NOCHE 1
Espesas nubes grises cubrieron el sol del atardecer, el aire estaba cargado de un suspenso tal que simulaba la vibra de una noche precoz. Pronto comenzaría a llover o al menos eso fue lo que anunció un relámpago que iluminó por unos segundos una vieja fachada. Por unos segundos la fachada de la casa rosa siempre cubierta con rosales vibro con intensidad y sus vidrios rotos retumbaron con el trueno consiguiente.
Emilio había estado aquí un par de veces y sabía que la casa de la bruja estaba arriba, siempre en silencio; siempre invisible para el resto del pueblo escondiéndose a las afueras alejada de los grandes ranchos de familias adineradas y los cultivos en los que su familia trabajaba. Era un secreto bien sabido que una mujer delgada y misteriosa curaba a los enfermos y solucionaba los problemas de los más desdichados.
Sin embargo, su atención el día de hoy se dirigió a la planta baja de la bonita casa, pues una inusual bolsa de basura había parecido cerca de la puerta vieja la cual creía abandonada por completo.
En silencio se acercó hasta detenerse por un olor pútrido invadiendo sus fosas nasales. Las moscas revoloteaban alrededor y una espesa mancha oscura se aferraba con fuerza a las piedras del patio e incluso cuando la lluvia comenzó a caer, ésta no se diluía con el agua.
Una gota de sudor en la frente de Emilio pretendió ser otra gota de lluvia. Se acercó en silencio y con la punta de sus dedos consiguió abrir paso a una rendija de luz al interior de la bolsa.
Aparte del olor insoportable, se reveló un pelaje tan oscuro cómo el plástico de afuera.
“¿Un perro?” fue su primer pensamiento.
Con una mezcla de miedo y asco, abrió un poco más la bolsa para encontrar que el cuerpo pertenecía a un felino cuya cabeza había desaparecido. Inmediatamente se apartó con una evidente expresión de disgusto en su rostro ante la cruel imagen.
Aquellos quienes había escuchado hablar sobre la bruja Eugenia siempre resaltaban lo inofensiva y accesible que era la mujer, pero la prueba de lo contrario estaba justo a sus pies.
Indignando, subió las escaleras oxidadas hacía la puerta de arriba, la cual, para su sorpresa, estaba abierta. El interior estaba vacío, ni un solo mueble, sólo polvo y un objeto en el suelo que fue difícil de ver por la oscuridad del momento hasta que se acercó. En realidad, era una cazuela de barro con comida en avanzada descomposición con una nota apenas legible.
“No voy a estar por unos días, tu hermana vino el otro día a ayudarme y le deje esta olla de calabaza, espero que vengas mientras aún esté buena, de todas formas, quedaste en venir en el trascurso de la semana.”
Emilio había olvidado por completo que debía venir y al reverso de la carta confirmó que la comida ya no servía, pues una semana exacta había transcurrido desde la fecha marcada con el 15 de noviembre de 1963.
Sin encontrar más que dos desagradables sorpresas; Emilio se tragó su enfado y empezó a pensar en un lugar dónde darle un digno entierro al animal de la bolsa, pues la lluvia sólo iba a empeorar su estado.
Saliendo de la casa se percató de que era difícil ver las escaleras, se sentía raro y al mirar sus manos resultó difícil enfocarlas a ambas a la vez. Un destello de verde brillante apareció en una esquina de su visión y no se fue, al contrario, comenzó a verse cada vez más grande.
“Ahorita no puede ser”, pensó angustiado.
Aun así, intentó bajar las escaleras, siendo abruptamente detenido desde atrás.
—¿Cómo vas a bajar así? —una voz ronca y pedante habló a su espalda—. Te vas a caer, ya van dos veces que tienes migraña en esta semana y con esta son tres.
Sabía de quien era la voz, pero no era una presencia que lo tranquilizara exactamente. Se giró para protestar, pero la mancha ya había cubierto la mitad de su visión y el desagradable hormigueo se apoderó de los dedos de su mano derecha.
—Si me dejaras dormir probablemente esto no pasaría tanto —susurró Emilio.
Percatándose de que Emilio no mejoraba, el otro hombre lo acompañó escaleras abajo.
—Ya van dos veces en esta semana que te da migraña, telpokatl —respondió el otro hombre mientras lo sostenía—, no es normal que sean tan frecuentes.
Sin más opción, Emilio aceptó la ayuda del otro controlando la vergüenza que le daba el momento. En realidad, este hombre no era ni su amigo ni su compañero, solo una entidad extraña que se había estado colando en su casa por las madrugadas, una historia larga, pero para no resumirla; no se había podido deshacer de él y tampoco estaba seguro de que era lo que quería. Aunque tenía claro que era un ser de otro mundo, nadie más podía saber de esto porque lo llevarían de inmediato a la iglesia del pueblo.
Previo a su encuentro, Emilio no creía en lo sobrenatural ni divino, por más que le contaran historias maravillosas y lo amenazaran con hacerlo, simplemente algo no conectaba. Sin embargo, tampoco negaba rotundamente la posibilidad de su existencia, por lo que tampoco se deshizo los sesos cuando comenzó a ver al hombre sombrío tocando su ventana cada noche.
Cuando llegaron al último escalón, Emilio no podía ver nada en absoluto, el aura se había apoderado de casi toda su visión, aún así buscó por todos lados la bolsa para llevarse al felino y darle un digno entierro.
—¿Buscas algo? —preguntó su compañero—. Creo que buscas al gato negro que salió corriendo justo cuando llegué aquí.
Emilio estaba muy confundido, pero el intenso dolor comenzó a taladrar en el interior de su cráneo, extendiéndose a ojo y oído.
—¡Ah!, Samuel qué cosas dices —reprochó Emilio con dificultad.
Viendo que la lluvia se calmaba y el dolor del más joven aumentaba. Samuel tuvo una idea.
—Mírate, no estás en las adecuadas y debidas condiciones para andar pensando ahorita —puso una mano sobre el hombro del muchacho y lo condujo camino al bosque—. Ven deja que te cure, que como no voy bien yo a saber el cómo
Vaya que Emilio era valiente y confiado permitiendo que aquel lo llevara a ciegas.
Después de unos minutos caminando entre los árboles Emilio estaba muy asqueado, el mareo le había causado unas náuseas impresionantes al punto que apenas podía sostenerse sobre sus propias piernas. Habían llegado al convento que se encontraba en medio de la nada
—Dime que no vas a molestar a las pobres monjas por piedad —Emilio sabía lo problemático que sería este hombre descarado en un lugar tan pacifico.
—Un poquito de alcohol y unas cuantas cositas voy a tomar prestado nada más, soy incapaz de matar una mosca y lo sabe —fingió inocencia mientras ocultaba una sonrisa torcida tras el saco que le cubría una buena parte de la cara—, mientras a usted le toca aquí esperar y ser el que no me cause a mí problemas.
— ¡Robarle a un convento!, cada día me sorprendes más que el anterior —el muchacho jadeó un poco al final de la oración al estar aguantando el intenso dolor que le hacía dar vueltas a su cabeza—. No tienes respeto alguno por nada ni nadie ¿verdad?
—Telpokatl, no quiero justificarme o ser grosero, pero en verdad no le debo nada a este tipo de lugares —el juguetón tono de voz de Samuel se tornó más sería de un momento a otro—. Siendo muy honesto, incluso me desagradan siendo tan imponentes cuando yo llevo más tiempo sobre estas tierras de las que cualquiera de estas piedras.
“¿Tan viejo es realmente este tipo?” cruzó por la cabeza de Emilio.
Al terminar su oración se desvaneció en la esquina, el muchacho trató de respirar hondo convenciéndose a sí mismo de que el gato que Samuel vio era otro diferente al que estaba muerto en la bolsa, aunque viendo lo extraño que es el universo no dudó que fuese el mismo.
Abrió los ojos para descubrir que el dolor de cabeza ya había pasado en su mayoría, aunque se sentía débil y adolorido, así que despacio caminó hasta la esquina justo donde había visto a ese tipo desaparecer y al llegar se recargó en la pared percatándose de que el convento no estaba cerrado en su totalidad. Parado en la pequeña puerta junto al portón, había un joven que se despedía de alguna monja.
El físico del susodicho captó la atención de Emilio, dorados rizos, ojos miel y rasgos delicados. Tenía la sensación de que había visto alguien así antes, posiblemente en la iglesia y eso daba todo el sentido del mundo.
Justo cuando pensó en regresar a donde se encontraba originalmente sentado, se percató de que Samuel ya estaba ahí.
—¿Habíamos o no quedado en aquí vernos? —la voz de Samuel en esta ocasión sonaba distinto de lo habitual por lo que no estaba con su típico tono y frases desordenadas razón por la cual se podía apreciar que su voz era en realidad lo suficientemente gruesa por para erizar la piel de quien sea que se encontrará a pocos metros de distancia—, pensé que muy claro fui yo en decirte que no te movieras de aquí.
Emilio no iba a negar que de verdad se sentía intimidado ante esta actual apariencia del hombre cuya propia existencia era de por sí inquietante y sombría
—¿Me vas a regañar o curar?
—Curarte, tristemente no tengo otra cosa que hacer.
—Molestarme es tu ocupación entonces —el joven estrelló con ligera fuerza sus nudillos contra la pared a su lado derecho—, yo que tengo que estar cargando diario la materia del molino y los abarrotes en mis espaldas, cuidando a mis hermanos, corriendo todo el día de un lado a otro del pueblo ¿Estoy obligado a soportar tu mal humor?
—No puedes hablar de mal humor con esa cara de pocos amigos —lentamente parecía que el misterioso hombre estaba recuperando su tono burlón actual en base a la reacción del otro —después de una breve pausa apareció una maliciosa sonrisa—. ¿Qué diría tu padre si escuchara tus reproches?
Estaba llevando la conversación en ese rumbo sabiendo que Emilio no le daría una respuesta a un tema tan incómodo y vergonzoso por lo que se abstuvo de hablar mientras hacía un gesto de desaprobación antes de dejarse caer nuevamente en el lugar donde lo habían dejado desde el momento que llegaron. Samuel sonrió con satisfacción al ver que había dejado a su acompañante sin palabras, sacó una botella de alcohol a la par que la acercó lentamente a la cabeza del otro.
Pasaron unos cuantos minutos ahí en lo que Emilio hacía fuerza con sus pulmones para soportar el desagradable y escandaloso olor de la ruda bañada de alcohol.
—En mis tiempos la ruda mezclada con cacao era preparada ¿le apetece al tlatoani un chocolatito? —Emilio se estaba estresando de las burlas del otro, se seguía preguntando cómo es que acabó en compañía de alguien tan poco serio.
Pasado un rato finalmente se paró y empezó a caminar apoyándose un poco en el hombro de Samuel —¿Es mi imaginación o amaneció muy amoroso?, debería esperar a la noche en su cua…
—No digas más estupideces y déjame ya en paz.
—Bueno, bueno, nos veremos más tarde entonces— después de aquellas palabras hubo un denso silencio, Emilio se giró y se percató de que el otro había desaparecido, suspiró aliviado.
El atardecer pintó el cielo de naranja combinado del ambiente perfumado con olor a leña, por fin llegó al centro de su pueblo, el palacio municipal estaba hecho de piedra y aún seguía ornamentada de banderas tricolor las cuales estaban siendo retiradas por un par de hombres jóvenes, uno de ellos era su hermano menor, Joaquín, un muchacho de catorce años. Emilio no tenía ganas de hablar por lo que optó a mejor irse sobre la banqueta; estaba a dos cuadras del centro del pueblo por lo que no tardó mucho en llegar a casa siempre adornada con macetas hechas de latas en variados colores en las que se encontraban plantas de verdes y gruesas hojas sobre la barda, en medio de esta había una puerta de madera, si no se tenía suficiente cuidado quien sea que se recargara en ella acabaría con la espalda astillada.
El patio solo era un montón de tierra llena de gallinas que dejaban maíz y plumas regadas a lo largo de toda la casa. La casa dentro de este terreno era pequeña pero dentro vivían en total diez personas: Emilio, los padres de este, dos hermanos y cinco hermanas.
Se fue directo a su cuarto dejando caer su cuerpo sobre la cobija de lana, hasta quedar profundamente dormido. La noche era silenciosa y tranquila hasta que sintió comezón bajo su nariz, algo peludo y con olor a polvo.
¿Qué es esto?
Por la molestia abrió los ojos y se apartó aquello de la nariz con la mano, más nunca esperó recibir en respuesta un arañazo directo en la cara. El dolor lo hizo enderezarse en la cama buscando que era aquello, buscando a oscuras logró ver un gato en el piso; ¿Cómo había entrado un gato a su casa?
Mientras más lo veía más confundido se sentía, después de un rato mirando fijamente se dio cuenta que era un gato idéntico al que había encontrado por la tarde, después de todo no podía ser el mismo, el otro estaba muerto estaba bastante seguro de eso. Una vez salió de su pensamiento notó que el gato estaba tirado en el suelo moviendo frenéticamente las extremidades y sacando espuma por la boca.
Emilio no tenía ni idea sobre gatos, aunque parecía como si hubiera sido envenenado por lo que corrió a intentar sostenerlo, pero una vez en sus brazos el felino dejó de moverse, dejando un leve dolor en su pecho quien inconscientemente empezó a temblar y después procedió a dejarlo bajo la cama para enterrarlo en el patio al día siguiente. Respiró hondo tratando de aclarar en su mente todo lo que acababa de pasar frente a sus ojos sin ninguna explicación lógica.
Mientras aún intentaba calmarse, sintió algo pesado empujarlo por los hombros y tirándolo al piso, inmovilizando al instante la parte superior del cuerpo. Dos garras similares a las de un lobo lo afirmaron con fuerza y un par de colmillos putrefactos pasaron sobre su yugular, se paralizó al sentir su vida colgando de un hilo, como un venado siendo cazado por un depredador. Los colmillos en su cuello estaban a punto de cerrarse haciendo que cerrara los ojos por el miedo a lo que pasará a continuación.
Hubo un golpe sordo y al volver abrir los ojos la bestia sobre él había desaparecido y ahora a su lado derecho estaba Samuel intentando levantarlo.
—Dejas entrar a un desconocido tan facilito a tu cuarto— jugueteó Samuel—, muy malo.
—No te queda decir eso... —replicó Emilio poniéndose de pie.
El mayor sonrió sin muchas ganas mientras sostenía un machete común y volvió a golpear a la criatura extraña hasta que está se estampó contra la pared, suerte que la habitación de Emilio estaba del otro lado del jardín y separada de las demás habitaciones o sin duda el ruido ya hubiera alarmado a todos. Ahora que la criatura se encontraba alejada era posible apreciar su verdadera forma; largo, cubierto de pelo rojo, similar a un zorro o lobo, pero con un cráneo humano con cuencas negras tan profunda que el mismo infierno podría estar brillando dentro y largos colmillos dorados y desgastados como si estuvieran por caerse, sin duda era una imagen terrorífica.
—¿Qué carajos es eso? —Emilio no pudo evitar retroceder ahora más asustado y pálido de lo usual—. Samuel, ¿Qué es eso y por qué está en mi casa?
—Ah, nunca había visto a este lindo gatito, yo creo que sí —la bestia se levantó afilando sus garras para luchar de nuevo—, se me hace que antes ya te había visto y le gustaste.
—No digas …
—Sí digo —rio Samuel—es el mismo que estaba en la casa de Eugenia, no era un gatito normal, es un nahual; esas cosas cambian de apariencia más rápido que de calzones.
La última frase sí le resultó graciosa a Emilio, Sin embargo, se aguantó la risa por la brusca situación
—¿Y qué quiere?
—Quien sabe, no son tan agresivos, debe estar hambriento y de seguro tu energía vital le resultaba apetitosa —replicó Samuel mientras continuaba repartiendo golpes al nahual del piso hasta el punto de que algunos huesos hicieron un sonoro crack—. Voy por mi poderosa, te lo encargo.
Después de decir esto en verdad desapareció y Emilio quedó solo con el nahual en su habitación, este último se levantó del piso más feroz que nunca para perseguir a Emilio por la habitación.
Emilio no tuvo tiempo de pensar en otra cosa y con toda su fuerza soltó un puñetazos en el centro de los cuencas del cráneo aturdiendo por unos segundos a la criatura mientras corrió hacía la esquina de su habitación, se encerró a sí mismo y no había a donde más correr así que no tuvo otra opción más que lanzarle lo primero que tuviera a la mano, estiró la mano y alcanzó una pequeña silla de metate que consiguió enterrarle entre los dientes cuando el nahual estaba a punto de rugir de nuevo, consiguiendo que esta se destrozara entre sus colmillos, causando un espectáculo de sangre y madera; para rematar cerró sus puños y (según él) le dio una paliza al nahual hasta dejarlo en el suelo con cientos de astillas incrustadas las encías.
Justo cuando el cansancio le había ganado un cuchillo de jade fundido se incrustó en el esquelético pecho del nahual, quien solo rugió antes de, finalmente, caer sin ningún rastro de vida. Emilio también se tiró sobre su cama tratando de recuperar el aliento.
—Mira que sí sabes pelear, no pensé que si pudieras— Samuel se acercó a la espalda de Emilio para darle una suave palmadita de reconocimiento—. Me alegro, aunque él no creo que esté muy feliz.
Emilio se sentó ahora al borde de la cama buscando el cadáver del nahual, viendo que aún seguía ahí. Iba a volver a acostarse hasta que su mejilla de nuevo ardió.
Había un gato pequeñito en su regazo que lo arañaba con enojo, apenas parecía tener meses de nacido y el pelaje de un extraño color cobrizo.
—Él —dijo Samuel con orgullo—. Creo que te odia incluso más a ti, ja, ja, ja, no voy a negar que incrustarlo así una silla… brutal.
—No tenía muchas opciones —Emilio se quitó el gato de encima sosteniéndolo con cuidado a un metro del resto de su cuerpo—, quédatelo.
—Lo que diga el patrón —Samuel lo sujetó bruscamente del pelaje como si fuera un saco viejo y después de un breve silencio dijo— Este tipo estaba tan débil y hambriento que es extraño, siempre parecen pavos reales ‘’mírame-no-me-toques’’ pero él no. Me gustaría saber de dónde salió, no creo que ellas te permitan vagar aquí a tus anchas.
—¿Ahora quiénes son “ellas”? —dudo el más joven desde su cama.
—Otro día lo sabrás —respondió samuel y Emilio lo miro enojado mientras se cubría con las sábanas hasta la cara.
Samuel negó con la cabeza mientras reía y se dirigió a la ventana con el gato aún en mano.
—Buenas noches Milo, descansa.