo más —susurré—. No puedo.

Me dejé caer ahí mismo, en el suelo frío del balcón. Apoyé la espalda contra la pared y me cubrí la cara con las manos.

Y entre lágrimas y sollozos, sin querer, sin pensarlo…

Lo pedí.

—Si tan solo pudiera volver atrás… aunque fuera una vez. Solo una.

El cielo tronó otra vez.

Respiraba entrecortado. No lloraba ya. No gritaba. Solo me quedé ahí, temblando, con las palmas sudadas y la ropa pegada al cuerpo.

Y entonces lo escuché.

Un golpe seco.

Adentro del departamento.

Me sobresalté.

Un portazo, pensé. ¿El viento?

Me levanté como pude, aún con las piernas temblando, y entré al departamento con el corazón retumbándome en el pecho.

La luz parpadeó.

Fruncí el ceño. El golpe había venido de la sala. Me acerqué con cuidado, y al doblar por el pasillo, lo vi: mi estantería pequeña, la que apenas se sostenía, estaba volcada. Libros y papeles por el suelo. Pero en medio de todo eso, como si no perteneciera a ese caos, había un sobre antiguo, color crema, con mi nombre escrito en tinta negra.

“Ivy.”

Lo tomé, sin dejar de mirar a mi alrededor. Tenía las manos heladas.

Adentro, un papel doblado. Nada más.

Lo deslicé con cuidado.

Y en él, una sola línea escrita con una caligrafía extrañamente familiar:

“¿Estás lista para recordar?”