Those Glasses [bl]

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Cato, un adolescente con problemas para relacionarse con el mundo, se da cuenta de que no puede retener más la culpa que se encuentra en su interior... hasta que Daniel, un chico sincero que no tiene miedo de decir las cosas a la cara, le enseña cómo vivir.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
evensen
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: ¿Un día en la vida?

Un día, Cato empujó a Jack de un puente.

Había sido desde una altura alta, casi monstruosa, o eso había parecido en comparación a su propio cuerpo, que, en ese momento, apenas llegaba a la barandilla. Sus extremidades se habían movido por sí solas y la duda no había estado presente en él ni por un milisegundo, como si realmente lo hubiera deseado.

Podría haber sido algo gracioso. Un simple accidente con risas de fondo y chapoteos de agua en venganza, pero Cato sabía una cosa cuando empujó a Jack desde un puente. Cato sabía que Jack no sabía nadar. Lo sabía y aun así lo hizo, queriendo hacer el mal sin temblar, sin pensar. Deseándolo como si hubiera tenido que enfrentarse a una fuerza mayor, cuando Jack, en definitiva, no era una fuerza mayor. Era un simple niño.

Cato a veces pensaba que Jack probablemente pensaría en ello por el resto de su vida, como si le pesara en el alma, o en la mente. Quizás, no podría caminar por el mismo puente otra vez, o quizás no podría ver la hermosa vista de la pequeña ciudad de la misma manera, sin poder disfrutar los atardeceres, o los recuerdos de andar en canoa, o lanzando piedras al río, o aprendiendo a nadar con flotadores, de espaldas. Cato se imaginaba a Jack pensando en eso constantemente, en su adolescencia, en su adultez, o quizás en algún instante de calma, queriendo encontrarse en él mismo. Y por eso, Cato odiaba recordar. Recordar implicaba pensar, y pensar implicaba darse cuenta de que los demás también lo hacían. Recordar hacía a Cato querer quedarse en donde ya estaba, su pequeña zona, tal vez no de confort, pero de algo que le hacía sentir casi vivo, como una identidad.

Su zona de culpa.

Pero ahí estaba la cuestión, también. Ahí estaba el debate: ¿cómo iba a odiar pensar, pero aun así recordarlo con tanto detalle? Porque Cato podría simplementeno pensarlo, pero, en el fondo, no quería; en el fondo, el peso de, sencillamente, haber empujado Jack desde un puente, estaba ahí. Ni siquiera hacía falta hacer fuerza para ello, porque estaba ahí, aunque no lo quisiera; acompañándolo como un espíritu en su espalda, pesándole los huesos.

Mita había corrido a salvarlo. Fue ella la que saltó al río con rapidez y lo sacó de ahí. Cato, por otro lado, se había quedado parado viendo la situación, demasiado perplejo como para mover alguno de sus débiles y pequeños músculos, y para procesar el acto terrible que había hecho. Si ella no hubiera estado ahí, probablemente Jack habría muerto.

¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué le había hecho eso?

¿Por qué me hice eso?

Fallar parecía haberse hecho algo fácil, desde entonces. Cato no era bueno en muchas cosas, pero en las cosas malas, en eso sí era bueno. No podía mejorar si no tenía la capacidad para hacerlo. No podía crecer si así nunca lo quería.

De todas formas, ¿por qué lo querría?

Lo que pasó es muy sencillo, Cato empujó a Jack desde un puente, y cuando supo que había hecho algo malo, dejó de ser él mismo. Parecía tan fácil como sonaba. Parecía que el dejar de ser uno mismo implicaba hacer algo tan simple como dejar de hacer nada. De esa misma manera, había descubierto que, efectivamente, era muy fácil rendirse, como si ese hubiera sido su destino desde que puso un pie en este mundo. No importaba si su madre no quería hablarle. No importaba si su padre lo castigaba por romper un vaso en la cocina, por no prestarle atención a la mesa y no tener cuidado con su torpeza. No importaba el esfuerzo enorme que tenía que hacer para enorgullecer a alguien. No importaba perder a su mejor amigo, porque, al fin y al cabo, siempre terminaría siendo quién era: un fracaso.

Siempre terminaría por no importarle nada.

.

.

.

Pleased to meet you

Hope you guess my name

But what’s puzzlin’ you

Is the nature of my game

Symphathy for the Devil – The Rolling Stones (1968)

“Un machiatto, por favor.”

Asiente con la cabeza mientras toma el dinero y le pide a la persona que espere en la barra. Cato no apreciaba mucho su trabajo, pero le pagaban bien y con eso se quedaba. A veces había gente molesta y no le daban ganas de lidiar con su propio mal humor, pero no lo exteriorizaba tampoco.

Hoy era un día distinto.

Hoyestaba de mal humor. Hoy erauno de esos días: esos días donde no se sentía mucho él mismo. Era raro, pero ya estaba acostumbrado y últimamente le pasaba más seguido. La luz del día le hacía sentir que estaba soñando y le costaba distinguir el color de las cosas. No iba a pensar mucho en eso. Estaba cansado y no había dormido.

Suspira y mira el reloj de la pared. Sólo quedaba una hora. Podía hacerlo, podía aguantar hasta las nueve de la noche, iría a su casa y se prepararía para su cita, podía...

“Disculpa,” escucha. Cuando levanta la cabeza, ve a un chico que se acerca a hablarle directamente, así que, obviamente, tenía que escucharlo. Por lo general siempre repetía las mismas palabras:¿qué desea pedir? ¿Nombre? ¿Algo para comer? Y el precio de toda esa combinación de cosas. Se sentía un robot.

“¿Sí?” Pregunta, anotando unas cosas en la computadora, sin mirarlo.

“Estoy hace como veinte minutos esperando y todavía no me llaman,” dice, bastante serio. Cato se gira a verlo nuevamente y puede descifrar entre sus cejas una expresión enojada. Parecía tener su edad, con unos ojos marrones que parecían querer atravesarle las córneas. Cato no odiaba muchas cosas, pero lo que sí odiaba, era que lo miren. Odiaba que lo miren y odiaba mirar.

“¿Cómo te llamas y qué pediste?” Pregunta, monótono, volviendo su vista hacia la computadora. La atención al cliente nunca fue lo suyo.

La respuesta tarda un poco en llegar, con un silencio incómodo atravesando el aire.

“Daniel,” pronuncia. “Un cortado.”

Cato busca entre los datos de la computadora y no encuentra nada parecido a lo que el chico le dice. Frunce el ceño levemente y se da la vuelta para verificar si alguien estaba haciendo la orden, sólo para encontrarse con su compañera limpiando la cocina como una desquiciada. No había ningún cortado para ningún Daniel a la vista.

Se vuelve hacia el chico.

“No lo pediste.”

El castaño lo mira sin expresión alguna, como si estuviera teniendo un monólogo interno. Cato aprecia su intento de contener un enojo irracional. Se notaba. Pero a pesar de eso, abre la boca escupiendo palabras como si fueran fuego. El intento no fue logrado.

“Te dije que estoy esperando hace veinte minutos. Pagué por eso.”

Impaciente, piensa Cato.

Vuelve a fijarse en su computadora, sin mucho esfuerzo para buscar más allá de lo que ya había hecho. “Lo siento, no lo tengo registrado. ¿Deseas pedirlo de nuevo?”

“¿Cómo que no lo tienes registrado? ¿No anotas lo que te piden?”

Impaciente y maleducado.

Cato se acomoda sus anteojos y siente un tic en su ojo.

“Realmente no recuerdo haberte tomado el pedido. Tendrás que pedirlo de nuevo.”

“No lo recuerdas porque te la pasaste viendo la computadora, ¿no le prestas atención a tus clientes?”

Traga recordando la política de empresa, pero con un sentimiento de malestar naciendo en su pecho.

“Anoto todos los pedidos, nunca me había pasado algo así. ¿Cómo sé que no lo estás haciendo a propósito para conseguir un café gratis?”

El chico abre los ojos como platos. “¿Y cómo sé qué no eres un imbécil que no sabe trabajar? Te dije que estoy esperando hace veinte minutos, no es mi culpa que no me hayas prestado atención cuando te lo pedí.”

Siente otro tic.

También agresivo.

“Yo hago bien mi trabajo, muchas gracias,” dice para sonreír. “De todas formas, anotaré tu pedido nuevamente.” Cato vuelve la vista a su computadora por unos largos segundos, pero levanta esta nuevamente cuando se da cuenta que el otro lo estaba mirando fijamente, sin expresión en el rostro. “¿Qué?”

“¿Y las disculpas?”

Mira hacia un costado.

“¿Qué disculpas?”

“¿Qué tal te llevas con la política de empresa? ¿Tratas así a todos tus clientes? No me impresiona que esté tan vacío este lugar.”

Cato frunce el ceño. “Está vacío porque son las ocho de la noche. Nadie toma un café a las ocho de la noche, sólo tú y las dos personas que están esperando por sus pedidos atrás tuyo, en la fila de la que te colaste.”

“Escucha, no sé qué mierda hace alguien como tú trabajando en un lugar así, pero no tendrías que tratar así a ninguno de tus clientes, aunque sea una molestia.”

Levanta una ceja. “¿Como tú?”

“Como tú,” el chico responde, para alzar las cejas. “¿Quién es tu encargado?”

Cato rueda los ojos. “Eres uno de esos.”

“¿Deesosqué, imbécil?” Empieza a levantar su tono de voz.

“¿Qué está pasando?” Su compañera se acerca con cara preocupada al ver que estaba discutiendo.

“Dile a tu querido compañero que le hace falta un buen polvo.”

“Escucha,” comienza, mientras se acomoda sus anteojos nuevamente. “Dejemos esto aquí, te tomaré el pedido nuevamente, y lo esperarás en la barra, te lo daremos lo antes posible, ¿sí?”

“Ahora te haces el buenito porque te están observando,” el chico responde para reír y dirigirse a la chica. “Me está diciendo mentiroso.”

“En ningún momento te dije mentiroso, me empezaste a atacar de la nada.”

“Te estuve esperando vein-

“Sí, veinte minutos, lo dijiste tres veces. Ya me disculpé y no tienes que pagar el café, ¿estás feliz?”

“Cat-

“En ningún momento te disculpaste.”

“¡Lo siento!” Abre los brazos. “Lo siento, ¿quieres que me arrodille también?”

El chico asiente.

“Estaría bien, sí.”

“Cato, ve a descansar. Déjamelo a mí,” le dice ella.

“No, no, sabes qué. No quiero tu estúpido café, quédate con el dinero, no me importa.” Niega. “Ojalá tengas unahermosanoche,” le desea sarcásticamente, mientras hace el movimiento de una felación con su mano que Cato encuentraincreíblementeofensivo.

“¿Y este idiota?” Dice con voz bastante alta cuando se va.¿Qué mierda?¿No tenía nada de respeto en su cuerpo o qué?

“Hey, perdimos un cliente por tu culpa, ¿Qué te pasa?”

“¿Qué me pasa con qué? El que me atacó fue él.”

“Cato, aunque te ataque o no, no puedes simplemente seguirle la discusión, le dabas su café con algo más gratis y ya está. Vas a hacer que te despidan.”

Cato no veía nada de malo en su comportamiento. Él se defendió a sí mismo y también había ofrecido darle un café gratis, que simplemente no fue aceptado.

Suspira, haciendo que ella vuelva a hablar.

“Escucha, yo te cubro. Falta una hora, ve a casa.”

Cato vuelve a mirarla.

“Mírate, estás que se te sale una vena de la frente. Me da cosa.” Ella frunce el ceño. “Ve a descansar.”

“No necesito descansar,” expresa, con un tono de irritabilidad. “Estoy bien. Sólo fue un mal cliente, ya está.”

Ella mira hacia un costado. “Quizás sí te hace falta un buen polvo...” dice en un susurro, alzando las cejas.

Cato la mira serio por unos largos segundos, para comenzar a sacarse su delantal.

“Me voy.”

Ella le sonríe. “No son mis palabras, no te enojes.”

“Me voy,” anuncia enojado, mientras busca su mochila y guarda el delantal adentro. “Avísame cuando llegues a casa.”

Ella asiente, mientras él se prepara y sale disparado por la puerta.

¿Pero qué mierda le pasaba a todo el mundo hoy? ¡No es como si él hubiera salido a molestar a alguien porque sí!

Cato suspira y agarra su celular para llamar al contacto que había tenido en su mente desde la tarde.

“Hola,” escucha una voz dulce del otro lado. “¿Pasó algo?”

“¿Estás en casa ahora?”

“Sí...” responde, en un tono de duda. “¿No íbamos a tener la cita más tarde?”

“Sí, lo siento,” Cato dice, riendo. “Salí antes, ¿quieres que nos juntemos antes o a la hora que dijimos?”

Se escucha un silencio por unos momentos del otro lado del micrófono, como si estuviera pensando.

“¿No quieres directamente quedarte?”

Frunce el ceño.

“Ya sabes, ¿no salir y quedarnos en casa? Podríamos ver una película o algo así, no tengo ensayo hoy, así que...”

“Algo así.” Ríe. “Puedo quedarme, pero me voy antes de la medianoche, mi madre se va a trabajar y tengo que cuidar a mi hermana.”

“Lástima...” Se escucha un suspiro. “Te espero.”

Renata no era su novia y tampoco le interesaba que lo fuera. Había empezado a salir con ella hace un par de meses. No era más que una compañía. No estaba seguro de si ella lo veía así también, pero suponía que era igual por la forma en la que se trataban; al contrario de lo que pensaba Mita, quien le había dicho que no siga insistiendo más porque se iba a poner más complicado.

Cato nunca había tenido algo serio con alguien y tampoco se imaginaba tenerlo. No le gustaban esas cosas de sentimientos y sufrimiento y todo eso. Cato sólo quería pasarse un buen rato y después conocer a más personas. No era algo raro y todo el mundo lo hacía. Era la adolescencia misma.

Comienza a sentirse mejor cuando el viento le golpea fuerte en la cara. El arrebol del cielo ya se había ido y el color estaba empezando a oscurecerse, haciendo que las luces de la ciudad se aprecien más. Cato empieza a caminar más rápido, sintiéndose volar entre la gente. Desde la mañana que había sentido una irritabilidad en el pecho. No era raro. Cato a veces se levantaba de mal humor y tenía que ignorarlo hasta que se le pasara. Otras, le cansaba tener que ignorarse tanto, pero eso no importaba ahora.

Piensa en el chico de hoy. Usualmente, no tenía buena memoria. O al menos no la tenía para textos de la escuela, y cosas así. Pero a pesar de eso, no habría sido fácil el haberse olvidado de él. Sí era bueno para las caras.

Tarado, piensa. Si era que no lo recordaba, entonces no lo vio por estar viendo a su computadora. Tampoco para que lo tratara tan a la defensiva, él también estaba intentando hacer su trabajo.

Probablemente la respuesta sí estaba en tener que descargarse, por más tonto que suene. Aunque no quisiera, el mal humor tendría que sacárselo con algo, al menos por algún lado. Incluso, podría jugar algo cuando llegue a casa, en su computadora. No es como si fuera a dormir bien, de todos modos.

“Hola,” le saluda ella cuando le abre la puerta. La había visto por última vez hace un par de días, cuando se juntaron en su casa. Nunca salían mucho, ni nunca planeaban nada. Tenía su pelo rubio recogido en una cola alta y tenía puesta una musculosa. Cato no puede evitar posar sus ojos sobre el escote por unos momentos.

No la saluda, simplemente se dedica a avanzar por el umbral y apoyar sus labios en los de ella. Es automáticamente correspondido, riendo en el medio del beso, que sabía a una mezcla de pasta de dientes y cereza. Ella apoya sus brazos en sus hombros.

“¿Estás bien?” Pregunta, sonriente.

Cato se separa para mirarla y asiente.

“¿Tus padres ya se fueron?” Le pregunta.

Ella sonríe, empezando a jugar con el collar de su remera.

“¿Por qué?”

Cato no le responde.

-

Una hora después, Cato miraba el techo.

Agarra su celular para ver la hora. Aún no era media noche, pero tenía que irse temprano antes de que su madre se fuera a trabajar.

“Me iré en diez minutos.”

“¿Mh?” Se gira a verlo. Su cuerpo semi desnudo brillaba con la luz de la luna que se metía en su ventana. “Pero no has venido nada de tiempo... dijimos que íbamos a ver una película.”

“Renata,” le dice, mientras se da vuelta para encararla. “Cuando invitas a un chico a ver una película, obviamente no invitas a un chico a ver una película.”

Ella frunce el ceño.

“Pero creí que-

“Ya te lo dije, tengo que irme temprano porque tengo que cuidar a Max, no puede estar sola.”

“Bueno, y si...” Alza su mano para acariciarle el pecho. Cato siente cosquillas, pero no hace nada al respecto. “¿Y si voy contigo?”

Cato frunce el ceño.

“No, va a haber gente en casa.”

“Pero no necesariamente tenemos que hacer...” Ella se levanta y lo mira seria. “... Cosas. Ya te dije, podemos ver una película, o cenar juntos. Además,” dice para estirarse y ver la hora en su celular, “no es medianoche aún, son las diez y media.”

“¿Por qué?”

Ella alza una ceja.

“Por qué,¿qué?"

“¿Por qué tenemos que ver una película y cenar juntos?”

Renata no responde por un largo tiempo.

“¿Tu piensas que estamos juntos sólo para coger, o...?”

Cato mira a un costado.

“¿No lo estamos?”

Ella se queda callada por un largo tiempo.

“Estuvimos saliendo por tres meses.”

“Lo sé,” le responde con un tonto confundido.

Renata se endereza mejor.

“No puedo creer lo que estás haciendo.”

“¿Qué estoy haciendo?” Le pregunta genuinamente, enderezándose.

“¡Estás manipulándome!” Le grita. “¡Me dices cosas para que me enamore de ti y después me tratas como si fuera alguien a quien llamas sólo para pasar un rato!”

“Enamo- ¿qué?” Frunce el ceño. “¿De qué estás hablando, Renata? No eres mi novia, no actúes como si lo fueras.

“¡No actúo como nada!”

“Desde un principio siempre fue así, empezamos a salir y sólo nos juntábamos para lo mismo, ¿qué querías que piense yo?”

“¡Quería que pienses que querías estar conmigo!”

“Renata,” dice, para mirarla con el ceño fruncido. “¿Realmente me ves cara de estar en una relación seria? Eres la cuarta chica que veo en...” empieza a negar, “un lapso de cinco meses.”

“¿Te viste con más gente desde que estuviste saliendo conmigo?”

“No, eso fue antes.” Frunce el ceño, para alzar una ceja. “Aunque una vez...”

“Oh, vete a la mierda, Cato,” ella dice, para empezar a levantarse de la cama.

“No entiendo por qué te enoja, nunca hablamos de estar en una relación seria o de exclusividad, Renata.Nunca,” le aclara. “Tú sabes que yo soy así, conoces mi reputación, ¿por qué realmente esperabas algo más? ¿Piensas que eras distinta a todas las demás?” Se levanta de la cama también.

“¡Bueno, lo siento por creerme especial! ¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué actúas como si yo fuera la mala en esto?”

“Escucha,” dice para levantar sus manos, “calmémonos.”

Ella lo mira en silencio por unos segundos, con rabia en sus ojos.

“¿Estás intentando calmarme? ¿Tú a mí, imbécil?”

Cato mira a un costado, sintiendo un poco de miedo por la respuesta agresiva.

“¿Lo siento?”

“¡Vete!” Le grita.

“¡Okay, okay!” Alza las manos. “Espera que me cambio.” Empieza a buscar su ropa.

“¡Te dije que te vayas, me importa una mierda!” Ella misma se encarga de buscar la ropa e ir hacia el piso de abajo, con Cato siguiéndola en calzoncillos.

Renata abre la puerta de entrada y le tira la ropa en el suelo, en la fría vereda.

Cato sale afuera.

“¡Espe-

Renata le cierra la puerta en la cara.

-

Intenta llamar a Renata varias veces después de eso, pero sin respuesta alguna. Sabía que estaba enojada y probablemente tendría que darle unos días para pensar. No quería pelear con ella, pero tampoco creía que estaba mal lo que había hecho y pensado, ya que nunca habían hablado sobre el tema.

Se sentía un poco presionado, pero probablemente era momento de hablar más en serio las cosas. Siempre arruinaba todo y no quería que pase de nuevo.

No era del todo su culpa.

“Es tu culpa.”

Luke tomaba de su cerveza en lata y lo miraba como si fuera obvio. Su pelo dorado se encontraba recogido, y había decidido ponerse la chaqueta de cuero que Cato quería tomar prestada algún día. La música sonaba desde su celular. Siempre hacían eso. Luke siempre se encargaba de poner alguna que otra canción para acompañar el momento, no era una persona que apreciara mucho el silencio.

“Sé que soy un imbécil, pero si de un día para el otro me dices de ir a mi casa a conocer a toda mi familia, después de haber estado juntándonos sólo para coger por tres meses, ¿qué quieres que piense?” Le dice, un poco ofendido. Se encontraban en una plaza, donde siempre se juntaban a la noche a charlar de vez en cuando, usualmente invitaban a Mita, pero esta noche estaba ocupada, algo con que tenía que preparar algo para losscouts, o alguna cosa así. Cosas de Mita. Cato se había acostumbrado a ya no preguntarle cosas.

“Mira, si tú quieres algo con ella, se lo dices. Si no quieres nada, te vas. Es simple.” Se encoge de hombros. “¿Qué es lo que quieres con ella?”

“¡No lo sé!”

“¿Qué te gusta de Renata?” Ladea su cabeza, dándole un trago a su cerveza. “Dime.”

“Pues...” Cato piensa por un rato. Renata era linda y graciosa. Era inteligente, y tenía un buen gusto musical. De hecho, también tocaba el bajo comola puta madrey estaba en una banda. Cato piensa por un largo rato qué era lo correcto para responder. Él era un chico, y ella era una chica, ¿no era obvio? “¿Sus...?” Frunce el ceño. “¿... Sus tetas?”

“No te ofendas, pero me da un poco de asco que seamos de la misma especie,” responde, para señalar sus pantalones.

“Tú eres gay, no es lo mismo,” dice para levantar su lata y darle un trago. “No lo sé, es linda.”

“Es literalmente lo mismo.” Alza las cejas. “¿Y en cuanto a su personalidad?”

Clava sus ojos en la lata de Luke.

“Supongo que...” Traga saliva. “Es graciosa.” Se encoge de hombros. “Me gusta que juegue al vóley. El otro día hizo un remate que creo que fue lo máscoolque vi en mi vida. Me gusta que...” Frunce el ceño. “Es buena compañía. Me gusta que hablemos. Hablamos mucho, por lo general. Considero que tenemos un humor parecido.”

“¿Ves?” El chico alza las cejas. “Ahora, pregúntate, ¿quieres estar con ella? O quieres terminarlo aquí.”

Mira a Luke por un tiempo. “No lo sé, no quiero cortarle, es la primera vez que salgo con alguien por tanto tiempo. Usualmente no duro tanto.”

Luke ríe.

“Felicidades por tu récord de tres meses, amigo. Has cambiado tu reputación,” dice mientras Cato le da una palmada en el hombro. “Sabes qué, háblalo con ella, pídele disculpas y dile lo que en realidad quieres, de lo contrario, eres un cobarde, y no quieres ser un cobarde, ¿cierto?” Cato niega en respuesta. “Bueno, ahí tienes,” el chico dice mirando hacia un costado, mientras apoya un brazo en el respaldo del banco, estaba sentado cruzado de piernas. “Como sea, ¿quieres porro? Tengo.”

Cato acepta.

Luke prende el cigarro de marihuana para darle una calada y pasárselo, mientras la canción de su celular pasaba a otra, de la que Cato desconocía el nombre. Piensa que tendría que meterse en una ducha apenas llegue a casa, no iba a arriesgarse a que nadie huela nada raro. Y pornadie, solamente podría referirse a su madre.

Se dedica a relajarse en el respaldo del banco, con las manos en sus bolsillos, mientras miraba las estrellas del cielo. No tenía muchas ganas de empezar las clases. Su verano se había basado en salir de fiesta con Luke, o juntarse con Mita o Renata, y realmente no se sentía con la fuerza mental para empezar a renegar con profesores y tareas.

Tal vez tendría que decirle a Renata que sí quería algo serio con ella. No era tan difícil y tampoco quería cerrarse a probar algo serio, quizás era el momento. Si no, ¿cómo se suponía que debía darse cuenta de cuándo era el momento correcto?

“¿Quieres salir más tarde? Mi madre tiene franco y se queda en casa,” le pregunta a su amigo, empezando a sentir los efectos de la droga.

“No puedo. Tengo una cita.”

“¿Con quién? ¿El psicólogo?” Sonríe.

Luke lanza una carcajada.

“En realidad, considero que soy el más cuerdo de todos.” Levanta un dedo, mirando a su amigo.

“Mentira...”

“Verdad. Créeme. ¿Tú crees que Mita no tiene problemas? Es adicta al estudio como no he visto a nadie, y no hablemos de Jack y los problemas que tiene con su madre.”

“¿Qué hay de mí?”

El chico se encoge de hombros. “No me hagas preguntas y no te diré mentiras.”

“¡No tengo problemas!”

“Acabamos de hablar de que tu relación más larga duró tres meses, Cato. Háblame sobre eso.”

Cato le empuja levemente el hombro, riendo, Luke sigue hablando.

“¿Recuerdas esa vez que fuimos a la fiesta de Irina? Mi amiga de clases de pintura.”

“Sí.”

“¿Y tú empezaste a alucinar con que te seguían unas cebras multicolores y te tiraste por la ventana?”

Cato pega una carcajada.

“¡Eso no fue mi culpa! Y en mi defensa, me tiré porque había una piscina abajo.”

“Sí, sí, culpa a lo que sea que te hayas tomado.” Niega. “Y después decidiste bailar arriba de una mesa y desnudarte. Yo drogadonuncaharía eso,” dice para hacer unos sonidos parecidos atsk, tsk, tsk.“Por Dios, Cato, tuve que fingir que no te conocía.”

Frunce el ceño, aun mirando las estrellas. “Ni siquiera me acuerdo qué pasó después de eso.”

“Eso es lo que no te dije. Te arrastré por toda la ciudad, y te enojaste conmigo porque no querías caminar.”

“¿Qué tiene eso de malo?”

“No querías caminar...” Luke lo mira a los ojos. “Querías gatear.”

Cato ríe. “Pero eso no significa que no esté cuerdo, no es mi culpa que tu amiga Irina haya puesto cosas raras en los vasos.”

“Gatear, Cato.” Se levanta del respaldo del asiento. “¡Gatear!”

Ríe nuevamente.

“Bueno, tal vez me vendría bien alguna sesión de terapia.”

“¿Cómo quealguna? Te hacen falta unas cuantas.”

Cato le empuja por el hombro por tercera vez en la noche.

“Hey, ¿al final cantarás en el acto de bienvenida?” Luke habla nuevamente.

Él ríe. “No lo sé.”

“No lo sé, no. Es el último año, Cato.” Lo mira. “Tenemos que revolucionar la escuela de alguna forma, no podemos perdernos de eso.”

Asiente, mirando las estrellas.

“Probablemente lo haga.”

-

“¡Más lento!”

“¡No puedo!”

“¡Más lento, niño! ¿Eres ciego o te haces?”

“¡No sé cómo hacer eso!” Lloriquea.

“¡Usa el maldito freno!”

Cato frena el auto de golpe, haciendo que la persona a su lado y él se caigan fuertemente hacia adelante. Con ambas manos en el volante, se dedica a recuperar su respiración de los nervios.

“No creo que pueda seguir haciendo esto,” dice en lo que parecía ser un susurro.

“Me dijiste que querías aprender a manejar, tómalo o déjalo.” El hombre a su lado se cruza de brazos. “Voy a enseñarle a Mita, cuando termine, deja que ella te enseñe, ¿no te parece mejor eso?”

Cato lo mira con ojos alarmados. “Sin ofender, Leonel. Le tengo más miedo a tu hija que a ti.”

“¡Oigan!” Escuchan, Cato ve por la ventana abierta que una chica se acercaba a ellos. Mita tenía un libro en sus manos, y su pelo rojo se encontraba suelto y brillante a la luz del sol. “Pa,” dice, asomándose por la ventana, “hay alguien en casa que te busca. Algo sobre una tesis.”

“Oh, debe ser Logan. Voy.” Abre la puerta para salirse del auto.

“Oiga,” Cato empieza diciendo. “Oiga, Leonel,” lo llama alarmado, mientras ve que el hombre se empieza a ir hacia su casa. “El auto está en el medio de la calle, ¿cómo lo estaciono?”

“¡Descúbrelo tú mismo!” Grita Leonel antes de entrar a la casa.

“Pero-

“De nada,” dice Mita, con una pequeña sonrisa.

“¿De nadapor qué?” Le pregunta, mientras ve que ella da la vuelta y abre la puerta para sentarse en el asiento del copiloto. “No sé cómo estacionar un auto, es literalmente mi primera clase.”

“No debe ser tan difícil. Arráncalo,” dice mientras prende la radio.

“Ya está arrancado, ¿no ves que tengo mi pie en el freno?”

“Oh.” Mira hacia sus pies. “Bueno, pues muévelo,” dice encogiéndose de hombros, como si fueratan fácil.

Cato empieza a sacar lentamente su pie del freno, mientras el otro se encontraba en el embriague. El auto empieza a moverse a paso de hombre.

“¿No puedes hacerlo más rápido? Nos estamos moviendo a dos por hora.”

“¿No puedes tenerme un poco de paciencia?” Mira hacia adelante, para sacar todo su pie del freno.

El auto se apaga de golpe.

“Lo hiciste demasiado rápido. Era más lento.”

Cato quiere golpearse la cabeza contra el volante, pero no lo hace.

“Te ves nervioso. ¿Leonel Italia fue demasiado para ti?”

“Lafamilia Italiaes demasiado para mí.”

“Tienes suerte de que no vivimos juntos.” Ríe mientras prende nuevamente la radio, que se había apagado. “Vamos, arráncalo de nuevo.”

Cato suspira y mueve la llave, arrancando el auto, intentando nuevamente.

“Eres literalmente mi vecina...” dice en un susurro, mientras una canción conocida empieza a escucharse en los parlantes del auto.

Uptown girl!She’s been living in her uptown worldI bet she’s never had a backstreet guyI bet her momma never told her whyI’m gonna try for an...

“Oye, me dijo Jack que volvió de sus vacaciones en Francia, y le dije que podríamos juntarnos alguna tarde a tomar un helado, o algo.” Hojea un poco su libro, sin leerlo. “Por lo menos antes de que empiecen las clases, faltan un par de días.”

“No tengo ganas de ver a Jack,” admite.

“¿Por qué?”

“La última vez que lo vi, me dijo que mis lentes eran inútiles porque escribomal.Al parecer escribir abreviaciones en mensajes es escribir mal. No me lo aguanto. Se cree perfecto por chuparle las medias a todas las personas que conoce.”

“Si nunca te lo aguantas, ¿por qué no le dices? ¿No sé supone que es tu amigo?”

“Jack no es mi amigo,” responde para acelerar un poco.

“Lo era hace unos años.”

“Jack esamigo.” Gira un poco la cabeza para verla de reojo. “No es el mío. Me odia, no voy a ser amigo de alguien que me odia. Maldito nerd, lo único que hace es leer libros todo el día, te apuesto a no sabe ni lo que es hablar con una mujer.” Niega, mirándola.

“Yo soy una mujer.”

“Tú eres una excepción para todo.” Mira de reojo nuevamente. “Si es tan inteligente, ¿por qué no se busca otro grupo de amigos que le favorezca? Si según él yo soy demasiado inferior para hablarle.”

Mita le pega con el libro de su mano.

“¡Cuidado!”

Cato frena de golpe, haciendo que ambos se empujen para adelante. Mita se golpea contra la superficie dura.

Lanza un gran suspiro cuando ve que no había nada en la calle. “¿Por qué me dices que tenga cuidado? No hay nadie.”

“Hay un pozo, ahí.” Ella señala con la mano.

Cato rueda los ojos.

“Es diminuto, Mita,” dice para empezar a mover el auto de nuevo.

“También me dijo que un amigo suyo se cambiaba a nuestra escuela.”

Ríe. “¿Amigo de Jack? ¿Tiene otros amigos?”

Mita le pega nuevamente con el libro.

“¿Qué hice ahora?”

“Así que supongo que lo conoceremos, ¿no crees que es momento de expandir nuestro grupo de amigos?” Ella sonríe.

“Siempre dices lo mismo y terminas ahuyentando a cualquier persona que se te acerca.” Se encoge de hombros. “Sin ofender.”

“No es mi culpa tener carácter.” Se cruza de brazos. “Oye, Cato.”

“¿Qué?”

“¿Por qué el auto no se mueve más rápido? Creí que daríamos un paseo como la gente.”

“Pues...” Mira hacia abajo. “¿Cuál era el acelerador? Tengo que estacionarlo.”

“No sé cuál es.”

“Creí que habías venido para ayudarme.”

“Nah, sólo vine a ver cómo chocas el auto de mi padre. Oye, ¿vienes a cenar hoy? Mamá va a hacer hamburguesas.”

“No tienes que preguntarme eso.” Sonríe. “Prometo no comerme más de cinco esta vez.”

Mita ríe.

Cato aprieta el acelerador.

Demasiado fuerte.

“¡No, así no! ¡Sácalo! ¡Sácalo!” Grita ella. “Aprieta el freno.”

“¡No puedo!” Grita mientras empieza acelerar aún más. “¿Cómo era?”

“¡Vas a matarnos! ¡Aprieta el maldito freno!” Le grita. “¡Cato te juro por tu madre que voy a matarte, aprieta el freno!”

“¡No me grites!” Le grita devuelta. “¡¿Cómo mierda doblo esto?!”

“¡No dobles! ¡Frena el maldito auto o voy a cortarte las piernas!”

Cato frena de golpe. De nuevo.

“No sirvo para esto.” Suspira.

“No me digas,” dice ella, recuperándose del susto. “¿Por qué no lo dejamos aquí y esperamos a que vuelva papá?”

Cato asiente, pero en ese momento empieza a escuchar una bocina tras suyo, era un auto queriendo avanzar por la calle. No era una calle concurrida, vivían en un barrio tranquilo, pero, al parecer, ahora alguien estaba apurado. La bocina empieza a resonar varias veces, bastante fuerte y enojada.

“¡Idiota!” Escucha. “¡Tú, idiota! ¡Mueve el auto! ¿Por qué lo dejas en el medio de la calle?”

Cato suspira nuevamente y niega, sintiéndose un poco nervioso.

“Yo me encargo.” Mita abre la puerta del auto.

“Mita, no-

La chica cierra la puerta con fuerza.

Nunca más volveré a manejar, piensa, apoyando su cabeza en el volante.